Opinión

Una visión transversal de la cultura

¿Qué es «Cultura»?, dices mientras clavas en mi experiencia tu visión transformadora y plural sobre la filosofía, el arte o la literatura. ¿Qué es «Cultura»? ¿Y tú me lo preguntas? «Cultura»... son Álvaro Pombo, Thomas Lawrence, Guy Debord, Umberto Eco, tú y yo (y muchos otros, ¡¿por qué no!?).

Se habla de cultura en sentido muy amplio, como se dice de alguien que es joven aún y ya la tarta suma 75 velas. ¿Será que la cultura se hila con la juventud, o ya en esos niños que a mi alrededor mis amigos comienzan a criar, aún faltos de un lenguaje, pero plenos del mismo por otras vías? Leer la prensa, escuchar radio política o incluso ver la televisión cuatro horas al día, es, o era, para muchos, sinónimo de cultura (y no lo obviamos, porque a veces es así), cuando, a lo sumo, están conociendo la historia contemporánea de su país, la microcultura de un entorno específico, y muy sesgadamente; algo que no tiene sentido en una era como la nuestra, que, con Internet, las redes sociales y las IA, al igual que los proveedores de Amazon y Coca-Cola y el deporte del fútbol, llegan a lo más recóndito. Eso por no hablar de la fractura definitiva entre baja y alta cultura, desconfiando todos ya de aquellos a los que no les gusta Steven Spielberg igual que una novela de Albertine Sarrazin; o no han viajado a Albania porque es como eran Ibiza y Tánger en los años 60. Pero yo de lo que querría hablar es de la cultura como concepto relacionado con la mirada sobre «las cosas mismas», que diría un filósofo, esto es, como una actitud en el mundo, sin que para eso haga falta sostener un libro (por supuesto, leído), hablar en pedante (ya fue la época de las demostraciones) o ser agudo siempre (o siempre ebrio, Baudelaire dixit). Y es que cuando uno comprende de qué va esto de la cultura como visión, todo se resignifica, se imanta, todo se relaciona, dando fruto a un aprendizaje insustituible.

Empecemos por un principio, no por el principio, a sabiendas de que situar un comienzo para un posible marco de la cultura elevado a análisis es tarea abocada al fracaso, y tomemos, en clave cercana, el que fue uno de los libros pioneros de los llamados «estudios culturales»: La cultura obrera en la sociedad de masas (1959), donde Richard Hoggart, en lo que es un brillante análisis de puertas adentro de la Inglaterra trabajadora de inicios del siglo XX y de eso que se dice en Francia sobre las manifestaciones en las calles, esto es, que es óptimo que a ellas acudan tanto sindicatos como políticos como intelectuales, examina las diferencias en el acceso a los bienes de toda índole, sobremanera los culturales. Elevada a cuestión fundamental, la del acceso a la cultura, y aparentemente bien refrendada en la mayoría de las Constituciones modernas pese a su cuestionable salvaguarda, nos sirve para entender que la relación entre cultura y libertad, y libertad y educación, es basal, porque como escribió Antonio Machado de forma premonitoria antes de que su madre preguntara cuándo volvían a Sevilla: «Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora». «Ahora o nunca», añadiría yo, porque a modo de videncia, sí, tiempo es vida y vida es enseñanza y enseñanza es mirada y mirada debe ser gratitud y convivencia, y si no nos preocupamos por cuidar estos ojos crecientes que la cultura todavía significa, llegaremos a su cara B, si no hemos llegado ya: una orgullosísima ignorancia en forma de injusticias y males, y también a las guerras, Ucrania, Gaza, otras, y el empresario caprichoso Donald Trump.

Aquí entra entonces la moral, o la ética, si se me permite la preferencia del matiz desde que un profesor de Ética y Filosofía de mis 15 a mis 18 años, y con el que escribiría un libro, me hizo diferenciarlas. Será porque concedo un resultado a esa convivencia a la que hacía alusión un poco antes: la cultura nos hace mejores y nos hace más buenos (buenos en sentido del Bien). Sobre esto, autores tan dispares como Juan Carlos Mestre o Álvaro Pombo —y no Lautréamont y Milton, a los que queremos por otras razones—, se muestran claros, en su caso, desde la escritura, oponiendo el arte al Mal. A este respecto, me pregunto: ¿cuánto de lejos habrán llegado ambos para saber que esta mirada que nosotros estamos bordeando llega a cuestiones inherentes a la naturaleza humana, e incluso a su metafísica? Mientras tanto, y sin ser contradictorio, porque el mejor arte es amigo de la ambigüedad, Emily Dickinson bordea la muerte, escribe como si fuera el último día, pero en su pulso está inscrito el universo entero: las cosas por las que hay que pasar; y nos enseña a ser humildes, porque el dolor, a largo plazo, es humildad neta.

La cultura, ante todo, es un viaje, y para algunos elegidos muy comunes, nada más y nada menos que el viaje del héroe, con sus estadías, a lo Joseph Campbell (mas no el del antihéroe, que la cultura también abraza para enseñarnos por oposición a ser mejores amigos, mejores ciudadanos, mejores amantes: mejores ante el peligro y el milagro, como el Andreas Kartak de Joseph Roth). En este sentido, es un hecho que muchas veces aprendemos por oposición, sabiendo a la perfección lo que sí queremos por lo que no queremos, decidiendo por lo tanto qué queremos realmente; y, si no, que les pregunten a los adolescentes por sus referentes. ¡Ojalá fuéramos nosotros mismos nuestros propios referentes desde el mismísimo principio, bajo esa máxima de «Llega a ser el que eres»! Aunque, como en una de las pocas concesiones que hace el anarquismo en su horizontalidad, sepamos diferenciar el oro del trigo, es decir, valorar por encima a un igual por lo que sabe (William S. Burroughs da término al comienzo de su obra maestra con este leitmotiv). De todos modos, no os creáis que soy naíf: reconozco la existencia del descenso, y de hecho lo he practicado en algunas ocasiones dramáticas. Sólo es que prefiero pensar como «integrado» en un mundo «apocalíptico», según Umberto Eco; un mundo donde la cultura está en peligro, aunque en el encierro del Covid-19 muchos la consideraran «bien esencial» —jerga de 2020—, por poner un ejemplo cercano y de andar por casa (para los que tuviéramos techo); en jaque por la velocidad de las tendencias y modas, que pixelan los árboles perennes; y en miedo porque el espíritu crítico que nace de ella parece no servir para nada. Lo que resta es este mundo defensivo donde la camaradería se ajusta a la(s) burbuja(s) de lo(s) conocido(s), y al barrio (no siempre).

‘El chico rojo’ (1825), de Thomas Lawrence

Con todo, volvamos un segundo a la pintura, después de estos párrafos sobre arquitectura posmoderna, como quien llega a los amigos o a su casa, y está el mantel de hule, o hay restos de fresas en el cenicero, ya depende. Regresemos al jinete azul carismatiquísimo cuyo nombre abstracto fundaría una escuela; y a la sueca Hilma af Klint, que dejó en su testamento la espera de veinte años posteriores a su fallecimiento para que su obra se pudiera exhibir consciente de que no sería entendida antes que eso. Vayamos de la mano de los comprendidos y de los incomprendidos adorando por igual El chico rojo (1825) de Thomas Lawrence y la fantasía de huesos y manos de Maruja Mallo porque la cultura ha demostrado su altruismo o viabilidad, sabiendo aunarlos a todos, siempre y cuando el poder lo quiera, claro. ¡Pol Taburet ha exhibido estos días en Madrid! ¡Es el nuevo Óscar Murillo! ¿Ha sido eso publicidad? Lo extraterrestre y lo fantástico: todo estaba ya en Goya, y en el art brut de Lausanne. ¡Ay, jo, qué respiro hablar de arte!

A esto me refiero: la cultura es un abrigo —o seda, en la playa, para agosto— y es el más donoso pero serio de los juegos. Fijaos si no a qué viene este bloque anterior, ansioso de contexto… Sobre esto de la cultura como juego: estoy cansado, o ya no soy el de los veinte años, que la conversación agitaba y al aire mis cometas plateadas. Al margen de que he vivido en piel y alma experiencias que más mozo leía en biografías e imaginaba sin ser mías para ahora encarnarlas dura y justamente, hoy me sitúo en lo sapiencial; y eso moldea mi visión de la cultura entendida como juego, y que aquí aporto pues es una perspectiva compartida por mucha gente. Hace tiempo que no acudo al texto por necesidad, sino que albergo el oficio en mis dedos y a ellos acudo cuando quiero; y a esta pantalla, un poco antes de que las gafas seamos nosotros o vengan los luditas con palancas (o con datos, porque hoy un ludita sólo puede ser un hacker, si algo puede ser). No me lastima, el juego, acaso me da un poco de pena, pero sólo lo ofrendo en la estructura de lo que está por venir; y si acaso en algún capítulo de mi biografía, cuando preguntan, como ahora, que me preguntas si he visto recientemente Le pont du Nord, de Jacques Rivette, por recomendación de una cinéfila, y digo «sí»: esas escaleras me interesan.

Y los situacionistas me conmueven, porque extrañan la sorpresa que los falsos laberintos inoculados por vagos diseños niegan a la gente en mitad del día a día, desacostumbrados ante la celebración del paseo. El estratega Guy Debord, un año antes del 68, ya respondía a la pregunta lógica de la ilógica existencia en un texto hoy carismático: La sociedad del espectáculo, en el que no entraré en profundidad por su cara hermética, que se puede rastrear hasta Hegel, pero que ha servido para dejarnos un legado acostumbrado a las imágenes, donde ellas reinan y, entre ellas, mediamos nosotros, no al revés. Yo que me he dedicado a las imágenes desde la fotografía, y admitiendo que cada uno de nosotros convive con un director de cine adentro, no puedo pensar en una metáfora más cercana para nuestro presente que la visual, porque ya no corremos cuando vemos venir al tren (aunque sí nos tapemos los ojos cuando Buñuel corta esa membrana). Aunque de esto no habla exactamente el texto del pensador francés, yo sí lo hablo como metáfora de una relación ya establecida (y esperada) entre nosotros y lo que vemos, donde el concepto de mercancía atraviesa nuestras experiencias, el mercado y la historia.

Jacques Perrin en la escena final de ‘Cinema Paradiso’ (1988), de Giuseppe Tornatore.

Prefiero el humanismo, pero un humanismo a-la-optimista y regenerador y sin ninguna de sus huellas históricas trágicas. Tal vez por eso no puedo olvidar los peligros de su olvido según aquel texto mínimo pero revolucionario de Peter Sloterdijk, Normas para el parque humano (1999), que no es nada menos que una respuesta a la Carta sobre el humanismo de Martin Heidegger, el filósofo del tiempo que falló en su tiempo posicionándose erróneamente del lado de la barbarie de los nazis, para que otros como Paul Celan fragmentaran su lenguaje. Ante todo, el texto de Sloterdijk es un aviso sobre el entendimiento de la comunidad cultural como comunidad cerrada, y tal como da comienzo al texto, describiendo el humanismo como «telecomunicación fundadora de amistades que se realiza en el medio del lenguaje escrito». Es maravilloso ver cómo escritores de ciencia-ficción y filósofos especulativos ya estaban viéndoselas venir, estas y aquellas, y ahora vivamos en una brecha de proporciones sólo comparables a las de la Revolución Industrial, que habrá de alterar las técnicas y usos de nuestro tiempo. Todo ello, sumado a altas cotas de manipulación y falsedades, son nuestros enemigos íntimos; o las pruebas que nos pondrán a examen para darnos otra oportunidad en este instante verdaderamente transformador donde la intuición será tutora y seña, si soy humanista.

Estoy convencido de que la cultura es algo que se recibe a veces por canales muy misteriosos (o al menos en algunos de los términos en los que la he descrito aquí), provocando circunstancias igual de mágicas, como cuando le preguntaron en una entrevista a Bolaño cuándo «tocó» la literatura y yo me hice la misma pregunta y recordé un viaje intempestivo y el amor de una mujer que tocaba el piano; y otras vías de carácter más marcadamente material, es decir, democráticas, con rutas de accesibilidad evidentes para todos, sobre todo para los que no participan del campo cultural, escenario o mascarada sobre el que ha trabajado tanto Pierre Bourdieu y que a veces se ensimisma, pensando que todos entendemos la cultura de la misma manera, si es que hay un adentro y un afuera de la cultura misma. Esto es interesante, sobre todo para los artistas, y más para aquellos como Joseph Beuys, que, desde su perfil de artista polémico pero de época, chamán en la historiografía del siglo XX, pensaba que «Todo ser humano es un artista»; y que conecta, hoy en día, con otras escuelas artísticas y hasta con la arteterapia, si nos queremos poner curativos. No en vano, en los psiquiátricos se dibuja mucho, sobre todo mandalas, y se juega contra el tiempo, porque en el vacío tiempo es lo que hay.

Por estas sendas, la historia, la sociología, la antropología y otras áreas afines están estrechamente ligadas al término «cultura» desde su génesis, que también puede entenderse como el imaginario compartido por una comunidad, o al menos eso entresaqué de alguna de las maravillosas clases de universidad de Luis Martínez-Falero, entrañable individuo y Premio Adonáis, en la UCM, cuando era estudiante con greñas, y que nos acercó a la mitocrítica y a la neuroestética. En definitiva: las gentes, amigos. No hay cultura sin cosa plural; no hay cultura si no hay debajo de ella, latiendo por sobresalir, un sentir comunicativo, sea más o menos esencialista. Así las cosas, cultura vendría a ser el ágora hoy intercambiado por una nube a la que es mejor no adjuntar El único y su propiedad (1844), del solipsista Max Stirner, porque entonces ya tendrían los enemigos del arte de la conversación el mapa ideal para terminar de aislarnos y no jugar al ajedrez en las terrazas cualquier tarde brillante de primavera, bailar quien lo quiera o quien lo sepa o quien lo intente o desayunar café en la cafetería Camelia y que te conozcan siendo aún de noche porque se madruga para trabajar y son las 7:30 de un frío día de enero. En este sentido, mucho se habla de conexión y de desconexión, pero yo abogo por un concepto de cultura como lugar de encuentro y diálogo, donde ser uno mismo sume y violentar reste, siempre desde una visión transformadora y plural, protegidos frente al racismo, el clasismo, la discriminación por neurodivergencias o temas de género, etc.

Por tocar otras coordenadas alejadas del cronotopo occidental, como aquellas que señalan que no se pueden (o podían) escribir haikus o tankas fuera de Oriente, una máxima algo pureta que, por ejemplo, Kerouac contradijo, es grato releer a Chūya Nakahara (Japón, 1907-1937), que sufrió la pérdida como la conozco yo. Y al menos en mi caso, ese ha sido el motivo de que sea más generoso en la vida, con todo y hacia todos desde entonces, como si algo me hubiera ofrecido el sentir más abrupto. Con esto quiero llegar a la conclusión de que la cultura se recibe y luego se ofrece, como la experiencia se comparte sólo después de ser vivida, condición esencial. Es así como me determino a creer, y estoy en ese momento, ese es mi presente, que después de atesorar cultura durante años, ahora quiero compartirla (sí, lo poco que sé, y en prosa, para que se entienda mejor). No me preguntéis cómo, pero creo que este giro copernicano ha sido experimentado por otras personas, por otros lectores, por otras personalidades, y que es el alma misma de la cultura: el de poner en voz secretos en torno al fuego, inmensa minoría, la llamaban.

Todo está cambiando a toda velocidad, más que cuando los futuristas, en mucho abominables, hablaban de La Victoria de Samotracia, y la cultura también puede servir como indicador de dicho cambio, o como agente e intermediaria entre el golpe y el efecto que dicho cambio surte en la sociedad civil. Recordemos como advertencia una frase de Antonio Gramsci: «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos». Leyéndole, pero tratando de obviar la última de las tres frases, que no puede dejarse de lado porque hay miedo en nuestra actualidad compartida, y sufrimiento, prefiero pensar en Edmond Jabès, y su escritura espiritual a favor de una memoria que habrá de ser constructiva o no será; o en Safo, y su ideal de lo comunitario, tan temprano en el mundo, y que hoy es recordada en fragmentos, una forma tan de nuestra época como el aire que respiramos, a veces corrompido por otros. Pero no enteramente, pues siempre habrá alguien esperando a ser salvado; y habrá quien reclame su libertad en mitad de una realidad hecha pedazos fruto de la mayor de las avaricias.

Parémonos a pensar, de Egipto a aquí y de la civilización tal como la conocemos a la historia de este mundo; o a los dinosaurios —245 millones de años atrás—, por poner un ejemplo más cercano y porque son más tiernos y Augusto Monterroso les dedicó un texto emblemático. Sólo 5.000 años, y se nos ha ido de las manos totalmente, queridos, lo siento. ¿Qué somos frente a esa cantidad de tiempo? Un grano de arena en el desierto de José Ángel Valente, que no por nada se acercó a la mística. Lo repito: la avaricia rompe el saco. ¿Cómo serán vistos, si llegan a serlo, Sócrates, Santa Teresa, Einstein? Como un destello. ¿Y los hombres y mujeres anónimos que hacen la historia, que tejen la cultura, que sueñan y sueñan? Harold Bloom dijo de Shakespeare que había creado, en su obra, algo más humano que lo propiamente humano, o algo así. ¿Importará El Lazarillo en versión anotada a lápiz en cada página por un/a desconocido/a que encontré en una librería de viejo hace ya una década, y que guardo como un tesoro, digno de una saga mundial de J. K. Rowling, la misma que yo vi salir libro a libro en los años 2000?

La cultura es a lo que más tiempo, importancia, estima, valor, he concedido, al margen de mi tiempo con familiares y amigos, así como a viajar por medio mundo desde que era pequeño porque mi madre trabajaba en Iberia hasta que enfermó, y la relación con la cultura que yo he establecido primero como autodidacta y después de forma «guiada» me ha permitido llegar muy lejos en las preguntas humanas, pero pasan los días y me cuestiono si no será la vida la entrega a algo que nos mantiene despiertos y enamorados, ese destello que nuestra propia vida es en sí misma, porque polvo seremos, ya lo decía el poeta. En este nanosegundo he tramado lazos con personas gracias a la cultura que con el tiempo han demostrado ser más valederos que otros vínculos establecidos por otros motivos, y que han terminado languideciendo, porque no teníamos en común ese algo que no se puede explicar pero que he tratado de explicar en este artículo. La cultura es infinita en lo finito, inconmensurable en una caja —verde, como la de Marcel Duchamp, que inspiraría a la sociedad portátil de Enrique Vila-Matas—, y que pueda conmover a los que nos reunimos en torno a ella dice mucho de su potencial, o de su constante (re)descubrimiento. El de la mirada, como decíamos al principio del todo. Y como diremos al final, cuando toda esta aventura sea un bello gesto, y nada más.

‘La caja verde’ (1934), de Marcel Duchamp.
Avatar de Desconocido

Álvaro Guijarro (Madrid, 1990) es poeta, escritor y fotógrafo. Estudió Literatura General y Comparada en la UCM, y tiene un máster en Fotografía Editorial y Fotoperiodismo por la Escuela TAI, con estudios aparte de filosofía y cine. Autor de una decena de libros de poemas publicados entre el año 2010 y el año 2023, algunos de ellos con reconocimiento –III Premio de Poesía Joven Antonio Colinas, finalista del 71º Premio Adonáis y 2º Premio en el Certamen de Jóvenes Creadores 2021–, ha reunido su camino en el género de la lírica bajo el título 'Matiz' (Poesía 2008-2020), aún inédito en su conjunto. Igualmente, ha participado en propuestas colectivas como 'Tenían veinte años y estaban locos' (La Bella Varsovia, 2011) o 'Lecturas del desierto' (Kamchatka, UV, 2018), así como en diversas revistas, festivales y recitales. Guarda en su haber una novela, y su archivo fotográfico puede consultarse en: www.alvaroguijarrophotography.com.

0 comments on “Una visión transversal de la cultura

Deja un comentario

Descubre más desde Revista Popper

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo