Opinión

Crónicas de Chile (II)

Descubrir es comparar –a veces–, y, por eso mismo, a Carlos Alejandro Noyola le cuesta no comparar Santiago con Puebla, Chile con México, la literatura local con la literatura finesa, el paraíso con el infierno –y viceversa–.

Me levanto por un azote horrísono. Nada que sirva para un gran umbral de novela. Un golpe nomás. No voy a especular sobre su origen. Veo el espacio de confluencia de tres estacionamientos de tres edificios cejijuntos, pero todos separados por su dosis de paredes. ¿Reflexión sobre la atomización en la era del capitalismo tardío? No. Me interesan las posibilidades del presente, no sus deberes. Pero eso suena muy filosófico ahora. Estoy cansado, como enviscado, me siento culpable por levantarme tan tarde, por haber dormido en lugar de ya haber escrito algo. Salgo a resolver los primeros pendientes en la nueva ciudad. Nueva para mí, por supuesto, y si lo es para mí, entonces es nueva.

La colonia no me gusta. Es una gusanería de vendedores ambulantes, como ciertas zonas del centro de Puebla, pasando la capilla del Rosario, a donde voy muy poco. Y aquí regresan inmediatamente las preguntas: ¿por qué compararlo todo con mi ciudad? ¿Por qué Puebla es el estándar para medir Santiago? ¿Otra especie de colonialidad o simple acto humano del que mide con respecto a lo que conoce? ¿Por qué digo “pasando la capilla del Rosario”, cuando lo que quiero decir es ‘las colonias que no conozco alrededor de la capilla del Rosario’? ¿Qué significa conocer una ciudad? ¿Si no voy a Amozoc no conozco Puebla? ¿Si le canto a la Atlixcáyotl no merezco escribir sobre Puebla?

Los vendedores no parecen tan filudos como los que aborrezco en la Riviera Maya, tampoco dan las malas vibras de los alrededores de Bellas Artes en el DF (para mí siempre el DF, aunque la ley me lleve la contraria). Me complace pensar que sí son igual de bravos, pero que camino con tanta seguridad -por hablar el idioma, en sillín chileno, digamos- que me respetan como a un vecino. Cándido pensamiento, regocijador. Las ideas tienes que emplumártelas tú mismo, a riesgo de que nadie lo haga y te quedes sentado, esperando la motivación de la eternidad, que ya sabemos que nunca llega, o llega tarde, que es lo mismo.

Las palabras son juguetes y yo quiero usarlos sin instructivo: güietreo. El güietreo por el que camino para encontrar las calcetas que se me olvidaron al hacer mi maleta para hacer ejercicio en Chile; el güietreo por el que camino para entrar en la tienda donde pienso comprar una tarjeta sim para tener acceso a internet en cualquier parte. Otro juguete: impajaritablemente. A mí me suena a una expresión de impresionante, cercano a in-creíble. Impajaritablemente cuando repito los últimos tres versos del poema que más releo de Lihn todos ponen cara de ‘ah, chingón, ¿y luego?’; impajaritablemente nadie ha elegido mi obra como la mejor de todos los tiempos; impajaritablemente uno tiene que cuidar del cuerpo todos los días: comida, ejercicio, limpieza, el horror horrísono; impajaritablemente estoy en Chile hoy, escribiendo.

El último libro que leía antes de llegar a Chile lo escribió Agamben. Uno de sus pasajes me dejó cogitabundo: nuestro planeta es el infierno de otro planeta, entonces ¿cómo explicamos esos detalles maravillosos que vemos aquí: el canto de las aves o el espectáculo del cielo? Para hacer el castigo más sutil, el infierno está exactamente en el mismo lugar que el paraíso. ¿Qué significa que el infierno esté en el mismo lugar que el paraíso? ¿Cómo carajos es eso posible? Romper la falsa mutua exclusividad sigue probando ser buena fórmula para la creación de imágenes estimulantes.

Pero la imagen -como siempre- no es tan nueva. Mi primera salida del departamento es para conseguir un número de celular local (ya lo dije), otear la zona, comprar un par de calcetas que no traje de Puebla (ya también lo dije). De regreso, aunque juré que no antes de salir de Puebla, acabo dentro de una librería, libros en oferta, los que nadie compra y las librerías más comerciales ven como lastre en sus estantes. Compro uno, promesa quebrada, como las otras que van a romperse en este país.

En Chile leyendo Finlandia: Mika Waltari, Estas cosas jamás suceden. Y ahí, después de que el avión se cae y el protagonista acaba viajando con extraños, un hombre tatuado explica que “el infierno y el cielo se encuentran en el mismo lugar […] Uno no se da cuenta en seguida, pero las personas caminan traspasándose sin saber nada unas de otras. Así, el que está en el paraíso no sospecha que el infierno está a cada momento a su alrededor y en él.” La explicación es una llave que abre otros recuerdos que no sabía que guardaba: “El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos”, escribe Italo Calvino en sus Ciudades invisibles, para recordarnos que lo único que podemos hacer es “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

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