En las primeras páginas de Antes que anochezca, el niño Reinaldo Arenas (Aguas Claras, Cuba, 1943 – Nueva York, 1990) se llena la barriga de tierra. Lame el suelo de su humilde rancho con un sabor dulce que le hincha la tripa y le produce lombrices. Se cría en una casa pequeña con sus abuelos y sus primos, rodeados de selva en la más absoluta pobreza, pero también en plena libertad. Una libertad que le permite escribir poemas tallados en los árboles y bañarse en el río. Una tarde, mientras come alrededor de la mesa, su maestra de escuela se presenta y confiesa al abuelo —cabeza de hierro en la familia— que el pequeño Reinaldo tiene don para la poesía. Acto seguido, el abuelo agarra su hacha y enfurecido tala todos los troncos alrededor de la casa. Aquello pronto le revela que debe marcharse de aquel lugar profundo y opresor y buscar suerte en La Habana.
Conoció a su padre solamente una vez, cuando su madre comenzó a lanzar piedras a un desconocido guajiro con sombrero que se agachó en la orilla de aquel río de Aguas Claras y le entregó dos pesos que a él le parecieron una fortuna. Nunca más volvió a ver a ese hombre que describía como «apuesto y aventurero», y que tras unos meses de amor abandonó a su madre. El mundo de la infancia de Reinaldo Arenas fue mágico, exuberante, plagado de leyendas que contaba su abuela y descubrimientos eróticos. Un universo de mujeres, color y fantasía del que se impregnó toda su literatura a pesar de las desdichas.
Hace varios veranos descubrí a Reinaldo Arenas por casualidad y a través del cine en una notable interpretación de Javier Bardem para el director y artista Julian Schnabel (Antes que anochezca, 2001). El actor español encarna al escritor cubano y muestra en cada escena el sufrimiento, la belleza y la lucha por la vocación literaria. Aquel papel puso a Bardem por primera vez en el foco del cine internacional, recibiendo premios como la Copa Volpi y la nominación al Oscar o a los Globos de Oro. Sin embargo, la obra de Arenas es mucho más rica que el biopic que realizó Schnabel. Sus novelas muestran un realismo mágico exagerado, a veces incluso excesivo, pero que adentra al lector en un mundo que filtra la belleza de la desventura y el dolor. Rodeado de miseria y sueños caídos como la Revolución Cubana -que se volvió contra él-, Reinaldo busca en todo momento hacer flotar su vocación literaria.

Encuentra pronto el reconocimiento con Celestino antes del alba (1967), novela premiada por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en donde Lezama Lima era uno de los jueces. A partir de ahí, el reconocido autor de Paradiso se convertiría en su amigo, e introduciría a Reinaldo en el círculo literario cubano. Esta fue la única novela que pudo publicar en Cuba, y que agotó pronto todos los ejemplares con su visión fantasiosa de la niñez. Una infancia de pobreza y ostracismo que Reinaldo Arenas disfraza de fantasía y misterio para lograr sobrevivir. Después de Celestino sus libros pasan a ser perseguidos y vilipendiados por el Gobierno. No logró publicar más en su tierra natal, y uno de sus primordiales objetivos fue sacar al extranjero sus manuscritos. Para ello dedicó innumerables esfuerzos en esconderlos, arriesgando incluso su libertad en encuentros a pie de aeropuerto. A veces consiguió que viajaran a Europa, donde serían publicados en países como Francia o Alemania. Esto le costará una inflexible persecución y el señalamiento de su obra y su profesión de escritor.
Sin embargo, la creación artística de Reinaldo Arenas deja una huella clara. Este mensaje es del escribir a pesar de todas las dificultades. A pesar de no ser publicado nunca o de que tu obra sea perseguida y quemada. De hacer explotar la vocación literaria en cualquier condición, aunque estes «enterrado». En su novela póstuma Antes que anochezca (1992) narra su desdicha de ser perseguido por su condición de homosexual y anticastrista y encerrado en cárceles con durísimas condiciones. A pesar de ello, aun encontrándose en una celda sin luz natural, con olor a excrementos y llantos, sigue escribiendo en cualquier papel que le llega, incluso en trozos de papel higiénico. En aquella prisión, El castillo del Morro, una fortaleza construida por los colonos españoles para protegerse de piratas en el puerto de La Habana, dormía abrazado a un ejemplar de la Ilíada, daba clases de francés y escribía cartas para los presidiarios.

En estos tiempos que vivimos de extrema rapidez y donde la industria editorial impone sus plazos, es extraño y chocante ver cómo el escritor cubano fue capaz de reescribir sus manuscritos incluso varias veces tras ser robados y destruidos. Este es el mensaje central de su vocación; la esperanza por salvar «tu mundo», aquel que llevas en las entrañas y que debe emerger a través de las palabras.
Reinaldo Arenas se suicidó exiliado en Nueva York el 7 de diciembre de 1990, muy enfermo de SIDA y lejos de su amado Mar Caribe y el malecón de La Habana. Antes de poner punto final a una vida plagada de persecución e injusticia, pero también de belleza, pasión, sol y mar, Arenas dejó escrita una carta de despedida y una obra que ilumina su legado y su amor por las letras. En esa carta confiesa que se quita la vida por el precario estado de salud y la certeza de que no podrá seguir escribiendo. La exuberancia y fantasía del universo de Reinaldo queda impresa a lo largo de su obra que, finalmente ha sido un éxito de ventas en varios continentes.
En este pasado mes de julio de 2023 se cumplieron 80 años de su nacimiento, y se reivindica, así, a un escritor que vivió para la literatura y cómo esta, a su vez, le dio el hilo de esperanza para seguir sobreviviendo. Su creación artística es el grito de rebeldía que siempre estuvo en su garganta. Una obra que hoy perdura y, como él mismo escribió en El color del Verano (1982), «permanece así, en medio de una época conmocionada y terrible, como tabla de salvación o de esperanza, la intransigencia del hombre creador, poeta, rebelde —ante todos los postulados represivos que intentan fulminarlo, incluyendo el espanto que él mismo pueda exhalar—. Aunque el poeta perezca, el testimonio de la escritura que deja es testimonio de su triunfo ante la represión, la violencia y el crimen. Triunfo que ennoblece y a la vez es patrimonio del género humano».
The parade ends (Reinaldo Arenas)
«Paseo por las calles que revientan,
pues las cañerías ya no dan más
por entre edificios que hay que esquivar,
pues se nos vienen encima,
por entre hoscos rostros que nos escrutan y sentencian,
por entre establecimientos cerrados,
mercados cerrados,
cines cerrados,
parques cerrados,
cafeterías cerradas.
Exhibiendo a veces carteles (justificaciones) ya polvorientos,
CERRADO POR REFORMAS,
CERRADO POR REPARACIÓN.
¿Qué tipo de reparación?
¿Cuándo termina dicha reparación, dicha reforma?
¿Cuándo, por lo menos,
empezará?
Cerrado… cerrado… cerrado…
todo cerrado…
Llego, abro los innumerables candados, subo corriendo la improvisada escalera.
Ahí está, ella, aguardándome.
La descubro, retiro la lona y contemplo sus polvorientas y frías dimensiones.
Le quito el polvo y vuelvo a pasarle la mano.
Con pequeñas palmadas limpio su lomo, su base, sus costados.
Me siento, desesperado, feliz, a su lado, frente a ella,
paso las manos por su teclado, y, rápidamente, todo se pone en marcha.
El ta ta, el tintineo, la música comienza, poco a poco, ya más rápido
ahora, a toda velocidad.
Paredes, árboles, calles,
catedrales, rostros y playas,
celdas, mini celdas,
grandes celdas,
noche estrellada,
pies desnudos, pinares, nubes
centenares, miles
un millón de cotorras
taburetes y una enredadera.
Todo acude, todo llega, todos vienen.
Los muros se ensanchan, el techo desaparece y, naturalmente, flotas,
flotas, flotas arrancado, arrastrado,
elevado,
llevado, transportado, eternizado,
salvado, en aras, y,
por esa minúscula y constante cadencia,
por esa música,
por ese ta ta incesante».

0 comments on “Antes que amanezca”