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Entrevistas Literatura

Miguel Vega Manrique: «No hay propiedad sobre las palabras»

Osvaldo Lamborghini (Buenos Aires, 1940 – Barcelona, 1985), figura destacada de la literatura argentina, combinó la escritura en Cuadernos con una voz poderosa y contracultural. Su legado desafía cualquier tipo de convencionalismo, e impulsa a sus lectores a reinterpretar la realidad. Como tal, Miguel Vega Manrique le rinde homenaje. Pero no sólo. Porque en 'Osvaldo Lamborghini' (Ediciones Chinatown, 2024) se habla del Sabio Loco, sí, pero también de muchas otras cosas, como el espanto, las palabras o el academicismo 'vampírico' que nos asalta.

De Osvaldo Lamborghini (Buenos Aires, 1940 – Barcelona, 1985) sus amigos solían decir que «tenía el arte de la conversación. Es raro. Y él tenía ese arte». En palabras de Hugo Savino, recogidas con maestría por parte de Miguel Vega Manrique en su obra –no biografía– Osvaldo Lamborghini (Ediciones Chinatown, 2024), «te escuchaba Osvaldo, eso era lo que pasaba. Era un tipo que te escuchaba. No estaba enconchado en sí mismo», y, como no podía ser de otra manera, aquí hemos querido honrarlo. Porque, tal y como anota el propio Vega Manrique, «para un entre-aquí-y-allá como yo hay lecturas que le inventan la vida», y, con Osvaldo y sus Cuadernos, uno se da cuenta de que la vida –y la literatura, por tanto– no acaba sino de empezar.

PREGUNTA: Al comienzo de Erratas: Diario de un editor incorregible (Trama editorial, 2015), Marco Cassini, recordando sus inicios como editor, anotaba: «por la época de la fiesta decembrina, habíamos publicado en total cuatro libritos, que por temor reverencial llamábamos “cuadernos” (llamarlos libros nos habría parecido tan excesivo como llamar “editorial” a lo nuestro)»; y me ha recordado a Osvaldo Lamborghini, por supuesto. Porque él tampoco hacía libros, sino cuadernos, ¡pero a propósito! Cuéntanos: ¿quién era ese «Sabio Loco»? ¿¡Es que no tenía miedos?!

RESPUESTA: Escribía. Osvaldo Lamborghini escribía. Y eso solo bastó para poner patas arriba cuanto le rodeaba. No es que la obra de Osvaldo Lamborghini sean cuadernos ni artefactos contraculturales en la nómina de excentricidades vanguardistas de la época. Nada más lejos. De 1969 en adelante los textos de Osvaldo Lamborghini impresos y dispersos en escasos libros y unas cuantas revistas instalan una voz contundente en el panorama literario. Lo que estaba por venir aún en vías de procesarse (Teatro Proletario de Cámara, obra plástica, cuadernos y libretas, manuscritos de novela como Tadeys, cientos de láminas intervenidas…) respondió a una entrega inalienable a su escritura. Conciencia aguda del ensimismamiento. «Le temo a mi tema» escribió. Quisiera aclarar que la manufactura de cuadernos (los materiales que consulté en el Fondo Osvaldo Lamborghini) data de sus últimos tres años en Barcelona. Osvaldo Lamborghini emprendió una tarea de montaje de hasta cincuenta y muchos cuadernos fabricados manualmente donde escribía (de uno a otro saltaba) con agregados e impregnación de tintas colores recortes… Escribía impublicables. Escribía. Y punto. La impresión al estar delante de ese corpus descomunal fue tan profunda que lejos de reponerse uno solo puede caer sin concesiones. Y en mi caso fue un empuje terminante en la precipitación de la caída. Las transcripciones de mis cuadernos a partir de transcripciones de archivo de sus cuadernos componen una capa del libro en sí misma. Pero llamo Cuaderno a otra cosa.

El cuaderno no está ahí sino del más acá. Se hace cuaderno. De pronto todo se hace cuaderno. Es una cuestión de maneras que viene de la lectura. Hace tiempo estaba muy metido en la lectura de Leopoldo María Panero y encontraba aquí y allá prólogos prefacios artículos que marcaban escisiones entre libros o etapas en la obra del poeta. Cada uno de esos cortes me resultaba pernicioso pero ante todo incompatibles con mi lectura. ¿Versos astillados en argamasa? Recuerdo que esa (astilla picotera) me pegó. Digamos que un crítico literario (docente divulgador periodista: largo etcétera del camelo a gusto del intérprete) y su prosa adocenada de jardín de infantes presentasen un poemario póstumo de Panero y lo que tuviera el susodicho para decir fuera eso: que porque la locura porque el deterioro porque tales evidencias porque ¿será verdad que nos barre el plumero desde la eternidad? la escritura de Panero después de tal fecha o tal o cual libro tornó errático balbuceo abocado al enajenamiento embelesado plagado de automatismos era no solo irritante. Mi estupor en realidad clamaba ¿¡qué mierda leen para imprimir (en plural) semejante lata y sea encima semejante lata la preferida por los editores para oficiar de corolario a esas obras!? Ahí corté con improntas ajenas. Aborté contextos.

Una intuición en cambio me movía a mudar determinadas nociones desde las cuales percibía la impotencia y esterilidad sobrevenidas a la frecuentación de un ajuar reducido de nombres (véase Osvaldo Lamborghini) mediante los patrones habituales abreviados en el ideal del Libro: paradigma hegemónico de legibilidad del mundo. Y me apareció el Cuaderno. Esterilidad e impotencia desde el prisma del cuaderno mutaron a esterilencia. ¿Quién era Osvaldo Lamborghini? Si se trata de una incursión en los avatares vitales del personaje la gran novela argentina del siglo XXI lo cuenta y pronto será reeditada a casi dos décadas de su publicación. Me refiero por supuesto a la biografía de Ricardo Strafacce. Esta aseveración que hice en el libro y que pudiera parecer desopilante la escuché hace dos días en boca de un librero argentino con nueva sede en Chamberí: BAKU Libros. Fui a visitar a Manuel Magallanes tras un intercambio orquestado sin duda por la batuta del Sabio Loco (le había comprado una antología de Edgar Bayley a la ola de la última lectura compartida de Milita Molina —el poema «La mano»— y poco antes él había recibido de Buenos Aires la biografía de Bayley junto al libro Osvaldo Lamborghini) y en un momento dado me dijo: «Los dos mejores libros editados en el siglo XXI en Argentina son la biografía de Osvaldo Lamborghini y el Borges de Bioy Casares».

P: Fíjate, lo primero que llama la atención de los lectores de esta obra que publicas junto a Ediciones Chinatown es la ausencia de paginación, de referencias ordinales, y cardinales, en el devenir de las hojas –salvo por el número de capítulos–, y uno, inevitablemente, se cuestiona: «¿adónde llegaré si parece que estoy siempre en el mismo sitio?». En tu caso, ¿ocurrió algo similar al escribirlo? Es más: ¿se puede avanzar en la trama, o en el argumento, acaso, sin una (e)numeración que lo justifique? –porque, si no, ¡¿a qué otros elementos podemos agarrarnos!?–.

R: Dudo que haya argumentación. Hablé de caída porque así sentí mi paso por Buenos Aires. Ni ida ni retorno. Solo caída. Por tanto los términos avance salida llegada me resultan lejanos. Escribo lo que tengo delante o paso adelante cuando escribo: clavo sobre lo mismo sobre la misma piedra. Arena seca del desierto. ¿A qué podemos agarrarnos? A la lectura. Claro. Aunque sea preciso inventar. Inventar la lectura demandan autores como Osvaldo Lamborghini. Como Milita Molina. Como Néstor Sánchez. Como Hugo Savino. ¿Publicarán Ánimas de Laura Estrin? Parece que la demanda de invención de la lectura es un escollo (guijarro ligado a la suela del zapato) para las lógicas del ruedo literario. O del Lector Apresurado (esa parva inicua) del que hablaba Ezra Pound. O del Lector del Móvil como contaba estupefacta Milita Molina cuando desde la editorial que publicó su último libro le ofrecían formas de difusión. «Me dicen que ahora mi lector es el del móvil Miguel. Que haga un reel para las redes». Carcajeábamos. Es de la más profunda seriedad que surge el carcajeo y jamás del chiste. Odiábamos tanto el chiste como El Big Muerto.

Hoy a la tarde Hugo Savino en el café Santa Bárbara trajo a Margarite Duras y su idea de la ausencia de complot en torno a la recepción de Hélène Bessette. Más bien se trataría de una cuestión de convencionalismo a la altura de estos tiempos de estulticia. Los condenados a la trama quedan impelidos ante propuestas de autores que Duras reservaba a unos pocos iniciados. ¿Algo de eso habrá? Bueno. Tengo sin embargo el convencimiento de que los tiempos inherentes (temporalidad consustancial) a ciertos lenguajes los coloca en una relación periférica con el decurso de los acontecimientos. Lo implacable de la actualidad es la resistencia en firme a inventar la lectura. Joyce fue muy hábil con Ulises al encauzarlo al cenáculo de las academias: se garantizó un nicho de lectores.

P: «Leo. (Lo escribo aquí). Leo cuanto alcanza a interesarme. Aunque no releo lo que escribo. Evito pulir las consonancias. Que resuenen, retumben, repitan, palpiten: espanten», apuntas en las primeras páginas de Osvaldo Lamborghini; y aquí vamos a invertirlo, si te parece: porque ¿cómo sería, entonces, una literatura espantosa –si es que hiciéramos caso a lo que propones–?

R: La cita que traes acerca un indicio de lo que pongo en primer término: el sonido. De ahí el «espanten». Lo escrito que pasa por el oído interno rumiado en manoteos ajenos a otra cosa que no sea el repicar de un canto en vilo. No el mensaje no la trama no la argumentación ni artimañas de la comunicación prestablecida que coquetean con el ¿espanto? sin acallar coros triunfales. Entre coros triunfales y este arrastrarse no cabe elección posible. Uno de los métodos avalados de afrontar la oscuridad consiste no solo en temblar sino también en cantar. Nunca pensé espantar a nadie. Quizás por eso (en ocasiones el arte es chabacano a más no poder) la lectura de entrada. Porque leo lo que escribo o anoto mis lecturas con el poco de amor que anda suelto. Sí. Para mí se trata solo de un amor inmenso a las lecturas que me inventan la vida. Porque me suenan los nombres. Soy incapaz de desprenderme de un puñado de nombres que es inevitable: cuando entras ahí o bien retrocedes (y es de suyo porque no hay lecturas obligatorias: algunas hay incluso que merecerlas) o de inmediato e irremediablemente caes en una temporalidad y una lengua que abocan a inventar la lectura. Entonces hay que correrse. Pero es claro que no existe actualidad que aguante ciertas voces. Y digo actualidad y no presente porque el presente es siempre interrogante en suspensión. ¿Aquí, el presente?

Ejemplar de ‘Osvaldo Lamborghini’ (Ediciones Chinatown, 2024), de Miguel Vega Manrique. Fotografía tomada y cedida por Pepe Llopis.

P:  Un poco más adelante, añades: «No soy científico. No soy historiador. No soy filólogo. No soy licenciado siquiera. Solo me tomo en serio. Me tomo en serio lo que no vale nada». ¿Es ésta la razón de tu escritura? ¿Fue ése, quizás, uno de los motivos por los que empezaste a interesarte por la vida y obra (¿y milagros?) de Osvaldo Lamborghini?

R: Es un pecado tomarse en serio. Uno que no se perdona. Y es de simple. Pero el momento de escribir «Me tomo en serio» aún clava en el recuerdo. Recién llegado a Buenos Aires quedé a merced del ninguneo de un modo inconcebible. Deliberado. Desconcertante. De quienes esperaba al menos una mínima cortesía retrocedieron en ambos continentes. Todos. Náusea inmensa de proclamas. El ninguneo despejó el paisaje a descampado. Hasta hoy. Ahora lo suscribo en firme: qué solo dejan algunas lecturas. Y hasta aquí sobre el reverso de la cita. En el anverso el cuestionamiento en torno al valor. Existe un valor consensuado y un valor sin concesiones. Dos políticas si quisiéramos que difieren acerca del acto de escribir. Creo que resulta explícito el lado donde me guarezco.

P: Es curioso, porque, al acercarse a él, uno piensa que Osvaldo Lamborghini será un texto biográfico, si bien salpicado por anécdotas de tu propia vida. Sin embargo, cuando te sumerges, de lleno, en él, descubres que sucede lo contrario: que es un texto autobiográfico, si bien salpicado de anécdotas (¿y milagros?) ajenas; concretamente, de un autor argentino apellidado Lamborghini. Juguemos a un juego, por tanto: si quisieras hablar de ti, y, por ejemplo, presentarte, pero sin poder hablar de ti, ¿qué sería lo primero que nos contarías sobre Osvaldo? ¿Cómo empezarías la ¿¡novela!? si ésta no fuera ya como es, sino como nos la imaginábamos [es decir, con un tono biográfico marcado]?

R: Discúlpame el quiebre al plantarle un minúsculo meandro al juego pero. Primero parto por tu principio: acercamientos de los que tuve constancia para ante todo agradecerte no haber mentado la cosa-ficción. Personas que de uno u otro modo quedaron tocadas por algo del libro cuando hablaron escribieron me comentaron e incluso publicaron del libro echaron mano (como al enfundar un guante para tocar un sifilítico) del término ficción. ¿Ficción? Creí perder el juicio. Se ve que no se pierde el juicio tan fácilmente. Impresionante pero pasa. Incluso «autoficción» le pusieron. Está publicado. No hay propiedad sobre las palabras. Cualquier sambenito en la solapa antes de ceder un palmo. También me dijeron que uno tiene que cuidarse y «no perderlo todo así nada más». Eso me dijeron. «Guardar los límites». De acuerdo. ¿Pero ficción? Qué mal momento cuando te oponen una muralla inexpugnable e insisto: ¿a qué parapetarse en el paraguas de la ficción a costa de incurrir en desviaciones perversas o errores deliberados? Aguarda no obstante que sigue la guirnalda. Aunque parezca impropio y para enrizar la madeja se trata en los distintos casos de allegados (a lo) queer: poetas ensayistas (¡dos además premiados!, caigo en la cuenta: sin salir de lo queer) por consiguiente con presumible magisterio. Entonces

: me corro a Osvaldo Lamborghini

para entrarle a la largada

Una cenagosa pared blanca franquea el costado izquierdo del catre. Están bajadas las persianas del cuarto de hotel mal iluminado por una lamparita de noche. Al lado el cenicero humea a rebosar. Osvaldo Lamborghini prende un cigarrillo y clava la vista en la pared: los ojos abombados. El mareo con regusto a licor (regusto agridulce ardiente) induce lentas e igual melindrosas cabezadas. En silencio el silencio más allá del silencio. Inmensidad irreversible del Atlántico. La Ciutat Pere Mari Quita ese Bar Selona lo sume en un verano tan frío como el invierno. ¿Viajar? Nunca creyó hacerlo ni siquiera a su lejana Mar del Plata. Solo el cuarto de hotel vacío del tiempo. Desquicia el descuelgue. Como quien no quiere la cosa. La cosa escribe. Piedras atragantadas pero no melancolía. Sin otro destino que el que tenía por delante. Quedó solo el aullido luz de este cuarto. Afuera no hay nada. Rumia Osvaldo Lamborghini en el recuerdo cuando alguien dice «vos tenés tu mundo. Vas a salir adelante porque vos tenés tu mundo». Pero qué poco entienden cuánto estaba impregnado ese mundo. Amigos. Amor. ¿A dónde ir? Son todas cosas que a la larga fortalecen. Rajadura en el exceso de concentración sobre un fondo de intimidad y la absoluta certeza de morir en esto. Resta empezar el final. Acá se cocinaron las habas de la perdición.

Cuaderno con transcripciones de archivo de Miguel Vega Manrique.

P: Sea como sea, lo que jamás se te habrá pasado por la cabeza es armar una tesis, o un artículo científico, sobre el propio Lamborghini, ¿verdad? No en vano, la obra está plagada de críticas hacia la Academia y el academicismo, como, por ejemplo, aquellas en que dices: «Fraseo de fuentes (…). La bajeza de emparentar literatura y miseria sin miramientos y con osadía por tratar de embellecer lo que no se comprende. Conmover sin conmoverse. El alcance del ademán incluso se extiende y excede los parámetros del periodismo cultural. Anda al abandono en derredor». ¿Crees, como ya creía Mark Fisher, que la Academia es un vampiro –y que, si queremos sobrevivir, lo mejor será que salgamos de su castillo–?

R: De la Academia nadie sale del todo exento de la contaminación. Es una obviedad. Las pestes que emanan de esas em­presas a veces nos persiguen. Ahora bien. No tengo nada en particular contra la Academia. Al contar escenas que me sucedieron y en el señalamiento a personajes involucrados en ellas lo único que me ocupa es volcar un recuerdo a la estela del pulso que me brota y en ocasiones me brota como agua de manantial. El cualquierismo es peor. Campa a placer en la llanura. Aire de así como así. Lo realmente descuidado de la gente. De repente constaté cuán cualquierista es la gente. ¿Qué gente? Lo escribo ahí. La Puta Gente. Y en vez de hacer un ensayo acerca de mis nociones sobre el Cuaderno o analizar los materiales consultados en el Fondo Osvaldo Lamborghini sin premeditación poco antes de acabar mi tesis (Addictus: sigo a espaldas de quienes instan a acotar metiéndole engrosando como si publicar fuera un suicidio) una madrugada me largo a escribir hacia otro lao. El resultado lleva a un límite la vivencia y vuelve manifiesto lo que sería un cúmulo de sucesos entre-aquí-y-allá de Madrid a Buenos Aires a Madrid. Todo es igual. Todo es igual. Y son muy escogidos los encuentros.

P: Si me lo permites, y en contraposición a la pregunta anterior, a quien sí que se le da muy bien eso de «emparentar literatura y miseria» es a ti. De hecho, entre las páginas –sin (e)numerar– de Osvaldo Lamborghini podemos corroborarlo: «Escribir como quien practica una felación donde pene y boca lleno y vacío se ensamblan empalagándose mutuamente», anotas. O: «Hay turistas de las drogas como hay turistas de la vida turistas de la literatura». U: «Osvaldo Lamborghini tiende a la consumición. Consume y se consume. Parece agotarse en un momento dado pero el exceso es el imperativo que mueve y aviva su cuerpo a cuerpo hecho cuaderno». Dicho esto, me surge la siguiente duda: en ti, en tu escritura, ¿cómo conviven el sexo, la adicción, la intoxicación, el amor y la literatura? –¿Son lo mismo? Y, si no, ¿qué carajo son? –.

R: No encuentro miseria en mis palabras. Escribo que Osvaldo Lamborghini tiende a la consumición y consume y se consume como escribo que hay turistas de las drogas turistas de la literatura —paisaje del mundo— y es ahí donde encuentro un mísero modo de consumir. Jamás miseria en Osvaldo Lamborghini. Al contrario. Al contrario. Miserable arrojar a Osvaldo Lamborghini a la arena de las causas justas (se cuenta solo el chiste y acaba en sangre) emparentándolo (por ejemplo: ejemplo del que parten los pasajes que citas) con los cartoneros de Buenos Aires al modo de los museos contemporáneos atestados de discursos de estudios críticos de crítica institucional. Me revuelve y lo veo. Visto con el oído. Todos críticos. Eso escribí sin coquetear con la miseria que dejo en manos de los gestores que imaginan mundos posibles o apacibles lugares (y comunes) en sus libros: en sus programas culturales.

Y dicho esto vaya por delante todo mi Amor aunque amor sea solo un nombre. Pero. Osvaldo Lamborghini ¿es solo un nombre? ¿Por qué siempre hay un pero? Ahora me viene que se trata únicamente de eso. Amor. Amor por las palabras. Piedra de toque. Cuando me abandono a mis manoteos conviven en mi escritura sexo exceso intoxicación. La literatura. (Me reservo la adicción como me reservo la cuenta bancaria). Porque no alcanzo a sustraerme de la molicie que está en mí. La que tengo delante y desde donde escribo. Todo va a parar a la literatura. El amor por las palabras lo aprendí de mis maestros.

Miguel Vega Manrique. Fotografía tomada y cedida por Lucas Fernández Cabezas.

P: «El libro es un accidente de la escritura hecho de ideas: con un puñado de ideas se arman los libros que no son escritura de frases (fraseo del ritmo) sino artificio del estratega para el deleite amodorrado en la pereza de lecturas al alcance de la mano sin contrariedades ni […]», sostienes. En cualquiera de los casos, ¿es un accidente colateral, o un accidente necesario?

R: Este subrayado apunta a un cuestionamiento recurrente en mi relación con la literatura. Es complicado. Osvaldo Lamborghini arranca de un ímpetu que encuentra en Agustina Perez (Ediciones Chinatown) el aguantadero imprescindible al desbarranco. Sin Agustina Perez del otro lao no existiría el “libro” en la medida en que no hubiera imaginado una publicación ni parecida que me alentase a subirle un tono: un tono: un tono. Siempre se puede subir un tono. Al persistir un respaldo urdido en nuestro estiramiento de las distancias en un par de meses de entrega total estuvo listo el manuscrito. Insisto en lo decisivo de la edición. Ediciones Chinatown. Agustina Perez. ¿Quién tomaría la iniciativa de meterse en semejante embrollo? Impreso en Buenos Aires el libro circula por el resto de las provincias. Disponible en librerías de Barcelona y Madrid llegó a México y va camino de Perú. A los mandos una juguetería clandestina. Retomo la pregunta. El libro ¿accidente colateral o necesario? Tal vez diría que ambos accidentes (colateral / necesario) de la escritura convergen según el contenido e impulso que lo alienta soporta o sostiene.

P: Tras leer la distinción anterior, descubro que Osvaldo Lamborghini es una obra híbrida, mixta, en la que la escritura hecha de «ideas» y la escritura «de frases» («fraseo del ritmo») coexisten y se interpelan; no obstante, sólo explicas las primeras. En esta ocasión, ¿podrías aclararnos la razón de ser de las segundas?  Y subo la apuesta: ¿serías capaz de hacerlo a través de alguna de sus técnicas?

R: Quizás fuera dulce ser víctima y verdugo alternativamente.

P: Tras la definición de «libro» como «accidente de la escritura hecho de ideas», en Osvaldo Lamborghini también podemos encontrarnos con la definición de «impublicable» –«anotaba el vaciado hasta raspar el fondo de la entraña y dejar de ver. A eso le llamo un impublicable»–, así como con distintas menciones a los «diarios» y, por supuesto, a los «cuadernos». Si tuvieras que acuñarles un significado propio, ¿qué nueva(s) definición(es) le(s) otorgarías a cada uno de ellos?

R: Hay un solo texto ensamblado bajo el nombre Osvaldo Lamborghini y finalmente un libro que titulo así. Llamé impublicable a mi Diario de Buenos Aires (¿y qué va a ser?) en esas líneas escritas a espejo de un doble del doble. Las definiciones acuñan estadios cambiantes de un continuo que se desgaja. Como mantengo que nunca hubo viaje sino un adentrarse a estas costas del mismo modo cayó la escritura amasándose indistintamente en diario cuaderno correspondencia. Milita Molina lo llamó «diario berretín». Quizás sea esa una definición.

Pity Álvarez (el dealer de sí mismo) mató a su camello de un disparo a quemarropa y al entregarse dijo: «Maté por un berretín». Con Milita volvíamos al Pity: que mató por un berretín.

P: Para acabar, hay una idea –de las tuyas, claro– de la que debo hacerme eco: «No vivo para escribir. Vivo para vivir. Escribo para escribir. Siempre que puedo», porque, ¡por fin!, alguien lo ha dicho. Me recuerda, eso sí, a lo que señaló Hemingway en Fiesta, acerca de que «No me importaba el sentido de la vida. Lo único que quería era saber cómo vivir. Tal vez si uno descubría cómo vivir podría deducir de ahí el sentido de la vida». ¿Tú tienes alguna receta?

R: De haberla estaría: ahí.

Cuaderno con transcripciones de archivo de Miguel Vega Manrique.

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