Literatura

El peso de la levedad

Escribe Philippe Lançon en el prólogo de 'La levedad' (Impedimenta, 2017) que «cada uno cuenta con sus pequeñas estrategias de supervivencia, aunque 'estrategia' es otra palabra excesiva: cada cual se las apaña como puede». Y así, y gracias a la incansable búsqueda de la belleza, es cómo se las apañó Catherine Meurisse para sobrevivir al atentado de Charlie Hebdo.

La historia de La levedad (Impedimenta, 2017) empieza un 7 de enero de 2015. Ese día, el despertador no sonó a la hora que debía sonar y a Catherine Meurisse se le pegaron las sabanas. ¿A quién no se le ha resistido alguna vez la alarma y se ha levantado un poquito más tarde de lo normal? Lo que no imaginaría nunca -ni ella ni nadie- es que ese pequeño descuido marcaría para siempre el resto de su vida.

Ese día -del que el pasado mes de enero se cumplieron seis años-, Meurisse llegaba tarde, concretamente, a una reunión con sus compañeros de Charlie Hebdo, revista satírica francesa que todos conoceréis por razones más que sobradas, cuando, desde la acera de enfrente, le advirtieron que no entrara, ¡que ni se le ocurriese subir a la redacción! Acababan de asaltar la sala y se estaba produciendo un atentado. O, tal y como la propia Meurisse prefiere llamarlo, «una matanza».

A partir de ahí, la dibujante narra, a través de sus viñetas, los meses que siguieron al horror, su desinterés por dibujar tras la muerte de sus compañeros o la hipocresía mediática y ciudadana que ahora les apoyaba como dibujantes satíricos pero que antes les había despreciado. Pasando las páginas, se contagia una sonrisa contradictoria por su audaz sentido del humor y el uso de la ironía ante una tragedia humana -y social- de tal envergadura.

«Charlie (Hebdo) será tu laboratorio. Estás aquí para pasarlo bien, ser libre, inventar cosas, equivocarte, volver a empezar», le dijo el hombre que la contrató en su primer día. La levedad es también una reivindicación constante de que no les mataron por ser quienes eran, sino por lo que dibujaban a diario. Y no hay brutalidad más grande contra la libertad que morir por tu imaginación, por tu pasión, por tu trabajo.

«Yo no vivía el tiempo perdido ni el tiempo recobrado; vivía el tiempo interrumpido (…). El tiempo perdido luchaba contra el tiempo interrumpido». Este fragmento de Philippe Lançon, uno de los compañeros de Meurisse y superviviente también de la masacre, en El Colgajo (Anagrama, 2019), explica la suspensión del tiempo que viven las víctimas de un atentado terrorista. Una suspensión que Meurisse aprovechó para buscar la belleza a través del síndrome de Stendhal y eliminar, así, «el síndrome del 7 de enero».

Durante el confinamiento se dijo repetidamente que la cultura nos había salvado. Pero, ¿salvado de qué?, me preguntaba yo desde el sofá de mi casa, con toda mi familia a salvo y con un plato de comida caliente en la mesa todos días. A Meurisse, sin embargo, sí la salvó la cultura y, más que la cultura en abstracto, toda esa belleza que cristalizan las estatuas mutiladas del Palazzo Massimo de Roma o los cuadros de Caravaggio que se encuentran en la Villa Médici.

Dice Meurisse que «el terrorismo es el enemigo declarado del lenguaje», y es que ella se salvó, precisamente, dejando a un lado las palabras y plasmando con sus viñetas, en un libro, su propia redención. Un libro que, a pesar de llamarse La levedad, pesa leerlo; por mucho que pasen los años.


Viñeta de ‘La levedad’ (Impedimenta, 2017), dibujada por Catherine Meurisse.

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