Opinión

A favor y en contra de la anécdota

Eugenio d'Ors siempre quiso «elevar la Anécdota a Categoría», pero quizá ciertas anécdotas sean mejor para vivir(las) que para ser contadas, ¿no? Aquí, Álvaro Guijarro hace un repaso por algunas de las más sonadas de la historia del arte, y nos anima, si bien de un modo poco —o nada— anecdótico, a cultivarlas y, por ende, cultivarnos también nosotros.

Sé que la anécdota es síntoma de relato, y que suele apuntar a algo mayor, de lo que es metáfora, cuando no sirve de introducción a una enseñanza o incluso para glosar un pensamiento de calado, pero llevo tiempo dándole vueltas, por esta cosa de ver tanta entrevista y escuchar tanta radio, sobre el hecho de que demasiadas veces, dentro de la esfera artística, la anécdota se vuelve ya anecdótica de tan manoseada que está como útil; o es un asidero al que los creadores se aferran para eludir un pensamiento más directo, es decir, abismal y a solas con la cosa. Al margen, muchas veces es «lo que nos llevamos» de una conferencia o de una charla, olvidando el reservorio o atolladero que pudiera haber ahí para ahora recoger la perla submarina que hasta nos dio risa o nos sedujo y que alguien rescató para nosotros también para protegerse ellos sin atacar el hecho, y punto y aparte.

Recordar, recuerdo muchas, y ya me tienta caer en ellas, o citarlas para este artículo, porque también han configurado, y configuran, mi historia personal y el poder de imantación que autores y autoras —y amigos y amigas— han tenido sobre mí a lo largo del tiempo. Ese tender a la anécdota, como cuando Berta García Faet decía aquello de «Tiendes al poema», es parte de toda una maquinaria inconsciente-consciente porque, si entramos un poco más al trapo, hablar de otros, o de otras cosas, es parte del continuum de la historiografía artística, muchas veces, ya digo, de forma ilustrativa. Imposible obviar, en este sentido, la belleza de tantas historias que el arte ha dado, y que muchas veces hablan casi mejor que la obra de un autor porque son puro gesto, motivo y trama. El tema estriba en no reducirlo todo a eso, y dejar por solventado un pensamiento con una historieta que, a la postre, hace las veces de aforismo o ironía, como esa línea mágica de Blaise Pascal: «He hecho esta carta más larga de lo usual porque no he tenido tiempo para hacer una más corta». Y así con todo. Ejemplos que nos reúnen en torno a la mesa de madera del arte para la alegría de una sobremesa donde los comensales se pasan la palabra recordando viejas anécdotas siempre nuevas, porque anécdota y memoria se entrelazan.

Incluso puede una anécdota quedar, perpetuarse, y la persona o el personaje desaparecer, para revivir mediante ella. En este sentido, el humor también juega un papel crucial, pues rompe el hielo, la anécdota, da luz, o pistas que sobrepasan primeras intenciones. De aquí a la burla o a la leyenda hay poco o nada de distancia, además. ¿Cuántas veces hemos conocido en persona a alguien, o hemos leído por primera vez sus textos, o visto sus cuadros, conociendo tan sólo las habladurías, los dimes y diretes, sin siquiera ser demasiado cotillas o devotos de los chismes y eso ya era un montón, para ahora pasar a esperar a conocer una perspectiva no virtual / analógica de ese alguien, prefabricada con esas narraciones que nos hicimos de ellos, lo que sea, pero memorable?

Sobre esto, hay quien hace de ello sistema, como aquella profesora mía de colegio de Lengua y Literatura, Marisa, que nombraba, como mínimo, un pueblo del país por clase; y, según el concepto de microhistoria del hijo de Natalia Ginzburg, en algo similar a la paralela intrahistoria de Unamuno, tú no podías evitar pensarla parando en carretera o como geógrafa brillante que conocía a la perfección los rincones más marginales de la Cordillera Penibética. Sirviéndonos de historias ajenas, más o menos visibles o imaginarias, haciendo tejido —texto— de ellas, las anécdotas aquí funcionan como engranajes de un «proyecto» de epistemología mayor, donde, al escoger, quedamos retratados. Fealdad o belleza, gracilidad o densidad suma, chiste o refrán, la elección lo es todo, porque, en el fondo, todos tenemos nuestro cuaderno de citas, ya decía, como el cuaderno de recuerdos (éstos últimos pudiendo llegar a ser inventados o robados, pero, por repetición —un concepto muy ligado a la anécdota—, sentidos como propios).

Lo que no sé es hasta qué punto la anécdota debiera ser lo que quede fijo en nuestro recuerdo, y por qué motivos, y no otras cosas. Creo que lo atribuyo a la sensibilidad y a la atención, muy en el fondo. Porque quien se da cuenta de las cosas, de eso mínimo que apunta a algo más general, hace de todo una anécdota —o está en su mano hacerlo, y a su antojo—, muchas veces siendo lo que sobrevive a la propia experiencia vital en la que ésta tomó forma o de la que se desprende ahora manipulada por una psique parcial. Sobre esto último, ya hemos mencionado la memoria, pero hay otra palabra que se ajusta más a mi cometido: la memorabilidad, cuota mayor de la anécdota, cima de los restos. La memorabilidad, de hecho, me ha obsesionado como poeta durante años reconociéndola en textos de escritores decisivos porque, tras releer mucho, sentía que ellos jugaban con este poder que les concedemos a las anécdotas como metáforas pero desde el texto, y aquí entran el «Abril es el mes más cruel» o el «Rose is a rose is a rose is a rose»: no diré nombres. E igualmente me ha sucedido con un par de amistades, personas brillantes, que se movían bien en este reino de lo gestual, siendo decisivos comentarios suyos en citas señaladas o sencillamente actuando como actuaban, algunas veces por una falla social, timidez extrema dada la vuelta, valentía con alcohol o guardar una negativa a lo gregario desde el escapismo no siempre habiéndose leído El único y su propiedad, de Max Stirner.

¿Qué otras opciones tenemos? La principal, diría yo, aunque compleja porque estamos en pleno siglo XXI, es la ajena a la intertextualidad, padre y madre de la anécdota. Un decir que sea personal (con persona o sin ella), y sobre todo la creatividad (con originalidad o sin ella). Sé que es pedir mucho cruzado el milenio y atravesada la cultura y con La Odisea en los cines filmada con cámaras IMAX, pero tal vez el enemigo principal de la anécdota sea el presente puro; una forma de escribir, decir y hacer que se tome como personal y el otro no la reconozca como una llamada de atención que quiera sumarse a la ristra de maniobras que tenemos para contarnos a nosotros mismos y donde la anécdota adquiere un papel preponderante. Pero vamos, que eso no va a pasar porque no depende únicamente del que realiza el texto, la palabra o el acto, sino de la mente del otro; y además a todo el mundo le gustan las anécdotas —¡incluso a mí, ya digo, de ahí el título de este escrito!—, que es como nos hemos contado desde los tiempos de Egipto y más allá, mitos griegos que también contienen anécdotas elaboradas y luego, de un salto, la prensa rosa y amarillista que se ha comido el corazón de todísimas las generaciones.

La política, y en general todo lo institucional, se mueve también por estas lindes, no digamos ya en las monarquías y la diplomacia. En estos sectores sí y no de la sociedad civil actuar es directamente encomendarse a la gestualidad; y hoy, más que nunca, con el clickbait, la captación de la atención y el lema / la cita, hasta la gente que comparte un algoritmo parecido al tuyo, puede llegar a comentarte un comentario de un comentarista que tú has leído de camino en el metro, dos o tres horas antes, o que hubieras leído después. En esto soy tajante: prefiero las grandes anécdotas a una cita «propagada», y apoyarme en aquéllas para hablar de algo y olvidarme de éstas, por salud y por justicia. Así, prefiero mil veces algo vivido en primera persona —ya sea anécdota futura o no—, es decir, una experiencia, que la pasividad de un sofá que no es valiente ni se expone a un mundo donde cada vez es más difícil hallar encaje, porque la convivencia también ha hallado otras formas de manifestación; y lo privado, a no ser que seas Emily Dickinson o Fernando Pessoa, ya no tiene el mismo valor que exponerse en el día a día, como cuando llevé el otro día higos y cocadas a mi puesto de trabajo porque regresé de vacaciones y valoro a mis compañeros, y los higos, comprados en un mercado de Portugal dos días antes, tenían bichos, y ahora bien podría ser yo «el que lleva fruta con bichos al Museo».

Pero no quería hablar nada o mucho de política, sino de esa carta que Victor Hugo le envía a su editor cuando termina Los Miserables y se va de retiro y que es considerada la carta más breve de la historiografía literaria (y quién sabe si de la Historia). Consistía, básicamente, en un signo de interrogación («?») que el maestro francés le enviaba a su editor para saber cuál estaba siendo la acogida de su obra magna, a lo que el editor siguió el juego respondiéndole ¿CÓMO, DIOS MÍO DE LOS DIOSES MÍOS?: con un magistral signo de exclamación («!»). Por estas cosas vivo, o al menos yo; belleza en estado puro que me hace amar la anécdota y regresar a ella de ida y vuelta como estoy haciendo ahora. O será tal vez que lo que busco en la anécdota es belleza, y no lo anecdótico per se. Y hay muchas maneras de hallar belleza, pero lo que pido a los escritores y escritoras desde el presente de mi pequeño despacho propio es que también se atrevan a recordar hacia adelante, es decir, a ser, si no podemos evitar seguir amando las anécdotas, el crearlas ellos, y sin que se note, porque hay mucho teatrero, y por esas sí que no paso, no. Actitud, en suma, en la que otros vean reflejada una manera de estar en el mundo que apunta alto, sueña, empatiza con el prójimo, tiene altura de miras, abraza al débil y es forajida en el mejor de los sentidos, esto es, con más moral que ética, con más acciones que teoría. En el Cabaret Voltaire esto estaba escrito sin estarlo, y así en la ‘Patafísica y afines.

Llegamos así a las tripas de la cuestión: ¿a favor o en contra de la anécdota? Yo a favor, y luego en contra. Lo primero, porque me parece seguir un hilo poderoso, sociológico, histórico y artístico; y lo segundo, porque muchas veces es un reclamo de atención, un atajo o un desvío, para más inri apoyado en logros —o errores y desfalcos, ojo— de otros y otras. Es como lo de los referentes de lo que tanto se habla ahora, y que a mí me parece central porque los chavales tienen que tener adonde mirar, pero digamos que mi solución es que se miren también, o primeramente, a sí mismos, y se construyan desde esa autoconciencia para así cimentar una «historia personal», como me gusta decir a mí, que pueda ser después, si acaso, emulada (o negada con toda fuerza, pero recordada como las anécdotas que venimos estudiando). Porque sí: Joseph Beuys fue salvado de un accidente y por eso usó fieltro y grasa animal en su obra futura como un gesto pero, sobre todo, como toma de consciencia, y eso hizo mejor su obra (y su controvertida persona).

Al final, de lo que se trata es de ser coherentes y de no olvidarnos de nosotros mismos, supongo. ¿Que esto lleva a cierto individualismo al negar la cita, y por tanto al otro, si evitamos la anécdota? Pues en algo, pero no en todo. Libros de historia, catálogos y obras de coleccionismo copan nuestras estanterías y es tarea nuestra decidir qué es más interesante para nuestros caminos, pero sin olvidarnos del potencial creador que albergamos en nuestro interior. Esto que digo, en un instante tan decisivo como el de 2026, movido por modas y tendencias hasta la consolidación de un nuevo género pop de difícil definición, considero que alberga cierta importancia, pues vamos más lento que los rápidos (los rápidos ya sabemos quiénes son, o quiénes serán que fueron, pues creo que se irán yendo a pique todos los que mandan sin mirada: soy optimista), gente que ya no confía en lo institucional y se interesa por lo que nos es más inmediato, y por tanto, por los que tenemos más cerca, siendo así más solidarios, más conocedores; y generando un contrapoder que puede ser de ayuda en una civilización que, si la viéramos como una anécdota, en el futuro sería considerada avara, violenta y terriblemente ciega a un mundo que alberga la posibilidad de tomar todavía en serio a sus pequeños y mayores a mejor.

Esto último no es ninguna anécdota. O, si lo es, es una muy seria: la de la descomposición de una sociedad que no recuerda, y si recuerda, no recuerda el encuentro entre Celan y Heidegger en aquella cabaña de la Selva Negra en 1967 con las implicaciones que ese encuentro implicó sirviendo como sinónimo del terror, hoy olvidado; sino que se decanta por la gracieta de Fernando Arrabal —el inmenso y tan querido Arrabal, sin embargo— y el paseo de la langosta con un hilo de seda azul por París de Gérard de Nerval —el inmenso y tan querido Nerval, cependant—, es decir, que prefiere a ratos la banalización a la toma en consideración de ideas y momentos relevantes que puedan servir, tanto individual como colectivamente, de cara a la ilustración de un pensamiento por-venir que consolide el presente y mire hacia el futuro con ilusión.

Así, no es cuestión de ser más o menos serios —yo también sé pasarla bien, perdónenme—, de tener un rictus cariacontecido o de reírse a carcajadas como si no hubiera uno conocido el sufrimiento, sino de saber elegir, manteniendo un equilibrio y siempre para un buen cometido, entre el enorme corpus de anécdotas que la historia nos brinda o nos ha brindado ya, y que, sin duda, es capaz de alumbrar lo más importante que tenemos: a nosotros mismos y nuestra gran soledad. Un ejercicio, en definitiva, el de la anécdota, que estimo y valoro, pero del que me canso cuando es empleado en exceso porque se recrea en una otredad superficial y olvida al autor encarnado que se vale de su trabajo íntimo y de su provecho fruto de lecturas y de una respuesta tajante ante el lugar que ocupa en el mundo en tanto que creador. Más todavía en estos tiempos del «desafío creativo», donde las anécdotas son menos humanas que nunca, o recuerdos de una humanidad ahora en aleatoria configuración, y cuyos retos son inmensos, inmensos.

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