Opinión

Sous les pavés, la plage! (Bajo los adoquines ¡la playa!)

La playa es un lugar fatídico. Y ahora que ya no estamos en verano, no hay mayor acto de resistencia que decirlo, como si estuviéramos en una manifestación de mayo del 68 o en un yate con C. Tangana y Rosalía.

En el mayo francés de 1968, grupos de hippies, estudiantes universitarios, obreros y demás gente de mal vivir salieron a manifestarse por las calles de París (capital y única ciudad de Francia) contra el capitalismo, la sociedad de consumo y todas esas razones por las que los de esa ralea están siempre lloriqueando en sus huelgas y acampadas (sin mucho éxito, por lo que se ve).

De entre las consignas que coreaba la horda de vagos, muy pronto destacó una: Sous les pavés, la plage! (Bajo los adoquines ¡la playa!). El origen de la expresión, según cuenta Wikipedia, se le atribuye Bernard Cousin, en colaboración con Bernard Fritsch, al ver que, bajo el pavimento de la ciudad, que los manifestantes rompían para regalárselo como souvenir a los gendarmes franceses, había arena. La consigna, por tanto, expresaba metafóricamente «la visión del movimiento sobre la urbanización y la sociedad moderna» (Wikipedia dixit).

Pues bien, este uso de una porción del litoral costero caracterizado por la acumulación de partículas sueltas sedimentadas junto a una masa de agua como metáfora de una sociedad mejor pone en evidencia cuál es el principal motivo de la decadencia occidental de los últimos cincuenta años: la playa.

Efectivamente, ahora que ya ha pasado el verano y el riesgo de morir en defensa de la verdad se reduce de manera drástica, es necesario que hagamos examen de conciencia y reconozcamos que la playa es, con toda probabilidad, el evento más fatídico que nos haya ocurrido desde la invención de la camisa de manga corta.

Sí, sí, ya sé, que cómo me atrevo, que qué sería de los festivales de música indie sin las camisas de manga corta. Bueno, otro día hablaremos de eso porque hay tema para rato, pero centrémonos en lo que estábamos: en la playa, que aquí venga a subir fotos y stories en verano disfrutando de ella, pero luego, en la intimidad, cuando no hay una cámara grabando para Instagram o TikTok, es cuando salen a relucir las verdades y descubres que a nadie le gusta ese lugar.

Por eso, percatado de ese común denominador, he dedicado todo mi verano a entrevistar a gente y, ahora que se ha terminado, he reunido en este artículo las razones por las que, según la opinión de los entrevistados, la playa debería de desaparecer:

1. La playa es un invento extranjero

Aunque tras el desastre de 1898 el orgullo patrio español quedó bastante tocado, hasta el punto de que muchos renegaron de él durante más de un siglo, las gloriosas victorias de nuestros representantes deportivos durante las dos primeras décadas del tercer milenio han supuesto un revivir de este con una vitalidad solo comparable a la del siglo XVI, cuando los épicos Tercios de Pavía, Mühlberg y San Quintín se paseaban por toda Europa entonando el cántico Soy Español ¿a qué quieres que te gane?

Sin embargo, aunque este resurgir de la Furia Roja ha traído consigo una revalorización de la cultura nacional frente a la extranjera, especialmente acusada en el ámbito musical a través de ese movimiento capitaneado por Rosalía y C. Tangana, la playa parece no haber pasado su correspondiente Auto de Fe y, en consecuencia, muchos españoles de pulsera y polo con la bandera ignoran que ese “maravilloso” lugar es un invento de origen extranjero y, siento ser yo quien lo diga, con casi total seguridad PROTESTANTE.

Sí, sí, como lo oyen, en este país de advocación mariana y misa diaria hemos acogido muy felizmente la playa sin ser conscientes de la herejía que representa. Y es que, como ya señalaba Manuel Vilas en su Nueva Teoría de la Urbanidad (Carreño Books; 2019), en España hasta los sesenta a la playa no iba ni Dios (nunca mejor dicho), pero pasó que relajamos la desconfianza hacia el impenitente y, cuando los guiris comenzaron a disfrutar mancillando nuestras playas de arena católica, nosotros, que vivíamos horas bajas de orgullo patrio, las adoptamos como símbolo de modernidad.

Por suerte, aunque casi la mitad de la población española viva en la costa, aún no está todo perdido y todavía quedan ciudadanos de bien que siguen veraneando en el clásico y muy español pantano. Así que ya saben, si de verdad quieren a este país: reject modernity, embrace traditions (en inglés, que es más moderno).

2. Hay arena

No obstante lo anterior, a pesar de su ADN 100% español, el pantano comparte con la playa una característica del todo desagradable: la arena.

¿Nunca se han preguntado por qué Sorolla solo dibujaba a niños jugando en la playa? La respuesta es muy sencilla, porque lo único bueno que tiene la arena son los castillos de arena ¿Y quién hace castillos de arena? Los niños menores de diez años. Punto. En cuanto uno supera esa edad se acaban los juegos, se comienza a usar pantalón largo y la arena solo sirve para llenar de mierda tu SUV (porque ahora todo el mundo tiene un SUV).

La arena son las cookies del mundo predigital. Te persiguen allá donde vayas, hagas lo que hagas: tratas de comerte un tupper (porque hay gente que aún come de tupper) y por muy hermético que sea, dentro encontrarás arena; madrugas una mañana de octubre para ir a trabajar (sí, hay gente que madruga y que trabaja) y encuentras arena entre tu pelo tras un mes sin ir a la playa. Una vez incluso encontramos arena de playa en un roscón de reyes en Segovia -¡Segovia!- A 600 kilómetros del mar, nada menos.

El verano, los amigos, la vida, las civilizaciones, la humanidad… todos vienen y van, pero la arena siempre permanece.

O si no que se lo digan a Charlton Heston. Nunca en la historia del cine hubo alguien tan disgustado por tener que pasar el día en la playa. Dicen que, entre sollozos por la arena que se le colaba en el bañador se le oyó susurrar:

  … Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.

Ozymandias – Percy Bysshe Shelley
Nada queda a su lado. Alrededor de la [decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas [arenas.  
Ozymandias – Percy Bysshe Shelley
El Planeta de los Simios (1968) – Franklin J. Schaffner.

Pero no solo eso, la arena no solo tiene la firme voluntad de sobrevivirnos. No, sus planes, como veremos a continuación, van un paso más allá: quiere ser ella quien nos destruya como civilización. No por nada, la playa es la principal causa del descenso del nivel educativo de nuestro país. Como lo oyen. Lean, lean y descubrirán una verdad largo tiempo ocultada por los poderes fácticos del Estado.

3. Causa analfabetismo funcional

¿Han intentado leer en la playa? Un sufrimiento, ¿verdad? Pues eso, cada hora que un español pasa en la playa es una hora que no dedica a la lectura. Y luego sucede lo que sucede, claro. La playa es tan perjudicial para la cultura que nos dan la razón hasta los franceses (¡los franceses!). Si no me creen, lean atentamente:

No es tan fácil leer en la playa. Tumbado boca arriba, es casi imposible. El sol deslumbra, hay que sostener el libro muy alto encima de la cara. Se aguanta unos minutos y luego uno se vuelve. De lado, apoyado en un codo, con la mano pegada a la sien, sosteniendo el libro con la otra mano y pasando páginas, resulta también bastante incómodo. Se termina boca abajo, con los dos brazos doblados hacia delante. A ras de suelo, corre siempre un poco de viento.

[…]

Al cabo de leer durante tanto tiempo con los brazos estirados hacia delante, la barbilla se hunde, la boca bebe la playa, y entonces se incorpora uno con los brazos cruzados contra el pecho, utilizando a intervalos una sola mano para volver las páginas y marcarlas. Es una postura adolescente ¿por qué? Transporta la lectura hacia una amplitud un tanto melancólica. Todas esas sucesivas posturas, ensayos, fatigas, irregulares placeres, eso es la lectura en la playa. Tiene uno la sensación de leer con el cuerpo.

El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, de Philippe Delerm (Ed. Maxi-Tusquets, 2001).

¿Ven? Leer en la playa es un suplicio, casi una pérdida de tiempo, algo, en definitiva, típico de adolescentes; y los adolescentes nunca hacen nada bueno.

4. No puedes atracar el barco

Sí, lo sé, es un suplicio por el que todos debemos pasar. Uno va a navegar con su barco cualquier mañana tonta para cumplir con su cupo de emisiones anuales de CO2 y, cuando quiere descansar un rato de dirigir al servicio en el gobierno de la nave, siempre sale algún socorrista echando pestes porque has encallado el barco en medio de la playa y casi atropellas a cuatro niños en la maniobra (¡son solo niños, por favor!). Total, que por lo visto la playa no es un sitio adecuado para embarcaciones rígidas de más de doce metros de eslora. Al final siempre te hacen anclarlo fuera, lejos de cualquier lounge con Dom Pérignon y caviar de beluga en abundancia. Siempre hay algún listo que salta con eso de «bueno, pero así en el barco te sale más barato». ¿En serio? En fin, la pobreza, ya saben… si alguien se fija en el precio de las cosas es que no es rico de verdad.

5. Es antierótica

Dejando a un lado lo de la arena y la falta de amarres adecuados, el principal problema de la playa es que es un lugar donde el liberalismo y el ateísmo campan a sus anchas y, en consecuencia, la gente va mostrándose tal y como Dios la trajo al mundo sin pudor alguno. Además de alguna que otra imagen no del todo agradable, la belleza en todo su esplendor causa, paradójicamente, la pérdida de todo el esplendor que posee la belleza. Como dice Byung-Chul Han (La Salvación de lo Bello -Ed. Herder; 2015), citando a Baudrillard, «[l]a seducción juega [con] “la intuición de lo que en el otro permanece eternamente secreto para él mismo, sobre lo que jamás sabré de él y que, sin embargo, me atrae bajo el sello del secreto”». En la playa del siglo XXI,  sin embargo, ya las personas no ocultan nada y el problema de eso, como dice Gistau (El Penúltimo Negroni -Ed. Debate; 2021-), es que

…las cosas demasiado explícitas no hace falta imaginarlas, de lo cual cabe deducir que la poesía, como el erotismo, son géneros ya caducos en cuanto a que para arrancar necesitan de lo que está oculto. Y así nos quedamos, abocados al culo, directamente al culo, lo cual viene a ser como proponerse llegar a Ítaca sin disfrutar de las demoras en el viaje, que eran lo bueno.

Ya lo ven, la playa no se contenta con convertirnos en una ciudad sin cultura, sino que encima se ha propuesta matar a la literatura de un modo que ni la tecla ‘Enter’ a la poesía del siglo XXI.

6. Es gratis

Por último, pero no menos importante, está el pequeño problema de que todo el mundo puede ir a la playa. Desde que se aprobó la fatídica Ley de Costas de 1982 (gracias, socialistas…), todo el litoral español ha pasado a ser considerado como dominio público marítimo-terrestre, lo que significa que a la playa puede entrar cualquiera, sin distinción ni limitación alguna. Huelga decir que esta liberalidad ha tenido efectos catastróficos para el bienestar de la élite social de este país, que, si no es bastante decadencia de por sí que se haya aficionado a ir a la playa, se ha visto además obligada desde entonces a compartir espacio con personas a las que les duele pagar el recibo de la luz.

Resulta evidente que este totum revolutum ha repercutido en un descenso generalizado del nivel intelectual y educativo de nuestros dirigentes. La situación es tan crítica que ya se ha visto hasta al Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, bañándose en la playa, algo a lo que no se había atrevido ni ZetaPé. Toda una pérdida de dignidad que palidece aún más si lo comparamos con su antecesor, Mariano, que tan infausto lugar solo lo pisaba para pasear y si quería darse un baño usaba el barco, como debe de ser.

********

Vista la situación, y la tan inmerecida buena fama que ha obtenido la playa en las redes sociales, lo que resulta de verdad indignante es que, con tan mal gusto, aún no nos hayamos extinguido como especie ni la playa haya conseguido destruirnos. La solución, por suerte, no es demasiado complicada: ¿quién no tiene piscina, barco o es socio de algún club náutico en el que poder darse un baño? Todas mis encuestas han sido realizadas en alguno de esos tres lugares, que es donde se puede hablar de estos asuntos con total sosiego y sinceridad. Al fin y al cabo, la tranquilidad… la tranquilidad es lo que más se busca.

(Nunca nada malo ocurrió jamás en piscina alguna más allá de la resaca de Alain Delon en la costa azul; La Piscina (1969); Jacques Deray).

Acerca de Jorge Trujillo

Jorge Trujillo (Santa Cruz de Tenerife, 1994) es graduado en Derecho, máster en sectores regulados y abogado colegiado, ocupación que ejerce durante sus ratos libres en un bufete madrileño, aunque profesionalmente se dedica a soñar con ser, algún día, rentista decimonónico. Mientras espera ese dinero que nunca llega, agota sus energías combatiendo a la Administración en el frío ámbito del Derecho Público. Para no caer en la desesperación, escribe textos que nunca termina y abandona blogs que él mismo ha empezado. Fiel a su espíritu rentista y a la dorada mediocridad, su mayor éxito es que en su currículum no hay ningún logro a destacar, salvo, quizá, el de seguir creyendo -en alguna que otra ocasión- en la justicia.

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