Literatura

Una conversación con el canon

A mediados del siglo XX, Paul Valéry, dictando un curso de poética en el Collège de France, escribió: «La Historia de la Literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras, sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar a un solo escritor (...), sin la menor intervención de la biografía de sus autores». Pero, en esta ocasión, el poeta Álvaro Guijarro, conversando con el canon, se encarga de llevarle la contraria –¡y con toda la razón!–.

A todo autor de proyecto le llega el día de tener una conversación con el canon, si es que no la tuvo de forma inconsciente durante su formación hasta ese angustioso instante. Desde el autodidacta que apila libros en torno a su cama hasta el estudioso amante de las bibliografías, dicho encuentro puede ser favorable para él o, por el contrario, fatal, por ejemplo, al darse cuenta de que su obra es epigonal de otra que leyó con poco cuidado o que directamente desconocía; o ni siquiera eso, y desde cierto adanismo y adiós de las instituciones, ha creído estar encontrando el Grial desde sus primeros esbozos en esto de la escritura, y que además nunca ha dudado en revisar porque es sumamente original.

Y es que, en términos amplios, la originalidad ha terminado, o al menos no es ya un valor seguro para la entrada de determinadas obras en la historiografía literaria, pese a que sepamos reconocer el erotismo que toda diferencia funda en nosotros. Más común en nuestros días son la reescritura, los palimpsestos, el intertexto y las deudas programáticas respecto a las obras de autores de un pasado que se nos presenta como periclitado. Si hablamos de cualidades, ya algún crítico listaba algunas para condicionar la entrada de un autor en el canon, en este caso, occidental, como la universalidad o el poder cognitivo. Pero es que ni esas. Ya hoy, por el influjo de los estudios culturales, algo rebasados, y de otros enfoques (re)nacientes, tampoco hay ya un único canon, sino una sensación de Libro de libros, todos los del mundo, sea quien sea quien los escriba y en qué condiciones lo haga. Lo que queda, el futuro del canon, son los autores, y voy a tratar de explicarlo.

Siempre hemos priorizado las obras para el acercamiento serio a los imaginarios de los autores, pero el auge de los estudios autoriales y otros factores como las políticas de la cancelación y la (doble) moral, que abogan por algo así como la ejemplaridad de los escritores en el campo literario, son hoy tan prioritarios que me atrevo a decir que el orden obra-autor se ha transliterado, y lo hará con más peso, en autor-obra. Así, primero tendremos que avalar la postura de dichos autores en su convivencia social, y desde ahí potenciar sus trabajos; por el contrario, si los autores son poco confiables, o han rozado el escándalo, que es una forma de superar, por arriba, la cancelación, por temas contrarios al feminismo o al colectivo LGTBIQ+, gestos y anécdotas de no-me-olvidaré con algún coetáneo o alguna que otra historia escabrosa relacionada con excesos cada vez más juzgados éticamente, sus obras se verán relegadas a cierto silencio, o a un desplazamiento por ver en el espacio-tiempo.

Dicho silencio lo ocupaban históricamente, dentro de la historiografía literaria, los autores raros, sonados, malditos y afines a estéticas transgresoras y neovanguardistas, categorías todas ellas que, dependiendo del ecosistema literario y concreto de cada cultura o sistema, se habían sabido o no defender con mayor esmero. En España, por ejemplo, esta tradición de escritores outsiders hace que sigan en sombra muchos autores que no quisieron participar de lógicas mercadotécnicas y sociales de carácter gregario, como Aníbal Núñez. No hay igual latido en Francia, si ponemos un ejemplo cercano, donde hay espacio para los excéntricos en los Panteones; o en Latinoamérica, un hecho que me recuerda a cuando yo me movía entre poetas en la ciudad de Madrid durante la década los dos-mil-dieces y un crítico latinoamericano de renombre, al hablar de un poeta español considerado de culto en mi ciudad, que seguro le guarda ya un rincón en la memoria, Francisco José Sevilla, que fue mi maestro en poesía, decía que esa tipología era muy común allí, y aquí no, ausentándose sorpresa y riesgo ante un fenómeno, una persona, un poeta, un místico y, si algunos quieren, un personaje que era belleza en sumo directo.

Por supuesto, el mercado tiene mucho que decir en todo esto. En tanto que formalizador de las imágenes como producto de consumo y trasiego, es falso que vivamos en una época tergiversadora de la información donde ésta ya no es consultada sino creada por nosotros mismos desde las redes sociales, lo estereotipado y el do it yourself y, al mismo tiempo, no toleremos un error o una desviación en esos autores ahora puestos en primer plano. Como si fueran políticos a los que no se les permite un error para sobrevivir en su lógica pública, los escritores deben tener más autoría que obra, como vengo defendiendo; o si no, una obra que se distancie tanto del autor como para que no se puedan rastrear en él las huellas de una biografía que será puesta a examen prontamente, donde entrarían los Gracq u otros autores de ficción como Andrés Barba, bellos en su lejanía, así como T. S. Eliot cuando defendía huir de la personalidad en aras de lo general. Pero ¿qué es tener autoría? Esta sería la siguiente pregunta, la más necesaria. ¿Qué es esta nueva gestualidad que se les solicita a los autores de cara a una galería que, además, históricamente, ha sido plural y fuente tanto de gente peligrosa como ejemplarizante, dando lugar a un Villon o a una Woolf? Lo diré: tener autoría es descifrar el mercado.

Pongamos el ejemplo de Alejandra Pizarnik, que ha pasado de ser autora de culto, minoritaria y amiga de Cortázar y Orozco, con una obra al nivel de esa imagen ceremonial, a ser regalo de la próxima Navidad. Biografía de un mito subtitulaba la historia personal de esta autora argentina, firmada por Cristina Piña y Patricia Venti, una edición de Lumen que me leí hace unos meses, perfilada en aras de una imagen maldita a la fuerza donde la autora era hiperconsciente sobre cada destino y designio, y donde su gran esquema de destilación poética, ahondando en las figuras de la noche, el doble, el espejo y la muerte son convertidas en comercio desde ese subtítulo, buscando atraer a un público que ya prefiere a quien hay detrás de los poemas que a los poemas mismos. A este respecto, siempre he pensado que Alejandra, con sus queridos Ducasse, Vallejo, Rilke o Kafka a la cabeza de un canon que ella misma se formó y en el que se reconocía, escribía para pocos. Y cuando digo «para pocos» me refiero a «para pocos escritores», no lectores, que es lo que está pasando ahora por un fetichismo siempre tristemente a posteriori que sitúa delante el dolor y una vida llena de malentendidos ante la grandiosidad de una obra con un lenguaje propio y un plan abarcante como era el de la propia autora argentina.

Esto, fundamentalmente, nos dice dos cosas: que los autores importan y que los autores también eligen su canon hasta a veces confundirse con él. Recuerdo haber leído en alguna parte al bueno de Alejandro Zambra aludir a que su canon era «un canon de padrastros», toda una declaración de intenciones sobre el propio devenir de su literatura y donde se situaba, por ejemplo, Juan Emar, escritor minoritario hoy en día, pero con presencia en la mítica editorial Mansalva, al que llegué a fortiori por esa declaración erótica del chileno y que entonces me delataba como lector. Y es que yo también tuve mi época de leer biografías, autobiografías y entrevistas por todos los medios antes de acercarme a autores que rondaban mi mente con esa cualidad de lo liminal-misterioso. Todos hemos pasado por las fases de la mitomanía y la experimentación: es lo que tiene iniciarse. Lo que defiendo en este artículo es que eso importará con más peso de ahora en adelante, justamente porque los nacidos hasta 1950 —si es que pongo esta vez a mi maestro en prosa, el escritor que no ha escrito nunca, Enrique Vila-Matas, nacido en el año 1948, como ejemplo—, son los últimos escritores de lo que podríamos llamar «el escritor como hasta entonces era»; escritores anteriores a los mass media y a las IA, donde es ya un punto ganado haber publicado en papel antes de que las máquinas ejerzan la escritura sin piedad y ya haya lectores que prefieran lo generado por sus ardides.

Fotograma de la película ‘Kill Your Darlings’ (2013).

«¡Es la máquina, amigos!», podría decirse si intercambiamos ahora el concepto de mercado por el de las IA, antes o a la par de que las IA generen obras que los premios literarios ya están registrando en sus buzones abiertos, así en parte escritos o quién sabe si enteramente. Y frente a las máquinas, y yo diría que siendo más cabales que reaccionarios, ¿qué florece?: la vida, el autor, el enigma. Nada generado por las máquinas podrá contradecir el pulso de esta noche en la que escribo, inspirado, estas líneas, ni tampoco podrá compararse con las obras tutelares de un Dante o un Shakespeare. Estemos o no en un agotamiento del paradigma postmoderno, instante para muchos evidente, y donde el pastiche es ley, o haya quienes quieran ahora educar a las máquinas para escribir obras a cuatro teclas, diferenciándose unos escritores de otros por cómo de bien o de mal se le habla a la máquina, Quevedo seguirá adornando con su capa negra nuestra sed harapienta, una fuente de agua que cortocircuita a las inteligencias artificiales y lo maquinal de una sociedad que llega a casa y ya siempre quiere ver películas fáciles. Y es que oigan: ¡yo también he tenido un día difícil, pero no nos lo pongamos tan fácil!

Llegamos así a la vida difícil, porque lo bello es difícil, como apuntaban los griegos, o, en palabras de Gamoneda: «La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes». Este no será sino el origen de nuestras obras, el inicio y la posterior consagración de un nuevo canon. Una vida que se esmera en ser construida en torno a la belleza como apuntaba el último Foucault a la hora de abordar la vida como obra de arte junto al cuidado-de-sí y una concepción de las obras que nace espontáneamente de dicha belleza, como rebasada por ella. Obras que, ya lo hemos dicho, se habrán de situar después del autor, pero que aquí queremos condicionar a la belleza del relato o vida del autor como un accidente de ésta. Nadie podrá manchar ese camino, porque hay caminos inmortales y el de la apuesta por la vida es el de la apuesta por los gestos y su valor transformador.

La vida como obra de arte, sí. A cien años del manifiesto fundacional del Surrealismo, la que era su gran apuesta vuelve a cobrar sentido, y nosotros nos damos cuenta. Todos hemos conocido a personas a nuestro alrededor que situaban su genio o bien en el carácter, como confiándolo todo a él, o bien en la dignidad de sus tareas, fueran éstas un trabajo reglado, el estudio de la anatomía o el derecho, sobre las que después hablaban largamente y como muy imbuidos en las sobremesas de un sábado cualquiera. Este depósito de las ambiciones, este saber priorizar quién es uno respecto a los demás, es a día de hoy lo que mueve al sector editorial y, con él, a un nuevo canon que habrá de alumbrar el futuro de las generaciones venideras. Editoriales como Anagrama, que siempre han sido punta de lanza en su lectura del presente, ya están incluyendo a jóvenes, desde la crucial Cristina Morales a visionarios como Víctor Balcells, en sus propuestas de largo alcance, con obras que hablan de ellos mientras ellos también hablan. Parte del futuro de este canon por hacer donde los autores se muestran y son prioritarios, aquélla sin redes y éste metido hasta el tuétano en las dinámicas de un presente voraz, estará en el equilibrio entre las biografías y los libros, entre las conversaciones y las metáforas.

Si leemos con atención el presente del canon en tanto que apuesta por la biografía, lo que nos llevamos es que parece haber sitio para todos, pero la realidad es que no hay sitio para casi ninguno. Como cuando el cine simuló estar al alcance de cualquiera que cogiera una cámara de mano haciéndonos olvidar que también el cine puede ser un oficio muy trabajoso y de índole esencialmente colectiva, la democratización de la escritura es una ilusión que nos ha conducido a un terreno fangoso donde es difícil discriminar la calidad de lo expuesto; y donde parece haber más autores que lectores y donde al que escribe poesía, con dieciséis años, ya no se le aparta, sino que se le hace hueco o incluso se le anima en el patio si hace rimas. ¡Cosa buenísima, cosa revolucionaria!, digo yo al respecto y muy en serio, pero habrá que ver si, como Isidoro Valcárcel Medina, ese chaval sigue ahí toda la vida, vida que se pone delante de la obra, entrega definitiva. Tendencias, modas, ritmos pasajeros imperan en el clima cultural, y la velocidad de ese arrastre impide que podamos pensar en algo monolítico como un listado esculpido en mármol de Carrara, esto es, un canon que nos sirva de modelo. Y es que la democratización del arte es buena por muchos motivos, en primer lugar, para acercar y luego abrir la cultura y así hacernos más críticos y más sabios y más libres, pero en ningún caso es buena para el canon, porque el canon siempre ha sido y será elitista en tanto que es selectivo, y esa es su condición preferente. El canon siempre fue el resultado de una suma de decisiones fruto, principalmente, de la Academia, el gusto imperante, la suerte, los rescates editoriales y el criterio de los lectores por épocas; un ajuste de cuentas, una batalla que perder o ganar. Y hasta supimos responderle al canon cuando dejaba a algunos autores fuera del mismo. O le respondió al canon el Capitalismo con mercancías y el Capitalismo es el problema de nuestras vidas, que tratamos de elevar a obra de arte mientras escribimos el canon.

Bien. He hablado del canon en el que pienso en un espacio pautado y he hablado también de mí. Lo que no he dicho es que llevo más de quince años en esto y aún soy un hombre joven. A cualquiera le parecería una locura, pero es la prueba de lo que defiendo. Y, sobre todo, es la razón por la que puedo escribir esto, y esto, y esto. Eso es el canon: una constante educación sentimental. Primero, desde la vida; después, en palabras.

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Álvaro Guijarro (Madrid, 1990) es poeta, escritor y fotógrafo. Estudió Literatura General y Comparada en la UCM, y tiene un máster en Fotografía Editorial y Fotoperiodismo por la Escuela TAI, con estudios aparte de filosofía y cine. Autor de una decena de libros de poemas publicados entre el año 2010 y el año 2023, algunos de ellos con reconocimiento –III Premio de Poesía Joven Antonio Colinas, finalista del 71º Premio Adonáis y 2º Premio en el Certamen de Jóvenes Creadores 2021–, ha reunido su camino en el género de la lírica bajo el título 'Matiz' (Poesía 2008-2020), aún inédito en su conjunto. Igualmente, ha participado en propuestas colectivas como 'Tenían veinte años y estaban locos' (La Bella Varsovia, 2011) o 'Lecturas del desierto' (Kamchatka, UV, 2018), así como en diversas revistas, festivales y recitales. Guarda en su haber una novela, y su archivo fotográfico puede consultarse en: www.alvaroguijarrophotography.com.

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