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Despechos populares: por qué Nacho Vegas es bueno y Taylor Swift, mejor

A la hora de cantarle al desamor con cierto retintín, entre Nacho Vegas y Taylor Swift sólo podíamos preferir a uno (aunque nos quedamos con los dos, obviamente).

Entre los siglos XIV y XVII, la Europa continental fue escenario de un fenómeno de gran extrañeza, comúnmente llamado coreomanía, que consistía en un grupo de gente —en algunas ocasiones centenares de personas— que empezaba a bailar sin motivo aparente, y no dejaba de hacerlo hasta colapsar de agotamiento. No se sabe muy bien por qué se producían esas raves improvisadas, ni tampoco cuál fue la razón que motivó la primera de ellas o por qué, con el Siglo de las Luces ya a la vuelta de la esquina, se tomó la ‘decisión’ colectiva de no proseguir con esa enigmática práctica, pero lo que resulta evidente es que antes bailoteábamos más -y algunos dirán que hasta mejor-. 

Nacho Vegas es ciertamente menos misterioso que esas coreomanías del pasado, aunque sí creo que comparte algún rasgo obsesivo con ellas. Amigos míos con los más variados gustos, intereses e inclinaciones —from all walks of life, diría un inglés— comparten una fascinación por el asturiano que, por mucho que me esfuerce, yo no soy capaz de entender. Me dicen que es el cantautor más grande del país, un visionario, un genio, un artista total (parece que la Wikipedia española les da la razón: ahí, le comparan sin titubeos con Leonard Cohen, Tom Waits y Bob Dylan); se interesan por sus amoríos y los términos de los mismos; rastrean sus canciones para sonsacarles pequeñas cuantías de información más bien dudosa sobre su vida privada; y naturalmente no pierden ninguna ocasión para verle en directo. Y yo, mientras tanto, simplemente opino that he’s good, but not great. Me pregunto, en otras palabras, por qué tanta gente baila alegre al son de sus canciones, cuando a mí sólo me impulsa a mover un poco el pie. 

Por descontado que tiene algún tema realmente glorioso: El hombre que casi conoció a Michi Panero, por ejemplo, esa despedida finamente irónica, me cautivó la primera vez que la escuché. Me gusta la idea de que estar meramente a punto de conseguir algo —sin conseguirlo al final— a veces encierra un cierto valor, que la mera potencialidad de un encuentro, de una aventura, de un romance que nunca llega a materializarse también contribuye a la riqueza de la experiencia vital. Knapp daneben ist auch vorbei decimos en alemán: «Fallar por poquito es fallar igualmente». Nacho nos muestra que esa idea, tan sobria y pragmática, no siempre es cierta. Y el bueno de Baudelaire, a fin de cuentas, también fue el hombre que casi conoció a la transeúnte. 

Carátula del EP de ‘El hombre que casi conoció a Michi Panero’.

Los Actores poco memorables también me atraen bastante (siempre he querido decir «Yo soy una hija de la Transición»), y ese desfile de gente tristona que evoca no deja de parecerme enternecedor, con un montón de personajes inverosímiles y profundamente humanos a un tiempo. (Eso del té con vodka, además, lo tengo que probar ya.) El momentito de autodesprecio ironizante —«Por ahí llega Nachín con otra lúgubre canción. Se cree especial pero no lo es»—, por otro lado, me resulta quizá a bit much. A ver, chato, millones de personas opinan otra cosa de ti, ¿eh?

Bueno, y ahora acaba de sacar su nuevo disco Mundos inmóviles derrumbándose. Con él ha provocado un poquito de revuelo, en concreto por el tema El mundo en torno a ti, una canción de despecho dirigida —o eso se sospechaba inicialmente— a Andrea Levy. Nacho Vegas no tardó en reaccionar a esas conjeturas, recordándonos —duh!— la diferencia entre el autor y el sujeto lírico de un texto. «Es verdad que las canciones las empiezas tomando referencias de ciertos momentos de la realidad, pero se acaban transformando y acaban estando muy lejos de esa realidad. Acabas recurriendo a una ficción para hablar de una realidad» comentó a Je ne sais pop, desmintiendo así esos rumores que querían ver su canción como tratamiento artístico del supuesto final de una relación que muchos creían, al parecer, más afianzada y estable de lo que realmente era (¿o es?).

Me parece muy bien que Nacho nos haya recordado algo que hoy muchas veces se olvida con cierta facilidad. Ya lo he dicho: que el autor como persona humana y el sujeto plasmado en sus creaciones no son idénticos. A veces nos cuesta asumirlo, pero creo que sin esa diferenciación nos encerramos en una univocidad demasiado cómoda, bastante adversa a un concepto más complejo de arte y ficción. En otras palabras: aunque un personaje diga bestialidades, eso no quiere decir que su autor las crea así. Pero por otro lado, no puedo sino sentir un ápice de decepción: ¿qué necesidad, en verdad, de hacer explícito si la canción X o Y versa sobre esta persona o aquella otra? Nacho simplemente podría haber dado todo eso por sobreentendido, y así haberse quedado con la pequeña aura de un misterio ajeno. Algunas veces me han dicho en alemán ein Gentleman schweigt und genießt: «un caballero calla y disfruta». Me ha parecido siempre un poco bobo tal consejo, sobre todo porque los ingleses no tienen un equivalente de esta paremia (es decir, raro me parece que la costumbre que describe originara en el tan distinguido colectivo de los gentlemen), pero en el caso de Nacho Vegas quizá hubiera sido mejor.

En lugar de eso, optó por desenredarse públicamente del supuesto embrollo de rumores; algo que le aproxima a otra gran cantante —y cantautora, por mucho que cueste creerlo—, quien en su día se hizo (aún más) famosa con un el cierre de un post suyo en Instagram. Estoy hablando, por supuesto, de Taylor Swift, cuyo I would very much like to be excluded from this narrative —el final de su respuesta a Kim Kardashian y Kanye West, quienes grabaron y publicaron una conversación telefónica entre Taylor y el rapero— cobró vida propia y le granjeó muchas risas y un poquito de escarnio. Nunca he entendido muy bien por qué; supongo que en EE.UU. mucha gente opina que eso de ser una estrella conlleva la pérdida total y duradera de cualquier puntito de privacidad que todavía te queda. 

Estos días, Taylor ha vuelto a estar en las noticias por algo no del todo vinculado a su música, o en realidad sí: Damon Albarn, frontman de Blur y uno de los inventores de grupo virtual Gorillaz, dijo en una entrevista para el Los Angeles Times que Taylor no escribía sus propias canciones. Luego se intentó defender alegando que habían sacado su comentario fuera del contexto, pero en realidad la cosa es bien simple. En contra del argumento de Albarn de que la música de hoy era más bien mala y no se hacían ya temas con letras guays —yawn—, el entrevistador dijo que Taylor sí que componía sus propias canciones razonablemente buenas. A lo que Albarn replicó: She doesn’t write her own songs. Taylor no dejó pasar ese horrible ultraje, y se pronunció enseguida en Twitter, llamando las acusaciones de Albarn so damaging (y cerrando la cosa con otro tuit: «Por cierto, todo esto lo he escrito yo, por si te lo estabas preguntando») .

Taylor Swift. Ilustración realizada por la gran artista Alexandra Semenova.

***

El disco nuevo de Nacho y el pequeño rifirrafe de Taylor: dos motivos estupendos, creo yo, para echarles un ojo a dos de sus canciones más conocidas (y en el caso del primero, más recientes). Las dos comparten, además, una condición fundamental: son canciones ‘de despecho’, ajustes de cuenta, lamentaciones de males pasados, pequeñas venganzas poéticas por el daño que un ‘otro’ le hizo al sujeto lírico. Empecemos, pues, con El mundo en torno a ti, esa canción que al final resulta que no versa sobre Andrea Levy. En ella, saltan a la vista dos imágenes centrales: la del naufragio que estructura buena parte del tema, y la del ser humano que se cree el ombligo del mundo, elevada al título de la canción.

La primera de estas dos, la del naufragio, no es la más fresca del planeta, al contrario. Zenón de Citio, el padre de la tradición estoica, vivía en tiempos en que eso de ser víctima de un naufragio no sólo era una bonita opción metafórica, sino un riesgo bastante real, y así sucedió que el pobre Zenón tuvo que nadar el resto del trayecto cuando el barco en el que viajaba, al parecer cargado de púrpura fenicia, se hundió ya cerquita del Pireo. Para el griego, ese siniestro supuso un hito importante en su vida, sobre todo porque justo después, nada más secarse el pelo en Atenas, tuvo la ocasión de conocer a Crates de Tebas. Tal fue su felicidad por haber sobrevivido el accidente que, según lo recogió Diógenes Laercio en su biografía, se vio impulsado a enunciar la siguiente cursilada: «sólo como náufrago he viajado felizmente por mar». Aristipo, otro filósofo griego (bastante menos conocido y estimado que Zenón, por cierto), compartió tal destino: al igual que el estoico, tuvo la mala suerte de sufrir un naufragio, si bien cabe apuntar también que después tuvo la buena suerte de poder explotarlo para su filosofía, cambiando el rumbo de sus enseñanzas desde un enfoque interesado en los bienes terrenales y el placer hacia una orientación más frugal. Y a partir de estos naufragios ‘primigenios’, tan reales como simbólicos, el motivo entró en el imaginario cultural de Occidente, contando con un verdadero océano (perdón) de tratamientos artísticos, desde Robinson Crusoe y la gran cantidad de robinsonadas que se compusieron al gusto de la novela de Defoe, hasta pinturas —la más famosa, quizá, La balsa de la medusa de Géricault—, óperas enteras (El Holandés errante de Wagner) y arias particulares (para mí la más bella de ellas es Agitata da due venti de la Griselda, aunque Fuor del mar, del Idomeneo, tampoco está mal) e incluso grandes éxitos taquilleros, sobre todo de la mano de James Cameron. Bueno, y ahora El mundo entorno a ti, que despliega en sus estrofas un cruce entre motín incipiente y naufragio inminente que me puede gustar bastante, sobre todo cuando pienso —lo acabáis de ver— en toda la historia que conlleva esta imagen del barco siniestrado.

La otra imagen central en el tema de Nacho, la del otro que piensa que el mundo gira entorno a él, sin embargo, me parece tan manida, tan infinitamente trillada, sobreusada y aburrida que no puedo sino sentir un pelín de ojeriza. Para Freud, el cambio del modelo geocéntrico (creación del viejo amigo Ptolomeo) a la teoría rival desarrollada por Copérnico constituyó una de las tres grandes humillaciones de la humanidad. Yo, que nací con el modelo copernicano ya plenamente aceptado (con la excepción de algunos weirdos, claro está), no me veo capaz de experimentar auténticamente ese dolor narcisista que imaginaba el vienés; sí que creo que, exiliada ya la propuesta ptolemaica a la isla de las teorías obsoletas, también ha llegado la hora de desterrar esa horrenda metáfora. Bon voyage! 

En Look What You Made Me Do, probablemente el mejor tema de despecho entre los muchos que tiene, Taylor se lamenta asimismo de los defectos y las fechorías de sus detractores. Sus muestras de menosprecio no escasean, al igual que las referencias, más o menos veladas, a sucesos ‘reales’ extraídos de la vida de la cantante. En eso, puede que Nacho gane a Taylor, aunque sea por un poquito, ya que, en el caso de la estadounidense, parece que la inspiración viene, de manera casi exclusiva, de todos esos acontecimientos que configuran su vida privada (sobre todo, naturalmente, sus numerosas relaciones amorosas). No se sabe con certeza qué grado de extrañamiento artístico le añade luego a este material, aunque parece que el pasaje de realidad a ficción, según lo describe Nacho, no entra en el mundo sonoro de Taylor, quien gusta de jugar con sus fans a una suerte de acertijo continuo, dejando pistas muy reales en sus canciones que los swifties intentan descifrar con éxito variable. (La gran pregunta que conmovió a la comunidad de fans hace unos meses fue la de si Jake Gyllenhaal todavía tiene, o no, un fular del que Taylor habla en All Too Well…)

El tema en sí, no obstante, moló antaño y sigue molando (y del vídeo mejor no hablamos, porque es tan bueno que ya sería competencia desleal). Cierto es que el coqueteo con esa imagen de ‘malota desquiciada’ no es invento de Taylor (la precursora más contemporánea aquí es, seguramente, Lady Gaga), pero la idea de elevar la estereotípica frase del abusón que invierte las responsabilidades —mira lo que me has hecho hacer— al motivo principal de su canción me parece todo un golpe de genio, en particular porque, diciéndola así, uno también admite una gran debilidad por su parte: aunque se entiende que suele ser el ‘fuerte’ quien pronuncia esas palabras (y encima con la intención de poner en entredicho la autoría de su comportamiento horrendo, culpando al otro), en realidad decir Look what you made me do es también, y sobre todo, una suerte de reconocimiento ‘inconsciente’ de la debilidad propia, la imposibilidad de resistirse incluso a la más mínima provocación (o lo que uno percibe como tal), la falta total de temple y equilibrio emocional.

El tema de Taylor, el lead single de su álbum reputation y su gran vuelta a la palestra tras unos años de relativo retiro mediático, fue también una suerte de ajuste de cuentas con algunas personas (y algunos rumores) que mancillaban —you’ve guessed it— la reputación de la cantante en años anteriores. El chispeante desquite culmina en lo que parece el mensaje grabado de un contestador automático en el que anuncia, en tono jocoso, la muerte de su yo anterior: «I’m sorry, the old Taylor can’t come to the phone right now. Why? Oh! ‘Cause she’s dead!». Con lo que ahora ya estaríamos en la era de ‘new Taylor’ (cosa que, estilísticamente hablando, se ha visto más que comprobada). Es por ese gesto de gran diva —proclamar nada menos que la muerte de su versión anterior—, unido al donaire de apropiarse de una frase que normalmente hace sonar las alarmas (¡red flag total!), que, si tuviera que elegir entre estos dos despechos populares, me quedaría con el tema de Taylor. Aunque en realidad, la imagen del naufragio, como la trabaja Nacho en el suyo, tampoco está nada mal… Supongo que tendré que imaginarme que ‘old Taylor’ murió en un accidente marítimo. 

*Como siempre, un millón de gracias a la magnífica Alexandra Semenova, que ilustra nuestros artículos con un exceso de amor que ya quisieran tener en sus canciones Taylor Swift, Nacho Vegas y compañía.


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