Opinión

Karl Popper o la paradójica defensa de la intolerancia en la sociedad abierta

Ahora que tan en boga está la paradoja de la tolerancia de Karl R. Popper, que ha salido hasta en el 'Sábado Deluxe', hablamos sobre el filósofo que la formuló, que, por cierto, le da nombre a esta revista y que tantos otros malinterpretan por error.

¿Alguna vez nos hemos parado a pensar qué significa eso de tolerar las opiniones de los demás? Tal vez este sea un buen momento para afrontar esta cuestión, atravesados por una pandemia y sumidos en una crisis social y sanitaria en la que el coronavirus, si bien ha hecho tambalear de forma importante nuestra dinámica cotidiana, parece haber pagado todos los platos rotos. Por ello, quiero dirigir mi reflexión hacia toda esta situación atípica que vivimos hoy y que fácilmente nos lleva a presentar la cuestión sobre la tolerancia, tratada últimamente hasta en el plató de Sálvame por Jorge Javier Vázquez. Pero… ¿cómo enfocar este problema correctamente? Hay muchas maneras de hacerlo, y hoy seguiremos una propuesta filosófica no poco discutida en esferas académicas, y más aún a pie de calle, en nuestro hacer y decir diario. 

Creo que una buena forma de comenzar una colaboración con un proyecto es tener la oportunidad de escribir sobre el personaje que le da nombre. Esta tarea supone siempre un compromiso para quien la lleva a cabo, y más si es una persona como yo, con cierta formación filosófica y escasa experiencia en la redacción periodística. No obstante, en estas líneas trataré de abordar el tema de la tolerancia en la sociedad actual, rindiendo un sencillo homenaje a quien el mes pasado (el 17 de septiembre) celebró el vigésimo sexto aniversario de su muerte, una de las figuras más singulares del pensamiento del siglo XX: Karl R. Popper (1902-1994). 

Sociedad cerrada vs. sociedad abierta

Nacido en Viena, en el seno de una familia acomodada de ascendencia judía, desde su juventud, el joven Karl Popper tomó consciencia sobre el panorama socio-político europeo y sentó su defensa de la sociedad abierta a partir de revisiones sistemáticas de las propuestas filosófico-políticas de autores como Platón, G. W. F. Hegel y K. Marx. Es cierto que, tal vez, lo que otorgó mayor reconocimiento a Popper no fue la cuestión social, sino la preocupación por emprender una reforma en el pensamiento científico. Tan meritoria fue la labor de este autor que, junto con T. Kuhn, representa el centro sobre el que pivota toda la reflexión del siglo pasado en torno a la metodología de la ciencia y el desarrollo de su historia. Sin embargo, partiendo de estos trabajos sobre la dinámica de la investigación científica, Popper estudió los diferentes elementos que mantienen vigentes las estructuras de las sociedades contemporáneas, revelando el fracaso que ciertas interpretaciones habían tenido para analizar la historia de las culturas. Reaccionando frente a la miseria de los enfoques historicistas y pseudocientíficos, Popper no dudó en tomar parte, así, en los grandes debates que un conflictivo siglo XX abría en Europa. Poco a poco, el mundo fue percatándose de la situación agónica que atravesaba y que debía superar para llegar a lo que F. Fukuyama entendió como el fin de la Historia; es decir, la victoria democrática en la lucha histórica que Popper describe entre la sociedad abierta y sus enemigos. 

Pero… ¿qué es eso de la sociedad abierta? Popper toma este concepto de la obra del filósofo francés H. Bergson, quien distingue en torno al problema ético-religioso entre culturas cerradas y abiertas. En las primeras, las actividades individuales no son sino operaciones inscritas en una matriz ideológica común que aniquila cualquier libertad, transmutando así la actitud moral hacia una simple obediencia al derecho. Sin embargo, la sociedad abierta rompe con este conservadurismo y proyecta la ética en torno a la libertad individual de los ciudadanos, forjando un proyecto social dinámico compatible con la naturaleza del ser humano y de la vida. 

Popper encuentra en los totalitarismos un claro ejemplo de órdenes cerrados que tienden a agotar la pluralidad creciente a la cual debe tender la sociedad. De este modo, en torno a ideologías inertes en tanto que impositivas, quedan conformadas las sociedades estáticas, donde la cultura se encuentra estancada y, lejos de discurrir entre la libre opinión, permanece anquilosada en una idiosincrasia que marchita cualquier intento de escapar de los cánones marcados institucionalmente. Este es, en definitiva, el escenario frente al cual se levanta la crítica popperiana; un análisis que, si bien fue articulado entre las ruinas de una Europa recién salida de la Segunda Guerra Mundial, es fácilmente legible desde la óptica que permiten atisbar los nuevos felices años veinte. Este nuevo período que se presenta ante nosotros, con nada menos que una pandemia, parece haber levantado la alfombra: desempolvando problemas aún por resolver y mostrándonos un reflejo tenebroso de un pasado que no hemos logrado superar, sino que hemos enmascarado en una huida hacia adelante. Desde luego que no debemos seguir la tesis hegeliano-marxista de que el curso de la historia implica un progreso; ya ha habido muchas teorías que han dado buena cuenta de ello pero, tal vez, este sea el momento para que, al menos, nos detengamos a asumir la profunda crisis social e intelectual que el S. XXI ha heredado de la modernidad y puede que también de la posmodernidad. Quienes reconozcan esta situación sentirán encontrar su yo más ajeno, desnudo frente al espejo, pero tal vez esta sea la única forma de reconocer el declive espiritual de nuestro tiempo, pues como ya apuntaba R. M. Valle-Inclán en palabras de Max Estrella, «el sentido trágico de la vida […] solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada […].»

¿Debemos tolerar a los intolerantes?

¿Por qué resulta tan horrible enfrentarnos a esta proyección de nosotros mismos? Tal vez sea porque comprendemos que hemos llegado al límite; el mundo ha tenido que tambalearse para que nos diéramos cuenta de qué cosas son verdaderamente importantes para configurar una sociedad, cuyo orden abierto no quede enraizado en la potencialidad adquisitiva de su modelo económico, sino en el compromiso ciudadano de todos los individuos que entienden que la riqueza como bienestar es garantía de suelo, pero no el contenido que colma la espiritualidad de la colectividad democrática a la que Popper dirige todos sus esfuerzos. Esta sociedad necesita proyectos comunes basados en ingentes esfuerzos por conciliar una diversidad cada vez más plural en el consenso de normas comunes y justas, y tal vez la pandemia haya dejado en el disparadero asuntos de primer orden en este sentido, siendo, quizá, la tolerancia -o la democracia- algunos de los temas clave a tratar en estos momentos. 

Aunque ha sido una cuestión presente en la filosofía desde la época romana, la tolerancia no llega a articularse de una forma explícita hasta los proyectos de J. Locke, Voltaire y, más adelante, J. S. Mill. En los últimos meses, las redes sociales han popularizado la conocida paradoja de la tolerancia formulada por Popper en La sociedad abierta y sus enemigos (1945): «La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia.» 

¿Dónde debemos encuadrar esta interpretación? Popper expone esta idea de la tolerancia, junto con otras dos paradojas no tan extendidas, en torno a una crítica a la degeneración democrática que propuso Platón en La República. Según el filósofo griego, la democracia no es en absoluto un modelo preferente para la constitución del Estado, pues «es probable que la mucha libertad no se convierta sino en mucha esclavitud, tanto en el individuo como en el Estado…» ya que los hombres «terminan por no prestar atención a las leyes, escritas o no, puesto que no desean tener ningún déspota sobre ellos.» De este modo, según Platón, surgen las paradojas de la democracia y de la libertad, según las cuales la tiranía se termina institucionalizando a través del gobierno de la mayoría. No es un secreto que este modelo era de los menos apreciados por la teoría platónica de la soberanía, que situaba por delante la oligarquía y la aristocracia, y, por encima de todas ellas, la monarquía en torno a la figura del filósofo-rey. Sin embargo, Popper, sin caer en anacronismos, reivindica la institucionalización de la democracia como única vía para forjar -como meta, al fin y al cabo- la sociedad abierta, pues, como él mismo insiste, «no entiendo por democracia algo tan vago como «el gobierno del pueblo» o «el gobierno de la mayoría», sino un conjunto de instituciones (entre ellas, especialmente, las elecciones generales, es decir, el derecho del pueblo de arrojar del poder a sus gobernantes) que permitan el control público de los magistrados y su remoción por parte del pueblo, y que le permitan a éste obtener las reformas deseadas sin empleo de la violencia, aun contra la voluntad de los gobernantes.» Por ello, no debemos seguir la lógica platónica del desarrollo de la libertad, pues, como ya planteó I. Berlin (Dos conceptos de libertad, 1929), este concepto no debe ser interpretado exclusivamente como ausencia de constricciones externas (libertad negativa), sino que también puede afrontarse como la posibilidad de un proyecto de autorrealización (libertad positiva). Es en esta dicotomía donde podemos encuadrar la solución que ofrece Popper y que, finalmente, le lleva a formular la emblemática paradoja de la tolerancia: una sociedad tolerante no debe consentir el desempeño de actitudes que jueguen en contra de la libertad de sus individuos, pues, la libertad de expresión característica de una cultura abierta podría verse del todo amenazada por regímenes intolerantes que se entrarían a una comunidad en la que, siguiendo el razonamiento de La República, no se le cerraría la puerta a nadie. Popper asegura que es necesario imponer ciertas limitaciones desde las instituciones estatales, que habiendo sentado su poder en los ciudadanos, tienen la obligación de velar por su bienestar, siendo incluso legítimo el empleo de la violencia para salvar la democracia y evitar así, a toda costa, el ascenso de este tipo de ideas distópicas, desde la perspectiva popperiana: «No estoy en todos los casos y circunstancias contra la revolución violenta. Creo, al igual que algunos pensadores medievales y del renacimiento cristiano que justificaban el tiranicidio, que puede no haber otra salida, bajo una tiranía, que una revolución violenta.» 

«La paradoja de la tolerancia», hoy

En este punto ya comenzamos a atisbar las tensiones internas que trae consigo la tolerancia popperiana, que no duda en tomar por la fuerza el derecho a mantener los principios liberales de la sociedad abierta, legitimando la intolerancia institucionalmente para salvaguardar el orden del Estado. ¿A qué nos recuerda esto? Creo que el problema surge cuando uno pretende hacer suyas las palabras de un autor para defender ciertas ideas que, si bien pudieron no ser criticadas por este, tal vez tampoco fueron defendidas. Extrapolar la paradoja de la tolerancia a la situación actual es algo que, personalmente, me alegra porque me satisface comprobar que las redes sociales han acercado la cultura a las masas con una estrategia sin precedentes en la historia de la comunicación social. Sin embargo, del mismo modo que nos es del todo sencillo el acceso a la información, también debería resultarnos, ab initio, del todo complejo interpretar los discursos e ideas que aparecen frente a nosotros. La responsabilidad de manejar el pensamiento de los filósofos, en mi opinión, radica en abrir nuestro pensamiento a un abanico de significantes que cada autor y cada obra nos presentan y, en base a ello, comenzar por elaborar no tanto las respuestas, sino las preguntas adecuadas. 

Y precisamente, antes de dar las respuestas, la pregunta que surge tras comprender la paradoja popperiana es: ¿qué debemos tolerar? Aquí es donde encontramos un genuino conflicto de interpretaciones entre las diferentes posturas que buscan afianzar su legitimidad anulando la participación de mensajes alternativos en la esfera pública. ¿En base a qué pueden las instituciones delimitar qué discursos deben tolerar y cuáles no? En otras palabras, ¿cómo decidir quién es el líder democrático y quién amenaza con ser el tirano? Muchos pensarán que la respuesta es simple, basta retomar la idea de Popper para saber que lo que debe suprimirse es el enfoque disruptor del tirano como enemigo manifiesto de la sociedad abierta que pretende aniquilar la libertad y la tolerancia y, con ello, la matriz formal del Estado democrático. Pero esto no es sino un arma de doble filo cuando cada parte enfrentada, cara a cara, acusa de intolerable la acción contrincante, escindiendo la opinión pública en dos o más fragmentos que deben ser legislados de manera homogénea. Si esto ocurre, la teoría de la tolerancia popperiana no sería sino el sustento teórico que ideologías de todo tipo, amparándose en el legítimo uso excepcional de la violencia, podrían utilizar para licitar la lucha e imponer una hegemonía en torno a sus respectivos valores; siempre, por supuesto, con el propósito de abanderar la mejor forma de democracia para los Estados. 

¿Qué solución podemos encontrar a este problema? ¿Hay algún universal con el que todos podamos estar de acuerdo y hacer de él la piedra angular de un nuevo proyecto social? Lo cierto es que no; al menos, como yo lo veo. Por norma general, se suele mirar con desdén la respuesta de un filósofo que prefiere no pronunciarse al reconocer la facticidad de cualquiera de sus posibles argumentos. No consiste en galardonar un enfoque relativista, sino más bien en reconocer la pesadumbre de no tener un suelo firme donde asentar las ideas. No es, pues, el orgullo propio del relativismo sofista, sino, más bien, se encamina hacia el aforismo wittgensteiniano de no hablar donde no se puede decir nada. Esta tensión teórico-práctica es una de las brechas que parten por la mitad la reflexión filosófica, sumida en la necesidad de imponer normas morales para la vida social y la imposibilidad de establecer una fundamentación objetiva de las mismas. ¿Dónde ponemos los límites? ¿Existe algún criterio objetivo que pueda actuar como marco institucional que separe lo tolerable de lo intolerable? La historia de la filosofía ha dado buena cuenta de intentos de ofrecer una solución a esta cuestión, que fue ampliamente discutida en los años 60. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, el principio maximin de J. Rawls o las propuestas dialógicas de J. Habermas y Ch. Taylor, son algunos de los ejemplos de este orden general fáctico que pretende otorgar las claves para la fundamentación objetiva de la ética política.

Conclusiones

No se trata, pues, de aventurarnos en buscar una certeza que no existe, pues, como bien sabía Popper, las ciencias sociales no deben estudiarse con una metodología íntegramente nomológica. No existe mayor verdad que la que es capaz de mantener una sociedad abierta, plural y tolerante. El reto para conseguir sostener este proyecto es una tarea que comienza con el individuo, cada uno desde sí mismo, orientado hacia los demás, hacia el respeto y la comprensión de los significantes que le rodean. Por ello, en virtud del ejercicio racional a la luz de la phrónesis (prudencia) aristotélica, debemos adquirir un compromiso con la alteridad que comienza y termina con nosotros mismos, estableciendo un consenso que debe huir de los particularismos enemigos de la sociedad abierta. La tolerancia popperiana es una guía para medir nuestros esfuerzos de actuación en la esfera pública, pero debemos tomar esto con cautela, pues la salvación democrática no debe cursar nunca por medio de la violencia preventiva, sino adoptar vías más moderadas, ya que, si en virtud de la razón se hace lícita la lucha armada, no es democracia lo que se defiende, por mucho que esto surja del acuerdo de la mayoría. 

Tal vez, la filosofía política de Popper no fuera tan revolucionaria como sus contribuciones a la epistemología de las ciencias naturales, pero sí resultó del todo lúcida para esclarecer ciertos estándares que debían regir un proyecto democrático y, sobre todo, por cargar decididamente contra el historicismo, el irracionalismo y cualquier otro enemigo que irrumpa con belicosidad en el seno de la sociedad abierta. Todo ello convierte la propuesta social popperiana, pese a determinadas contradicciones internas de la cuales no logró escapar, en una de las teorías políticas más valiosas del S. XX. 

La paradoja de la tolerancia no zanjará los problemas de la sociedad democrática actual. Más bien, da cuenta de que las micropolíticas se abren paso, dejando tras de sí actitudes hegemónicas cuya intolerancia es erradicada, paradójicamente, mediante una apuesta acérrima e incondicional por la tolerancia.

1 comment on “Karl Popper o la paradójica defensa de la intolerancia en la sociedad abierta

  1. El que tolera, se desconoce. Nada hay que tolerar si supiéramos “qué/quién soy”. Este, a mi entender, es el paso que nos pide dar este tiempo que vivimos: ¿quién/qué soy yo real mente?

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