Lo he comentado en varias ocasiones: la primera vez que conversé con Sergio V. Jodar (Barcelona, 1992) -han sido unas cuantas desde entonces, afortunadamente- descubrí la clase de escritor en el que podía llegar a convertirse. Tras hablar sobre su libro de relatos César Aira gana el Premio Nobel (Ediciones Franz, 2019), me dijo: «Sólo quiero añadir que Mareschal es un apellido muy literario. Vigila que no te lo robe». Traducción: «Cuidado o aparecerás en mi próxima novela». O, como diría Bruna Vila, una de sus tres protagonistas en Moneda al aire (Panenka, 2023), su debut novelístico: Cuidado, porque «se me da mejor contar la ficción como verdad que la verdad como ficción». Y, claro, qué miedo que a alguien así le guste tu apellido, ¿no?
Por supuesto, Sergio cumplió su promesa –y Mareschal aparece en la mejor página de la obra–, pero aquí hemos venido a hablar de otras ofrendas. Porque en Moneda al aire, y gracias al fútbol como excusa –y como pretexto–, al lector se le regala literatura de la buena; y Sergio, al fin, comienza a despuntar como leyenda.
PREGUNTA: La novela arranca con una cuenta atrás -«Quedan 330 días [para el Mundial]»-, que irá actualizándose capítulo a capítulo, crónica a crónica, partido a partido. En el momento de redactar esta pregunta quedan, aproximadamente, 900 días para el Mundial de Canadá, Estados Unidos y México. En tu caso, ¿cómo te veías cuando faltaba tanto tiempo para debutar -o postularte, al menos- en el mundo de la novela? ¿Cómo se prepara uno, por así decirlo, para saltar al campo de la literatura -siendo periodista, de hecho-?
RESPUESTA: Cuando empecé a escribir la novela ni siquiera supe que estaba empezando a escribir la novela, o sea que ni sabía que había empezado la cuenta atrás. Empecé escribiendo algunas escenas sueltas que eran más relatos que capítulos. Esas escenas fueron semillas que crecieron y de las que brotaron tres personajes. Vi que podía hablar de unos temas a través del fútbol, era como una especie de traductor que me permitía explicar algo que tenía dentro. Luego ya sí que vi que la cosa iba avanzando, pero nunca me lo tomé como una cuenta atrás porque no sabía si podría acabar, y aún menos publicarla. Hasta incluso una semana antes de que saliera publicada no me terminaba de creer del todo que fuera a suceder. Aún miro el libro y me pregunto: ¿Esto es mío? Supongo que es tan diferente el proceso de escribirlo, en formato Word, a ese resultado tan bonito con la portada y en formato libro que no parece del todo mío. Y está bien que así sea. Creo que nunca se está del todo listo para saltar al campo de la literatura. Yo aún me siento como si hubiera jugado un partido de exhibición, pero ya he vuelto a mi casa. Siguiendo con el símil, soy más aficionado de la literatura que jugador de la literatura. O sea, soy más lector que escritor. Y por mucho que siga escribiendo, me gusta que siga siendo así. Es una forma de mantener el respeto a la literatura, de verla como algo superior en el sentido de dedicarle el tiempo que merece.
P: En El periodista deportivo (Anagrama, 2003), Richard Ford apunta que, «si escribir de deportes enseña algo, y en esto hay tanto de verdad como de mentira, es que, para que la vida valga la pena, tarde o temprano hay que enfrentarse a la posibilidad de sentir un terrible y doloroso arrepentimiento. Pero hay que intentar evitarlo o uno echaría a perder su vida». Escribiendo sobre fútbol, ¿a qué -posible- arrepentimiento te has enfrentado tú? ¿Qué otras cosas has aprendido, por cierto?
R: Me he enfrentado sobre todo al arrepentimiento, primero, de repetirme, y segundo, de cansarme. Cuando estaba escribiendo la novela, también escribía en medios sobre fútbol, y en algún momento pensaba que me estaba quedando sin ideas. Hay metáforas que ya había usado y se me volvían a ocurrir, y lo peor es que no me acordaba del todo si las había usado y tenía que comprobarlo. Es horrible decir algo que ya se ha dicho, pero es que si encima lo has dicho tú… Y el miedo a cansarme de escribir sobre fútbol es algo que, una vez publicado, ha sucedido, y tiene que ver con lo que te comentaba. Creo que he escrito mucho sobre fútbol y con la novela he sacado algo que llevaba dentro, que no sé muy bien lo que es, que me hace pensar en que no tengo mucho más que decir. Lo único que mantiene la chispa son las crónicas, que es un género que me fascina. Pero no creo que pudiera escribir otro libro con el fútbol como escenario porque ya he dicho lo que quería decir. Y cuando tienes esa sensación, lo mejor es callarse.
P: Uno de tus protagonistas, el jugador Jacobo Fandiño, odia los tópicos y se pasó la infancia entrevistándose a sí mismo, (re)afirmándose a base de preguntas que, como buen gallego, suponían la respuesta más efectiva. ¿Podrías resumir Moneda al aire -proceso y resultado- con cinco o seis interrogantes?
R: La pregunta que más se repetía era si tenía sentido lo que estaba haciendo. Era mi primera novela y creo que me veía como un intruso en la literatura, como si no tuviera derecho a escribir. Luego, además, dejé un trabajo de sueldo fijo y 40 horas para terminarla, por lo que muchos días también me preguntaba si había hecho bien. Todas eran preguntas alrededor de mi supuesta valía como escritor o no, pero luego hubo una segunda fase en la que ya me hice las preguntas adecuadas: las que van sobre el libro. Los escritores a veces nos empeñamos en hablar de los que nos cuesta escribir, y está bien, pero creo que deberíamos hablar de lo que nos cuesta en sentido más preciso. A mí me pasó con Bruna, por ejemplo. Me preguntaba siempre si era un personaje bien construido, porque es una mujer, embarazada y divorciada. Esas son las mejores preguntas, las que te ponen frente al libro. A veces pienso que rehuimos esas cuestiones porque es más sencillo hablar sobre el –supuesto– malditismo del escritor. Una vez escrito el libro, volvieron las preguntas anteriores. ¿Habré estado a la altura? Pero en realidad son preguntas tramposas.

P: Decía Juan Tallón en Manual de fútbol (Edhasa, 2014), precisamente, que «el fútbol es para contar. No es un deporte, contra las evidencias, sino un relato. Jugarlo a secas, como si fuese un altercado de once tipos contra otros once tipos, limitados por el tiempo y el espacio, resulta del todo vulgar y efímero. La belleza se escribe». ¿Crees que podrían llegar a ser buenos narradores los futbolistas? Dándole la vuelta a lo que comentábamos antes, ¿qué podrían aprender –y aplicar– de un novelista?
R: Creo que puede haber grandes libros de futbolistas. Subcampeón, publicado hace poco por Libros del K.O., es un ejemplo. Zuhaitz Gurrutxaga, exfutbolista de la Real Sociedad, habla de toda su carrera desde lugares desde los que nunca se había hecho, gracias también al talento de un escritor como Ander Izagirre. Yo puedo imaginarme cómo es la carrera de un futbolista y construirlo como personaje, pero nadie puede narrar mejor que alguien que lo ha vivido en primera persona. Además, cuando salen a los micrófonos a analizar el partido o dan entrevistas, sueltan esa retahíla de tópicos que decías. Están reprimidos, nunca dicen lo que piensan. Por eso sería muy potente si se abrieran en un libro. Además, en relación con la segunda pregunta, un futbolista se parece a un novelista en todo ese juego entre expectativas y frustración, de ahí un poco la ‘facilidad’ que encontré en meterme en la mente de uno de ellos. Así que esa parte la tendrían entrenada. Un futbolista puede convertirse en un gran escritor.
P: También hablábamos de debuts –al principio–, y el de Jacobo con el Atlético Mediterráneo es muy interesante. Al fin y al cabo, se enfrenta al Iberia, que es el equipo de La inmensa minoría (Literatura Random House, 2016), de Miguel Ángel Ortiz, al que él mismo –por medio de sus personajes– definía de la siguiente manera: «Yo no hubiera querido nacer en ningún otro barrio de Barcelona. No hubiera lucido otros colores que los del Iberia. No hubiera defendido otro escudo. Me gustaba vivir allí con lo bueno y con lo malo. En mi barrio, la gente era de verdad. Con sus defectos, pero de verdad». A bote pronto, ¿cuáles serían –para ti– las bondades y los defectos de la literatura?
R: La principal bondad y el principal defecto de la literatura es la misma cosa: la tentación. Cuando empiezas a leer con asiduidad, te pica el gusanillo y quieres escribir. Bien, pues cuidado con ese gusanillo porque nunca sale de ti. Al principio escribes y ves que lo haces fatal, pero quieres mejorar. Lees más, te apuntas a algún curso… Todo para mejorar. Yo no hay día que escriba y me sienta plenamente satisfecho con lo que he hecho, también porque soy joven y aún tengo mucho que aprender y mejorar. Pero es algo que dicen grandes tótems de la literatura, que la insatisfacción nunca se marcha. Es increíble que algo que al final es frustrante, porque es algo que no consigues, te despierte a la vez esas ganas de seguir. Es algo impensable en otros ámbitos. Si te pones a cocinar cinco días, y en cinco días se te quema la comida, no creo que sigas. Con la literatura no pasa eso y creo que es por dos motivos: porque, precisamente por no conseguirlo, quieres continuar; y otro –que es una idea que me obsesiona mucho últimamente–, que es que escribir es más proceso que resultado. El otro día leí dos tweets de Brenda Navarro que me dejaron loquísimo, te los digo textual porque valen la pena. Uno era: “Ojalá pudiéramos hablar de los procesos creativos más que de las novelas. Mucho más interesante en mi caso. Me gusta más lo que hago en el proceso que el resultado”. Y otro: “En realidad ni estoy satisfecha con mis novelas. Pero sí de lo que aprendí en los procesos”. Es importantísimo leer esto. Nos viene a decir que es más importante el entrenamiento que la final de la Champions. Y lo dice Brenda Navarro, cuyos libros yo sí que estaría muy contento de haber escrito.
P: Sostienes en los agradecimientos que son muchos los autores y autoras que, sin saberlo, te han dado los pases necesarios para que exista este libro. En la escritura –y en el deporte–, los referentes son importantísimos, ¿verdad? ¿Hasta qué punto dirías que se entremezclan la admiración, la idolatría y la envidia –por supuesto– en una empresa de tales características?
R: Has dado en la clave con esas tres palabras. Yo creo que se van retroalimentando, pero son los sentimientos más potentes a la hora de escribir. Se escribe sobre todo por envidia. Tú lees algo maravilloso y lo primero que piensas es que quieres hacer lo mismo, ¿no? Luego lees más de esa persona y pasas a admirarla. Incluso al principio llegas a copiarla. Poco a poco te vas dando cuenta de que hay muchos autores y autoras a las que admiras, y es gracias a ellos por los que yo escribo. Parece de cajón, pero si no lees es imposible escribir. Hay una parte activa de imitación, pero sobre todo es un aprendizaje pasivo, en el sentido de que casi no te das cuenta de todo lo que te influyen y te enseñan. Mi escritura es la suma de todos libros que he leído.
P: En la novela, Bruna y Dídac, periodistas, se enfrentan a su vocación –y al síndrome del impostor– de maneras distintas: quitándole hierro al asunto, en el caso de él, y con una confianza absoluta, «un poco por ir a la contra y un poco por convicción, me propuse triunfar», tal y como afirma tu protagonista femenina. De los dos, ¿a cuál te parecerías?
R: Supongo que a ninguno del todo y a los dos un poco, pero si me parezco más a alguno es a Bruna. A Dídac lo envidio, porque tiene esa capacidad de no importarle demasiado lo que hace, y eso es muy difícil de ver en según qué profesión, y esto vale tanto para el periodismo como para la literatura. Nos consideramos mucho más importante de lo que en realidad somos. Me gusta mucho esa gente que me he encontrado en la profesión que no se la toma a vida o muerte, que puede escribir grandes crónicas pero pasado mañana no tendrían problema en servir copas en cualquier bar. En las letras perdemos un poco el norte. El otro día dije que me levantaba a escribir a las seis de la mañana y pretendía que todo el mundo me aplaudiera. Joder, ¿y los que se levantan para ir a trabajar con frío y lluvia? Por eso me parece importante quitarse importancia, valga la redundancia y la rima. Luego está el tema de la confianza de Bruna, que, sin saberlo, es un tema que me obsesiona bastante. Yo me considero una persona con confianza en lo que hago, pero a la vez soy insegura. ¿Cómo se vive con eso? Es contradictorio. Yo sostengo que tengo síndrome del impostor, de verdad. Pero luego pienso: ¿tienes síndrome del impostor y publicas y presentas una novela? A ver si voy a ser un impostor del síndrome del impostor.

P: Por Twitter confesaste que, al nacer, la novela –en vez de Moneda al aire– llevaba el nombre de Fracaso. «Quizás porque pensaba que mis personajes perdían, pero ha tenido que pasar tiempo para darme cuenta de que a lo mejor empatan, o incluso ni siquiera saben su resultado porque no ha dependido del todo de ellos. Por eso me gusta mucho más Moneda al aire, porque entra el componente del azar que tanto influye en nuestras vidas», declarabas. En la escritura, concretamente, ¿qué papel juegan la suerte, lo imprevisto y las casualidades? Como escritor, ¿decides sobre ellas o también dejas que te arrastren?
R: Has dado en el clavo con otro de los temas que me obsesionan: eso que se llama destino, o suerte, o no sé qué nombre ponerle. ¿Qué escogemos en nuestras vidas? Yo creo que muy poco, es lo que hace que tengamos a veces vidas tan frustradas. No escogemos nada, nos encontramos con muchas cosas, desde lo que nos pasa hasta las personas. No buscas a tu pareja entre todos los habitantes del mundo, un día te la encuentras y surge algo. Hay mucho de esas casualidades en nuestras vidas, por eso ese título y por eso esos tres personajes que se encuentran y se influyen. Si haces el juego de eliminar a uno de los tres protagonistas, la vida de los otros dos sería totalmente distinta. Y bueno, con la escritura pasa igual. Mira, mi gran ‘complejo’ como escritor es que yo no podría escribir ninguna historia que me pidieran. Si a mí me dan las premisas que sean y me dicen escribe esta novela, no podría. ¿Por qué? Porque a mí las ideas de las novelas me vienen. Tengo un Word con ideas de cuatro o cinco novelas. No quiere decir que las vaya a escribir, pero ahí late algo: una idea y unos personajes. Eso quiere decir que puede haber novela. Un día, en el metro, o corriendo, o en el súper, me viene una idea, ¿no es eso suerte? Supongo que será una acción inconsciente de todo lo leído y todo lo vivido, pero tiene un componente de casualidad muy fuerte.
P: En cualquiera de los casos, hablar de victoria te cuesta. Todavía. Supongo que porque, entre otras muchas cosas, el mensaje de uno de tus profesores de la Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès –«prohibido escribir obras maestras»– caló de forma inequívoca, ¿no?
R: Me tranquilizó tanto eso. Lo que pasa con la literatura es que tú te puedes fijar distintos objetivos: desde escribir una frase hasta ganar el premio Nobel. Cada uno puede fijarse los que quiera, pero a mí me sería imposible plantarme un lunes delante del ordenador para escribir con el objetivo de ganar el Nobel. Supongo que es un juego de expectativas, y no estoy hablando de conformismo, sino de ir paso a paso. Falta un Cholo de la literatura que diga que hay que ir palabra a palabra, pero es la realidad. Yo por ejemplo, cuando estoy en fase de escritura, me pongo el objetivo de escribir mil palabras diarias. No sé cuántas servirán después, lo revisaré, lo reescribiré… Pero sobre todo en la primera escritura, cuando es tan fácil desfallecer, me sirven mucho esos objetivos pequeños. Además, hay cosas que no dependen solo de ti. Publicar y ganar premios no depende solo de ti. Escribir mil palabras al día, sí.
P: Ahora en serio, ¿cómo lleva un autor el hecho de recibir consejos? ¿Cómo se enfoca la creación, a partir de ellos? Y lo más importante: ¿cuáles compartirías con quienes, como tú, sueñan con narrar y publicar en algún sello?
R: Para mí esos consejos son fundamentales. Por varios motivos. Primero, porque más que consejos, a veces directamente es aprendizaje. Yo me apunté a la escuela porque había nociones que me faltaban. Estudié lengua en el colegio, se refuerza en la carrera de Periodismo, yo había escrito… pero hay que ser humilde en el sentido de saber que me faltaban herramientas. No te hablo solo de estilo, sino de trama, personajes, diálogos… Hay que puntuar bien los diálogos, por ejemplo. Es lo que te decía antes de tratar con respeto a la literatura. Los consejos también son importantes porque escribir es una tarea muy solitaria, y puedes meterte en tu propio pozo. Además de una novela, siempre intento estar leyendo algún manual de escritura, diarios, reflexiones… Algo que tenga que ver con el proceso. En los diarios de Chirbes me he encontrado con que muchas de sus frustraciones eran también las mías. Y ya que no puedo escribir como él, encuentro placer en compartir eso con un gran escritor. Un consejo que yo daría es volver a repetir la idea que te comentaba: la literatura merece respeto, y por lo tanto merece que se le dedique tiempo. No se puede escribir un libro en un mes.
P: Mucho antes de Moneda al aire, en el relato ‘Muñecas rusas’, de tu obra César Aira gana el Premio Nobel (Ediciones Franz, 2019), confesabas tu secreto: «Aprendí a escribir con un método y todavía no he podido cambiarlo. Seguramente tampoco he querido (…). Antes de empezar (…), coloco una pequeña pieza de madera en la tecla con la que se puede borrar. La bloqueo, para frustrar el impulso de corregir sobre la marcha. Al principio me costó, pero ahora escribo sin levantar la cabeza del teclado. Cuando pongo el punto final –como decía, normalmente a los tres días–, imprimo el nuevo relato y lo guardo en la nevera. (…) Con los años me he dado cuenta de que algo les sucede a los relatos durante la noche. Es como si de la impresora salieran calientes porque se acaban de hornear y necesitaran enfriarse para que yo pueda ver sus fallos». ¿Sigues trabajando así? ¿Qué le aporta a un texto la calentura –y el atemperamiento–?
R: Me gustan mucho esas palabras que usas. Creo que escribir tiene mucho que ver con la temperatura. Como el libro de Juego de tronos, es una canción de hielo y fuego, o al revés, en este caso. Son dos procesos. Primero está el proceso creativo, sobre todo el de escribir, que tiene que ser fuego. Al menos habló por mí: cuando escribo tengo que sentir que el teclado es una metralleta y cada letra, un disparo. Necesito tener muy bien pensada la escena, aunque luego improvise, pero no tengo que pararme a pensar en nada. No es un trance, pero sí una combustión. Es como una sopa o un puré. Preparo los ingredientes para la escena y luego lo pongo en la olla. Se va calentando el agua hasta que eso hierve, mantienes la efervescencia y cuando está hecho hay que dejarlo reposar antes de comerlo, es decir, dejar que se enfríe. Medio en broma, medio en serio, digo que agosto es el mejor editor. He escrito algo durante el curso, me he ido de vacaciones un mes, y al volver en septiembre he visto todos los errores. Tiene que ver con que al final es algo tuyo y tienes que coger distancia, como si corrigieras a otra persona. Para escribir hay que quererse mucho y no cuestionarse nada, si no, no avanzas. Para corregirte, en cambio, tienes que ser tu peor enemigo y no pasarte ni una.

P: Siempre me has parecido –y te admiro mucho por ello– una persona con una grandísima capacidad de sacrificio. En eso también se parecen la literatura y el fútbol, ¿no? En cualquiera de las dos facetas, ¿vale de algo el talento si no se acompaña de disciplina?
R: Sí, es un poco lo que te decía antes. La literatura y el fútbol se parecen en que hay que entrenar muchísimo y aun así no tienen por qué salirte las cosas ni tener una carrera exitosa. Es tan estimulante como frustrante. Y se parecen también en esa combinación que dices de talento y disciplina. A mí la palabra talento no me gusta mucho, porque ya parece que yo, por haber escrito dos libros, tenga talento, y los que no son unos parias. Como que de nacimiento algunos están predestinados a escribir y otros no, y eso no es justo. Sí que es verdad que puedes tener más facilidad, o más sensibilidad, que es una palabra clave en literatura. Yo, por ejemplo, si me pongo a dibujar un perro no sabes si es un caballo o un coche de Fórmula 1. Soy pésimo, y creo que ni con mucho entreno lo conseguiría. Pero con esa sensibilidad que te decía, o con la inspiración de que me venga una historia, nunca es suficiente. Volvemos a lo de tener respeto a la literatura y también a lo del proceso de los tweets de Brenda Navarro. A mí me encanta escribir, y si me frustro es porque creo que no conseguiré el resultado. Pero, ¿ves?, lo único que no me gusta de escribir es algo relacionado con el resultado, no con el proceso. Mereces una primicia: he publicado ya dos libros y tengo otra novela terminada. Me ha encantado el proceso de todos: pensar en personajes, buscar el mejor estilo, cambiar de narrador… Es lo que decía Zambra: habitar en el texto, reescribir para mejorar una sola palabra. El problema es que luego hay que enfrentarse a un resultado y que, si no es bueno, a lo mejor has estado cuatro años con un libro para que ni siquiera lo publiquen, no hablemos ya de ganar dinero. Eso es resultado. Pero en proceso, la literatura es maravillosa. Creo que firmaría un sueldo por escribir libros que no se publican.
P: Por cierto, me he dejado para el final la pregunta más comprometida [risas]. En Moneda al aire, Vicente Parrado vive sus obsesiones con tanta intensidad que –¡spoiler!– acaba allanando una morada. En el relato ‘Sideral’, de César Aira gana el Premio Nobel, su protagonista termina en la cárcel por culpa de su fijación por los libros de no-ficción y las historias de asesinatos –«Cuando me habitué a la cárcel y me las apañé para conseguir un cuaderno y un lápiz, empecé a escribir. Me resultó todo muy fácil, porque no tenía que ponerme en la piel de asesino. Yo era el asesino»–. Pues, bien, toda la vida he creído que, antes de arrepentirse –y sin la necesidad, siquiera, de hacerlo efectivo–, los seres humanos tenemos la oportunidad de cometer un gran delito. ¿Cuál sería el tuyo?
R: La pregunta más comprometida es también la más fácil de responder y mereces que me moje. Voy a ser como Fandiño y a ejercer de buen mediapunta: si algún día acabo en la cárcel será por matar a un facha.

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