Opinión

Miedo a la turba

Si atendemos a determinados momentos históricos, como los aquí referidos, podríamos elucubrar una suerte de 'teoría de la conservación de la violencia', o de la 'turba' -como ocurre con la energía-, y admitir que ésta no se crea ni se destruye: simplemente se transforma.

A la hora de la siesta de un 29 de agosto de 2018, Alberto y Ricardo Flores, de 21 y 43 años, fueron apaleados, apuñalados y quemados vivos por una muchedumbre a las puertas de la comisaría del pequeño pueblo de Acatlán (México). La escena fue retransmitida en directo a través de Facebook y los familiares de Alberto y Ricardo pudieron presenciar su asesinato sin que nadie hiciera nada por evitarlo. La culpa: un bulo de whatsapp que los identificaba, erróneamente, como secuestradores de niños. No hubo proceso previo alguno, fue decisión de la «justicia popular».

Días después, cuando algunos de sus seres queridos llegaron al pueblo, nadie parecía haber presenciado en directo lo ocurrido. En el ambiente se respiraba una omertá de vergüenza. Cinco personas fueron acusadas de instigar el asesinato, pero en el vídeo se aprecia que en realidad participaron muchas más.

Al principio de su obra Psicología de las Masas (1895), Gustave Le Bon expresaba la que más adelante sería conocida como la «ley de unidad mental de las masas», identificada con «el desvanecimiento de la personalidad consciente y la orientación de los sentimientos y los pensamientos en un único sentido». Le Bon entendía que el individuo integrado en una masa dejaba de lado su «yo» para integrarse en un todo colectivo. Influido por un sentimiento de invencibilidad y anonimato, el individuo pierde el sentido de la responsabilidad y deja fluir unos instintos que, en soledad, habría refrenado forzosamente.

Decía Ortega y Gasset (los dos) que «cuando la masa actúa por sí misma, lo hace sólo de una manera, porque no tiene otra: lincha» (La Rebelión de las Masas; 1929). Los ejemplos de esta propensión de la turba a matar gente son innumerables a lo largo de la Historia, si bien en Francia pareció convertirse en una afición bastante popular entre la clase baja y la burguesía durante los primeros compases de la Revolución Francesa. Los practicantes de este deporte solían gritar À la lanterne! (¡A la farola!) cuando atrapaban a algún desprevenido aristócrata.

El origen de la expresión se la debemos, según se cuenta, a Joseph Foullon de Doué, malogrado Inspector General de Finanzas del Gobierno de Luis XVI durante la Revolución. Como en aquella época Hacienda no éramos todos, pero los impuestos se tenían que pagar igual, cuando la muchedumbre lo capturó, los agradecidos ciudadanos decidieron recompensarle los servicios prestados torturándolo y colgándolo de un poste de luz. La cuerda, sin embargo, aristócrata ella, se rompió por tres veces, por lo que la turba decidió abreviar el espectáculo y lo linchó hasta la muerte a los pies de la farola.

‘Prise de la Bastille’, de Jean-Pierre Houël (1789).

La fama de tan revolucionaria disciplina alcanzó su apogeo el 15 de septiembre de 1789, fecha en la Camille Desmoulins publicó su Discours de la Lanterne aux Parisiens (Discurso del Farol a los Parisinos). A pesar de ello, a medida que la Revolución se institucionalizó, el linchamiento en farolas fue sustituido por el más práctico (y humano) aguillotinamiento en plaza pública; actividad, esta sí, en la que los franceses se convirtieron en los referentes mundiales, logrando récords que ni los olimpistas de Alemania del Este durante la Guerra Fría.

La posibilidad de que una masa de gente descontrolada lleve la violencia hasta extremos peligrosos, incluso mortales, produce una inquietud que todos los que han estado en medio de un gran grupo de personas han sentido en alguna ocasión.

Ya sea en un partido o una manifestación, del enfrentamiento verbal al físico parece existir tan solo una fina línea que puede romperse con cualquier mínimo gesto. Basta la actuación de unos pocos para que una mayoría se vea arrastrada a una espiral de violencia sobre la que, si se pregunta después, ninguno sabrá cómo comenzó. Aunque muchos tratarán de escapar de ella, otros tantos contestarán a la violencia con más violencia, pero unos días después no solo negarán haber participado en ella, sino que la condenarán terminantemente.

La violencia que se genera se extiende así al interior de cada uno. Todos aquellos que se identifican como personas razonables y de paz se encuentran, al recordar esos momentos, con que sus íntimas convicciones no les han impedido actuar de forma totalmente contraria a ellas.

El ejemplo paradigmático de esta situación lo encontramos en la Alemania nazi y el Holocausto. Aunque el fenómeno fue mucho más complejo que lo aquí expuesto, en cierto sentido se produjo también una disolución del «yo» de una gran mayoría de los operarios dentro de la enorme estructura burocrática del exterminio. Si bien había un buen número de nazis profundamente antisemitas, muchos se asemejaban más al perfil de Adolf Eichmann, gris funcionario que estuvo a cargo de los transportes de los deportados a los campos de concentración en Alemania y Europa del Este. No destacaba por su ferviente nazismo ni por una especial predisposición al mal. Como nos señala Hannah Arendt (Eichmann en Jerusalén: Un Estudio sobre la Banalidad del Mal; 1963),

«[s]eis psiquiatras habían certificado que Eichmann era un hombre «normal». “Más normal que yo, tras pasar por el trance de examinarle”, se dijo que había exclamado uno de ellos. Y otro consideró que los rasgos psicológicos de Eichmann, su actitud hacia su esposa, hijos, padre y madre, hermanos, hermanas y amigos, era «no solo normal, sino ejemplar». Y, por último, el religioso que le visitó regularmente en la prisión, después de que el Tribunal Supremo hubiera denegado el último recurso, declaró que Eichmann era un hombre con “ideas muy positivas”».

Eichmann, es importante señalarlo, no mostró arrepentimiento alguno por sus actos, pero muchos de sus compatriotas germanos sí que lo hicieron. De la misma manera, tampoco es descabellado pensar que, si la decisión de poner en marcha o no La Solución Final hubiese dependido enteramente de Eichmann, esta jamás se hubiese producido.

El horror que produce esta banalización del mal, el riesgo real de que individuos normales realicen actos atroces al disolverse en la multitud, alcanza su sublimación cuando los autores de dichos actos provienen, además, de aquellos a quienes se les supone la inocencia y la bondad.

Los últimos minutos de De Repente, El Último Verano… (1959) producen un desasosiego creciente a medida que vamos escuchando el monólogo de Catherine (Liz Taylor) sobre la muerte de su primo Sebastian (atención spoiler, si es que puede haberlo, acaso, cuando hablamos de una película de más de sesenta años de antigüedad): un grupo de niños equipados con instrumentos caseros de viento y percusión rodean a Sebastian, que, aterrorizado por la situación, trata de huir de ellos a través las calles del pueblo costero en el que se encontraban. Catherine trata de detenerlo, pero Sebastian, cada vez más deprisa, comienza a subir por las calles de un pueblo que se erige en la ladera de una colina. Los niños, sin embargo, le persiguen tocando los instrumentos y cortando las posibles salidas.

Sebastian, aterrorizado, continúa huyendo. Catherine apenas puede seguir su ritmo. Es mediodía y es verano, la luz del Sol baña todo el paisaje de blanco y la única escapatoria parece ser la cima de la colina. Cuando Catherine llega a ella, tratando de alcanzar a su primo, se encuentra con las ruinas de lo que parece ser un antiguo templo. De repente, un grito, un único grito, es escuchado por Catherine. Sebastian, en el suelo, es rodeado por unos niños que se lanzan sobre él. Ella grita pidiendo auxilio y se interrumpe la narración.

«¿Y entonces? –le pregunta el Dr. Cukrowicz (Montgomery Clift)–. Corrí –responde ella–. Dejaron que corriese, ni me vieron […] los camareros, la policía, la gente, salían de las casas y subían hacia donde el primo Sebastian. Estaba desnudo, tendido sobre las piedras rotas ¡y esto no se lo creerá nadie! ¡nadie, nadie podrá creérselo! ¡Parecía como si… como si le hubieran devorado! Como si ellos le hubiesen arrancado o cortado en pedazos con sus manos, con cuchillos o con esas afiladas latas con que hacían música ¡como si le hubieran arrancado trozos y se los hubieran metido en sus voraces bocas! Ya no había ningún sonido ¡no había nada, tan solo Sebastian tendido sobre esas piedras despedazado y aplastado!»

Los niños, en este caso, juegan un doble papel: no son solo la sorpresa de la inocencia que no es tal, sino que representan también la falta de educación, la barbarie. El calor agobiante del verano, los instrumentos toscos, tribales, la ropa andrajosa y, sobre todo, la turba de niños. Todo ello suma para transmitirnos la idea de lo cerca que una sociedad, cualquier sociedad, está del abismo. Lo que le ocurrió a Alberto y Ricardo Flores hace apenas dos años da buena cuenta de ello.

Que la escena esté ambientada en España en 1936, también.

Acerca de Jorge Trujillo

Jorge Trujillo (Santa Cruz de Tenerife, 1994) es graduado en Derecho, máster en sectores regulados y abogado colegiado, ocupación que ejerce durante sus ratos libres en un bufete madrileño, aunque profesionalmente se dedica a soñar con ser, algún día, rentista decimonónico. Mientras espera ese dinero que nunca llega, agota sus energías combatiendo a la Administración en el frío ámbito del Derecho Público. Para no caer en la desesperación, escribe textos que nunca termina y abandona blogs que él mismo ha empezado. Fiel a su espíritu rentista y a la dorada mediocridad, su mayor éxito es que en su currículum no hay ningún logro a destacar, salvo, quizá, el de seguir creyendo -en alguna que otra ocasión- en la justicia.

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