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Música

La carne del silencio

En estos tiempos, a todo el mundo le viene bien un poco de silencio. Para escuchar mejor al otro, para asimilar nuestros propios pensamientos o para disfrutar Quinta sinfonía de Beethoven, donde el mutismo se elevó y alcanzó su propia categoría artística.

Vivimos en un mundo en el que sobran bocas, posiblemente, pero en el que sobran voces, definitivamente. Por ello, nunca está de más dedicar unas líneas a reflexionar, aunque sea brevemente, sobre el silencio. Ya sabes, aquello que surge cuando yo callo, tú callas, él/ella calla, etc. Sin duda, el silencio tiene una cualidad que lo hace tremendamente especial: te pertenece a ti, siempre. Y si te afecta el de los demás (te inspira, te molesta, te sorprende), es porque ya lo has hecho tuyo, automáticamente. En cambio, interiorizar una voz ajena requiere un proceso mediador -más o menos consciente- de asimilación racional.

Cuando entramos en un museo, procuramos prestar toda nuestra atención a las obras que allí se exponen, sin realizar otra actividad simultáneamente que pueda desconcentrarnos. De ahí que, cuanto más callados, mejor. Con la música, sin embargo, nos ocurre lo contrario. Es una de las grandes ventajas del ser humano contemporáneo: puede escuchar música mientras lee en una cafetería, de camino al trabajo, limpiando su casa, etc. Pero ese es también su gran error: hacer de la música solo un medio. Esto se refleja muy bien en las principales plataformas virtuales para escuchar música, donde triunfan las listas tituladas “música para…”: para relajarse, para una fiesta, para hacer deporte, etc. Música ambiental, al fin y al cabo. No digo que no tenga que existir, porque también realiza una función importante. Pero cualquier creación decente se merece una atención total, sin más estímulos que la propia creación. En definitiva, tomarla como un fin en sí misma. Y en esto la música no debería ser una excepción. Al menos, una vez cada cierto tiempo: encerrarnos en nuestra habitación, seleccionar la programación y asistir a nuestro propio concierto, totalmente personalizado.

Porque, ¿qué es la música? Cualquiera respondería lo que nos han enseñado en las escuelas: un conjunto de sonidos que se desarrolla sucesiva y/o simultáneamente. ¿Y el silencio? Pues la ausencia de lo anterior, como la sombra no es sino la ausencia de luz (o eso creía Einstein). Pero esto no es así: solo tragándonos la aparente contradicción de que el no-ser tiene entidad, podremos hacer de lo ausente una fuente provechosa e inagotable. Así nos lo han demostrado los grandes compositores y todos los maestros del arte en general.

Cuando en 1951 John Cage, deseoso de alcanzar un silencio total, accedió a la cámara anecoica de Harvard (aquella que absorbe el 99,8% de la energía de las ondas de sonido), empezó a escuchar su propio sistema nervioso y circulatorio. Su conclusión no fue que el silencio es una utopía, sino que afirmó: «Silence is not acoustic. It is a change of mind, a turning around». Algo parecido a cuando le preguntaban sobre la “nueva música”, que él se negaba a aceptar; en su lugar, hablaba de una nueva actitud a la hora de escuchar (se diría que, salvo excepciones, esa nueva actitud se la llevó con él a la tumba). En nuestra actualidad, aprender a educar el oído debería ser una enseñanza pública, no exclusiva de los conservatorios. Porque no se trata de saber afinar una nota o poder registrarla en un pentagrama: educar el oído es aprender a escuchar. Escuchar al otro, escucharse a uno mismo.

Este año se cumplen 250 años del nacimiento de Beethoven, un músico del que todos hemos tarareado sus celebérrimas melodías, como el motivo inicial de su Quinta sinfonía (el famoso “ta-ta-ta-chán”). Pero se ignora, por ejemplo, que la potencia de este motivo musical nace antes de que suene, según está escrito: un silencio de corchea. Elevar el silencio a la categoría de arte no es sino un ejemplo más de su maestría. Y a nosotros, descubrir este tipo de realidades “escondidas” nos otorga el mismo placer que la contemplación de una obra cuya restauración ha permitido conocerla con mucha mayor profundidad. Qué mejor año que este para acercarnos más y mejor a su música, cantar con él sus melodías pero también apreciar sus silencios. Quién como él para hacernos ver que el silencio existe, y vibra, y se puede palpar igual que la carne.

El mismo Beethoven sentenció en una ocasión: «Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo». Nosotros, en nuestro día a día, en nuestras conversaciones y hasta en nuestras creaciones… ¿lo estamos mejorando?

*Imagen de cabecera diseñada por @wannabegangster_

Acerca de Luis Schlatter

Luis Schlatter García (1991) ha cursado sus estudios en Historia del Arte (Universidad de Sevilla) y Filosofía (UNED), realizando posteriormente un máster en Gestión Cultural en Madrid (Universidad Complutense-IUIOG). Igualmente, ha estado siempre ligado a la literatura, colaborando en diversos proyectos tanto de carácter individual como colectivo. Por tanto, su formación e intereses se centran en las Humanidades en general, pero incidiendo especialmente en el arte, la filosofía y la literatura propias de nuestra contemporaneidad.

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