Natalia Castro Picón (Menorca, 1989) ha resultado ganadora recientemente del tan querido Premio Anagrama de Ensayo con su libro titulado La fiesta del fin del mundo, un análisis de la España entre crisis (2008-2023). Mientras, da clases en la Universidad de Princeton, tras un largo recorrido académico y laboral que supera la década, después de haber publicado dos libros de poemas en Madrid y haber sido becaria de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores en 2013. Algunos, como yo, la conocimos antes de que se fuera a completar su doctorado a EE. UU., proceso del cual, justamente, este análisis es resultado. Y yo, más exactamente, pensé que Natalia se fue a NYC como otro grupo de conocidos y amigos como Víctor Sierra Matute, Laura Pavón Aramburu o paula, javiera, kendall a dedicarse a la poesía, estudiar en la CUNY, gozar y dedicar horas (o siglos) al Siglo de Oro, pero resulta que se nos aparece de repente la buena de Natalia con un libro de importancia que abraza los «Hispanic Studies» en su mejor acepción para poner aún en alza el pensamiento crítico y desmenuzar lo español más acuciante con un espíritu científico —si es que son ciencias la Antropología, la Sociología, la Política o híbridos como los estudios culturales, que vienen a ser un compendio de todo eso más unos cuantos ismos— apabullante, haciéndonos pensar en alguien que se fue hasta allá para pensar el acá, con todas las implicaciones emocionales que eso conlleva.

En aquel Madrid previo y posterior al 15M donde nos conocimos para tomar cada uno poco después su propio camino, diré que le pregunté a Pablo Cortina (poeta, músico y slammer, pero sobre todo amigo en común y mente brillante) quién escribiría la novela sobre aquellos años de tanto movimiento, rabia y gran pasión, y me dijo sin aspavientos que sería Natalia. Y eso pasa en este ensayo donde se estudian con lupa los componentes de la crisis de 2008, una resignificación del concepto de «Apocalipsis» hacia la ironía, lo político como eje vertebrador y determinante (de lo destructivo a lo constructivo) y la figura del zombi, el extrarradio, la utopía y tantas referencias que trufan al texto. Quiero entender, entonces, que esto es una novela para celebrar todavía el lío en el que andamos metidos; o que puede leerse en esa clave, ya que, con Ortega, que consideraba la cantidad de 14 años para definir el paso de una generación, entra el sentir de la juventud, aunque este libro de 370 páginas más dichas notas pueda hacer de manual para una reflexión sobre el cauce de nuestra era: crisis de una crisis previa a otra y así ad infinitum.
PREGUNTA: En la Introducción haces gala de cierto optimismo —tal y como se presenta también el libro en términos generales, esto es, bajo la ilusión de la fiesta y la celebración— como entrada al exhaustivo recorrido que pronunciarás después, acompañado el texto de algunas imágenes señeras. La condición «póstuma» de la historia que rescatas de Marina Garcés y su Nueva ilustración radical, ¿es liberadora? ¿O es más bien un consuelo nihilista gobernado por la anhedonia de la que habla Mark Fisher, y que es la que nos impide actuar colectiva o utópicamente, esto es, destruir para crear y no destruir por destruir, como querían algunos? Sé que esto nos podría llevar hasta la parábola del buen salvaje, o a los surrealistas…
RESPUESTA: Yo defiendo que muchas de las metáforas del apocalipsis que nos acompañan desde 2008 expresaban un anhelo revolucionario; y que es ese un anhelo alegre, insurgente—a menudo muy macarra y, sobre todo, muy dispuesto. La poética del apocalipsis no solo clama por el desierto de lo real, sino que anticipa ese mundo de nuevos valores que imagina en una especie de hacer-haciendo, un festivo hacer que es también un destruir, deshacer, destituir: las jerarquías, los códigos culturales dominantes, las formas de vida impuestas, el orden de valoración y validación de las cosas. Frente a esto, es razonable que un sistema hegemónico de por sí en crisis y ahora puesto en cuestión busque la manera de perpetuarse a cualquier precio. De ahí que el mantra neoliberal fuese aquel de «no hay alternativa», y que el apocalipsis le sea un ethos cultural también muy propio. Solo que en este caso esas narrativas se enarbolan para promover la visión del fin del sistema capitalista, colonial, patriarcal, etc., como un espectáculo aterrador. Lejos de renunciar a las metáforas del fin del mundo que son las culturalmente propias de este tiempo (cediéndoselas al poder como tantas otras palabras o imágenes) yo reivindico que son el territorio en el que nos jugamos el poder de reavivar el impulso revolucionario de las mayorías. Pienso, porque he estado jugando con mi familia durante las fiestas, que es la guerra de clases de toda la vida jugada en la pantalla de un videojuego tipo «party». Hoy la batalla se juega en una arena ambientada con aliens, terremotos y diluvios. Puede parecer frívolo que ante el abismo civilizatorio hablemos de juegos y fiestas, pero ante esto siempre recuerdo lo responsables y lo competentes que son les niñes cuando juegan. Y en Eagleton, que habla del parecido entre el revolucionario y el bufón, que (como en esos videojuegos) se inclina ante su amo en un gesto falsamente reverencial que esconde la mejor posición para asestar un puñetazo al estómago.
P: Hablaba con unos amigos de lo que trajo la crisis económica del ladrillo, la del 2008, y luego de la desafección política una vez el 15M se terminó por difuminar dejándonos la miel en los labios de un sueño colectivo, y nos preguntábamos si dicho desencanto no es en verdad el principio del conservadurismo, al menos en términos de política institucional, porque hoy en día parece que la política es ya íntima e intimista. En esto juegan un papel fundamental los mass media, más algunos casos en los que te centras de forma exhaustiva, como el caso de Eurovegas, a título de cosmovisión neoliberal. ¿Crees que la política ya no solo no sueña, sino que tampoco gestiona, esto es, que ocupa cada vez más un margen simbólico, gestual, etc.?
R: La llegada a las instituciones de nuevas voces, muchas de las cuales venían de entornos del común sin vinculación previa con las instituciones nos hizo creer en una socialización de la política al alcance de cualquiera. Para muchas personas esa irrupción sí era deseada y constituía la consumación del viaje que empezaba en las plazas, gente que ni siquiera estaba en las listas electorales pero que se veía reflejada en ellas como en un espejo. Creo, con Amador Fernández-Savater, que ese espejismo, junto con las redes sociales, nos ha llevado a unos años en los que hacer política se ha confundido por hablar de política. Como dices, hasta en las instituciones el hacer ha quedado cada vez más relegado al hablar, ni digamos en las calles. La militancia política parece haber quedado reducida al gesto de alzar la voz para exclamar «¡yo también tengo una opinión!». Se ve por todas partes, en las redes clarísimamente, pero también en los micros de poesía o en las aulas universitarias. ¿Y dónde queda el hacer política? Pues mira, uso con mucha intención el sintagma «parece ser» porque, de nuevo, es lo que interesa que veamos como realidad única, pero hay gente haciendo cosas y haciendo las cosas de otra manera en todas partes y a todas horas. Como todas las fiestas, la del fin del mundo tiene mucho de performático, y no hay nada malo en eso. Lo importante es pensar críticamente los teatritos de los que vamos a formar parte. A mí, personalmente, me divierte muchísimo conformar politburós de terrazas de bar con mis amigas para discutir el camino hacia la revolución, pero después de unas cuantas cervezas se me vuelve tedioso y repetitivo. Por otro lado, qué bien me lo he llegado a pasar y cuánta ilusión me inunda en algunas marchas o concentraciones como las de la vivienda o contra el genocidio. Ilusión mezclada con rabia, claro, que es la receta exacta para precipitar la revuelta.
P: Atraviesas desde las consecuencias de la Generación del 98 hasta la Guerra Civil para irte a la España vacía, la «Plandemia» de 2020 (pintada dixit) y más allá, aunque sea con notas sueltas que van, y ahí voy yo, siempre de lo micro a lo macro, de lo metafórico / simbólico a lo general. Esta forma de ensayar es constante a lo largo de todo el libro, y creo que marca una pauta de tu estilo como ensayista. Centrada tu investigación, y además en unos términos tan ambiciosos como lo eran éstos, ¿cómo ha sido trabajar tanto con fuentes de primera línea como con comentarios de RR. SS., menciones a letras de canciones como las de Juan Galgo o Nacho Vegas, referencias al libro de libros, la Biblia, y, en general, un espíritu de investigación que, al menos a mí, se me antoja comparatista? En esa línea, ¿actualidad es realidad?
R: Me gusta mucho, mucho esa bastardía, la atesoro como parte de una posición política que reivindica la agencia de lo aparentemente intrascendente. No se trata de asimilar, como si fueran lo mismo, un conjunto de tuits a una tesis de 400 páginas con aparato crítico y muchos títulos como aval, se trata de lo que dice Juan de Mairena, de que la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero. O de que la verdad, o más bien la realidad, se hace de todas esas cosas. ¿Ves la trampa? Parece relativismo, pero no lo es, es materialismo histórico, construido de todos esos míseros retales y grandes tapices de mil hilos. Walter Benjamin nos advirtió de la manera en que los grandes relatos de los vencedores aplastan y exterminan a los de los vencidos y lo estamos viendo suceder en tiempo real: nos dicen que no sirvió para nada, como una forma de decirnos que no sucedió, que lo que pasó, no pasó realmente, porque no tuvo las consecuencias que quienes lo vivimos sabemos que tuvo. Nos echamos las manos a la cabeza con la memoria del fascismo y su eterno retorno, pero es que ni siquiera somos capaces de salvar la memoria al más corto plazo. Mucha gente me ha contado que no recordaba el plan de Eurovegas hasta que leyó sobre él en el libro. Algunos de esos diminutos o efímeros pedazos de cultura, como la canción de Juan Galgo, son sin embargo poderosísimas píldoras de memoria histórica. No solo de lo que sucedió, sino de cómo lo percibimos y resistimos.

P: ¿Cómo ha podido suceder —o esté en aras de hacerlo— que la derecha vaya ganando la «guerrilla cultural», históricamente vinculada a la izquierda, con algunos de esos temas que nadie sacaba a la palestra y que ahora los partidos políticos buscan como asidero? Estos temas, algunos más viejos y otros más nuevos, son: vivienda, decolonialidad, migración, crisis climática, feminismo (y más).
R: Bueno, supongo que también la derecha lleva un tiempo viviendo su propia primavera. Con una diferencia que me parece importante: la de 2011 empezó en las calles y luego se concretó en partidos y otras organizaciones. La de la extrema derecha está, desde el comienzo, encauzada verticalmente: partidos como VOX anteceden con mucho a asociaciones como Revuelta. Esa verticalidad institucional y mediática, propia de la intensificación feroz de esa sociedad del espectáculo en la que vivimos, y de la virtualización de la política, es fundamental en la actual (y aparente) hegemonía cultural de la derecha. Lo que quiero decir es que hay que ser cautos con el triunfalismo, pero también con el derrotismo. Tal derrotismo nos lleva a adoptar posturas de mera supervivencia, temerosas de hacer las propuestas radicales que son, sin embargo, las únicas que nos pueden salvar en la actual situación de emergencia democrática, humanitaria y medioambiental. Considerábamos que la derecha estaba en horas bajas cuando defender posturas abiertamente machistas o racistas era algo tan mal visto que los fascistas tenían que morderse la lengua. Sin embargo, ahora es la izquierda la que baja la voz. Pensemos en Estados Unidos y en la victoria de Zohran Mamdani. En una época y un país donde la más extrema derecha parece imbatible, una campaña protagonizada por miles de vecinas, hecha desde la calle, de puerta en puerta, alejada del poder mediático, y de demandas socialistas (en su sentido originario) inauditas para los estadounidenses, ha dado lugar a la alcaldía más radicalmente de izquierdas que se recuerda en Nueva York.
P: Una de las claves de bóveda de tu ensayo es el concepto de precariedad: «La intemperie es, entonces, la expresión simbólica de la precariedad, de la manera en que el sujeto, de por sí vulnerable, se expone a una constelación de violencias y penalidades que se entrelazan hasta conformar una imagen implacable del desierto, como metáfora del entorno neoliberal» (pág. 113). ¿Hasta qué punto crees que esta idea que nos ronda nos rondará más que nunca, o, por el contrario, nos dejará de rondar? Muy inteligentemente, vinculas esta carencia con el imaginario del wéstern, donde una red de relaciones estipulada se lleva a cabo casi arquetípicamente. ¿Por qué más que nunca es AHORA la precariedad horizonte, resultado y durante?
R: La historia reciente de la noción de intemperie está directamente ligada a la del neoliberalismo. En la Argentina de 2001, durante una temprana y salvaje crisis producto de las políticas neoliberales que anticipa la global de 2008, ya surge la intemperie como metáfora literaria del desamparo en el que dichas políticas dejan a la sociedad civil. Aparece en novelas como El año del desierto, en el que la ciudad va desmoronándose desde el margen hacia el centro sin causa aparente, o en las novelas de Rafael Pinedo Plop, Frío y Subte, en las que la sociedad ha vuelto a un estadio tribal y deambula por las distintas formas de ruina a las que ha quedado reducida la civilización. Es decir, hace ya al menos 25 años que ciertas sensibilidades se dan cuenta de que la jugada del capitalismo para perpetuarse pasa por apropiarse de esas estructuras políticas, públicas y comunes que garantizaban una vida a salvo, protegidos sobre todo de los males que genera el propio Sistema (por citar algunas: escasez, competitividad, inseguridad, contaminación, malnutrición, enfermedades…). Esto, frente a una gran parte del planeta que sufre las peores consecuencias del modelo productivo y que ni siquiera ha llegado a conocer nunca dicha protección, pues el relato sobre la precariedad es esencialmente occidental y clasemediero. Yo creo que el punto clave está en eso, en darse cuenta del componente de clase y colonial, de las trampas que genera la asimetría con que, hasta ahora, el capitalismo ha ido repartiendo sus dotes y sus desprecios. Ahora precisamente que las exigencias de la acumulación obligan a desposeer cada vez a más gente (también del norte global), la clave está en si elegimos sostenernos bajo ese techito retráctil a empujones o asumimos que el gobierno de lo precario es injusto por principio, una forma de chantaje de un sistema que no puede prometer más que una progresiva socialización de la escasez. En Argentina, en 2001, esas clases medias se aliaron de manera histórica con otras clases trabajadoras perpetuamente precarias, como las recolectoras informales del cartón. Hoy, sin embargo, muchos votan en favor de quienes desmantelan las frágiles estructuras de amparo que todavía existían. Esto, que en realidad pasa por todas partes, es solo un ejemplo histórico de estas dos formas de reaccionar al recurrente cataclismo por el que el capitalismo avanza a sacudidas.

P: El lenguaje también se ha visto pervertido, pareciera, por todo este embrollo. La era se define por un término: la enumeración; más la sociocrítica, y ramas afines, para explicarla. Como filóloga, ¿qué papel representa la lengua en una crisis?
R: Uno importantísimo. El lenguaje como lugar de existencia y experiencia del mundo es lo primero que se desarticula en contextos de crisis, es el primer síntoma apocalíptico. Las palabras y las cosas se desordenan y todo se vuelve un galimatías. El de las Revelaciones es un texto sin pies ni cabeza, en donde no se sabe bien dónde empieza Dios y termina el Diablo; en donde se dice una cosa y justo después la contraria; en donde sucede algo y, al momento, otra cosa completamente incompatible con la anterior. (¿No te recuerda, por cierto, a cómo el momento presente se narra en los medios?) A su vez, el libro de Juan de Patmos, junto al evangelio de Juan, son los dos más poéticos del Nuevo Testamento (por lo que hay quien piensa que son del mismo autor o grupo de autores). El ritmo es trepidante y las imágenes anticipan el surrealismo.
Esa poética de lo onírico, pasional e incongruente es lo que lo hace tan poderoso como texto político, porque al final, hay que entender que era un manifiesto que buscaba movilizar al protocristianismo contra sus persecutores romanos. La poesía como un espacio de reconfiguración del lenguaje y, con ello, del mundo en crisis. La poética apocalíptica como expresión de esa crisis, pero también como territorio desde el que trascenderla. Así lo veo yo… y no olvidemos que la comunidad a la que convocaba aquel texto consiguió pasar de secta perseguida a religión oficial del imperio, y ahí siguen.
P: ¿Qué hubiera esperado alguien soñador de la crisis —en su sentido etimológico de «oportunidad», o al menos así en China, como suma de dos caracteres: «peligro» y «momento clave»— de la COVID-19? Como analista del tema en el Capítulo VI., donde prestas espacio a todas las aristas surgidas de dicho instante estremecedor, en tu fuero interno, después de la desgracia inminente que supuso para todos nosotros, más adelante, vistas sus consecuencias, pudo haber habido espacio para la gracia?
R: Si te refieres a la risa, no es que lo crea, es que hubo mucha mofa, y la hubo como mecanismo tanto de supervivencia al terror provocado por las muertes como contra el terrorismo narrativo de los medios de comunicación y las autoridades. Porque estos inmediatamente desempolvaron su artillería discursiva para meternos un miedo tremendo y altamente disciplinador. En pocas palabras, para suspender la democracia por la tradicional vía del estado de excepción. En tiempos de emergencia y narrativa apocalíptica, a (casi) nadie se le ocurría levantar la mano para, cautelosamente y sin aspavientos, preguntar por dónde había quedado el derecho a decidir de manera dialogada cómo dirigirnos colectivamente ante una situación tan excepcional.
Si te refieres a la gracia divina, la posibilidad de salvarse y trascender colectivamente a la tragedia, en el libro reivindico la capacidad colectiva para «profanar» y hacer propia esa competencia divina. «En el apocalipsis, será tu vecina la que te salve», decía el famoso twitero malacara tras la pandemia.
Escribo esto en un día en el que atruenan los ecos de la tercera guerra mundial—tras el golpe de EE.UU. a Venezuela y las amenazas a la UE sobre Groenlandia— yo también asustada, con la sensación de que esta vez va en serio. Pienso, y no sé qué contestarme, si será posible una revolución en medio de todo este caos. Y de pronto se me ha ocurrido que es como si durante la pandemia hubiéramos atravesado un portal, caído en una trampa, un show de Truman en el que somos a la vez espectadores y protagonistas y donde se materializan nuestras pesadillas. No es que me haya vuelto loca o conspiranoica, es solo una manera de contármelo, de aprehender los mecanismos por los que esta realidad se representa… El propio Trump promueve la idea de que sus campañas imperialistas son un espectáculo televisivo. Y entonces, de nuevo, se me ocurre que la única salida es dejar de ser espectadoras, empezar a movernos. Reapropiarnos de nuestra atención, desalelarnos, y hacer algo, hacer algo juntas quienes queramos juntarnos, lo que sea y aunque, en principio, parezca que no sirve para nada. Lo contrario a la educación sentimental que se nos inculcó en la pandemia, donde aprendimos a contemplar aterradas a través de una pantalla un mundo en constante emergencia.
P: Muestras hasta qué punto el ecocidio gobierna nuestras ciudades, como la lámina de hormigón de 20 cm. que recubre la Puerta del Sol, y que hace de alegoría a cómo vivimos los ciudadanos en una ciudad. ¿Qué estrategias se deberían seguir para aquellas personas que se desean comprometidas con estas consignas, pero que no tienen forma de hacerlo en su ‘day by day by day‘? Quiero decir, ¿hasta qué punto este reclamo es algo de especialistas, o es que requiere de una paideia más horizontal?
R: Creo que la crisis medioambiental se ha vuelto ya en España, como hace tiempo en otros territorios, una cuestión que determina nuestra calidad de vida y, no pocas veces, de supervivencia. Es decir, hemos abandonado el periodo en el que los expertos nos advertían de lo que estaba por venir, lo sentimos en nuestras propias carnes a diario. Los madrileños sabemos, porque lo experimentamos, que durante muchos meses al año nuestra ciudad es invivible. Ni que decir tiene de la experiencia reciente de los valencianos. Ahora bien, lo que sí sigue estando restringido (no a los expertos sino a las clases acomodadas) es la capacidad para esquivar o atenuar individualmente los efectos de ese ecocidio: el derecho a nutrirse con alimentos reales o a refrescarse mecánicamente cuando la calle está a 40 grados. Yo tampoco soy quien para decir qué estrategias son las buenas, pero como ciudadana afectada considero que hacer recaer sobre la gente común la responsabilidad de frenar la crisis es inútil y tramposo. De poco sirve que compostemos nuestros residuos orgánicos, o que estallemos botellas perfectamente reutilizables dentro de contenedores con forma de iglú, y desde luego no va a frenar porque compremos unas zapatillas hechas de plástico reciclado, miles de litros de agua mediante. Decía Arquíloco que «muchos trucos conoce el zorro, pero el erizo solo uno y decisivo». Estrategias para sustentar el capitalismo mientras se disimulan sus efectos hay muchas, pero para frenar el ecocidio solo hay una y definitiva: desmantelar el capitalismo.

P: Dicho lo dicho, expuesto lo expuesto, mi íntimo amigo Rodrigo Amírola, relativamente cercano a ti en los días del movimiento estudiantil contra el Plan Bolonia en las postrimerías del edificio A y también desde ‘Juventud Sin Futuro’, siempre que lee un texto, y lo analiza, habla de «la tesis» del mismo. Este ensayo, con perspectiva (y reservándome yo la mía, por supuesto, aunque haya podido quedar perfilada por algunas de las cuestiones que te he planteado), ¿qué tesis defiende? ¿O al menos para ti, la autora, antes de que sus futuros lectores, ya, ya, lleguen a él?
R: Que el apocalipsis no es una cuestión de tiempo, sino un marco cultural en el que se disputa la posibilidad de una transformación radical que permita superar un sistema dominante que cada vez se muestra más disfuncional. Que no es una cuestión de disolución del tiempo histórico, sino de reconfiguración del espacio en común. Y que desde posiciones contraculturales y políticas de izquierda, se ha dado y se sigue dando una batalla para recoser los vínculos comunitarios erosionados y redirigir la potencia simbólica de un apocalipsis hacia formas y prácticas revolucionarias. Porque, como decía un amigo, «el tiempo no importa y mucho menos cuando se nos está acabando».
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