Para el escritor y doctor en Historia, Gonzalo Rodríguez, la modernidad en la que vivimos hoy supone una ofuscación para el alma y el entendimiento, para la salud mental. Frente a ella, defiende la libertad de la Tradición Sapiencial, que es fruto de la Verdad, del autoconocimiento y la vivencia supra individual de nuestra propia existencia. «La Tradición propicia el estado lúcido, despierto, fuerte y libre que caracteriza a los hombres y mujeres de la Areté. El estado atento, consciente, presente y vigilante de la Aristeia», explica.
Rodríguez, que ha publicado libros como El poder del mito (Editorial Berenice) o Historia de los pueblos bárbaros de Europa (Editorial Almuzara), entre otros, y que hizo su tesis doctoral sobre la cultura guerrera de la Hispania céltica, cree que los clásicos, los textos venerables de los que hablaba María Zambrano, sirven para salir del nihilismo y el absurdo posmoderno, para saber quiénes somos. «Son orientación, brújula y forja del carácter en las verdades de la vida».
PREGUNTA: Frente a la modernidad, frente a una concepción del hombre y del mundo donde la trascendencia y la espiritualidad se dejan a un lado, frente a un tipo de ser humano y de sociedad que no había existido hasta hace unos siglos, un tipo de hombre completamente materialista e individualista, frente a todo eso defiendes la Tradición Sapiencial como norte, esencia y forma de encarar la vida y darle sentido. ¿Qué rasgos definen a esta Tradición?
RESPUESTA: La Tradición, entendida en su sentido absoluto e integral, entendida como Sophia Perennis, supone ante todo una «pedagogía de lo Eterno en nosotros». Y a partir de ahí, una orientación, formación, ordenación y forja, y vivencia y experiencia de la existencia, de acuerdo a un criterio supra individual en el que la dimensión de la Trascendencia, de la «Trascendencia inmanente», se convierte en el argumento primero de la vida humana. Esta experiencia y vivencia de la «dimensión del Ser» en el «mundo del Devenir», se conquista y hace nuestra, a través de las disciplinas de ‘descondicionamiento’ y auto conocimiento que nos enseña la Tradición. Siendo su fruto maduro el despertar al plano de «lo Incondicionado» en nosotros. Y ahí la desafectación e invulnerabilidad interior, del «alma». Y el vivir en consciencia, presencia, y libertad respecto de todo lo que en nosotros es temor y apego. Frente a la contingencia de todas las cosas, la muerte, la enfermedad, la vejez, el desamor, o la fatalidad… Mirar a los ojos a la vida en toda su maravilla y peligro desde «la Vertical y el Centro». Más allá de la mera vida y la mera muerte… Más allá de toda carencia, inquietud, inconsciencia, o inercia. Desde ese «Eterno en nosotros». Siendo todo ello criterio tanto para la ordenación y forja de la personalidad en su más alta posibilidad; como criterio para toda jerarquía y orden político y social que sea verdadero, y no mero capricho, elucubración, o interés de parte.
P: Si echamos la vista atrás, ¿dónde pueden rastrearse los primeros síntomas de esta época nihilista, de este Kali Yuga que dicen los hindúes, de esta Edad de Hierro de la que hablaba Hesíodo?
R: Allá donde se niegue esa dimensión de la Trascendencia en nosotros. En esa «Gracia de lo Alto» en nosotros, tanto si se hace en nombre de la religión como si se hace en nombre de la ciencia, se siembra el nihilismo y «se manifiesta» el Kali Yuga. La decadencia postmoderna y el integrismo religioso, son así y en realidad, las dos caras de una misma moneda, la consecuencia de una misma negación y por ende afirmación: la del abismo ontológico entre el «Principio Supremo y la Manifestación». Entre el «Creador y la criatura». Entre «Dios y el Mundo». Antitéticos en sus formas, el nihilismo moderno y el nihilismo integrista, parten sin embargo de una misma caída y desviación: la del abismo ontológico. Cuya consecuencia no puede ser sino el nihilismo materialista de la Modernidad, o el nihilismo puritano y rigorista de los «obsesos de Dios» del salafismo. Frente a todo ello, el mundo de la Tradición Sapiencial siempre afirmó la continuidad ontológica entre «el Principio y la Manifestación», y por ende la vía que conduce a la experiencia y conocimiento de dicha continuidad. Siendo dicha experiencia y conocimiento, y como ya hemos señalado, la piedra de toque de la forja de la personalidad en su sentido más eminente, y de la correcta ordenación y jerarquía del ámbito político y social. Sólo desde ahí se supera el estado de carencia e inquietud, temor y apego, que caracteriza a la humanidad condicionada. Y se afirma, postula, y realiza lo humano, en su más alta posibilidad. Tanto personal, como colectiva.
P: La Tradición es mucho más que una simple teoría…
R: La Tradición no es mera exposición de ideas, es ante todo práctica y experiencia. Sus textos invitan a la contemplación y comprensión y son llamadas y aldabonazos que funcionan más como mapas y guías que convocan al alma al largo viaje y la «conquista interior, que como mera revelación plana y literal de «la palabra de Dios»». La Tradición no es así objeto de una simple fe ni puede ser comprendida como mera religión. Y si bien el estudio y conocimiento de sus textos fundamentales es clave, refugio, e inspiración, más aún lo es la práctica y experiencia continuada. La «sadhana». He ahí el pilar fundamental. Sin «askesis» no hay «aristeia». Sin disciplina de «descondicionamiento» y auto conocimiento, no hay camino ni «liberación». Sin ese forjar la personalidad en el eje vertical de lo supra individual y la correspondiente dimensión del Ser frente al mero devenir, no hay en realidad Tradición. Sin práctica y experiencia, no hay apenas nada… La Tradición no se debate; se conoce y se practica. Y se implementa en tu vida. Y se cosechan sus frutos, y sus frutos, te cambian la vida…
P: Sostienes que el liberalismo, el socialismo o los nacionalismos son ideologías que nos llevan al nihilismo, que nos desanclan de lo esencial y lo trascendente. ¿En qué y en quién podemos hoy, ante tanta desesperanza, depositar nuestra confianza?
R: Las tres ideologías fundamentales de la Modernidad, los liberalismos, los socialismos, los nacionalismos, Adam Smith, Karl Marx, Fichte, son todos hijos de un mismo principio de desviación: la negación de eso que la España del Siglo de Oro llamó la «Gracia suficiente y eficiente». La presencia y posibilidad de experiencia de la continuidad de Dios en nosotros. Del Espíritu Santo en nosotros, y, por ende, de la santidad y el heroísmo, de la «gloria y salvación del alma», como horizonte propio de la humanidad consciente y no ofuscada ni desviada. Eje vertebrador de todo verdadero, y no ofuscado ni desviado, orden humano. La negación de dicha «Gracia» convierte así la verdad de la libertad individual, en un fetiche e ídolo que los liberalismos sobre dimensionan y distorsionan. La negación de dicha «Gracia» convierte así la verdad de la dimensión comunitaria de la existencia humana, en un fetiche e ídolo que los socialismos sobredimensionan y distorsionan. La negación de dicha «Gracia» convierte así la verdad del «alma de los pueblos», del völkisch, en un fetiche e ídolo que los nacionalismos sobredimensionan y distorsionan. Del marasmo de la Modernidad no se puede salir, así, ni refinando los liberalismos, aunque estos tengan parte de verdad. Ni refinando los socialismos, aunque estos tengan parte de verdad. Ni refinando los nacionalismos, aunque estos tengan parte de verdad. Del marasmo de la Modernidad se sale actualizando la cosmovisión tradicional… Y, en esta sí, la libertad, lo social, y la nación, en su lugar. Ordenados y orientados conforme a la Verdad y vehículo de la Verdad.

P: En una época como esta, donde se niega el ser, donde se niega lo metafísico, la realidad, la verdad de las cosas, y se rechaza la naturaleza humana, ¿se puede ser libre?
R: Al hilo de la respuesta dada a la anterior pregunta, la consigna evangélica nos señala: «la Verdad os hará libres». Y efectivamente dicha consigna puede grabarse en el frontispicio de la cosmovisión tradicional, pues junto a la enseñanza del dios Apolo: «Conócete a ti mismo», ambas sintetizan la vía de la Tradición y apuntan en la misma dirección. Frente a ello, la consigna posmoderna nos dice en «subversión luciferina»: «la libertad os hará verdaderos». Y la consecuencia de este engaño y subversión no es sino la humanidad neurotizada, deprimida, insomne, demente, y alienada de la Modernidad. Modernidad que acaba por resultar ante todo, una ofuscación del alma y el entendimiento. Una ‘desarboladura’ de la salud mental… Como por otra parte era de esperar.
Frente a ello, la libertad en la Tradición Sapiencial es siempre fruto de la Verdad, el auto conocimiento, el «descondicionamiento» interior, y la vivencia supra individual de nuestra propia existencia. Propiciando el estado «lúcido, despierto, fuerte, y libre», que caracteriza a los hombres y mujeres de la Areté. El estado atento, consciente, presente, y vigilante, de los hombres y mujeres de la Aristeia.
Ese estado «de presencia». De lucidez y consciencia. De «Gracia». De calma profunda y acción pura, más allá de todo psiquismo, temor, apego, o sensación de carencia, es el escenario propio del ideal humano de la cosmovisión tradicional. De la «liberación» y libertad que nos brinda la Tradición en su sentido eminente. Libertad siempre fruto de una disciplina, de una «sadhana», que hemos dicho anteriormente. De una Askesis que nos une y armoniza, con la Verdad…
P: Los mitos son la memoria espiritual del ser humano, la psicología de la antigüedad. Si los mitos se leen como simples relatos, de manera literal, no son más que historias de ficción; pero si los leemos de manera simbólica nos están hablando de nosotros mismos, nos dan respuestas a situaciones y encrucijadas que ya vivieron los seres humanos hace miles de años. Leer e interiorizar esa mitología es clave para transitar por el día a día de nuestra vida…
R: El pensamiento mítico del mundo de la Tradición es la Quintaesencia de la Sabiduría Universal. En él se encuentran las verdades de la vida codificadas en el lenguaje poético del mito, y este es así una fuente perenne de esclarecimiento interior. Hay mucho más que aprender en la historia de Teseo, el Minotauro, y Ariadna, que en nada que nos pueda enseñar el marxismo o el capitalismo, pues es en el ámbito de las verdades de la vida, donde nos jugamos el ser o no ser. Y todo lo demás tiene un valor y carácter instrumental. Y en ese saber diferenciar «lo Importante» de lo «meramente necesario», radica la clave fundamental de la existencia humana. Y esa clave, es el argumento de fondo del pensamiento mítico del mundo de la Tradición. De hecho, no es exagerado señalar que la Modernidad es el pensamiento desviado que pretende confundir lo necesario con lo Importante, y llamar a eso: libertad… Frente a tal confusión y desorden, saber reencontrarnos con «El poder del Mito», resultará balsámico y revelador.
P: En su poema ‘Los justos’, Jorge Luis Borges escribe que son las personas sencillas, las personas buenas, esas que ignoramos diariamente, las que están salvando el mundo. Recuerdas en tu libro El poder del mito que son los hobbits de El Señor de los Anillos, esos seres sencillos, que viven en comunidad, a los que ni Sauron tuvo en cuenta, los que salvan la Tierra Media. Hay que volver a hacer comunidad…
R: Efectivamente, reivindico un sano «tradicionalismo tolkeniano», que no es elucubración personal, sino el sostén filosófico de toda la obra de Tolkien, y en él, el acierto literario de subrayar que el verdadero antagonista de Sauron serán los humildes y sencillos hobbits. En mi libro El poder del mito titulo: ‘Hay que ser como Gandalf’. ‘Hay que luchar por el retorno del Rey’. Y ‘Hay que salvar a los hobbits’… Es en la sencillez y humildad de los hobbits, donde está el depósito de cordura que permite confrontar la sobre dimensión egoica que genera el Anillo Único. Y eso es precisamente lo que en realidad puede vencer al oscurecimiento que propicia Sauron. El calor humano, humildad, y sencillez en el que se mueven los hobbits, es lo que más les aleja del paradigma que pretende Mordor. Lo que más les vacuna frente a sus acechanzas y finalmente les convierte en sus antagonistas victoriosos. Por eso insisto, ‘Hay que salvar a los hobbits’…Y si bien Gandalf y Aragorn serán arquetipo de sabiduría y heroísmo, de «Guardián de la Tradición y Rey legítimo», sin el concurso de las gentes sencillas «de las colinas y los prados», la «Restauración del Reino» no es posible…
P: Has estudiado en profundidad el mundo celta y su cultura guerrera, un fenómeno histórico complejo, multiforme, que se ha desarrollado de diversas formas según sus áreas de desarrollo. ¿Cuáles son, grosso modo, las enseñanzas espirituales que nos legó este pueblo?
R: Mi tesis doctoral versó sobre la cultura guerrera de la Hispania céltica, y grosso modo lo que destilo en dicho estudio es que la práctica de la guerra en el mundo celta estaba imbuida de una ética y espiritualidad heroicas que les entronca en las líneas de fuerza de la Tradición, lo que hace de la céltica europea, plasmación histórica de la cosmovisión tradicional, en el ámbito indoeuropeo de la Edad del Hierro. Plasmación a mi entender de altísimo nivel y alto valor aleccionador. Y a partir de aquí, la Hispania céltica como fuente de inspiración para quien, conociendo sus raíces y ancestros, resuene con los horizontes heroicos de Numancia o el Monte Medulio y encuentre en ellos palancas de fuerza frente al nihilismo moderno. La tesis fue publicada a través de la editorial Almuzara y puede encontrarse con el título: Los Celtas. Héroes y Magia.

P: Hace unos meses publicaste junto a Daniel Gómez Aragonés el libro Historia de los pueblos bárbaros de Europa. ¿Quiénes son los bárbaros y qué papel jugaron en la forja de nuestro continente?
R: Son los bárbaros frente a Roma, y los bárbaros contra Roma. Los galos, britanos, e hispanos que lucharon frente al avance romano en sus tierras. Y los godos, vándalos, suevos, y alanos, que desbordaron las fronteras de Roma en el siglo V y propiciaron el fin del Imperio. Los bárbaros, junto a griegos y romanos, como la tercera pata de la identidad tradicional europea (la cuarta sería la Cristiandad medieval). En el libro reivindicamos así dicha identidad premoderna europea incluyendo en ella tanto a Grecia, Roma, y la Cristiandad, como a los bárbaros irreductibles de Numancia en Hispania, Boadicea en Britania, o a los godos de Alarico derrotando sin paliativos a los romanos en Adrianópolis… Los bárbaros, de este modo, también como espacio y lugar de auto conocimiento e identidad histórica y antropológica de lo europeo, y por ende, de lo español.
P: En la literatura medieval española contamos con una serie de textos venerables que pueden también ayudarnos en nuestro camino espiritual como son El Cantar de Mio Cid, El poema de Fernán González, El cantar de las mocedades de Don Rodrigo, El Romancero Viejo, El Romance del Conde Arnaldos… Sin embargo, en nuestras escuelas, no solo hemos olvidado estas obras sino también estamos arrinconando otros libros fundamentales de occidente y las disciplinas humanísticas. ¿Para qué sirven los clásicos?
R: Para saber quiénes somos… Para responder al mandato de Apolo en el oráculo de Delfos. Para tener arraigo, identidad, y guía. Orientación, brújula, y forja del carácter, en las verdades de la vida… Para salir del nihilismo y absurdo posmoderno, y tener eco en el alma de nuestros ancestros. Para, en definitiva, confrontar el disparate de nuestro tiempo y llenar el alma con la verdad, belleza, grandeza y poesía, del cantar de gesta medieval, y el romancero viejo castellano… El romance del Conde Arnaldos es así un arma de rebeldía antimoderna, cargada de futuro…
P: Realizas rutas y visitas guiadas por Toledo y por Madrid. Toledo fue en su día la capital espiritual de España. ¿Qué experiencias encontrarán aquellos que se animen a realizar estos recorridos toledanos?
R: Conocer Toledo o Madrid, a través de la mirada del mito, la leyenda, el misterio, la creencia, y la tradición… conocer el alma de las ciudades a través del «pensamiento mágico» y el «realismo encantado» que subyace a la leyenda de la Cueva de Hércules, el callejón del Diablo, o la virgen de la Almudena y el palacio de Oriente…

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