Cine y series

Sueño inexplicable

Cuando se observa una película es mejor conocer su contexto si lo que queremos es entenderla y disfrutarla como se merece; además, si la escena cuenta con la mirada de Federico Fellini (o de Claudia Cardinale), mejor.

En un momento en el que se ha impuesto la necesidad de analizar los actos pasados desde la perspectiva del presente, atreverse a escribir un artículo sobre algún papel femenino en el cine clásico lleva, de forma ineludible, a que algún usuario de internet indique que se está ensalzando el patriarcado y la heteronormatividad en las representaciones cinematográficas. En este sentido, si eres de los que opina que cada cosa hay que analizarla en su contexto, los tres próximos párrafos te resultarán superfluos.

Sin embargo, si, por el contrario, consideras que es necesaria una crítica actual al pasado, que el arte cinematográfico no es solo arte en sí sino que su significado y valor puede y debe variar según en el contexto -como todo en esta vida, depende de la perspectiva que se adopte-, también es cierto que esa crítica, actualmente, se suele enfocar desde el ángulo del feminismo de la igualdad («No se nace mujer: se llega a serlo» –BEAUVOIR-), cuando, desde la óptica del feminismo de la diferencia (LONZI), se podría reinterpretar esa visión patriarcal como una forma de ensalzamiento de algunas características genuinamente femeninas.

El feminismo de la diferencia, como señala su propio nombre, considera «la diferencia hombre-mujer no como una construcción cultural sino como una diferencia real en el ser, el sentir y en las necesidades de cada uno de ambos sexos». Se defiende, por tanto, argumentando que la mera igualación del hombre con la mujer no es suficiente, ya que la configuración de la sociedad está hecha a la medida del hombre, por lo que para obtener una verdadera igualdad no basta con ocupar los espacios que anteriormente estaban reservados al género masculino, sino que,

«una vez ocupados estos espacios, las mujeres no se masculinicen [y] creen de manera consciente y militante lógicas de relación entre ellas y concepciones normativo-culturales […] enfrentadas a las de los hombres y que poco a poco vayan copando tales espacios […] produciéndose una ruptura de la división género-espacio posible, lo que modifica no sólo (sic) el sexo de las personas que los ocupan sino los tiempos, ritmos y paradigmas relacionales existentes en su interior». (NOGUERA FERNÁNDEZ)

En esencia, se busca la complementariedad entre ambos feminismos: que no solo se logre la igualdad real entre hombre y mujer, sino que además se adapte la sociedad para que estas puedan desarrollarse sin enfrentarse a contradicciones entre su individualidad y su identidad de género (representada, en la mayoría de los casos, a través del concepto de «maternidad» –HERNANDO-).

De esta manera, puestos a hacer crítica de las obras del pasado siguiendo valores actuales, al menos podríamos aprovechar para extraer dentro del papel tradicionalmente asignado a las mujeres elementos que tengan valor en sí mismos, más allá del que se pretendió dar o interpretar en su momento.

A título personal, sin embargo, opino que, salvo obras concretas eminentemente sociales o políticas, cuando se ve una película hay que intentar conocer su contexto para disfrutarla mejor (a veces ni eso), pero no que nuestro disfrute depende de si compartimos -o no- la imagen que la obra nos da. Y es que, en el fondo, el cine no es más que un «sueño inexplicable», como dijo Berlanga en su Discurso de la Academia de Bellas Artes de San Fernando; un delirio colectivo del que, sin embargo, cada uno vive su propia experiencia, única y personal, con matices «propios y aislados»; una «perfecta fusión entre la realidad y el deseo».

Por eso, es bastante posible que donde yo veo la perfección más absoluta en la mirada que Claudia Cardinale le dedica a Marcello Mastroianni en ‘8 ½ (Otto e Mezzo)’ (1963), de Federico Fellini, otro espectador no sienta más que la indiferencia que provoca una escena cualquiera, con suerte; o algún otro se levante indignado ante una representación clarísima del rol de soporte afectivo que el hombre tradicionalmente le ha asignado a la mujer en el cine, cosificándola -de paso- sin darle mayor profundidad que la que le merece su apariencia.

La escena, es cierto, no deja de ser una de tantas en el cine, pero cuando la reproduzco entera, una y otra vez, no puedo evitar recordar el suceso contado por Cardinale en el que un Marcello, en sus últimas semanas de vida, le increpó: «eres una tonta, yo estaba enamorado de verdad y nunca me has tomado en serio». La anécdota me permite suponer, sin andar muy errado, que las miradas y palabras que Marcello le dedica a Claudia reflejan lo que él sentía de verdad, casi como si las hubiera escrito él mismo; que la conversación que sus personajes mantienen sobre el hombre que rechaza a la mujer, y que Claudia le reprocha debido a que -según ella- él no sabe amar, trata en realidad acerca de ellos dos; y, lo que es más importante, nos sirve para imaginar que, quizá, la mirada de Claudia no era tampoco una representación de su papel, sino una verdadera expresión de amor que, al menos hasta donde sabemos, nunca se llegó a realizar.

Y es que, llegados a este punto, tengo que confesar que he redactado el artículo solo como excusa para proclamar que ojalá alguien me mire alguna vez como Claudia mira a Marcello en el fotograma que acompaña a este artículo y que, al menos en mi imaginación, no es solo el sueño del cine, sino la auténtica realidad.


– Simone de BEAUVOIR, El Segundo Sexo (1949), Parte Cuarta, Capítulo I.

– Carla LONZI, Escupamos Sobre Hegel y Otros Escritos; Ed. Traficantes de Sueños, 1ª Edición, 2018.

– Albert NOGUERA FERNÁNDEZ, Capítulo 3: Superar la división espacio-género en sentido constituyente, En Adoración GUAMÁN (cord.) «Feminismos y Procesos Constituyentes»; Ed. Tirant Lo Blanch, 2016, pp. 39-59.

– Almudena HERNANDO GONZALO, La Construcción de la Subjetividad Femenina, Ed. Instituto de Investigación Feminista (UCM), 2000, pp. 101 y ss.

Acerca de Jorge Trujillo

Jorge Trujillo (Santa Cruz de Tenerife, 1994) es graduado en Derecho, máster en sectores regulados y abogado colegiado, ocupación que ejerce durante sus ratos libres en un bufete madrileño, aunque profesionalmente se dedica a soñar con ser, algún día, rentista decimonónico. Mientras espera ese dinero que nunca llega, agota sus energías combatiendo a la Administración en el frío ámbito del Derecho Público. Para no caer en la desesperación, escribe textos que nunca termina y abandona blogs que él mismo ha empezado. Fiel a su espíritu rentista y a la dorada mediocridad, su mayor éxito es que en su currículum no hay ningún logro a destacar, salvo, quizá, el de seguir creyendo -en alguna que otra ocasión- en la justicia.

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