Música

‘El último tour del mundo’, de Bad Bunny: himnótico, prematuro y una auténtica lección sentimental

Bad Bunny acaba de lanzar 'El último tour del mundo', el tercer disco que saca en un año y que bien podría anunciar una inminente retirada. Rodeado de polémica, analizamos un trabajo que, como diría Luna Miguel, es capaz de levantar las más íntimas pasiones.

Hace poco más de una semana, en una de las entrevistas dominicales que suele realizar la periodista Luz Sánchez-Mellado para El País, nos encontrábamos con el siguiente titular: «Bad Bunny es literatura»; así de categórico, así de explosivo, así de natural. La emisora, desde luego, no podía ser otra que Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990), una de las autoras y -sobre todo- editoras más combativas y disruptivas del panorama literario actual; quien, hasta hace nada, estaba junto a su marido, el también autor Antonio J. Rodríguez, capitaneando el proyecto 2019-2020 del sello Caballo de Troya, una de las filiales españolas del grupo Penguin Random House.

«Mire, llevo todo el año obsesionada con el disco de Bad Bunny», decía Miguel. «No me interesa el supuesto feminismo de Ella perrea sola, sino lo que tiene que ver con el sexo, los celos, la pasión. Bad Bunny es literatura, porque emociona como un artefacto literario (…). Además de ponerme cachonda, me ha servido para afilar mi educación sentimental». Y es que, como todo, los gustos han cambiado; y, especialmente, las maneras de contar. Lo había dejado escrito Flaubert al comienzo de La educación sentimental original, en pleno siglo XIX, mientras describía a sus protagonistas: «Frédéric, en aquellos tiempos, no había escrito nada; sus opiniones literarias habían cambiado; estimaba por encima de todo la pasión (…). A veces la música le parecía la única capaz de expresar sus turbaciones interiores; entonces soñaba sinfonías», rapsodias, himnos; pero nunca -¡Jamás!- meras rimas o canciones, simples muestras musicales del vacío existencial.

«Booker T»

En una de las canciones de su último trabajo -el tercero que saca este año y, según algunas declaraciones, el último de su carrera-, ‘El último tour del mundo’, Bad Bunny (San Juan, Puerto Rico, 1994) también lo deja claro: «Hijueputa’ no me cuquen. / Lean los número’ pa’ que se eduquen. / Yo no hago canciones, hago himnos pa’ que no caduquen (Ey)». Y, en el fondo, tiene razón.

Decía el crítico cultural Carl Wilson en su libro Música de mierda. Un ensayo romántico sobre el buen gusto, el clasismo y los prejuicios en el pop (Blackie Books, 2016) que «las subculturas musicales existen», precisamente, «porque los instintos nos dicen que ciertos tipos de música son para ciertos tipos de personas. Pero esos códigos no son siempre transparentes. Una canción nos atrae por su ritmo, su estilo, su calor, su idiosincrasia o porque el cantante tiene un no sé qué (…), pero resulta difícil no darse cuenta de cómo esos procesos son un reflejo de nuestra forma de autodefinirnos y, al mismo tiempo, contribuyen a ella». Los himnos que ha querido brindarnos Bad Bunny, por tanto, traspasan toda explicación, toda lógica, aunque sepamos en todo momento de qué estamos hablando: de la fama, del dinero, del sexo, del ego, del amor, de los celos y, especialmente, de la pasión; como muy sensatamente apuntaban Luna Miguel y Flaubert -en su momento, claro-.

Al fin y al cabo, en ‘El último tour del mundo’ Bad Bunny se ha decantado por ensalzar no una, sino un buen puñado de pasiones humanas. ¿Cómo? Entrando en contacto directo con su público, con sus oyentes, y jugando a despistar. No en balde, si los rumores de su retirada fueran ciertos, estrofas como las siguientes empezarían a cobrar un sentido cada vez más trágico:  «Yo sé que esto no volverá a pasar, / pero, si volviera a pasar, / sé que sería tu debilidad» (La noche de anoche ft. Rosalía). «Yo sé que fui lo peor / y tú mereces ser feliz. / Me voy antes de que sea tarde (…), / yo sé que soy un cobarde» (Te deseo lo mejor). «Y antes de que se acabe to’ esto / voy a vivir mi vida, así me muero ‘e contento. / Y hoy quiero alcohol y sexo en exceso. / Pa’ darte problemas mejor te doy un beso» (Antes que se acabe). O con la que, directamente, empieza el disco, provocando: «Ey, ey, ¿quién dijo que no?, ey. / Que no puedo. / Yo hago lo que me dé la gana. / ¿Quién dijo que no?, ey» (El mundo es mío).

Realmente, después de haber sacado un disco oficial en febrero, ‘YHLQMDLG’, otro de canciones descartadas en mayo, ‘Las que no iban a salir’, y ahora éste -a finales de noviembre-, lo cierto es que Bad Bunny podría marcharse ahora mismo bien lejos y no tener, siquiera, que pedir perdón por desaparecer. De hecho, ¿quién dijo que no? ¿Quién le ha dicho que no debe? Cada uno es como es; y, me temo, Bad Bunny hace lo que puede, como los demás.

No en vano, ¿no es igual de absurdo retirarse con veintiséis años que pasar «siete años estudiando hasta que me gradué (Ey), / pero no encuentro trabajo en eso que estudié (Nah)» (Maldita pobreza)?

«Yo visto así»

Para los haters, de todos modos, también ha escrito un himno-canción, Yo visto así, en la que asevera lo siguiente: «Yo visto así, no me vo’ a cambiar. / Si no te gusta no tienes que mirar (…). / Me pongo lo que quiera, tú no lo va’ a pagar. / Lo que digas no me importa (La-la, la-la). / No me importa (La-la, la-la)».

Resulta curioso -cuanto menos- que el artista que le canta a la pasión, pero también a Gucci, a los Bugatti o a Louis Vuitton tenga que reivindicar su estilo de esta manera. Recuerda, en cierto sentido, a lo que decía Eduard Limónov en El libro de las aguas (Fulgencio Pimentel, 2019) a propósito de la moda: «Cuanto más rica es la gente, tanto más floja se la trae el asunto de qué ponerse encima (…). Parecen muy poco preocupados por el asunto ese de ir arreglado. Cuando hay prendas de calidad por todas partes, y se tiene dinero, uno desarrolla cierta indiferencia hacia la ropa»; y, «si no te gusta no tienes que mirar», claro.

«Siempre he tenido la impresión de que en las naciones pobres se suele echar el resto en vestir bien», escribe también Limónov. Por su parte, Bad Bunny lo confirma: «Yo sé que tú me quiere’, no importa lo material, eh, / pero yo te quiero costear. / Comprarte todo Gucci y una casa frente al mar (…), / quiero Louboutin pa’ mi Cinderella (Ah) (…), / pero no puedo: / no tengo dinero» (Maldita pobreza).

Desde luego, el personaje de Bad Bunny conforma una dualidad muy particular, como la de tantos otros cantes o artistas. ¿Lo que canta, en el fondo, es una realidad o es una fantasía? Y sus oyentes, ¿qué buscamos al reproducirlo? En julio, concretamente, se emitió un documental en YouTube en el que el propio artista decía: «Sea un sueño o no, a veces me da curiosidad despertar, a ver donde estoy; pero me quedo aquí, me quedo soñando. Me gusta soñar». Y eso es lo que nos pasa a todos cuando, de repente, oímos hablar del caribe, del dinero, de esa otra realidad: prometedora y brillante. Como diría Calderón, «¿Qué es la vida? Una ilusión (…). Toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».

Bad Bunny en el videoclip de ‘Yo perreo sola’ (2020).

«Cantares de Navidad»

Ha vuelto Bad Bunny, sin duda, cuando nadie lo esperaba; y ha vuelto, precisamente, por Navidad. Aprovechando la coincidencia, la última canción de su nuevo trabajo corresponde a un villancico interpretado por el histórico Trío Vegabajeño, y en ella se cuenta algo parecido: «Navidad que vuelve, / tradición del año, / unos van alegres / y otros van llorando. / Hay quien tiene todo, / todo lo que quiere / y sus Navidades siempre son alegres. / Hay otros muy pobres / que no tienen nada, / son los que prefieren que nunca llegara» (Cantares de Navidad).

Con todo, puede ser la canción que mejor refleje la dualidad que antes mencionábamos; especialmente, la parte en la que el grupo puertorriqueño admite la verdad: ante todas las circunstancias de la vida, sean éstas cuales sean, «unos van alegres y otros van llorando». En Navidades, frente a los escaparates de una galería comercial -de lujo, claro-, o en la hipotética y prematura retirada de Bad Bunny. Siempre habrá quien sufra, y siempre habrá quien se agrade; como cuenta en Booker T, «les molesta mi premio de compositor, / pero es que ya nadie compone». Pues, bien, ¿qué es lo que queremos, si no?

Desde luego, suceda lo que suceda a partir de ahora, este año -al menos- Bad Bunny se ha ganado el derecho a hacer lo que le dé la gana. Después de tres discos himnóticos y de una educación sentimental perfectamente amoldada, «¿quién dijo que no?», ¿eh? Porque, hasta donde yo sé, se trata -como todo- de una cuestión pasional; y no hay nada más pasional que esto: cantar, hacer, decir lo que te dé la gana, lo que quieras. El mundo es tuyo; y eso es lo primero.

*De todos modos, y aunque Bad Bunny sea «literatura», conviene más escucharlo que leerlo; así que ya saben: a todo volumen y hasta el suelo.

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