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¿Está el «cuerpo 10» de la mujer marcado para siempre?

A raíz de la polémica ocasionada en Madrid por culpa de la (última) lona encargada de perpetuar los estereotipos estéticos de las mujeres, la historiadora del arte Ana Moreno reflexiona acerca del papel de las artes plásticas y la fotografía a la hora de representarlas, tanto a ellas como a sus cuerpos.

A principios de mayo, fue colocado un cartel en la Plaza de Callao de Madrid por parte de una empresa de medicina y cirugía estética que rezaba: «Otro verano más cambiando el panorama de las playas», al mismo tiempo que ofrecía muy buenas condiciones económicas para una operación de pecho. Cabría, entonces, preguntarse: ¿Cómo es ese panorama que quieren cambiar? ¿A dónde quieren llegar? ¿A quiénes afecta?

En primer –y segundo– lugar, hablamos de la playa, un lugar público, a la vista de cualquiera, donde los bikinis cada vez dejan menos espacio a la imaginación –aunque jamás entendí la fijación hacia ese trozo de tela–. Un espacio al que, entre otras cosas, van las personas atraídas por el cuerpo de la mujer –eso sí, de unas medidas concretas–, especialmente, por sus mamas, que ya sabemos todas quiénes son, igual que el público que recibió con entusiasmo la «grandiosa» imagen del cartel, que quedó evidenciado sin mediar palabra alguna.

No en vano, el cuerpo de la mujer ha sido foco de atención a lo largo de los siglos. Ya en la prehistoria, con las famosas Venus –como la Venus de Willendorf, de la cual aún no hay acuerdo unánime sobre su significado, pero ejemplifica el cuerpo desnudo de una mujer como primer y único tema de conversación sobre la pieza–, encontrábamos motivos para preguntarnos: ¿para qué –y para quién– es útil su representación?

Desde el paleolítico –como decíamos–, el cuerpo de la mujer ha sido repetido infinidad de veces, y en infinidad de formas a lo largo de toda la Historia del Arte; y ya dentro del siglo XX, en la publicidad, la fotografía, el cine y la televisión. ¿Quién podría olvidar, por ejemplo, las sugerentes formas de mujer de Matisse, Modigliani o Allen Jones? A propósito de ellas, y de la representación habitual de las mujeres, tanto en el arte mismo como en el imaginario popular, las historiadoras del arte Parker y Pollock escribían en su obra Old mistresses: Women, art and ideology:

«Las protagonistas aparecen dormidas, inconscientes o ajenas a las cosas mortales, lo que permite el disfrute voyeurístico de la forma femenina sin ningún tipo de obstáculo. Todos [los cuadros] presentan a la mujer como objeto destinado a la mirada de un espectador / propietario de sexo masculino que se encuentra fuera del cuadro».

Todo lo referido parecía haber quedado atrás en este siglo XXI tan «avanzado» ideológicamente, pero nada más lejos de la realidad. Por suerte, sí vemos evolución –en este caso, al menos– desde un sector de la población que se reveló online contra dicha valla publicitaria, anunciando su descontento, creando versiones feministas de dicho cartel, como hizo la página Teta&Teta y multitud de usuarias/os anónimas/os, ejerciendo tal presión social que en poco tiempo fue retirada.

El anuncio en cuestión, denunciado por ‘teta & teta’ en sus redes sociales.

En el Arte sucedió algo similar cuando las mujeres entraron a las Vanguardias del siglo XX y al Arte Nuevo del XXI, evidenciando, así, cómo el cuerpo visto por las mujeres se humaniza. Y es que, si bien no han sido retiradas las millones de obras de arte que muestran nuestro cuerpo, sí lo han hecho, lo hacen y lo harán los prejuicios de muchas mentes pasadas, presentes y futuras. Este cartel del que hablamos simboliza el pasado, una cultura que nos vende como objetos para convertirnos en consumidoras obsesivas de una industria que reniega de nuestros cuerpos, que reniega de lo natural.

¿Sabéis cómo se cambia el panorama de las playas? ¿Cómo se cambia el canon sobre nuestros cuerpos? Con la simple –aunque a veces difícil– acción de ponerse un bikini o traje de baño e ir a la playa, complementándolo, a su vez, con el activismo en redes sociales –jamás descartemos su poder– y a través de la fotografía y las artes plásticas.

Algunos de los brillantes ejemplos en arte que nos muestran cómo las mujeres somos complejas criaturas con múltiples aristas son los que nos ofrecen artistas tan revolucionarias como Louise Bourgeois o Kiki Smith; ambas, citadas en múltiples libros de teoría feminista del arte, como: Great Women Artists o After the Revolution: Women who transformed contemporary Art.

No en balde, artistas de su talla, o de la de Frida Kahlo o Cindy Sherman, rechazaron las normas respecto a todo lo realizado con anterioridad, proponiendo formas plásticas no vistas hasta su llegada. Ellas se adelantaron a la concepción y reconstrucción de las nuevas formas de la mujer en el arte con sus fluidos, cicatrices y manchas; consiguieron exponer sus obras y supieron sortear la censura, mostrando al público que las mujeres eran, y son seres humanos reales, no ídolos inalcanzables. Siendo así, el propósito de su arte era reclamar presencia, alzar la voz y ser escuchadas, es decir, expresarse evitando cualquier tipo de corsé.

De la misma manera, fueron muchas las personas –en su mayoría mujeres, por supuesto– que alzaron su voz para acabar, no con un simple cartel –nunca es ‘el cartel’ en sí–, sino con la concepción errónea de que el cuerpo femenino es objeto de divertimento o exposición. Al fin y al cabo, todo aquello que la naturaleza crea tiene un lado artístico, posee belleza, lo cual incluye al cuerpo femenino; pero cuando se muestra simplemente bajo un prisma de deseo, o como un contenedor de placer, se convierte en algo impersonal, inhabitado y efímero.*

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