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Fuerza, amor, ritmo y dicción

El teatro clásico español ha sido, a veces, injustamente olvidado sin tener en cuenta todo lo que supuso para la tradición escénica posterior. La Fundación Siglo de Oro reivindica su importancia y nosotros nos hacemos eco.

En 2018, la Academia de las Artes Escénicas le concedió su Medalla de Oro a la Fundación Siglo de Oro por el gran esfuerzo en la preservación y difusión de los textos clásicos de esta edad tan luminosa de las letras españolas, irrepetible como pocas. «Fuerza, amor, ritmo y dicción» son sus ideales. La Fundación representó a España en las Olimpiadas Culturales de Londres 2012 con Enrique VIII; fue la primera en poner en escena el texto inédito, Mujeres y Criados, de Lope de Vega descubierto en la Biblioteca Nacional después de cuatrocientos años; y llevó, además, al Shakespeare’s Globe Theatre de Londres El castigo sin venganza, también de Lope, en castellano. Una Fundación, por todo ello, llena de primeras veces como, en su momento, también lo significó el Siglo de Oro.

Pero, ¿por qué hablar de ello en pleno 2021? ¿Qué papel juega dentro de la escena teatral de nuestro país? ¿Nos atañe su contexto histórico? ¿Acaso hablar en verso sigue molando? ¿Ha molado alguna vez? Sabemos que sí y nos lo confirma ese público fiel que busca constantemente deleitarse con los ecos -algo románticos- de un pasado estremecido por el buen decir de sus autores. Un público que sediento acude a todos los festivales y espectáculos de teatro clásico que combaten loablemente el olvido. Hablamos con el presidente de la Fundación Siglo de Oro, Rodrigo Arribas, para conocer el valor de nuestro patrimonio, que como diría Lope: «Es lo que llaman en el mundo ausencia/ fuego en el alma, y en la vida infierno» y aunque, quizá, él, en esta ocasión, le cantaba al amor, sabemos que sin teatro su vida no hubiera distado mucho de las llamas. Ni la nuestra tampoco.

PREGUNTA. Que un texto sea clásico ya advierte de su presencia hoy en día, de su atemporalidad. ¿Qué nos enseña el teatro del Siglo de Oro de la sociedad actual?

RESPUESTA. No sé si de la sociedad específicamente, pero digamos que hay tics del comportamiento del ser humano que se vienen repitiendo desde entonces y que imprimen las diferentes estructuras sociales. En el caso concreto de El perro del hortelano, por ejemplo, una de las líneas temáticas que subyacen en él es la estratificación social: esa impermeabilidad entre las clases y la dificultad que existe para fluctuar entre una y otra. Es algo que sigue muy presente en la actualidad. Entonces, lo que hacen estos textos es componer retratos del ser humano, demostrándonos que ha evolucionado muy poco a lo largo del tiempo y cuya sintomatología se mantiene muy parecida tanto para bien como -desgraciadamente- para mal.

P. ¿Cómo se le vende al espectador una función del Siglo de Oro? ¿Es necesario pasar por ajustar la obra a nuestro tiempo? Porque yo distingo dos vertientes claras: quienes adaptan el texto a un castellano más actual y quienes lo acercan mediante la escenografía, vestuario o cambio de personajes.

R. Todo tiene cabida siempre que se rija por un principio de calidad. Quiero decir que si hay calidad en los textos, la interpretación del artista, del director y de los actores y actrices se pondrá al servicio de la narrativa que compone el poeta. Evidentemente no todos los textos de la época son buenos, pero los que sí están dotados de unas cualidades y de una calidad que conceden la posibilidad de no tener que intervenir mucho como artista ni apenas modificarlos. Son como las grandes composiciones barrocas clásicas o como los grandes cuadros, poniendo una comparación de época. Tienen su contextualización temporal, trascienden en el tiempo por su calidad y porque lo que cuentan es atemporal y, por ello, los ojos con los que ahora se miran no obligan a diferenciarlos mucho del patrimonio original.

P. Haciéndolo de esta manera, ¿no hay una cierta edulcoración del producto cultural?

R. Vuelvo a lo mismo: siempre que rija un principio de calidad sobre la propuesta y exista una conexión entre esa propuesta artística y lo que el poeta quería contar tiene legitimidad. Luego también hay que hablar de la delgada línea entre la representación de un texto puro y cuando este se denomina «basado en» o «inspirado en». Esta diferencia se debería dejar clara, pero, a mis ojos, todo lo que tiene un propósito artístico y esté manufacturado con calidad tiene cabida en el teatro.

‘El perro del hortelano’ dirigida por Dominic Dromgoole (2021). Foto: Laura Racero

P. ¿Es el Siglo de Oro al teatro, lo que la ópera a la música; es decir, un género con grandes barreras para llegar a un público más generalista? ¿Cómo solventarlas?

R. No, no creo que sean comparables. Es cierto que son expresiones artísticas cuya creación proviene de hace tiempo. Pero, por ejemplo, las formas relacionadas con lo teatral han evolucionado más en cuanto al propio pretexto, texto o puesta en escena. Digamos que el recorrido del teatro empieza en la primigenia del hombre, cuando surge la necesidad de contar y narrar al resto de los seres humanos, y evoluciona, desde entonces, hasta las formas expresivas de este siglo de muy diferentes maneras y pasando por muchos autores. La presencia del teatro en nuestra sociedad, en ese sentido, es mayor que la que tiene la ópera en donde siguen presentes los mismos títulos y los nuevos no siempre encuentran cabida. También hay una diferenciación en relación al público cautivo o fidelizado con los contenidos y claramente, también con los espacios donde tienen lugar las representaciones. Ahora la ópera se puede escuchar y ver a través de plataformas digitales pero lo que es el hecho de asistir a un espectáculo está condicionado a circunstancias económicas y sociales.

P. ¿Crees que los teatros españoles no especializados en teatro clásico deberían apostar por llevar más funciones de este tipo en su programación anual?

R. Aquí en España, en términos teatrales, tenemos dos naturalezas elementales: teatro público y teatro privado. El teatro privado tiene potestad absoluta de decidir lo que quiera porque asume el riesgo económico -con esa enorme dificultad que dirigir un teatro privado en estos tiempos significa- de escoger la programación que considera más adecuada. Sin embargo, la responsabilidad del ámbito público sí debería generar una posibilidad más heterogénea; quizá, no en un teatro concreto pero sí en una estrategia cultural global, regional o de una ciudad. Por eso, entiendo que, desde este ámbito, se debe promover la exhibición de todo tipo de teatro desde lo más vanguardista hasta aquel que está próximo a la defensa del Patrimonio. Recientemente hemos asistido a unas derivas en las que, desde los Ministerios, Conserjerías o Ayuntamientos, se han determinado unas líneas artísticas que excluyen a la vanguardia o al teatro patrimonial cuando, en mi opinión, ambos deberían convivir.

P. Los textos del Renacimiento y el Barroco español fueron la edad dorada de nuestras letras y parece que no volverá a repetirse, ¿qué le falta al teatro contemporáneo?

R. Bueno, el momento socioeconómico que permitió que, en una calle de Madrid, coincidiesen un Cervantes, un Lope o un Calderón no se ha vuelto a dar. Con el tiempo, sí que ha habido otras figuras dramatúrgicas, tanto en España como en el extranjero, de la misma calidad o incluso, según otras interpretaciones, mejores. Pongamos a García Lorca o Valle Inclán. Pero es verdad que esta excepcionalidad no se ha repetido y solo es comparable a la explosión del teatro grecolatino; es decir, a la calidad y cantidad de autores que hubo en aquella época. Después, ha habido momentos parecidos como el naturalismo y el realismo americano con O’Neill y Arthur Miller pero nunca de esta manera ni con un número de producciones de textos tan elevado.

P. Una vez recorridos todos estos aspectos clave, ¿cuál es la apuesta de la Fundación Siglo de Oro?

R. Mantener una línea de trabajo en relación con proyectos de investigación en todo el mundo, con universidades y congresos, teniendo en cuenta el ODS17 (Objetivo del Desarrollo Sostenible) y las alianzas necesarias para que los proyectos aumenten en potencialidad y consecución del objetivo que, en nuestro caso, no es tanto la preservación, sino la difusión de este patrimonio inmaterial que es el Siglo de Oro. Por eso, organizamos festivales que favorezcan la presencia y producción de otras compañías de este tipo de teatro y la exhibición de estos espectáculos para el futuro público.

P. Precisamente, con vuestra Fundación, recorréis también otros lugares de España –más allá de Madrid- como los pueblos de Almagro y Ocaña y colaboráis a menudo con Londres. El Siglo de Oro no era en absoluto localista e imagino que vosotros tampoco, ¿no?

R. No, no lo es porque el Siglo de Oro es un teatro completamente universal por sus historias, por lo que cuenta y, además, porque tiene un alto nivel de inmersión internacional, aunque todavía queda mucho por hacer en cuanto a su difusión en los países hispanoparlantes. Hablando con Dominic Dromgoole, quien fue el director artístico de The Globe, decía que el teatro del Siglo de Oro en Inglaterra es algo cíclico y que es algo que redescubren cada veinticinco años. Aquí, la labor de nuestros autores y sus obras deberían no ser algo cíclico en sus representaciones o reconocimiento, sino que debería estar presente y ser parte de un repertorio recurrente también en estos países como lo es aquí Shakespeare.

P. Tenéis en representación El perro del hortelano en los Teatros del Canal, ¿qué puede encontrar el espectador allí?

R. Van a encontrar un buen espectáculo, una muy buena puesta en escena interpretada por actores y actrices extraordinarios; es decir, una representación de un texto en el que fluctúa la más elevada de las comedias con el más profundo de los dramas. Una propuesta artística, en definitiva, de la que disfrutar y por la que dejarse embargar y empapar.

*Foto de portada: Laura Racero.

Acerca de Victoria Ocaña

Victoria Ocaña. Tras graduarse en Estudios Ingleses (UCM), completó su formación con un máster en Cultura Contemporánea por la Fundación Ortega-Marañón. La carrera le enseñó a valorar, por encima de todo, nuestra lengua. Ahora escribe sobre literatura, historia y despoblación, pero lo que de verdad le apasiona es la música: desde Albéniz a El Columpio Asesino. Podría vivir sin la palabra pero nunca sin la música.

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