Literatura

‘Quijotes y Sanchos’ en el Teatro de La Abadía: cuando don Quijote y Sancho Panza son necesarios, no hay nada más necesario

En un lugar de Chamberí, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que andaba un hidalgo de los de carcasa de cassette en astillero, cintas antiguas, auricular flaco y walkman corredor. Hablamos sobre 'Quijotes y Sanchos', la nueva obra de [los números imaginarios].

En un lugar de Chamberí, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que andaba un hidalgo de los de carcasa de cassette en astillero, cintas antiguas, auricular flaco y walkman corredor (…). Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta con que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.

Tal y como consideraba el novelista checo Milan Kundera en 1983, cuando pronunció en Ciudad de México su famosa conferencia sobre La herencia desprestigiada de Cervantes, más tarde recogida en El arte de la novela (Tusquets Editores, 2006), el creador de la Edad Moderna no fue solamente Descartes, sino también el escritor alcalaíno (o alcazareño, según diversas teorías), el autor español más importante y traducido de la Historia, el padre de Sancho Panza y Alonso Quijano: don Miguel de Cervantes Saavedra. En el mismo ensayo, incluso, el propio Kundera también sostiene lo siguiente: «Don Quijote es casi impensable como ser vivo. Sin embargo, en nuestra memoria, ¿qué personaje está más vivo que él? (…) No quiero ignorar al lector y su deseo tan ingenuo como legítimo de dejarse arrastrar por el mundo imaginario de la novela y confundirlo de tanto en tanto con la realidad». Y, efectivamente, leer el Quijote te cambia la vida; serlo (o intentarlo), todavía más.

Lo explica muy bien el director de escena Carlos Tuñón (Sevilla, 1985) en su última obra, Quijotes y Sanchos, la nueva experiencia inmersiva de la compañía [los números imaginarios] y la productora teatral Bella Batalla, programada desde el pasado 24 de septiembre y hasta el 18 de octubre en el Teatro de La Abadía de Madrid. Paradójicamente, y como el viaje mismo del Quijote, la obra no se vive en una sala, entre cuatro paredes y un patio de butacas, sino que consiste en una travesía audioguiada por el barrio de Chamberí -donde se encuentra el teatro- en la que, con ayuda de un walkman y de una cinta concienzudamente grabada por los actores de la compañía, «mirarás el mundo con los ojos de Quijote o de Sancho», indistintamente. Pero, ¿qué significa, exactamente, mirar el mundo así?

En cierto sentido, vivir una aventura como la de don Quijote y Sancho Panza, embestir molinos, armarse caballero o escudero, liberar a princesas enjauladas y confundir a religiosos y a pastores con ejércitos no es otra cosa que vivir tus días persiguiendo un ideal, una vida nueva cuyo rumbo no te asusta. Para ello, da un poco igual el camino que te empeñes en tomar, lo que importa, como dicen [los números imaginarios] a través del cassette, es seguir «tirando hasta que estés seguro de que éste era el camino», seguir confiando en el destino y en que todo pasará, en que todo saldrá bien. Sólo entonces, cuando uno es capaz de arriesgarlo todo por un sueño, por una fantasía, el camino es lo de menos; lo importante es caminar.

Así, desde el Teatro de La Abadía, y siguiendo las recomendaciones del director de escena, uno puede encaminarse hacia donde quiera: izquierda o derecha, hacia Moncloa o hacia Chamartín, e ir reflexionando mientras escucha la cara A de la cinta (la cara B, por otro lado, será para volver). De este modo, por ejemplo, tus gigantes pueden esconderse tras el edificio España (reconvertido recientemente en hotel), a escasos metros de la Plaza de España de Madrid, donde siempre hubo una estatua dedicada a nuestros héroes. O los peligros pueden darte caza en el callejón de la calle de Escosura, muy próxima al teatro, donde hay un graffiti de Pulp fiction y un cartel luminoso de una Escuela de Artes Visuales que, de vez en cuando, refleja una sentencia del director de escena Peter Brook: «Cuando el teatro es necesario, no hay nada más necesario». Algo que, en estos momentos, no hace falta repetir, porque es más necesario que nunca.

Hasta a Cervantes, allá por el siglo XVII, le interesaban los entuertos y las risas que se producían sobre el escenario, así como las nuevas formas de contar, exploradas, sobre todo, por Lope de Vega en su Arte nuevo de hacer comedias. Por medio de algunos de sus personajes, de hecho, en el capítulo XLVIII de la primera parte del Quijote se pone a criticar las comedias modernas en los siguientes términos, en palabras del cura: «Ha despertado en mí un antiguo rencor que tengo con las comedias que ahora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de caballerías; porque habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio, espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres e imagen de la verdad, las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de lascivia. Porque, ¿qué mayor disparate puede ser en el sujeto que tratamos que salir un niño en mantillas en la primera escena del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado?». Mientras tanto, Sancho trataba de salvar a su amo, como tantas otras veces, y advertirle de un encantamiento simulado que él mismo veía tan real como su señor. No sé, ustedes decidan a quién seguir, si a la razón o a la fantasía, pero aquí creemos que es mejor vivir las cosas que oír a la gente discutir. Además, salir como niños en la primera escena (al reproducir la cara A de la cinta de Quijotes y Sanchos) y volver a La Abadía siendo más maduros (con la cara B, con el último capítulo) es precisamente lo que sucede; y nadie, absolutamente nadie, nos verá soltando pestes por ahí.

En cualquier caso, y como escribió Antonio Machado, «caminante, no hay camino, / se hace camino al andar», y qué mejor experiencia que la de pasear por Chamberí una tarde mientras asistes a una función de teatro radicalmente distinta, a una obra tildada de inmersiva no sólo porque te convierta en partícipe de la misma, sino porque, directamente, te hace sumergirte en tu interior y despertar al caballero andante que hay en ti. Dicen, además, que la segunda parte de la obra, coincidiendo con la manera de proceder que tuvo Cervantes, la estrenarán dentro de diez años, y hay que estar preparados; con [los números imaginarios], afortunadamente, cualquier cosa puede ocurrir.

2 comments on “‘Quijotes y Sanchos’ en el Teatro de La Abadía: cuando don Quijote y Sancho Panza son necesarios, no hay nada más necesario

  1. La cultura y nuestras raíces literarias nos ayudarán a salir de nuestros peores momentos

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  2. Pingback: Carlos Tuñón: «A ‘Quijotes y Sanchos’ el público viene a vivir su propia aventura y ni siquiera nosotros, como compañía, podemos impedirlo» – Revista Popper

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