Entrevistas

La vida es un estado de contrariedad. Conversación con Hugo Ernesto Hernández Carrasco

Hugo Ernesto Hernández Carrasco, politólogo y autor literario –primero, como novelista; ahora, como poeta–, nos habla de sus dos últimas obras, 'Vístete para ser verdad' y 'Palpitación de incierto', en las que explora la complejidad de lo político –y de la realidad social– a través de la ficción y lo poético.

Hugo Ernesto Hernández Carrasco (Juchitán, Oaxaca, 1988) llegó a la literatura después de un largo viaje como politólogo y especialista en seguridad nacional. Sin embargo, lejos de sentir que tenía que empezar de cero, Hugo (como lo conocemos quienes tenemos la fortuna de contarlo entre nuestros amigos) supo hacer su pasado otra herramienta de su escritura. En 2018 publicó su primera novela, Vístete para ser verdad (Fondo Editorial Opción), donde da cuenta de los accidentes en los que está cimentado nuestro sistema político, y este año Valparaíso acaba de poner en circulación su inauguración como poeta: Palpitación de incierto.

PREGUNTA: ¿Por qué un escritor estudia una maestría en Defensa Nacional?

RESPUESTA: Primero estudié una maestría en la materia y luego me hice escritor. Mi obsesión por la seguridad como fenómeno sociopolítico me llevó a Buenos Aires a estudiar la maestría en Defensa Nacional, pues quería entender la dimensión problemática de involucrar al ejército en un asunto de seguridad interno. Allá habían vivido bajo una dictadura militar nombrada Proceso de Reorganización Nacional, que si bien no se parece en nada a lo vivido en México, sus fuerzas armadas, producto de ese involucramiento interno, no salieron bien libradas en cuanto a su actuar, reputación y estima social. La maestría la cursé entre 2011 y 2012, por lo que paralelamente me tocó seguir a la distancia el proceso electoral mexicano, un proceso que cambió mi forma de interpretar la política, de desacralizarla y quitarle ese velo solemne. No sé si fue la distancia o ver a México desde una especie de exterioridad, que también trastocó la forma en cómo pensé múltiples aspectos de mi vida personal, pero también de mis convicciones políticas y epistémicas. Ya con el proceso de tesis encima, fui encontrando autores como José Comblin, que cambiaron para siempre mi manera de ver la Seguridad y sobre todo la Seguridad Nacional como asunto problemático de la política; por eso, y por paradójico que suene, al final del 2012, tras varias lecturas, discusiones, reflexiones y sentires, terminé por no creer en la seguridad nacional o en la ciencia política como parte de la respuesta o conjunto de respuestas políticas y epistémicas al asunto del narcotráfico. De alguna forma, ir a Argentina me había dejado más interrogantes y menos certezas en torno a mis ideales, a mis convicciones, e incluso sobre la forma en que concebía la política. Esta especie de hermosa ambigüedad y de incertidumbre me produjo ansiedad, pero también me llevó existencialmente a ver en la literatura una respuesta más realista, y, por tanto, más honesta.    

P: Das clases en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y estás haciendo un doctorado. Los artículos mal llamados “académicos” son textos mal escritos, soporíferos hasta el hartazgo, que nadie lee por gusto y aquellos que los leen -obligados a hacerlo- para citarlos (otros profesores universitarios) leen a lo mucho la introducción, la mayoría de las veces solo el resumen. Desmiéntelo.

R: Si bien dejé de creer en ciertos paradigmas teórico-metodológicos, en ciertas pautas de conducta (me refiero a cierto purismo intelectual, por ejemplo), en ciertos mecanismos e incentivos, como el aspirar a estar adscrito al sistema nacional de investigadores (SNI), para dar respuestas a las problemáticas sociopolíticas de nuestro tiempo, nunca he dejado de creer en el conocimiento como ese devenir transformador del individuo y de las sociedades, así como tampoco en la educación pública como motor de auténtica transformación para el bienestar colectivo. Por eso no me gustaría quedarme con que “son textos soporíferos hasta el hartazgo que nadie lee por gusto”. Creo que sí existen esos textos que señalas, que en efecto hay mafias y terribles prácticas académicas, que hay lecturas obligadas o autores canónicos que uno cuestiona por qué siguen tan encumbrados, cientos de libros de redes académicas destinados a las bodegas universitarias o al olvido, ciertos sesgos raciales y de género que atraviesan la Academia tradicional, pero también está otra faceta, otra cara de la moneda. La Academia también es y puede ser resistencia personal y colectiva. La Academia en la que he procurado crecer en estos años ha sido una que va de la mano de colegas de otras latitudes de América Latina que no pertenecen a espacios o mecanismos centrales, sino que nos encontramos en ciertos espacios o lugares periféricos, lo que implica condiciones estructurales y personales adversas. He sido testigo doloroso, solidario y afortunado de la publicación y del proceso de hechura de sus textos, los cuales se realizan en condiciones adversas, de precariedad física, emocional/mental, económica y de subalternidad. He visto colegas escribir trabajos iluminadores, por los cuales no recibirán un solo peso o reconocimiento formal; vamos, ni las gracias de sus lectores, pero que a la distancia han sido relevantes para un conjunto significativo de personas, en aras de poder plantear otras formas de hacer/ser/estar/pensar/conocer/ en y por fuera de la Academia. Digamos que así como existe esa Academia de trámites donde importa más la astucia burocrática que la inteligencia académica, también existe una academia informal, en los márgenes, intentando construir conocimiento o al menos tratando de replantear las miradas teórico-metodológicas que están a su alcance, como por ejemplo la visión del grupo de investigación ‘Comunicación-Decolonialidad’. Para resumirlo, diría que tendríamos que ver a la academia y a sus integrantes, más que como un conjunto homogéneo de personas, espacios, prácticas y productos, como un conjunto de personas y sitios heterogéneos donde confluyen una pluralidad importante de miradas y quehaceres, no siempre afortunados, es cierto, pero también con resistencias o planteamientos significativos y originales, aunque eso sí, no siempre visibles o institucionalmente reconocidos.

P: En una conferencia que dio Juan Rulfo en la UNAM en 1980, dijo que “la creación literaria es misteriosa, pero el misterio lo da la intuición”. ¿Cuál fue la intuición que dio paso a Vístete para ser verdad? ¿Cómo ha cambiado esa intuición desde entonces?

R: Creo que más que intuición sería la necesidad. El misterio también lo da la necesidad, que en mi caso sería la de intentar problematizar de forma compleja algo complejo. Me explico en esto último que puede parecer obvio pero que no lo es. Durante el proceso de redacción de tesis de la maestría que estudié en Buenos Aires me di cuenta que los conceptos analíticos para entender el fenómenos que estaba estudiando (el involucramiento del ejército mexicano en un asunto de seguridad interno), no sólo se quedaban cortos para profundizar causal y comprensivamente mi problema de investigación, sino que, por más precisión metodológica y teórico-conceptual, siempre existía un vacío que hasta la fecha no sé nombrar. Percibía y me sorprendía -y esto me ocurre desde la licenciatura en Ciencia Política, como seguramente le ocurre a muchas más personas- cómo conceptos centrales como democracia, sistema político, legalidad, etcétera, contenían tal profundidad analítica que podían prescindir del mundo real para encerrarse en su propia lógica epistémica y con ello dar respuesta, sin que los cambios o variables de la realidad fueran tomados como significativos, sino como meros accidentes. Esta necesidad a partir del vacío es la que me llevó a escribir con más ímpetu que disciplina literaria Vístete para ser verdad. Hay toda una serie de aspectos invisibles a ojos de quienes estudiamos ciencias sociales que es significativa para entender cuestiones como la desconfianza, la sensación de inseguridad o de amenaza, la polarización política, el conflicto, entre otros, y que están atravesados por aspectos sencillos, por circunstancias, por asuntos que no son ni tan solemnes ni tan dramáticos y que, sin embargo, juegan un papel decisivo en la vida política de las sociedades del mundo. Muchas veces una mirada de desdén, una queja sobre un problema minúsculo, un malentendido por una palabra mal escrita puede ser el comienzo de grandes hecatombes, e incluso estas grandes hecatombes pueden ser relatos mal contados, magnificados o disminuidos por la percepción de quienes reconstruyen sus hechos. Vístete para ser verdad se compone de esa necesidad de expresar cierta desacralización de la historia, de los personajes históricos, de la forma en cómo los mitos se engendran, pero no desde la intelectualidad o la reflexión, sino desde los accidentes o las circunstancias. Escribir Vístete para ser verdad fue un intento por ver más allá de los hechos aparentes, hechos aparentes que casi siempre se vuelven relatos canónicos, obviando con ello la riqueza de los por menores brutalmente significativos que también acompañan a los acontecimientos. Me movilizó la necesidad de hurgar los aspectos ocultos de las biografías que pasan a la historia como los grandes relatos personales, cuando gran cantidad de ellos son también un malentendido o una distorsión deliberada desde el poder. Me movilizó la necesidad de expresar desde lo humano (asumo la ambigüedad del concepto) la emergencia de los riesgos percibidos que luego terminamos por nombrar de forma grandilocuente “amenazas para la seguridad nacional”. Si me preguntas qué ha cambiado desde entonces, diría que más bien se ha recrudecido esta necesidad de expresar y problematizar (es decir, ver sus límites antes que dar respuestas) el cúmulo de relaciones complejas que he alcanzado a aprehender de la realidad, utilizando como vehículo de ida y vuelta a la literatura, concretamente a la ficción.

Hugo Ernesto Hernández Carrasco (Juchitán, Oaxaca, 1988).

P: Vístete para ser verdad es una sátira, en primer lugar del sistema político, del mundo universitario, pero, sobre todo, como su título lo indica, de nuestra relación con esa cosa a veces tan elusiva que llamamos Verdad (con mayúscula). Foucault nos recuerda que nuestra concepción de Verdad ha sufrido una gran transformación. En la antigüedad las personas tenían que prepararse para poder acceder a la Verdad, no era algo dado. Hoy, en cambio, estamos convencidos de que al acceso a la Verdad es un derecho. Los vemos muy claro, verbigracia, en las comisiones de Verdad encargadas de esclarecer las circunstancias en que ocurrieron ciertos crímenes. Tú utilizas la ficción, es decir, una mentira, para hablar de la Verdad. Y tu narrador parece está convencido de que la historia que cuenta es un chiste. ¿Es la Verdad otro constructo? ¿Sigue siendo la Verdad un concepto válido sobre el cual podemos seguir construyendo o lo hemos prostituido tanto que deberíamos olvidarlo y cambiar los términos de la conversación?

R: Esta es una pregunta interesante desde múltiples puntos de vista. En primer término podríamos decir que la ficción es una mentira fáctica pero posee -en sentido ideal- una coherencia interna, cuya composición permite estructurar al relato como una clase de Verdad discursiva. Más que un constructo, creo en la Verdad como una especie de destino circular inevitable, al modo de Sísifo. Es decir, los procesos ocurren, tanto en lo cotidiano-individual como en lo colectivo, y es regla de sentido común que la reconstrucción fiel de todo cuanto ocurre en nuestras vidas, de todo cuanto ocurre socialmente, es imposible de registrar -para la posteridad- con precisión y objetividad. Lo que termina pasando es que se resaltan ciertos hechos, ciertas historias, reconstruidas a partir de distintos dispositivos y articuladas desde ciertos lugares políticos, sociales, académicos, económicos, etcétera. Esto, por supuesto, tiene un impacto en los imaginarios, en la articulación social, en la acción política, lo que no es cuestión menor. Cada determinado tiempo se cuestionan estos discursos, se replantean, se sujetan a revisión, ya sea por principio científico, por imperativo ético, por necesidad política u otras. La osadía reside no tanto en creer o no en estos discursos, sino en asumirlos como criterio de Verdad en tanto la verdad la entendemos como la realidad. Ahora bien, estos discursos confluyen, colisionan entre sí. Todos claman tener la Verdad como causa y como fin último. Las pugnas, sean en las esferas inexactas de lo privado o de lo público, versan sobre esto, sobre lo que consideramos por verdadero, ya sea para alimentar el pensamiento o la acción. Yo creo que la Verdad como ciclo y constructo no está prostituida en sí, sino que el conjunto de dispositivos que la validaban o le daban vigor en su constructo se encuentran hoy en crisis.

P: Siguiendo con Vístete para ser verdad, ¿por qué escribir una novela para hablar de política en lugar de hacer periodismo, o de escribir un ensayo?

R: Creo sinceramente que esto se debe a dos aspectos concretos, el primero de ellos tiene que ver con una cuestión extrínseca: la ficción permite ciertas licencias que lejos de hacer impreciso el abordaje de un fenómeno o un hecho político nos permiten asomarnos con toda la riqueza experiencial del asunto. No quiero decir que esto lo haya logrado del todo en Vístete para ser verdad, pero al menos creo que es lo que perseguí desde un principio: hacer una novela como una especie de metodología plural para problematizar la realidad política. Trastocar los matices formales, plasmar una historia con todos sus conflictos, fluctuando entre matices y contradicciones que bajo una lógica formal son insostenibles, pero que vistas desde la articulación de personajes, de sus historias y encuentros, de sus disputas, generan la sensación de que algo más grande que el conjunto de sus partes está naciendo. No digo que el ensayo o el periodismo no tengan su complejidad y lógica, ni mucho menos estoy contraponiéndolos, pero sí sostengo que es otra forma de abordar la realidad, de manera sensible, sintiente, oscilante entre distintas lógicas que surgen y confluyen a partir de lo que la propia historia va exigiendo. El segundo aspecto tiene que ver con una cuestión intrínseca, y es el hecho de que soy muy lento para metabolizar los flujos de información y hechos que ocurren en la realidad. Hoy, cuando hay una urgencia por contar lo inmediato, por dar respuesta a lo que coyunturalmente está teniendo lugar, estar bajo el influjo de esta lentitud como parte de un reflejo profesional y personal resulta todo un reto emocional, pero también intelectual. Estar a destiempo de los demás, si bien genera una cierta desesperanza inicial e incluso una incertidumbre frente a la paciencia de las instituciones y de los lectores, termina confortando, y, en mis términos particulares, dando claridad sobre la interpretación/lectura/hermeneútica de los hechos. En materia de ficción tengo la convicción -más no la certeza- de que mantener la debida distancia de los hechos inmediatos, el llegar tarde a los acontecimientos, el sentarse a escribir de las cosas que nos interesan de modo profundo, sin pensar o no si están de moda o si eso nos pondrá en el ojo del huracán de los debates públicos, al menos como escritor, tengo la convicción de que termina vigorizando la obra y, por tanto, otorgándole su debida trascendencia atemporal.

P: Escribes desde Puebla, una ciudad que es marginalmente marginal. Lo digo en doble sentido: primero, porque es una ciudad marginal dentro de un país ya marginal (cuando digo marginal quiero decir que no está en el centro de la conversación); pero también porque cuando pensamos en la marginalidad jamás pensaríamos en la condición de esta ciudad. Es decir, la ciudad en la que vives no es el epítome de los grupos y conversaciones excluidas; Puebla no es un protagonista de la marginalidad. Por eso digo marginalmente marginal, en lugar de doblemente marginal. La marginalidad de Puebla es de índole secundaria. ¿Cómo vives esta marginalidad secundaria en tu escritura? ¿Cómo puede un escritor en esta situación hacerse un lugar sin recurrir a las herramientas de la escritura que se ejerce desde lugares dominantes?

R: Es interesante que hables sobre esa doble marginalidad, expresando que no se necesita ser periférico en sentido geográfico (pues Puebla es una ciudad en la órbita central del país) como tampoco periférico en sentido económico (Puebla es la cuarta ciudad más importante de un país de 130 millones de habitantes). A la pregunta de cómo se vive esta marginalidad secundaria, contestaría de dos maneras: en su forma política, resistiendo a la tentación de acercarme geográfica y culturalmente a las formas y esquemas literarios de los centros convencionales. Todos quieren ir a vivir a la Ciudad de México, Nueva York o Barcelona, por ejemplo (y es legítimo), para hacerse un lugar dentro de los circuitos canónicos de la literatura, porque ahí se concentran las redes de actores, espacios y circuitos literarios más importantes del país y del mundo. En lo personal ni siquiera lo intento; tengo la firme convicción de que lo bello, lo desgarrador, lo simple y lo complejo, lo que debe ser contado, subyace en este entorno a simple vista sencillo, y que esta literatura también tendrá que abrirse paso entre los lectores -antes que en las instituciones-. Ojo, es una convicción que asumo en mis adentros, no pretendo que esto sea una especie de ética generalizable. Por tanto, mis historias se sitúan en Puebla, en lugares comunes o nada extraordinarios, con personajes perdidos dentro del anonimato de lo ordinario, pues considero que también ahí hay una belleza problemática que tarde o temprano deberá emerger. Esto sí lo digo en contraposición a lo asumido por la narrativa o el mainstream actual, donde parece que sólo hay lugar para los extremos. Incluso esto aplica para América Latina y otras regiones periféricas del mundo, donde históricamente, salvo algunas excepciones, pareciera que las únicas historias -auditivas, visuales y literarias- válidas y validadas por los centros globales de cultura son las que hablan de la brutalidad, el terror o el “exotismo” de estos lares, pero yo me pregunto ¿y qué hay de la belleza sin exotismo? ¿Y la estética de nuestras cotidianidades? ¿Y las posibilidades de la fantasía, de las formas de felicidad o de las tragedias nuestras dentro de la ficción? ¿Esas dónde quedan? Ahora bien, en cuanto a las herramientas, considero que más bien tiene que ver con tres tipos de acción: la primera en su dimensión política y democrática, lo que implica defender la cultura y sus variadas formas de expresión como bienes públicos de fácil acceso, muy distinto a la lógica de hacer de las instituciones culturales públicas nichos de poder privados. La segunda, trabajar de la mano del lector, no como condicionante, sino respetando su importancia dentro del círculo virtuoso en el que estamos inmersos cuando publicamos una obra. Trabajar de la mano del lector es, entre otras cosas, apelar a cierto compromiso con la divulgación de la obra publicada, de forma creativa e incluyente, entrar en conversaciones e intercambios directos, buscar formas creativas de hacerle llegar la literatura, es también escucharle como parte de esa complejidad afortunada y activa de la que estamos rodeados y que también nos atraviesa. Una tercera podría ser el compromiso con la obra misma, con el lugar que habitamos, con la revalorización de nuestro locus geográfico y literario, con otras y otros autores, entrando en conversación con ellos. No creo que tengamos que interpelar a la figura del escritor solitario y olvidado del mundo, creo, por el contrario, que tenemos que salir al encuentro de las personas que hacen lo mismo que nosotros. Todo esto, claro, pensando desde y en el contexto de marginación secundaria del que estamos hablando.

P: Tienes una novela corta inédita, ¿por qué no la has publicado? ¿Eres fiel seguidor de leer mucho más de lo que escribes y escribir más de lo que publicas?

R: Me gustaría contestar que es un asunto asociado a cierta ética práctica, donde me doy el lujo de escribir o leer con los ritmos o proporciones autoimpuestas, pero esto tiene que ver más con la falta de un espacio editorial para poder publicarla. Tengo de hecho varios manuscritos en el congelador, y estoy buscando a través de concursos, de correos electrónicos o de encuentros con editores, la manera de que vean la luz, pero hasta ahora no ha ocurrido algo. Lo cual no es queja, de antemano sé que la literatura toma su tiempo y, al final, encuentra su espacio. 

P: Pasaste de escribir ficción a inaugurarte como poeta con Palpitación de incierto (Valparaíso, 2024). Camino inverso al que solemos ver en la biografía de un escritor. Primero, ¿cómo se dio este salto? Por otro lado, después de leer tu novela, uno esperaría poemas más cercanos a Efraín Huerta que a Gorostiza, pero es lo opuesto, ¿por qué tu poesía se aleja de lo político (al menos lo político en tanto es tratado en tu ficción)?

R: Sí, de alguna forma casi siempre las personas dicen que empezaron escribiendo poemas y luego, como si de un ejercicio más complejo se tratara -asunto del que difiero-, se pasaron a la narrativa. En lo personal encontré la poesía ya tarde, pasados los treinta años, y a pesar de que mis primeros encuentros como lector de poesía fueron con Manuel Scorza, Revueltas y Abigael Bohórquez, por alguna razón encontré en la poesía un espacio propicio para expresar lo que sentía ante la complejidad de lo cotidiano, de la memoria y de cierta nostalgia que siempre he cargado conmigo. No omito que la poesía con enfoque o contenido político me agrada, de hecho uno de los poemas más significativos para mí es el de ‘Canto a los mineros de Bolivia’, de Scorza, pero debo reconocer que en la poesía encontré, como lector (lo que se trasladó luego a mi ejercicio como autor), un espacio donde problematizar la belleza del mundo, la belleza de lo cotidiano, la belleza de ejercer la memoria y de resignificar lo que no es dado. La poesía como esa potencia de lo posible, como una forma de libertad.

P: Escribiste: «Queda resistir nuestra imperfección/ guardar unos cuántos errores». ¿No queremos todos deshacernos de nuestros errores? ¿Qué errores tuyos has guardado a través de tus poemas? ¿En qué sentido es la poesía otra forma de imperfección?

R: En ese poema intento poner en perspectiva que la imperfección, los errores, son habituales y condición sine qua non de lo humano. Creo no hemos problematizado lo suficiente el error, la imperfección en su sentido amplio, pareciera que eso siempre está al margen de lo digno de la belleza o de lo digno de ser estudiado como una forma de conocimiento. En la poesía que escribo intento plasmar el error como parte constitutiva de la etopeya; por ejemplo, en el último poema -que está dedicado a Yanga, una persona esclavizada de origen africano que logra rebelarse y sobreponerse junto con otras personas al régimen colonial- intento encontrar en el error una grieta de donde nace la vida, una especie de escepticismo impersonal y necesario. La vida, en este sentido, la pienso como un estado de contrariedad, sobreposición y a veces paradoja. Ahí donde no aparecen las contradicciones no hay vida.

P: Federico Guzmán Rubio dice que la literatura también se revela “como una condena que impone el alejamiento de algunos seres queridos y el abandono de muchas certezas”. Tú pareces estar de acuerdo con él. En tu poema ‘Antematina’ dices “¿Quién te condenó a un poema […]”. ¿De qué seres queridos te ha alejado la literatura? ¿Qué certezas has perdido por escribir?

R: Más que una condena es un compromiso que de pronto se contrapone a otros tantos. Por mi parte, por ejemplo, postergué algunas decisiones que de alguna manera limitaron mi carrera académica, entre ellas la de estudiar el doctorado en 2018, para enfocar todos mis esfuerzos creativos, financieros e intelectuales a mi literatura. Es algo de lo que no me arrepiento y es algo que volvería a hacer. Creo que la literatura, una vez que toca a la puerta, entra para quedarse de forma definitiva, nos trastoca, y de eso no hay vuelta atrás. Podría decirte que lejos de perder certezas he ganado certezas con la literatura, pues hoy tengo una vida más honesta, más realista. La sensibilidad para con la vida misma cambió desde que me decidí por la escritura como forma de vida. Quizá sí me hice un poco más ermitaño, que es algo que me ha alejado de mis familiares y círculos sociales, pero que, por otra parte, contrarresto con la voluntad de no encerrarme mucho en mí, y con la docencia universitaria, mi trabajo, que me ha llenado de satisfacciones inmediatas, amistades, personas y escenarios interesantísimos. Lejos de ser una profesión que me aleje de las letras, la docencia me ha rodeado también de gratos y grandes lectores.

P: Si la poesía le deja algo al ser humano, ¿qué te ha dejado a ti?

R: La poesía me ha dejado el anhelo de reconocer y conocer lo inmediato que me rodea, me ha dejado un sentido de urgencia permanente, que me enfrenta a la sensación de vacío cuando no la leo ni la escribo, un vacío que desconocía y que apenas estoy entendiendo. La poesía me ha dejado el sentido de respeto por cada palabra que utilizo, sabiendo que no puede escribirse en vano, salvo que deseemos que no nos lea nadie.

1 comment on “La vida es un estado de contrariedad. Conversación con Hugo Ernesto Hernández Carrasco

  1. Avatar de JEHB

    Excelente explicación respecto al motivo de porqué se inicia en la literatura y cambia su punto de vista respecto a la política. Gracias por tan interesante entrevista. Que sigan los éxitos.

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