Literatura

Hable con ella: la búsqueda del interlocutor frente a conversaciones de cristal

En una época de inmediatez virtual y conversaciones por Whatsapp, ¿quién nos escucha realmente? Carmen Martín Gaite tendría algo que decirnos.

«Toda búsqueda de aprecio, de identidad, de afirmación o de confrontación con el mundo se reduce, en definitiva, a una búsqueda del interlocutor».

CARMEN MARTÍN GAITE

A Carmen Martín Gaite, salmantina de nacimiento y corazón, siempre le preocupó haber empezado a escribir demasiado tarde. No fue hasta 1955 cuando publicó su primera novela El balneario, justo antes de despedirse de sus 29 años. Al punto, fue catapultada hacia el éxito tras hacerse con el Nadal dos años después y con este, muchos más premios que, con el tiempo, le fueron llegando. Así, a pesar de su nimia preocupación como escritora tardía, su producción fue muy extensa y abarcó todos los géneros literarios, siendo principalmente reconocida por la temática de sus novelas escritas a ritmo lento –precisamente- y llenas de elementos fantásticos, escenarios costumbristas y personajes reflexivos. Repito: personajes reflexivos, porque es importante remarcar que lo que más caracteriza su obra y la diferencia del resto es la profundidad con la que trata, impecablemente, la psicología e introspección de cada uno de sus protagonistas.

Ella supo dar voz a los tormentos de la existencia y llenar el vacío con palabras y soflamas, aliviando siempre la tristeza que –a veces, sin saber por qué-, se diluye en nuestras vidas. No se trata de decir que los personajes de Martín Gaite son personajes perturbados o con desequilibrios al estilo Dostoievski. No, no es eso. Simplemente dan vida a sujetos con sus propias neurosis e hipocondrías, preocupaciones y desvelos, causados por el monótono suceder de una ciudad pequeña, por las recias limitaciones de las convenciones sociales o, más concretamente, porque los personajes no han encontrado un sitio donde llegar a ser felices. Y tal vez, fue este el gran mérito de la escritora: saber entender que el sufrimiento es parte de la vida, que “las verdaderas ataduras son las que uno escoge, las que se busca y se pone uno, pudiendo no tenerlas” y sobre todo, la importancia de que nuestros pensamientos más sombríos pueden ser sosegados mediante la conversación, mediante lo que ella denominó la búsqueda del interlocutor.

Novela tras novela, la fue perfeccionando, entrelazando las reflexiones de la escritora y el lector mismo, en un diálogo invisible, pero verdadero, que huía de cualquier limitación verbal o de tiempo. Con sus propias palabras:

“Yo creo que si siempre pudiéramos hablar bien con toda la gente, tal como queremos, y tuviéramos un tiempo, un plazo narrativo, una pausa para hablar y ser escuchados y escuchar, quizá, no escribiríamos. Es como un sucedáneo: en vista de que no encuentras ese interlocutor pues te pones a escribir”

Carmen escribía porque consideraba la literatura “como un consuelo de la sed de expresión que a veces la vida nos niega”, consciente de que no siempre iba a ser comprendida, ni iba a encontrar al interlocutor conveniente en el momento preciso. Recurrir a la escritura era recurrir al espacio seguro donde el lector escucha, el escritor es escuchado, y viceversa. De esta manera, la máxima representación de su búsqueda del interlocutor la perfila en Retahílas, novela por capítulos con dos personajes principales que hacen avanzar la narrativa a través de una experiencia de discurso dialógica. El motor principal es la conversación: un capitulo pertenece a uno y el siguiente es la contestación del otro. Y así continuamente. La alternancia de pensamientos entre los dos protagonistas pule la técnica del monólogo interior y facilita la introspección.

¿Qué sucedería, pues, si nuestras conversaciones fueran así, si ocuparan largas páginas sin intervención hasta que consideráramos su fin y la pertinente respuesta del otro? ¿Qué sucedería, teniendo en cuenta nuestro presente, nuestra realidad, una época donde las conversaciones a través de pantallas de cristal aniquilan la expresión? En la senda de lo aquí expuesto, Isabel Bellido publicaba en 2017 para el Centro Virtual Cervantes un artículo titulado “Carmen Martín Gaite contra el «no te rayes»: buscando al interlocutor”, en donde ensalzaba la necesidad de tener conversaciones lentas frente a la inmediatez de la mensajería instantánea y la lacónica contestación del “no te rayes” entre los más jóvenes para solventar – y acabar rotundamente- con rayadas en bucle. Su texto culminaba, además, preguntándose: “¿Qué pensaría ella [Carmen Martín Gaite] del doble check, qué articularía en torno a esa comunicación que, aunque escrita, es del todo contraria a su ritmo lento?” No cabe duda de que se disgustaría.

En estos cuarenta días de reclusión –o algo más-, hablé con ella, con Carmen, a través de sus textos, por supuesto. Y la entendí y me entendió. Y comprendí, además, que todo sería más sencillo si nos escucháramos sin prisas, si fuéramos capaces de pronunciar la retahíla de nuestros pensamientos. Por eso, este texto no pretende tanto poner en valor la obra de C.M.G. y animar a una lectura inmediata –que también-,  sino que prefiere hacer consciente a quien lo lea de que la frustración del ser humano se podría reducir a una falta de comprensión, de escucha y de desahogo que nos lleva a la más profunda insatisfacción. La búsqueda del interlocutor y su consecuente entendimiento es el alivio de nuestro mal endémico: la soledad.

Acerca de Victoria Ocaña

Victoria Ocaña. Tras graduarse en Estudios Ingleses (UCM), completó su formación con un máster en Cultura Contemporánea por la Fundación Ortega-Marañón. La carrera le enseñó a valorar, por encima de todo, nuestra lengua. Ahora escribe sobre literatura, historia y despoblación, pero lo que de verdad le apasiona es la música: desde Albéniz a El Columpio Asesino. Podría vivir sin la palabra pero nunca sin la música.

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