Arte

Francis Bacon: pinceladas de dolor

La tormentosa obra de Francis Bacon está íntimamente ligada con su atribulada vida interior y con sus experiencias. Aquí te explicamos los motivos por los que sus pinceladas dibujaban tanto dolor.

«No creo que  los artistas nazcan; pienso que vienen de una mezcla del ambiente que les rodea, la gente que conocen, y la suerte. No es hereditario, gracias a Dios. Pero “artista” es una palabra muy grande; hay muy pocos pintores que son realmente artistas. El instinto creativo realmente existe, eso es lo que hace que me levante todas las mañanas y es lo que me fuerza a pintar; de otro modo, sería una prostituta».

Francis Bacon

Estas fueron las palabras de Francis Bacon cuando su entrevistador y amigo F. Giacobetti le preguntó al pintor si él mismo consideraba que había nacido artista -o no-, abriendo así, de paso, un debate que podría ser eterno: ¿el artista nace o se hace?, ¿llegan ciertas personas al mundo marcadas con el sello de «artista» en la frente o es una mezcla entre personalidad y circunstancia? Como afirmó Bacon en esta entrevista –la última que concedió, por cierto–, allá por el año 1992, parece que los artistas -y el arte- son el resultado de muchos factores reunidos: capacidad creativa para convertir la realidad en ilusión –y viceversa–, las personas que te influyen y te rodean a lo largo de tu vida; y, sin duda, el factor azaroso, porque la suerte tiene que estar de tu lado si lo que deseas es triunfar.

No son pocas las ocasiones en que los ciudadanos corrientes, como tú y como yo, observamos con un poco de envidia -admitámoslo ya, por favor- la vida de las celebridades: dinero en exceso, una rutina perfecta, estar siempre rodeado de “amigos” y ser querido y alabado por la multitud. Sin embargo, podríamos decir que la vida de muchos de ellos ha sido de todo menos feliz. Es el ejemplo de Bacon, la verdad; un hombre al que la vida no trató lo suficientemente bien, ni con todo el cariño que un recién llegado merece cuando llora por primera vez. Francis Bacon (1909-1992), concretamente, nació en el seno de una familia irlandesa bastante acomodada -y conservadora-; no obstante, lejos de quedarse con el lujo y la fanfarria, el joven artista sufrió el rechazo de su núcleo familiar desde la adolescencia, cuando admitió que era homosexual. Este hecho, quizás, fue el desencadenante de sus fobias y desórdenes, el primer paso que lo llevaría a desarrollar una personalidad más bien perturbada y perturbadora, y a vivir una vida llena de contradicciones y contrastes.

Si, como él mismo afirmaba, los artistas son el resultado de una mezcla entre el don de la creatividad y las circunstancias vitales, estas debieron ser –en su caso– unas circunstancias psicológicamente devastadoras, pero también lo suficientemente propicias como para llevarle en pocos años a los más alto de la Historia del Arte Contemporáneo. Pero, ¿cómo no iba a ser así, si todo lo que exhalaba Bacon era talento? Para empezar, su lugar de trabajo predilecto era un reflejo de su alma: un lugar oscuro, pequeño y sombrío ubicado en el número 7 de la calle Reece Mews, en South Kensington, uno de los barrios más caros de Londres. Era un estudio invadido por el caos de los pinceles, los libros y los botes de pintura; pero, sobre todo, fue el estudio donde el artista reflejó sus ambiciones y donde confeccionó la mayoría de sus obras. Como él, que por fuera emanaba el aura del artista y por dentro estaba lleno de dolor, aquel apartamento desvencijado y pintarrajeado -el propio Bacon hacía las mezclas de sus pigmentos sobre las paredes, las puertas, las tazas de té- era indispensable para concebir tanta grandeza exterior, tanta ampulosidad kensingtoniana.

Fue en este espacio cochambroso, por tanto, donde Bacon pintó sus cuadros y retratos más conocidos, normalmente de 09:00 a 17:00, como si tuviera el horario estricto de un obrero, que era un papel que le encantaba representar a pesar de ser -por el contrario- una persona con privilegios. Una vez que terminaba su “jornada laboral”, eso sí, dedicaba todos sus esfuerzos a la ingesta prolongada de bebidas espirituosas, lo cual le provocaba -como todos podéis imaginar- unas resacas infernales al día siguiente. Es curioso, cuanto menos, que esta circunstancia diese lugar, luego, a una de las características más reconocibles de su obra: la sequedad, la ausencia total de brillo en sus composiciones; y es que Bacon, incapaz de concentrar la vista en la blancura del lienzo vacío por culpa del martilleo que notaba en su cabeza todas las mañanas, decidía darle la vuelta y pintar exclusivamente por la parte de atrás; provocando, así, el efecto mate y poco luminoso de sus cuadros.

Fotografía del interior del estudio de Francis Bacon.

Por otro lado, Francis Bacon era una persona extremadamente perturbada. En ocasiones, cuando el aburrimiento se instalaba en su vida, se dedicaba a esperar en la puerta de los hospitales a jóvenes enfermos y les ofrecía dinero –le daba igual la cantidad– a cambio de sexo. Su vida amorosa, al igual que el resto de sus facetas vitales, estaba marcada por una locura desenfrenada; y a pesar de que era un artista que solo conseguía concentrarse en la más absoluta intimidad, consintió que uno de sus amantes –probablemente el que más marcado le dejó– observara cómo trabajaba; que era, a fin de cuentas, como enseñarle su intimidad, su modo de vivir. Esta criatura fue George Dyer, quien protagonizó y originó uno de los episodios más escandalosos de la vida del pintor irlandés.

Ocurrió el martes 26 de octubre de 1971, cuando el propio Bacon organizaba la que tendría que haber sido la mejor noche de su vida en el Grand Palais de París, donde tendría lugar una gala que le consagraría como uno de los mejores artistas del momento. Pintores y personalidades de la talla de André Masson, David Hockney o Joan Miró acudirían para contemplar las obras del pintor irlandés; pero, a pesar del éxito y de los aplausos, había alguien a quien toda esa parafernalia no le estaba sentando demasiado bien; y no, por primera vez no era Francis Bacon la presa de un arrebato de ira, sino su víctima indirecta. Total, que mientras Bacon era elogiado y alabado hasta el extremo, su amante George Dyer había decidido volver a su habitación, encerrarse en el baño y quitarse la vida; un poco por celos, un poco por desesperación, y así fue como convirtió la noche perfecta de Bacon en una pesadilla atronadora; tan atronadora que los ecos del desastre aún se escuchan hoy, en su obra.

Desde la adolescencia, la crudeza que siempre acompañó a sus experiencias personales llevó al propio Bacon a la creación de una obra original y diferente, sobre todo si la comparamos con lo que hasta entonces se había impuesto por culpa de la tradición. En sus obras, muchas de ellas retratos, Bacon pretendía romper con la simetría: dibujaba cabezas sin cráneo, las pintaba como una especie de globos deshinchados, como bolsas de carne; pretendía, con esto, capturar una identidad que fuera más allá de los emblemas. Sus pinturas parecen, de hecho, fotografías desenfocadas y movidas con las que quería poner de manifiesto que la vida es, en realidad, una metamorfosis constante, que las personas realmente cambian a lo largo de su vida -y de qué manera tan bestial-; quería reflejar, así, el paso del tiempo en la pintura, vaya. Lo que realmente le atraía era esa concepción de la metamorfosis del cuerpo como representación gráfica de los tormentos del espíritu.

Las pinceladas de Francis Bacon son, por tanto, el resultado de la materialización artística de una mente –si se permite la expresión– completamente tarada. Es la obra de un ser abandonado por su familia, de un ser homosexual y anticlerical al que le recriminaron todas sus creencias, siendo su padre -una persona adinerada y costumbrista- quien más profundamente lo rechazó. La obra de Bacon nos muestra los entresijos de una personalidad atribulada y sufridora; y nos enseña que muy pocas cosas nacen de la nada, sino que normalmente -hasta las más aterradoras- brotan de nuestro interior. Lo que fue Bacon, en realidad, es una persona incomprendida, y su legado demuestra perfectamente que la obra de un artista no puede ser otra cosa que su carta de presentación, su historial de experiencias y deseos; es la prueba más rotunda de que, a veces, las flores más altas crecen en el lodo.

Mercedes Alcalde, me gradué como historiadora por la Universidad de Córdoba, no solo porque es una carrera apasionante, sino también en una huida hacia delante de las matemáticas. Mi vida pertenece a las letras o ellas me pertenecen a mí; el caso es que nos llevamos bien. El mundo de la cultura y yo siempre hemos tenido un claro match: ahora nos ha llegado el momento de pasar del tonteo a algo más serio, por ello en la actualidad me encuentro profundizando un poco más en un Máster de Cultura Contemporánea.

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