Literatura

Ese otro Unamuno

Todas las biografías y representaciones de la vida de don Miguel de Unamuno terminan con el discurso que dio en la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936; sin embargo, su vida duró aún un par de meses más. Quizá sean estos, incluso, los más importantes de la historia.

Nuestro presente tiene algo, un no se qué, para que se venga reconstruyendo y reivindicando, de un tiempo a esta parte, la figura de don Miguel de Unamuno. Se hace a un nivel biográfico (la atención a su obra seguramente ni sube ni baja): como personaje bien situado ante las circunstancias de su tiempo. Tal es el caso de las recientes películas Mientras dure la guerra (2019) y La isla del viento (2016), así como de una obra de teatro que se estrenó en el Teatro de La Abadía de Madrid –Unamuno: Venceréis, pero no convenceréis– en el año 2017, de José Luis Gómez; nada es casual ni arbitrario, pues. Desde luego, la vida de Unamuno es muy rica en la referencia a su tiempo y puede ser una buena pieza para comprenderlo o introducirlo: fue un hombre bien ubicado, como decimos, pero siempre disconforme con el estado de las cosas, en particular con el político.

Además, y aunque a veces sólo sea desde su propia apariencia, Unamuno se presenta como un hombre sabio. Esta impresión debió de darla desde joven: «Cuando, teniendo poco más de dieciséis años, envié, sin firma, un artículo a El Bilbaíno, Trueba, que era entonces el alma de este diario, lo atribuyó a una persona mucho mayor que yo, que vive y con la que hoy me une una buena amistad. Y a partir de entonces, casi siempre me vi tratado de niño viejo. Lo cual me consuela, pues creo que es el mejor camino para llegar a viejo niño.» Quizás se hubiera identificado hoy con nuestra ya distendida acepción de «viejoven»; pero, a lo que íbamos: cuando se acepta la consideración de sabio sobre Unamuno, ésta no se limita nunca a la condición de «erudito» o de «ratón de biblioteca», sino que le atribuye un cierto saber práctico, una cierta experiencia en la relación con el mundo menos vinculada al tratado y al teorema, y más al proverbio y al consejo. Y es como estandarte de los sabios, precisamente, donde don Miguel es puesto en un aprieto.

Las obras que hemos mencionado anteriormente exponen el camino que vivió Unamuno entre el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y el discurso de la Universidad del 12 de octubre de ese mismo año. Ambos hechos son de sobra conocidos y no me extenderé en ellos: Unamuno, creyendo ver una posibilidad de regeneración en la recién nacida República, apoya el golpe de Estado pública y económicamente. Y, desde su intuición, se va percatando con el paso de los días de las verdaderas intenciones que iba cobrando la sublevación, sobre todo con el transcurso de la guerra civil. Esto culmina, en la expresión de todo ello, con el discurso ya mencionado, cuando proclama su famoso lema: «venceréis, pero no convenceréis». Lejos de la anécdota, lo que hacen estas obras de nuevo cuño a las que nos referimos es mostrar cómo, aun cuando la posición pública de Unamuno fue variando de un punto al otro, su voluntad de justicia y de razón es la constante desde la que juzga los hechos de su tiempo.

Como pieza de referencia de este género, el del intelectual que trata de asir el mundo a la razón, se podría poner Vida de Galileo, de Bertolt Brecht; en la que se nos muestra a un científico absolutamente volcado en su labor, la cual tendrá que defender contra la precariedad, la peste, y, finalmente, contra la razón y los poderes asentados; una obra que, como ninguna otra, da cuenta de la fragilidad de la palabra:

«El pequeño monje: -¿Y usted no cree que la verdad, si es tal, se impone también sin nosotros?

Galilei: -No, no y no. Se impone tanta verdad en la medida en que nosotros la impongamos. La victoria de la razón solo puede ser la victoria de los que razonan.»

Allí donde Unamuno deja claro que, aún teniendo la fuerza, las tropas de la sinrazón no van a poder convencer en absoluto, Brecht realiza la operación inversa: desmitifica «la fuerza de la razón» dejando claro que ésta, la razón, no tiene más fuerza por ella misma que la de sumar a otros a su causa, al convencerles; pero que su destino se juega en última instancia según la fuerza que puedan presentar los demás.

Un biopic limitado

No entraremos a discutir la calidad de estas obras; tampoco si alguna de ellas merece alcanzar «el podio» de la representación de aquellos 81 días que dividieron a Unamuno, tal y como desde hace ya tiempo se viene esperando al mesías de «la obra definitiva sobre la Guerra Civil». Pero hay un Unamuno al que no se le ha prestado tanta atención, y eso sí queremos reivindicarlo.

Al igual que el beso final de los cuentos de hadas es lo que les pone punto y final a los mismos, el discurso de la Universidad es lo que cierra el telón de la vida de Unamuno cuando al director le da por acotar. Sí merece discusión, entonces, esa suerte de tópico por el cual se hace necesario, para representar a Unamuno, escenificar este discurso de Salamanca como si se tratara de una sombra que no deja de acecharlo. Desde luego, son un suceso y una etapa susceptibles de mucha literatura, pero, en pro de ellas, nunca se ha prestado la suficiente atención a lo que realmente hizo, pensó y vivió don Miguel en los días que lo sucedieron, desde la fecha de su ponencia hasta la de su muerte, en la Nochevieja de 1936. Concretamente, después de aquel ultimo golpe, don Miguel pasó dos meses confinado en su casa, pudiendo -como mucho- dar un paseo diario y vigilado por un militar con orden de disparar si intentaba subirse a cualquier coche. Y de eso, desgraciadamente, poco nos han querido contar. En su lugar, las representaciones que orbitan alrededor de este discurso terminan siempre del mismo modo; haciendo, incluso, que los miembros de su familia actúen según las necesidades del guion, y no bajo el rigor que requieren los acontecimientos históricos; que sus hijas, sin venir a cuento, hagan de Pepito Grillo y le reclamen -o le rueguen- coherencia a su progenitor -o, más bien, a la acción-; que su nieto se desdibuje, sin más, y aparezca lleno de tópicos, como si fuera cualquier otro niño que, simplemente, le hubiera enternecido por la calle al propio don Miguel.

Zanjar la historia de Unamuno en el momento de su discurso deja de lado el modo en que, ya defenestrado e impotente, pasaba revista a sus aciertos y errores existenciales. En aquel repaso, de hecho, se cifraba su humildad; y es admirable ver cómo una persona tan cauta por mantener sincera esa «humildad» como era el bilbaíno seguía -incluso sabiéndose derrotado- echando la vista atrás para observar mejor en el futuro. Lo hacía de la misma forma que Napoleón, cuando, ya rendido en Santa Elena, rememoraba y juzgaba con severidad las batallas que había librado en el pasado -no por ello pensando en dar ninguna otra- y las transcriba quién sabe para quién. Lo hacía por una cuestión de profesionalidad en el oficio, y si el de Napoleon fue la batalla militar, el de Unamuno fue la batalla civil; esto es: la pelea por encontrar aquella vida que podamos llamar buena o digna; oficio que libró, primero, contra sí mismo, en sucesivas crisis de espiritualidad; y, después, junto a los otros, en su incesante participación pública. Su último aliento de esfuerzo, sostenido por todos los anteriores, se dio en aquellos días. Toda esa faceta, oculta, de don Miguel de Unamuno también tiene muchas cosas que decirnos, y, sin embargo, aún está por explorar.

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