Opinión

Entre pragmática y retórica: ¿por qué analizar la política desde el lenguaje?

La política es una ecuación que se compone de lenguaje y hechos. Éstos no pueden vivir sin aquel, y, desde luego, las palabras que pronuncian nuestros representantes jamás deberían alejarse ni de la ética ni del consenso.

No descubro nada si digo que atravesamos momentos complicados donde la inestabilidad social parece haberse convertido en el tema de nuestro tiempo. Tal vez quien lea esto pensará que nunca nadie dirá que se encuentra viviendo una situación de calma puesto que siempre hay problemas que solventar. En ese caso, me adelanto diciendo que es completamente cierto y, de hecho, hemos atravesado episodios peores en la historia de este proyecto común que algunos llamamos «España».

Sin embargo, creo que todos reconocemos que un país no atraviesa una situación óptima cuando sus representantes parlamentarios llenan el Congreso de descalificativos y de ataques a cuestiones de índole personal. España vive una época en la que votar a un representante político es similar a elegir la entrada de un famoso a un reality. Este asunto es de absoluta gravedad si consideramos que la labor de los políticos no es entretener a la gente que ha confiado en ellos, sino salvar el futuro de todos los ciudadanos. No obstante, desde fuera sentimos cómo la Cámara se llena de individuos que no hacen sino ocupar un escaño calentando el ambiente con palabras que se mueven entre el interés personal y auténticos discursos de odio cuyo pronunciamiento es inadmisible en el corazón de la legislación pública.

A raíz de esta situación es comprensible el hartazgo que millones de personas manifestamos ante la ineptitud de quienes desempeñan la política como una trivialidad en la que la ideología impregna mensajes que más que velar por el bien ciudadano, parecen ser un grito ahogado de quien no es capaz de llevar unas potencialmente sólidas bases teóricas al terreno de juego.

Pragmática vs. Retórica

Con todo esto a la vista, entendemos que una de las críticas más acuciantes a las que nos enfrentamos sea la contraposición entre el decir y el hacer político. Esta dinámica abre un debate al cual, como tantos otros han hecho, voy a referirme como «pragmática vs. retórica».

Este juego de palabras se encuentra en la raíz de protestas que se comprenden si uno es capaz de empatizar con el descontento de quien no se conforma con discursitos sino que entiende el necesario salto a la praxis. Por ello, en la línea de la famosa tesis marxiana sobre Feuerbach («los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, de lo que se trata es de transformarlo»), reivindican un llamamiento para que nuestros líderes pasen a la acción y no se sienten a debatir, de forma más o menos elegante, los mismos temas cada cuatro años.

Sobre este escenario, en estas líneas quiero enfrentarme a esa mirada que opone pragmática y retórica, a pesar de ser las dos caras de una misma moneda: el lenguaje.

La vindicación de una hegemonía pragmática obedece, más que al anhelo de una acción política (íntegra e integral), al deseo de fundar una política de la acción. Esta acción parece encaminarse a una praxis radicalmente transformadora de la realidad y adalid de la solución a todos nuestros problemas, dejando atrás cualquier disquisición que, por no tener un efecto material, no es concebida más que como un intercambio inútil de palabras.

Me niego rotundamente a admitir cualquier crítica que olvide que la primera transformación de la realidad se da en el lenguaje que, en definitiva, es el terreno donde se mueve la retórica. Más aún me opongo a la distinción entre retórica y pragmática que, si bien existe, desde luego que no va por los derroteros que sigue esta llamada desesperada a la acción que cree que el hacer por hacer nos llevará a algún lado.

Pero entonces, ¿qué es pragmática y qué es retórica? Cómo hacer cosas con las palabras fue un tema que preocupó especialmente al filósofo J. L. Austin, quien supo ver la diferencia entre lo que una persona dice y su intención, esto es, lo que pretende cuando dice algo. Esa intención que puede comunicarse de diferentes formas es lo que entendemos por pragmática y no creo que deba ser algo ajeno a la retórica, pues esta no se basa exclusivamente en una cuestión estética. En todo caso, es la estilística lo que consigue acercar los discursos desde la mera función referencial que se limita a describir objetivamente un hecho, a la apelación a sus interlocutores.

No obstante, la pragmática actualmente parece haberse cifrado en algo así como hacer cosas productivas con las palabras mientras que la retórica es desdeñada e identificada con discursos barrocos que, en el fondo, no significan nada. ¡No es cierto!

También ronda por el imaginario popular la idea de que la retórica es, en esencia, el arte con que un orador es capaz de persuadir a su público. Sin embargo esta forma de comprender la praxis retórica, si bien dominó ciertas corrientes del pensamiento clásico y helenístico, fue matizada por autores que estimaron conveniente poner un poco de orden en el uso de una herramienta con tanto poder para mantener o disolver, a conveniencia, la prosperidad social de los Estados. Por ello, si queremos entender la forma en que una floreciente Atenas clásica articulaba la definición de este arte de la palabra, deberíamos comenzar haciendo calas en el pensamiento de un autor muy preocupado por las ideas y las esencias.

El filósofo británico J. L. Austin (1911-1960).

El origen de la retórica entre la filosofía y el lenguaje: Platón

Para quien es considerado por algunos como «el más grande pensador de la historia», la retórica se concebía como una psicagogia, una terapia para la redención de las almas cuya tendencia era retornar a su estatus original en el mundo de las ideas. El ascenso platónico mediado por la dialéctica cifra la retórica como la fórmula para orientar el alma hacia la verdad. De esta manera, el Ateniense no presenta la retórica como trivialidad conversatoria sino como una disciplina que merece un análisis de los modos en que la oratoria puede dirigir la dialéctica hacia el conocimiento puro. De ahí la apelación platónica a la responsabilidad de los oradores, desmarcándose de los, a su juicio, vacuos discursos sofistas y concibiendo el ejercicio de la retórica a la luz de la justicia como virtud suprema (junto con el amor y la belleza) del ser humano que se integra en la polis. De esta forma, advertimos una concepción retórica depurada de rastros demagógicos que amenazan con transfigurar la verdad y popularizar discursos sesgados en favor del interés de unos pocos sobre el total de la ciudadanía, pues como señala en el Gorgias: «la retórica, como los demás medios de lucha, se debe emplear también con justicia». El olvido de ese ejercicio de justicia, encarnada en la figura del filósofo-rey, haría degenerar la organización del poder político hasta desencadenar la tiranía y el sometimiento de la polis de la mano de individuos que, sirviéndose de la palabra, logran persuadir a los ciudadanos según sus intereses propios. Por ello Platón, como en tantos otros asuntos, no titubea al condenar con «odio, destierro o muerte a quien haga un mal uso de la persuasión oratoria».

Entender la política como dominio de la oratoria: Cicerón

El escenario retórico clásico cambió paulatinamente considerando, por un lado, la evolución política que inminentemente afectaría a la vida social de Grecia tras la muerte de Alejandro Magno y, por otra parte, las líneas generales del pensamiento de las principales escuelas filosóficas de este período. La ontología clásica fue apartada para dar luz a concepciones materialistas, hedonistas, escépticas y estoicas que tuvieron una difusión progresiva en las diferentes regiones del Mediterráneo. Una de las figuras que más contribuyeron a la asimilación cultural de las ideas helenísticas en la República Romana fue Marco Tulio Cicerón. Este autor, nacido en Arpino, fue un político y jurista muy reconocido en el Consulado. Sin embargo, en esta ocasión traemos su figura a colación por ser también uno de los más grandes exponentes de la historia de la oratoria y uno de los primeros filósofos en sistematizar el ornatus retórico, marcando las sendas que posteriormente transitarían autores como Tácito o Quintiliano.

Existen múltiples motivos que nos permiten trazar un paralelismo entre las concepciones retóricas de Platón y Cicerón. El Arpinate parte de la teoría platónica de las ideas para presentar la retórica como un arte orientado hacia el bien del Estado.

Cicerón advierte una distinción fundamental entre dos tipos de oradores. Por un lado se encuentran aquellos que priman el uso práctico de la palabra, sirviéndose de construcciones simples y términos sencillos para transmitir una determinada información de forma clara y concisa. Sin embargo, Cicerón acerca sus planteamientos hacia aquellos que se recrean con locuacidad en la exuberancia del discurso para tratar de conmover al auditorio, yendo más allá de la simple función referencial que hace a algunos oradores conformarse con la mera transmisión de contenidos sin reparar en la forma en que estos son percibidos por sus oyentes. Siguiendo esta segunda línea, Cicerón defiende el uso de un estilo sublime con el cual sostiene que el orador es capaz de mover al público, empleando ciertos recursos como una prosa rítmica y siendo plenamente consciente, como lo fue Platón, de la inseparable conexión res – verba (asunto peliagudo del que la filosofía del lenguaje todavía no ha logrado zafarse desde que fue reavivado en la irresuelta controversia medieval sobre los conceptos universales).

Ambos autores reconocen que la retórica es una disciplina indisolublemente ligada a la filosofía y cuyo uso debe dirigirse hacia la verdad, pues como señala el propio Orador ciceroniano: «[el buen orador] no debe solo estar instruido en la dialéctica, sino que debe también tener conocimientos y práctica de todos los temas de la filosofía». Por ello, Platón y Cicerón no dejan la justicia al margen del arte de la palabra, sino más bien, la sitúan como objetivo último de su empleo. Sin embargo, si bien el de Arpino no olvida el fundamento ético platónico de la oratoria, orienta sus estudios más allá de la discusión sobre el correcto uso de la persuasión del Ateniense. Cicerón entiende que, si bien la finalidad práctica de transmitir una determinada información es la forma más sencilla de la retórica, el buen orador debe valerse de estrategias que permitan enriquecer la transmisión de su mensaje, no solo cuidando los términos o las construcciones sintácticas con las cuales lo expresa, sino reparando en la importancia de otros recursos como la entonación, enfatizando las partes de mayor interés y consiguiendo así conmover de forma intencionada a su público. Para ello cree necesario «introducir el discurso con un exordio, en el que se debe atraer la simpatía del auditorio, despertar su atención y prepararle para que se deje enseñar», no para manipular convenientemente la senda que dirige el esfuerzo ético retórico hacia la justicia, sino para afianzar la polivalencia de la oratoria sin renunciar a la salvaguarda moral de quienes toman su ejercicio con vistas al bien común.

De esta forma, encontramos en ambos autores una concepción de la retórica íntimamente ligada a la filosofía, ya sea desde la conducción de las almas a la verdad o desde el arte de la palabra correlativo al óptimo desarrollo de la oratoria; en definitiva, dos formas de cultivo de la dialéctica.

‘Cicerón’, pintado por el artista italiano Cesare Maccari (1840-1919).

Sacando conclusiones

Hace poco leí en twitter una elocuente reflexión que parafraseaba a Aristóteles y, siguiendo esta ingeniosa ocurrencia, podríamos decir en nuestro caso que «el hacer se dice de muchas maneras». Es aquí donde creo que podemos entroncar la retórica como piedra angular de toda correcta actuación política. El cambio social que debe llevarse a cabo a través de la praxis no debe ser tomado como una exaltación pragmatista, sino que surge como fruto de un ejercicio de reflexión sosegado, donde ciudadanos y representantes políticos deben convencerse mutuamente, abiertos a la posibilidad de un consenso comunitario basado en la exposición persuasiva, pero veraz, de actuaciones con que fraguar la prosperidad social de España. Si cada uno individualmente adquiere un compromiso con la justicia parlamentaria entendida como guía para medir nuestros esfuerzos en la esfera pública, entonces la retórica no es un excedente democrático como parece haberse declarado en los últimos tiempos, sino el fundamento de la necesaria y, necesariamente, ulterior llamada a la pragmática. En definitiva, como ya nos enseñaron los clásicos, no es retórica lo que sobra sino justicia lo que hace falta, pues sin esta, cualquier persuasión interesada no es más que palabrería malintencionada que, aunque queramos llamar «retórica», desde luego que en ningún caso conducirá hacia la verdad. Así pues, no le faltaba razón a Cicerón cuando advertía que «si hacemos el bien por interés seremos astutos, pero nunca buenos».

Habiendo tomado buena nota de toda la reflexión que permite avalar la retórica como un necesario ejercicio de prudencia y responsabilidad y no como una trivialidad vacía y superflua, podemos comenzar a trazar una senda que dirija la epistemología hacia la ética a través del ejercicio de la palabra. Siguiendo este camino que, en cierta manera, autores como J. Habermas nos siguen recordando, la tarea de la política solo puede consistir en hacer de la esfera pública la posibilidad real objetiva de (re)surgimiento y consecución del mundo de la vida, ese que, como decía E. Husserl, es mundo para todos.

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