Opinión

Hay un 45% de probabilidad de que no seas libre de verdad

En la época de los algoritmos y de la inteligencia artificial conviene, más que nunca, plantearnos hasta qué punto somos -o podemos ser- libres; algo que, en el fondo, llevamos años preguntándonos, desde Tolstói a Asimov.

En la famosa Serie de la Fundación de Isaac Asimov, el autor imagina un futuro en el que se ha desarrollado una ciencia conocida como psicohistoria. A través de ella es posible predecir el futuro aplicando las leyes de la estadística a grandes grupos de personas.

Explicado de forma sencilla, la base de la psicohistoria descansa en que, de la misma manera que resulta muy difícil predecir el comportamiento de una molécula de gas, pero relativamente sencillo de prever cuando el cúmulo de moléculas es lo suficientemente grande, es imposible evidenciar el futuro de un individuo concreto, pero posible calcular la tendencia de miles de millones de personas, y más sencillo aún el de toda la humanidad.

Partiendo de esta premisa, elemento fundamental de la saga, el autor nos señala, a través de la novela, que la inercia de la historia es difícil de alterar por unos pocos individuos, requiriéndose en todo caso plazos muy largos de tiempo para ello. Más bien, lo que ocurre es que las personas actúan, en mayor medida de lo que son conscientes, como una mera consecuencia del contexto en el que se ven obligados a actuar.

Ahora bien, para que la predicción psicohistórica funcione se requiere que la sociedad sobre la que se está calculando el futuro ignore cuál es el resultado de esta predicción. Si lo conocieran, es posible que sus acciones variasen y alterasen, por tanto, el futuro previsto.

Isaac Asimov, viendo el futuro de 2021 más negro que el del Imperio en ‘Fundación’ (Autor: Rowena).

En términos generales, la idea desarrollada por Asimov recuerda a la que Tolstói (entre otros) expuso en la segunda parte del epílogo de Guerra y Paz.

Frente a la teoría del Gran Hombre, que defendía que la historia del mundo no era más que «la biografía de grandes hombres» como Alejandro Magno, Julio César, Jesucristo, Mahoma, Napoleón, etc., que producían alteraciones sustanciales en el devenir de la humanidad, Tolstói creía que estos personajes históricos eran tan solo una manifestación de la historia, entendida esta como el cúmulo de las circunstancias anteriores y contemporáneas a cada héroe. Por ello, lejos de ser estos grandes hombres quienes marcasen el rumbo, sus actos no eran más que la consecuencia directa de «la vida de los pueblos», de modo que «ocurra lo que ocurra, siempre resulta lo que estaba previsto y ordenado. A dondequiera que se dirija la nave, el flujo de las olas corre delante, sin guiar ni aumentar su movimiento [si bien] desde lejos no sólo nos parecerá un movimiento producido por sí mismo, sino que creeremos que realmente es lo que guía el movimiento de la nave».

Ahora bien, si el futuro de los pueblos, de la sociedad, resulta previsible por la actuación conjunta de los miembros que la componen ¿hasta qué punto yo, a escala individual, estoy actuando de forma libre y no a consecuencia, precisamente, del entorno que me rodea? Tolstói niega en principio esta libertad afirmando que, a medida que conocemos las causas de un hecho, este nos parece cada vez menos libre, aunque reconoce que este conocimiento jamás será completo, y es en este punto de incertidumbre donde sí que es posible encontrar la libertad.

La idea de estos autores, como la del resto de teorías deterministas, supone un verdadero torpedo a la línea de flotación de uno de los pilares fundamentales de la sociedad moderna occidental: el libre albedrío. La idea de que el individuo es una persona con capacidad de decisión sobre sus actos permite que pueda ser responsable de estos; y solo si el individuo responde por dichos actos puede ser, a su vez, sujeto pleno de derechos y deberes. De esta manera, si las personas en realidad no toman decisiones de forma libre, difícilmente puede exigírseles que respondan por lo que hacen.

Este dilema, que parece tan abstracto, tan teórico, es, sin embargo, un problema al que la humanidad va a tener que enfrentarse en los próximos años. Sin ir más lejos, en la tercera temporada de Westworld (¡ojo, spoiler!) el personaje de Dolores (Evan Rachel Wood) le enseña a Caleb (Aaron Paul) un perfil creado a partir de todos los datos que existen de él; y sobre dichos datos se predice, incluso, el riesgo de que sufra una enfermedad mental y que el resultado más probable es que se suicide en el plazo de diez o doce años.

Westworld plantea, a partir del desarrollo de la trama, el riesgo inherente a que se encasille a la gente según las probabilidades que ofrezca su vida a medio-largo plazo. Si el peligro de que una persona se convierta en delincuente es alto, por sus condiciones socioeconómicas, por ejemplo, es menos probable que los recursos, tanto públicos como privados, se inviertan en ella. Por el contrario, la escasez de recursos y el principio de eficiencia harán que se dediquen de forma prioritaria a otros sujetos, especialmente a aquellos que tengan un perfil más propenso al éxito.

En el caso de Westworld se produce, de esta manera, una especie de profecía autocumplida. La elevada probabilidad de un futuro de poco provecho para la sociedad lleva a que no se dediquen recursos a evitar este futuro y, en consecuencia, se condena al individuo al futuro que se le había predicho, sin que tenga la oportunidad de evitarlo por falta de herramientas.

La situación planteada por la serie de HBO no es más que la representación de un hecho que está ocurriendo, aunque de forma tangencial, en estos momentos. A medida que se acumula información sobre los individuos y se desarrollan las técnicas de big data, es posible perfilar con mayor precisión no solo los caracteres de cada individuo sino sus posibles comportamientos futuros.


Aaron Paul en la cola del paro, sabiendo que nadie le va a contratar porque su perfil dice que hay un 80% de probabilidad de que los viernes por la mañana aparezca borracho en el trabajo.

Como cuenta HUERGO LORA (La Regulación de los Algoritmos; Ed. Aranzadi), existen programas basados en algoritmos (p. ej. COMPAS en Estados Unidos o RISCANVI en Cataluña) que predicen el riesgo de reincidencia de un preso partiendo de los datos referidos a experiencias pasadas, y, fundamentándose en dicha predicción, se aconseja o no la salida de prisión del preso sometido a escrutinio. Los Tribunales han permitido el uso de estos programas siempre que sus resultados se apliquen de forma crítica, teniendo en cuenta el resto de factores.

A pesar de ello, no se puede omitir el riesgo de que la persona que debe tomar la decisión final prefiera adherirse a la decisión del programa antes que llevarle la contraria. Una decisión lógica hasta cierto punto, en la medida en que los algoritmos se basan en gran cantidad de datos, y es difícil llevarle la contraria a la evidencia empírica mediante presunciones o intuiciones. La solución más sencilla es, por tanto, seguir el rumbo que indica «la máquina».

El resultado, por tanto, es que desaparece la posibilidad de lo excepcional y lo probable se convierte en seguro. A diferencia de la teoría de Asimov, que requería de la ignorancia de los sujetos para que se cumpliera la predicción, en el tiempo que se aproxima (el presente, en realidad) quizá sea precisamente el conocer la predicción lo que asegure que esta se cumpla. O quizá, como decía en uno de sus poemas Robert Frost, le estamos dando demasiadas vueltas al asunto y sea la apariencia de elección la única diferencia:

«(…)
Two roads diverged in a wood, and I—
I took the one less traveled by,
And that has made all the difference».*

*Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.

Acerca de Jorge Trujillo

Jorge Trujillo (Santa Cruz de Tenerife, 1994) es graduado en Derecho, máster en sectores regulados y abogado colegiado, ocupación que ejerce durante sus ratos libres en un bufete madrileño, aunque profesionalmente se dedica a soñar con ser, algún día, rentista decimonónico. Mientras espera ese dinero que nunca llega, agota sus energías combatiendo a la Administración en el frío ámbito del Derecho Público. Para no caer en la desesperación, escribe textos que nunca termina y abandona blogs que él mismo ha empezado. Fiel a su espíritu rentista y a la dorada mediocridad, su mayor éxito es que en su currículum no hay ningún logro a destacar, salvo, quizá, el de seguir creyendo -en alguna que otra ocasión- en la justicia.

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