Cuando uno es escritor novel tiene la capacidad de llevar sobre los hombros toda la ingenuidad del mundo. En lo más dulce, que es el futuro, donde está aún todo por escribir, siente que posee las herramientas para compararse con aquellos que duermen en su mesita de noche. Escritores y escritoras que le empujaron a sentarse en una silla solitaria y decidirse a dar el paso para contar lo que le atormentaba o daba vueltas en su cabeza. Cuando ese autor ya está envuelto en el impulso de las palabras y avanza páginas en el borrador, empieza a pensar que su novela interesará a centenares de lectores, como cuando un nuevo libro de su novelista favorito aparece en el escaparate de las grandes superficies. Esa ingenuidad, que se pierde con las constantes caídas, es también una droga. Una especie de nube o niebla rosa que no te permite ver más allá de lo que estás escribiendo –o leyendo mientras escribes–. Que te impulsa a un vuelo novato, donde piensas: ¿por qué no? Y te repites que, con la de editoriales y sellos que existen, seguro que alguno estará interesado en publicar tu historia.
No hace falta que les cuente cómo acaba esto, ¿verdad? La niebla rosa se despeja rápido y aparecen los nubarrones.

Solemos acudir siempre a los escritores que han triunfado, es lógico: de fracasos andan llenas las calles. Y en esos éxitos, que suelen ser historias tanto menos llamativas o esperpénticas, nos aferramos a nuestra frágil ingenuidad.
Recuerdo, por ejemplo, que sabía de memoria la anécdota de Gabriel García Márquez enviando la mitad de Cien años de soledad porque no tenía dinero para enviar el manuscrito completo. Que por error envió la segunda parte, el desenlace, y el editor, absorbido por la locura de lo que había leído, pidió desesperado su comienzo. Ya todos sabemos lo que supuso esa obra en la carrera de Gabo, en la corriente del Boom Latinoamericano y en la propia historia universal de la literatura. Pero ese libro es uno, y siempre queda bonito contar las penas cuando el éxito se alcanza.

En estos tiempos de redes sociales, donde prima la velocidad, cada vez es más complicado dedicarse a la literatura. El sistema empuja a estar siempre presente, porque, si no, sientes que te estás quedando de lado. Que te adelantan como cohetes, y que, si no demuestras que eres escritor a diario, pierdes lo que has estado construyendo. Nos obsesionamos con demostrar banalidades, cuando solo hace falta una obra, un solo y redondo libro para llegar a la punta del castillo de naipes.
El Premio Nobel de Literatura Samuel Beckett escribió, en su libro Rumbo a peor, lo siguiente: «Lo intentaste y fracasaste. Da igual, prueba otra vez. Fracasa otra vez, fracasa mejor». En los días que vienen, con el Día del Libro, la Feria del Libro de Madrid y todos los actos y acontecimientos relacionados, veremos en televisión y prensa las largas colas esperando para que el autor o autora favorito nos dedique el ejemplar –y, sobre todo, se haga una foto con nosotros–. Nos enseñarán los libros más vendidos, los esenciales, las listas de recomendados y veremos «caras famosas» haciendo reportajes o paseándose por el Retiro como estrellas de rock.
Pero, volviendo a ese escritor novel, cabe recordar que la literatura no está esperando por él, y que solo le queda el hecho simple, pero inmenso de escribir.
Desde hace tiempo golpea en mi cabeza una pregunta: Si jamás fueras publicado, ¿seguirías escribiendo? Y creo que es esencial hacerla para saber por qué uno decide contar historias. Porque si no somos capaces de responderla, no seremos capaces de sentarnos a escribir en estos tiempos y con estos escenarios. Aquel escritor novato que pensaba retirarse a escribir en una casa perdida tras la publicación de su primera novela se encontró solo en alguna que otra presentación. Sillas tristes y vacías. No logró que su libro estuviera en el escaparate de la librería de su pueblo, y tuvo que venderlo como el que vende bombillas o latas de conserva en su propio negocio. El manuscrito fue rechazado, o peor aún: ignorado por los principales sellos editoriales. A cambio, recibió llamadas que le pedían pagos previos para publicar medio centenar de ejemplares. Así, la nube rosa se esfumó.

La literatura nos permite vivir otras vidas, y ha saciado —y quizás cambiado— las personalidades más inquietas y voraces de sabiduría, pasión o aventuras. Aquel escritor principiante no tardó en darse cuenta de que el éxito es que un lector se acerque y te diga que leyó tu libro. Más allá de que le gustase o no lo terminara, dedicó tiempo a aquello que tú mismo necesitaste verter sobre la tinta y el papel. Que echaste fuera con la honestidad de contarlo para quien quisiera acercarse.
Sin duda, es necesario fracasar para entender la importancia de los márgenes, de que el arte se ha creado a base de una vocación férrea y la absoluta voluntad de remar sobre el barro. Obvio, todos queremos ser leídos, escuchados, premiados… pero aquello solo llega, si es que llega alguna vez, cuando se abraza la vocación y se escribe por la bella necesidad de contar historias. De tal modo –y tal vez–, puede que la nube rosa regrese: al verte golpear el teclado.

0 comments on “La nube rosa”