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Pink Chadora «El ‘drag’ y la poesía coinciden en todo»

En esta entrevista con Pink Chadora (Campo de Gibraltar, 2019) descubrimos lo mucho que se parecen la poesía y el 'drag', especialmente en su capacidad para transformar «lo cotidiano» y «reinventar» la realidad.

Bromeando, Martín de Arriba (Algeciras, 1984), el civil de Pink Chadora (Campo de Gibraltar / Málaga, 2019), afirma que, si tu primera experiencia con una drag va a ser con ella, será, sin duda, una buenísima aproximación al drag; y no les quepa duda. Tras leer Todo era campo (Letraversal, 2023), su primer poemario, y charlar con ella sobre lo rural, la transgresión, el pasado o la amabilidad, uno termina descubriendo facetas ocultas -propias y ajenas-, y quedándose con ganas de más.

PREGUNTA: Me apetece empezar esta conversación aludiendo a uno de los poemas finales de Todo era campo; concretamente, a ‘Yo maldigo la luz’, donde anotas que «maldita la luz del sol / que no calienta. / Maldita la luz del sol que no se come / a mordiscos / los párpados de la infancia». Me gustaría empezar por ahí, repito, porque una de mis obras favoritas del artista catalán Pep Vidal (Barcelona, 1980), ‘La luz que no se apaga’, «nace de pensar», precisamente, «en dos rayos de luz que salen del Sol, y que por una mínima desviación entre ellos, uno va a parar al tejado de mi casa, en Barcelona, y otro va a parar a [un] solar, en Santa Cruz de Tenerife. Una especie de reinterpretación de la clásica paradoja física de los dos gemelos».

«Esos dos rayos, durante su trayectoria, se encuentran con diferentes elementos -nubes, viento, altas y bajas temperaturas, humedad, millones de partículas suspendidas, polvo cósmico, etc.- para finalmente dar luz a dos sitios bien distintos y separados». Siguiendo con esta misma alegoría, ¿qué varios espacios se iluminan -y dejan de iluminarse, simultáneamente- con el rayo de luz con el que brilla Pink Chadora?

RESPUESTA: ¡Ay! Al principio me gustaba fantasear con esa idea de que Pink Chadora era realmente un alter ego, otro rayo de luz distinto, pero con el paso del tiempo me he ido dando cuenta de que no, de que Pink Chadora es, o más bien son partes de Martín llevadas a su máxima potencia. Por mucho que me guste decir que es un personaje inventado, lo cierto es que no he inventado nada: lo único que he hecho ha sido coger aspectos preexistentes de mí mismo y llevarlos a sitios donde jamás hubiese imaginado.

Hay ciertos detalles que nos diferencian, eso sí: Pink es la persona que está para el público, aunque luego no hable de sí misma, sino de Martín; que es, de hecho, lo que ocurrió en el poemario.

P: Menuda aventura, ¿no?

R: Y menuda decepción [risas]. Porque, como te digo, en el fondo me gustaba sentir que había creado algo desde cero. Pero no, no es así: Pink Chadora ya existía mucho antes de tener nombre.

P: ¿Y la obra?

R: Todo era campo tampoco ha sido una invención. Es verdad que lo empecé con la idea de divertirme mucho más, de imaginar, de crear fantasías; pero llegó un punto en que me vi tan inmersa, tan inmerso que dije: no puedo parar, no puedo dejar de hablar de mí, de cómo he llegado hasta aquí, de cómo me percibe la gente como drag. Ha sido todo un viaje. Descubrir que de niño ya fantaseaba con Pink Chadora sin saber siquiera que nacería, ¡guau! A veces me da miedo hasta releerlo, porque las dosis de autodescubrimiento son muy elevadas.

Sucede, también, que yo antes le dedicaba mucho menos tiempo a Pink. Lo hacía sólo cuando me apetecía, o cuando surgían algunas actuaciones puntuales a lo largo del año; sin embargo, de repente ha ocupado todo el espacio, ha explotado y, no sé, ha provocado que me plantee -y replantee- muchas cosas; todo se ha visto inundado.

P: En Amor y pan (Letraveral, 2022), Paula Melchor sostiene que «si sabemos algo de la poesía, / es que debe jugar con la oscuridad». Siendo así, ¿cuánto tiene el drag de poesía? ¿Y cuánto tiene la poesía de drag?

R: El drag y la poesía coinciden en todo, ¡en todo! No sé muy bien cómo explicarlo, porque me gustaría hacerlo de un modo sensato, pero definitivamente ambas tienen mucho de la otra y pueden ir de la mano. Desde luego, un aspecto esencial es su capacidad para reinventar las realidades, para coger algo que ya existe y hacerlo propio -en todos los sentidos-, ya sea dramatizándolo -que es algo que a mí se me da muy bien [risas]-, ya sea haciéndolo bonito, o ya sea, simplemente, transformando lo cotidiano.

P: «Como no encontré la forma, / dejé de buscarla». Con esos versos empiezas ‘Poética’, y ciertamente resuenan como un manifiesto estético, tanto en lo literario como en lo personal. ¿Hasta qué punto son capaces de coexistir ambos espacios? ¿Es Pink Chadora un «sujeto lírico», tal y como determina Elizabeth Duval en el prólogo del poemario, o es mucho más?

R: Lo que yo siento a veces es que Pink Chadora se me ha ido de las manos. No tengo muy claro dónde está su límite, ¿sabes lo que te digo? Al fin y al cabo, nunca me planteé un objetivo concreto para ella, y que ahora sea poeta, que tenga un poemario, que le pasen todas las cosas que le están pasando alrededor, lo que está provocando en mí es una continua renovación; pero sin ambiciones de ningún tipo. Además, ¿cómo tenerlas? ¡Si nunca sé dónde voy a estar mañana! Cada día armo y desarmo la maleta, y la mayoría de las veces cojo lo primero que pillo porque no tengo mucho tiempo para pensar.

En el fondo, es como si Pink Chadora tuviera sólo cuatro añitos -que es el tiempo que lleva existiendo de forma oficial-, y nadie sabe muy bien qué le depara la vida. Por ahora le han pasado muchas cosas, pero sin un objetivo claro, tal y como sucede en la infancia, ¿no? Donde el tiempo pasa lento, muy lento, y a la vez ocurre todo.

P: «Hace falta tener mucho amor, mucho amor / créame, para pasar / tantas horas de afeitado / pulido y maquillado (…). / Yo no quise, señora, ofenderla / todo lo contrario», escribes en el poema que le dedicas ‘A la señora hater, gran amante de los pájaros’. «Lo mío es un espectáculo / donde elijo la candidez superior / de las cosas sencillas», subrayas en ‘Gracias por tu DM, no estoy interesada’. ¿Se han convertido el afecto, la ingenuidad y la falta de malicia en algo transgresor, acaso?

R: Sí, en cierto sentido. Lo que yo suelo defender, de todos modos, es que siendo amable se puede llegar muchísimo más lejos que dando un golpe sobre la mesa; lo tengo clarísimo, y también comprobadísimo con mi drag, con Pink Chadora, que tiene una estética como de muñecota, ¿no? Y es lo que en muchas ocasiones facilita que la gente se acerque: las niñas, los niños, incluso las personas mayores. Seguramente porque no es una estética tan sexualizada, sino un poco más amable, un poco más dada a abrir determinadas puertas; eso sí, una vez abiertas, ¡que se preparen! Porque soy como el Caballo de Troya [risas]. O sea, tú me has dejado entrar por mi apariencia y por mi sonrisa, ¿no? Pues cuando esté dentro, además, vas a tener que escucharme. Por eso hago drag, ¿sabes? No para ser una muñeca sin más, sino para ser una muñeca con algo que contar. De todos modos, como digo, lo primero ayuda a lo segundo, a que los demás entiendan que Pink Chadora es un personaje y que en ella no hay maldad, que no esconde nada negativo. Esto es un poco triste, porque algunos compañeros han sido bloqueados por su apariencia, precisamente; y también un arma de doble filo, porque hay quien se va a quedar ahí, y para quien yo sólo seré una tonta con peluca.

Volviendo a uno de los poemas que mencionabas, ‘A la señora hater, gran amante de los pájaros’, recuerdo que una vez, estando en un pueblo -porque a mí me encanta pasearme por los pueblos en drag, que ya es algo escandaloso de por sí-, yendo con mi pelucón y mis tacones, paseando por Santa Lucía, todo empedrado, a las 12 de la mañana para ir a la carnecería -lo más normal del mundo, vaya-, empecé a notar cómo me miraban mal, cómo escupían a mis pies, y, claro, como uno no puede sacar un hacha de la nada, pues tenía que conformarme con esos pequeños gestos, con esas caras amables, con gritos de «¡Olé la mierda!», y ese tipo de cosas. No sé si será una rareza mía, pero la gente suele verlo siempre como algo positivo; y en los pueblos, sin ir más lejos, se me acercan un montón de personas para confesarme secretos, estilo: «pues yo también llevo peluca desde hace tres años, cuando empezó mi enfermedad», o «ahora mismo tengo puesta ropa interior de chico». Y es que, a pesar de no conocerme de nada, al encontrar en mí esa diferencia, esa amabilidad, ya me dejan formar parte de su universo, de sus confidencias.

Pink Chadora.

P: Recuerdo leerte que, de todos modos, las situaciones más violentas no solías vivirlas estando completamente vestida de drag, ni completamente vestido de Martín, sino cuando, por cuestiones de la vida, te pillaban a medio camino, a medio vestir.

R: Exacto. Es como si de repente la gente no te ubicara ni en un sitio ni en otro, y ya sólo por eso te empiezan a ver como a un bicho raro, como a un monstruo. Porque cuando voy de Pink Chadora me ven como a una princesa, como algo muy grande, muy bonito -tanto, que incluso puede que no te percates de que soy un chico hasta que estoy a muy pocos centímetros-; pero si de repente no me he puesto la peluca, ahí es donde empieza el problema: ya no gustas, los taxis -aun reservados- pasan de largo y no dejan que te subas. Y esa es una cuestión estética, sin más; porque no me has dado tiempo a interactuar contigo, a conocerte siquiera, y ya me has hecho sentir culpable por mi elección. Sin duda, situaciones como éstas son las que me han hecho pensar en más de una ocasión: «¿Será que no necesito tener estos caderones? ¿Será que estoy perpetrando una serie de patrones que no debería?», y quizás lo haga -y quizás no-, pero lo que es seguro es que así luce mi fantasía. Al final, Pink Chadora no es sólo un vestido, es todo lo que conlleva; como una superheroína. Y el día que para mí no tenga sentido volver a ponerme ese cuerpazo, pues dejaré de hacerlo; pero por el momento voy a seguir.

P: A este respecto, en los agradecimientos, además de recordar a tus familiares, compañeras y amigas, «a todas las personas que sientan este proyecto como parte de su ser», también le dedicas Todo era campo «a las que no entienden nada y algún día entenderán». Llegados a este punto, me parece conveniente preguntarte: ¿de qué hablamos cuando hablamos de lo drag? ¿Cómo «definirlo. Amarlo. Odiarlo», tal y como interpelas en ‘Ceguera’?

R: Para mí, el drag es una manera de agitar pensamientos, sobre todo pensamientos que ya están muy asentados. Es una forma de desapropiación, de demostrarnos que nada es lo que parece. Absolutamente nada. Porque es muy sencillo construir algo, como el banquero que se construye a sí mismo todas las mañanas para ir a su trabajo y al que luego ves el fin de semana con su ropa de los domingos, en su terraza, con un delantal y te sorprende, te descoloca, hace que te preguntes: «pero ¡¿qué ha pasado aquí!?».

Del mismo modo, es muy difícil definir el drag, porque hay tantos tipos… Hay drags que son bailarinas, hay bailarinas que son drags; también hay cantantes. Lo que somos todas son artistas que tocamos muchísimos palos, muchísimas disciplinas; de eso no tengo la más mínima duda.

P: ¿Y qué sería lo contrario?

R: Alguien muy aburrido, sin capacidad ninguna de improvisación en su día a día, probablemente muy encorsetado y para quien las normas están ahí no para romperlas, sino para cumplirlas. No sé, un deportista de élite, por ejemplo [risas].

Pink Chadora.

P: Desde el mismísimo título hasta textos como ‘Deseo rural’ o ‘Fantasía rural’: sin duda, a lo largo de la obra pones de manifiesto aquello que decía Jaime Gil de Biedma en ‘Amistad a lo largo’, al afirmar que «detrás de cada uno / vela su casa, el campo, la distancia». Al margen de lo evidente -del «cliché, el cliché, el cliché, caballero», por utilizar otro de tus versos-, ¿qué esconde, o qué muestra, más bien, la imagen de lo rural -y de la tradición- en propuestas como ésta?

R: Para quienes nos criamos en el campo, sobre todo la gente de mi generación, de los ochenta, cuando aún no había internet en los móviles -ni siquiera en las casas-, el mundo era un lugar mucho más pequeñito, era lo que veías a través de la televisión y poco más. Alguna vez bajábamos a la ciudad, claro, pero lo justo: para ir al médico o para comprar algo muy específico; y el resto lo confeccionaban los programas de la tele, las revistas y los libros. Vivir en el campo era una suerte, sobre todo porque te permitía desarrollar el interés por los detalles, por las pequeñas cosas. Ahora mismo puedes nacer en cualquier parte y no despegarte de la pantalla, pero entonces era más complicado; yo, en vez de eso, pasé mi infancia en contacto con la naturaleza, con la tierra, conmigo mismo. El drag también se fija en todas esas cosas. O sea, a mí no me verás sin mis veinte anillos, sin mis uñas, sin mis pestañas; las pequeñas cosas son las que le dan vida a la fantasía. Si no, sería un trabajo más.

P: Al final del poema que antes mencionábamos, Gil de Biedma concluye lo siguiente: «aunque esté callado doy las gracias, / porque hay paz en los cuerpos y en nosotros. / Quiero deciros cómo todos trajimos / nuestras vidas aquí, para contarlas. / (…) Y en el recuerdo, / el júbilo es igual a la tristeza. / Para nosotros el dolor es tierno». En la historia de tu propia vida, ¿dirías que el cuerpo de Pink Chadora -que «cabe en una caja», por cierto- ha estado siempre en paz, como el de Gil de Biedma, o ha experimentado los efectos de la guerra? Exactamente, ¿cuál sería la diferencia?

R: Fíjate, diría que cuando era pequeño, cuando vivía en el campo -que sentía como mi propio paraíso, como mi oasis particular- estaba tranquilo. Yo siempre fui un niño muy marica, muy Pink Chadora, sin saber siquiera lo que significaba ser gay, más allá de que todo el mundo me llamase mariquita -o maricón- por la pluma que tenía, por ser afeminado. Sin embargo, no me reprimían; al contrario: me sentía resguardado y apoyado por mis seres queridos, con alas para explotar mi creatividad.

No obstante, si rebusco un poco en mi pasado me doy cuenta de que quizá mi madre hacía mucho para protegerme. Lo hacía de un modo cariñoso, muy, muy tierno, pero, por ejemplo, constantemente me repetía: «nene, ¡las manitas a los bolsillos!», porque el nene iba con la mano así, y asá, y sólo le faltaba el bolso. Lo que hacía, sin embargo, era resguardarme; sobre todo de la de bomba marica que estalló después.

Ha habido muchísimos años, luego, en que no me he sentido en paz, en que he tenido que estar reinventándome todo el rato, sacando de donde no había, explotando facetas que no me salían de forma natural. Es difícil de explicar, pero si ahora mismo Pink Chadora es tan amable, tan graciosa, tan divertida y tan sociable es por el esfuerzo de Martín. Me ha costado mucho, porque yo nunca fui el creativo ni el simpático; antes de todo eso era el maricón, el blanco fácil de las burlas, de las patadas, de las palizas. Daba igual cuándo: el primer día de colegio, el día de la Comunión, el primer día de verano; siempre. Y eso fue algo que me generó muchas frustraciones, pero también la necesidad de buscar herramientas para superarlas y tratar de edificar mi propia zona de confort.

En realidad, creo que no he estado nunca en paz, porque, aunque todo a mi alrededor se encuentre estupendamente -mi familia, mis amigos, mi trabajo, la gente que me quiere, etc.-, yo no voy a conformarme. Al revés: voy a seguir luchando para que los demás estén en paz, tranquilos, siendo ellos mismos. Voy a pelear para que la gente pueda tener unos referentes que yo no tuve de niño. Por eso hago drag, también: para que la gente no se sienta pequeña y para que descubra que no hay que ser siempre la mejor en todo; muchas veces basta con ser buena persona y tener buenas intenciones.

P: «De todas las formas, en resumen, que conozco / de amarte, señora mía, / yo he elegido la distancia / de estas uñas postizas, tan afiladas, tan largas». O: «habito esta máscara como el niño / que en una cena familiar huye de la mesa, / se esconde detrás de un sillón, / imagina que nadie lo está viendo / y nadie lo ve». O: «Mis padres me dijeron que aquello que se esconde deja / momentáneamente / de existir». O: «Tú no existes y, sin embargo, / no me sueltas la mano». Dinos, ¿cómo -y cuándo- la distancia, la alteridad y la desaparición pueden llegar a convertirse en aliadas?

R: Volviendo a la pregunta anterior, a mi pasado lleno de timidez -tanta, que cuando venían visitas a casa yo me encerraba en el baño y no salía hasta que se iban, no miraba a los ojos, odiaba los besos-, sólo puedo decir que la alteridad, que es lo que me vincula a Pink Chadora, es lo que más me ha permitido solucionar y superar mis traumas. De hecho, no sé si son traumas o qué coño [risas], pero algo he tenido siempre ahí, y ahora es cuando más estoy luchando por quitármelos. En este sentido, Martín utiliza a Pink Chadora, sí; pero Pink Chadora también utiliza a Martín.

Creo que mi carácter también ayuda. Al fin y al cabo, soy una persona muy positiva, me gusta estar con la gente, me encanta hablar; pero no conocía las herramientas adecuadas. Cuando charlo con la gente joven en los institutos lo veo muy claro, y les digo: «no pasa nada si agacháis la cabeza alguna vez. Si tu Yo de 12 años tiene que hacerlo y tragar saliva, que lo haga; ya llegarán los 15, o los 16, o los 17, y habrá tiempo de escupir». Porque estar dando golpes encima de la mesa todo el rato es imposible. Además, cansa demasiado.

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