Cine y series

Tyler Durden tenía una cuenta de Instagram (una lectura actual de ‘El club de la lucha’)

Veinticinco años después, 'El club de la lucha' (1999) ya no parece una película sobre hombres pegándose en sótanos, sino sobre gente agotada mirando el móvil en el baño del trabajo. Tras volver a visionarla, Manuel Molina reflexiona sobre la cinta de David Fincher y su legado (más sociológico que cinematográfico).

«Lo que posees acabará poseyéndote», dice Tyler Durden —en boca de Brad Pitt— mientras se bebe una jarra de cerveza. Así comienza la relación entre un tipo atormentado y su (atención: espóiler) imaginario amigo. Y es que la pasada semana volví a ver la cinta de David Fincher inspirada en la novela de Chuck Palahniuk y pude comprobar que está más actual que nunca.

El club de la lucha se estrenó con controversia en 1999, el último año del siglo XX, siendo un completo fracaso comercial. Y aunque Pitt afirmó que era la mejor película donde trabajaría, la cinta fue incluso abucheada en el Festival Internacional de Venecia. Sin embargo, su posterior estreno en DVD y televisión por cable le dieron un segundo aliento hasta convertirla en lo que es ahora mismo: una película de culto.

Quizá por eso, su fracaso inicial tiene algo de justicia poética: no nació como clásico instantáneo, sino como esos objetos culturales que primero incomodan, luego circulan de mano en mano y finalmente terminan explicando una época mejor que muchos estrenos celebrados.

¿Y por qué esta cinta está más actual que nunca? Pues porque habla de un tipo alienado por el trabajo y el mundo materialista que lo rodea. El Narrador (Edward Norton) es un agente de seguros que vive por y para trabajar. Padece de insomnio, presión laboral, estrés y su única obsesión es adquirir artículos por internet para disfrazar su vida gris. ¿Os suena? En uno de sus viajes conoce a Tyler Durden, un hombre que viste con colores vivos, con un físico espectacular y una filosofía de vida basada en la liberación social y espiritual. A partir de ahí ,funda(n) un club donde los puñetazos liberan la presión a la que estamos sometidos en el día a día. Es decir, Fincher cambió de manera radical los gimnasios premium y las sesiones de Crossfit por hostias en plena calle.

Escena de ‘El club de la lucha’ (1999).

Hoy por hoy, lo más llamativo de la película es su contemporaneidad. Si obviamos todo lo que acontece a la violencia, el mensaje es que la presión social nos empuja a medios de vida vacíos e intoxicados por los estímulos publicitarios. «¿Así es como debería ser un hombre?», le pregunta El Narrador a Tyler ante un anuncio de Gucci en un autobús urbano. Las modas y tendencias marcan nuestra forma de vivir, y muchas veces nos atomizan. Hace más de 25 años que se estrenó El club de la lucha y todavía seguimos divagando entre páginas de decoración o muebles de auto-montaje. Desechamos por kilos ropa y accesorios solo para poder ser engullidos por la masa y las tendencias. En uno de sus discursos, el personaje de Brad Pitt dice que «la publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. (…) Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock». ¿Seguís pensando que David Fincher no era un adelantado a su tiempo? A diario nos absorbe un «cerebro de cristal» que todos llevamos en el bolsillo. Nos metemos en una espiral donde se nos inunda de noticias —falsas o no—, recomendaciones, discursos, consejos, ofertas… Nos amargamos cuando un lunes por la mañana, fumando un cigarro o sentados en la taza del baño de la oficina, vemos cómo un perfil de Instagram con trescientos mil seguidores navega en un yate y bebe champán. Es en ese momento, mientras nos lavamos las manos frente al espejo o apagamos el cigarro en la papelera de la entrada al trabajo, cuando nos preguntamos: ¿cuál es el sentido de la vida?

Si en 1999 el catálogo de Ikea era la promesa de una identidad montada por piezas, hoy ese catálogo es infinito y cabe en la pantalla del iPhone. Ya no queremos solo el sofá o la lámpara de moda. Queremos el cuerpo de moda, el viaje correcto, la opinión perfecta, la vida estipulada… Y todo eso llega envuelto en una estética de libertad que, en realidad, se parece bastante a otra forma de obediencia.

Porque quizá Tyler Durden hoy no vendería jabón ni se escondería en una casa en ruinas. Quizá tendría un perfil cuidadosamente descuidado, una comunidad de seguidores, frases motivacionales sobre romper con el sistema y una newsletter para enseñarnos a vivir sin normas. Lo inquietante de la película no es solo que Tyler exista en la cabeza de El Narrador. Lo inquietante es que, veinticinco años después, nosotros también fabricamos versiones mejoradas de nosotros mismos para sobrevivir al escaparate permanente.

Póster original de ‘El club de la lucha’ (1999).

La distorsión de la que habla la película es más real que nunca. Hay que dejar de lado todo lo relativo a las peleas, el ejército de monos lanzados al espacio y el proyecto Mayhem. Eso es cine, por favor, no nos volvamos locos. Pero la violencia no es el mensaje, sino el síntoma. Lo que la película enseña no es una salida, sino una enfermedad: la necesidad de sentir algo, aunque sea dolor, cuando todo lo demás se ha vuelto decorado, rutina y anestesia.

Sin duda, el mensaje más alucinante que me dejó este nuevo visionado es la huida de El Narrador hacia la ficción. Para escapar de su mundo absurdo, rutinario y vacío, el personaje de Edward Norton se inventa un amigo imaginario. Un alter ego que es más guapo, más fuerte, más listo, que folla mejor y que es capaz de arrastrar a las masas. Es decir, busca en la ficción una vía de escape ante la realidad que le carcome. Y es que, tal vez, en estos tiempos absurdos, violentos y grises, solo quede huir hacia adelante a través de una sala de cine o las páginas de un libro.

Quizá por eso El club de la lucha sigue funcionando. No porque queramos ser como Tyler Durden —aunque a veces se haya entendido así de mal—, sino porque todos hemos sido alguna vez El Narrador: alguien cansado, insomne, lleno de objetos, de ruido y de obligaciones; preguntándose en silencio si esta era la vida que le habían prometido.

Y ahí está la trampa: la película no nos invita a quemarlo todo; nos recuerda que, cuando una sociedad solo ofrece consumo, rendimiento e identidad prefabricada, siempre aparecerá alguien dispuesto a vendernos una liberación falsa. Aunque venga con gafas de sol, unos abdominales de escándalo, una camisa hortera y una frase perfecta para tatuarse en el brazo.


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