Artes Escénicas Entrevistas

Jorge García-Berlanga: «Ser preso de la pasión te puede meter dentro de una jaula»

Los dramas millennials y los conflictos modernos representados en 'Jaula de pájaros', una de las obras seleccionadas por el Festival Sala Joven para conocer el teatro del futuro. Hablamos con su dramaturgo.

Acudo a la librería Ocho y Medio de Madrid buscando a Jorge. Ya me espera en la terraza. Le insisto en pasar adentro buscando algo de silencio, y amablemente los camareros del café del fondo nos ofrecen un rincón apartado en la trastienda. Es bonito charlar entre este aparente caos de películas, libros y carteles que esconden historias de cine, teatro y literatura. Aquí sí se puede soñar; fuera las cosas se complican. Digo esto porque su nueva obra, Jaula de pájaros, está atravesada por la frustración de un sueño. O mejor dicho, por la obligada reformulación del mismo. Pablo, uno de los protagonistas, se fue a Londres decidido a entrar en una escuela de teatro. En la mejor del mundo. Creía. Ahora que apenas tiene dinero y que su proyecto se ha venido abajo, se refugia en el alcohol y en esas otras cosas que, creemos, nos apaciguan. Su primo, Santi, también se fue con él, pero ha cambiado. No es el mismo. No son los mismos. La (in)comunicación les pondrá en la cuerda floja, pero ya no tienen otro camino que atravesar.

Teatro Urgente y Teatro Galileo han seleccionado su obra para ser representada durante el Festival Sala Joven. Jorge García-Berlanga, dramaturgo y actor protagonista, nos cuenta cómo trata de abordar los dramas modernos y los conflictos millennials. Es la historia, en resumidas cuentas, de una generación que emigró al extranjero buscando mejores oportunidades. Al escribirla, ha dejado en ella un gran rastro autobiográfico, pero no es el único. Ha contado con las aportaciones de la dirección de Natalia Vellón y con las de Octavio Vellón en el otro papel protagonista. Juntos forman la Compañía Balmoral y los podéis ver en el Teatro Galileo el 3 y 4 de julio. Mientras tanto, para quien quiera acudir con el guion aprendido, os dejamos la entrevista íntegra con su creador principal.

PREGUNTA. La obra se enmarca dentro del Festival Sala Joven, que descubre el teatro del futuro. Sin embargo, Jaula de pájaros se centra en los dramas de los millennials, ¿cómo se intuye que los problemas de hoy también serán los de mañana?

RESPUESTA. Los problemas de Jaula de pájaros tienen un enfoque muy universal, que es el de definirse. Concretamente, en la obra, nos referimos a aquellos chavales que emigran a Inglaterra después de haber estudiado una carrera para tener tiempo de pensar y aprender quiénes son. Ya sabemos que, cuando un chaval llega a los veinticuatro años, esa edad donde más o menos se termina de estudiar, uno debe saber qué quiere hacer con su vida o a qué se va a dedicar. Esta situación seguirá pasando. Quizá, cada vez más, los adultos seguirán siendo «jóvenes» aunque tengan más edad, pero el problema fundamental, el de definirse, sucede en el mundo entero y por los años de los años.

P. El pájaro siempre ha sido metafóricamente el símbolo del artista, del hombre moderno que intenta liberarse de todas las ataduras de su época a través de su arte, pero, ¿puede llegar a ser la vocación su propia jaula?

R. Sí. A pesar de que yo no tengo muchos años de experiencia, cuando se empieza en el teatro, normalmente se hace con una pasión desbocada. Pero, conforme te vas formando en tu disciplina artística, te das cuenta de que esa vocación, en algunos momentos, se te queda demasiado grande. Es lo que le pasa precisamente a uno de los protagonistas de la obra, cuando Pablo llega a Londres y no le cogen en ninguna escuela teatral. Hay que aprender a aceptar que el trabajo es cosa de tiempo, que triunfar cuesta y que el reconocimiento no siempre es el fin. Por lo tanto, sí, ser preso de la pasión te puede meter dentro de una jaula. De hecho, hay muchos –muchísimos- actores en las escuelas de teatro que lo dejan cuando conocen y viven lo que realmente es.

Sin embargo, el título de la obra no se relaciona tanto con el pájaro como artista sino, más bien, entendiéndolo como aquel que emigra fuera de su ciudad en busca de libertad, del trabajo soñado, y que acaba encerrado en casa porque nada ha salido como esperaba y ya ni siquiera tiene apenas dinero.

P. La obra trata el tema de aquellos sueños que no se hacen realidad, de la frustración que nos sobreviene entonces, del llanto, de las ganas de desaparecer y de las vías de escape algo imprudentes a las que, a veces, acudimos para olvidar. Además, la situáis en Londres. ¿Hay algo de romántico en contar historias abocadas al fracaso y al descontento vital? ¿Por qué buscamos nuestros sueños fuera de todo contexto propio?   

R. Desde luego que ciudades como Londres o París sí que tienen un componente romántico cuando se piensa en ellas, especialmente si hablamos de Londres y su teatro. En el caso de nuestro protagonista, Pablo es una persona introvertida, que busca marcharse fuera de su núcleo para poder sacar afuera todas las cosas que le paralizan. Por otro lado, yo, personalmente, me fui a Londres porque quería demostrar que era el mejor actor del mundo. Demostrarle a mi familia que valía para esto y que así dejaran de pensar: «si es buen actor, pero tenía aquella carrera tan prometedora que dejó…». Es muy fácil irse a un mundo de fantasías y dejar atrás la realidad. Aunque también es verdad, y yo lo digo siempre, que la época de los veinte años es la mejor para estar insano, insano mentalmente, quiero decir. La falta de experiencia y de referentes hace que lo veamos todo muy negro; y, además, doy por descontado que a todos nos gusta retozarnos en el dolor, que hay algo de satisfacción y de consuelo en ello.

P. Un fragmento de vuestro texto grita: «Pues aquí nos tenéis. La generación del poliamor, de la psicoterapia y del MoMa. Los nuevos emigrantes, nuevos pobres. Las dos crisis mundiales en diez años. La del Brexit. La del porno y el plástico. Tecno y raves en el bosque. La generación que huye hacia adelante». Pero, ¿hacia dónde?

R. No es que haya una dirección concreta. Al ser una generación que no nos enmarcamos dentro de un momento históricamente complicado, creo que esperamos algo diferente. Ese pensamiento que se ha venido repitiendo de generación en generación de que «hay que ganarse la vida como sea» agobia mucho. Ahora queremos salir corriendo o rebelarnos contra lo establecido. Es la orden que se esconde tras esas palabras, la imposición lo que nos agobia y lo que no termina de cuajar con nosotros.

P. La familia es el otro gran bastión de la obra. A veces, por mucho que deseemos liberarnos de ella, no caer en sus mismos errores, seguir nuestro propio camino, termina siendo quien nos salva en los momentos más oscuros. ¿Cómo lidiar con la contradicción que esta nos supone?

R. Desde hace unos años, me di cuenta de que la familia es lo más grande que hay. Si ahora mismo tuviera que elegir entre mi arte y mi familia elegiría a mi familia. Por supuesto, depende de cada familia. Yo tengo la inmensa suerte de tener una muy buena. En la obra, uno de los protagonistas dice: «si no te lo digo yo, ¿quién te lo va a decir?». Aunque, a veces, no lo queramos comprender, la familia nos advierte de las cosas tal y como son y deberíamos aprender a recoger sus consejos de manera sana para tenerlos en cuenta, y que, si alguna vez caemos, el golpe nos sea más leve.

P. Pablo siente la rabia en sus carnes, se revuelve con ella, la vomita, la escupe en cada una de sus palabras. Para mostrar todo eso, el cuerpo tiene un papel protagonista, representa los instintos y lo más primigenio del ser humano, ¿habría sido posible hacer esta obra sin contacto alguno? ¿Qué papel juega lo corpóreo en Jaula de pájaros?

R. Uno muy grande. Para empezar, el personaje de Pablo es llamado «cuerpo» porque al principio de la obra es tan solo eso, un cuerpo sin consciencia que está en peligro de coger una hipotermia o de atragantarse con su propio vómito después de haber bebido demasiado. Su primo va al encuentro para salvarle y, durante toda la obra, intenta ponerle ropa encima, después de quitarle la manchada, sin llegar a explicarle por qué lo está haciendo. Todos sabemos cuál es la razón por la que le pone ropa nueva, pero en ningún momento se explica. Todo queda en gestos y acciones físicas y no en palabras, ya que esto les llevaría a afrontar sus problemas y a decirse todo aquello que nunca se han atrevido a decir pero que piensan. La obra es un encuentro muy tenso donde el mayor factor es la incomunicación.

P. Por otro lado, en la escenografía, aparece una pila de libros de literatura clásica, incluso recitáis algunos pasajes de ellos o hacéis alusión a la historia de Inglaterra. ¿Qué significado tienen ellos para los personajes y, por extensión, para vosotros? ¿Lo clásico ilumina nuestro futuro?

R. La habitación de Pablo, el artista, está hecha un auténtico caos y lo único ordenado son sus libros. A pesar de la incomunicación, él siente que sí dialoga con los autores que los han escrito. Tiene una gran relación con Bukowski, con Shakespeare, con Arthur Miller o con Tennessee Williams; es decir, que el personaje alberga una pulsión de conocimiento y comunicación enfocada a través de los libros. Yo también aprecio mucho todo lo clásico como fundamento de lo que está por venir y, además, está presente ese factor romántico sobre los tiempos pasados, que siempre fueron mejores, como sucede en la película de Woody Allen, Midnight in Paris. De la misma manera que escapamos mucho hacia el futuro con la fantasía, también lo hacemos hacia el pasado con los clásicos. Es revelador.

P. ¿Cómo ha sido el proceso de creación de la obra? Si no he entendido mal, parte de ella nace fruto de la improvisación y del diálogo con ideas diversas. ¿Cuáles son las nuevas tendencias del teatro actual en materia creadora?

R. La idea inicial parte, por un lado, de mi propia experiencia en Londres, pero también de una escena que presencié cuando estaba en la escuela de Cristina Rota entre dos compañeros. Ellos tenían que conseguir algo el uno del otro y, como estaban muy atascados en la repetición de lo verbal, yo les propuse que hicieran como si uno de ellos le ponía una zapatilla al otro. Después de media hora, ninguno lo consiguió porque había un verdadero impedimento -que aún desconozco- en esa acción. Esto me dio la idea de que uno de mis personajes intentara ponerle la ropa al otro durante toda la obra, y le puse luego texto. Con Natalia y Octavio preparamos todas las acciones físicas, que se basan en improvisaciones en los ensayos.

En cuanto a nuevas tendencias, es cierto que ahora se utilizan recursos para despertar al público como el happening que menciona Peter Brook en su obra o para introducir al espectador dentro del juego o rompiendo, quizá, la cuarta pared. Me refiero, por ejemplo, a cuando en una obra de Chejov los actores hablan de la propia creación de la obra. Yo no soy especialmente fan de esto, me distrae un poco de la verdadera historia. Pero sí me gustan otros métodos –bien utilizados- como las proyecciones en la versión de Ricardo III de Thomas Ostermeier. Espectacular.

P. Entonces, a tu juicio, ¿qué echas en falta en el panorama escénico español?

R. Echo en falta historias que me importen; creación de personajes. Soy un poco clásico tal vez. Me gusta que haya elementos innovadores que me aten al asiento y que no se queden estancados en una estructura clásica, pero a la vez que exista una historia potente y una creación del personaje. Esto es lo que echo más en falta cuando voy al teatro.

P. Junto con Natalia y Octavio Vellón, formas la Compañía Balmoral por «la necesidad de contar historias, ponernos a prueba y desarrollarnos como artistas completos», ¿cómo aplicáis todo ello en Jaula de pájaros?

R. Los tres escribimos, los tres podríamos dirigir y los tres nos hemos formado como actores. En Jaula, cada uno intenta ocupar un lugar pero todos aportamos cosas. Hay una responsabilidad grupal de sacar una representación veraz adelante. Las aportaciones son muy creativas.

P. Y vosotros, ¿estáis cumpliendo vuestros sueños?

R. ¡Qué difícil! ¿Qué es «cumplir un sueño»? Vengo de una familia de artistas, pero eso no quiere decir que no me hayan dicho: «por favor, no seas actor», porque ellos mismos lo han vivido mejor que nadie y, a veces, lo han pasado mal. Yo cada vez me doy más cuenta –y espero que sea algo bueno- de que en esto no solo vale la pasión. Octavio y Natalia lo tendrán que decir por ellos mismos, pero yo creo que los tres estamos haciendo lo que nos gusta, ahora incluso en un espacio maravilloso como es el Teatro Galileo, y estamos contentos de poder llevar allí un texto profesional a nivel de producción, marketing, equipo… Pero sí que es verdad que no lo suelo pensar como vivir un sueño sino como algo más práctico y como algo que se está constantemente reformulando. Antes pensaba que mi sueño de actor era ser el mejor del mundo y ahora en cómo voy mejorando y sumando proyectos.

No os la perdáis.

Acerca de Victoria Ocaña

Victoria Ocaña. Tras graduarse en Estudios Ingleses (UCM), completó su formación con un máster en Cultura Contemporánea por la Fundación Ortega-Marañón. La carrera le enseñó a valorar, por encima de todo, nuestra lengua. Ahora escribe sobre literatura, historia y despoblación, pero lo que de verdad le apasiona es la música: desde Albéniz a El Columpio Asesino. Podría vivir sin la palabra pero nunca sin la música.

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