La banda Migala es un caso aparte en la música del fin de siglo (y un poco después) hecha en nuestro país. A mí me la descubrió Agustín Fernández Mallo —alguien, definitivamente, de fiar— con una publicación en Instagram cuando aún era parte de esa red, y de la que hui hará cosa de tres años. Desde entonces, me ha acompañado tanto en momentos bajos como en las euforias de la noche, y le tengo que agradecer muchas cosas. Más allá, grabé con mi hermana un cortometraje donde se me ve tomando fotografías por diferentes espacios de Madrid con “Aquel Incendio”, uno de sus temas cóncavos más celebrados, donde hacen un cut-up de El hombre que mató a Liberty Valance, de fondo. Como una botella al mar, escribí a su sello principal, Acuarela, para pedirles permiso para la utilización del tema, ya que lo presenté a una convocatoria, y me llegó un correo de Abel Hernández, miembro-llave de la formación, pocos días después. A eso siguieron algunas conversaciones, un encuentro furtivo en el Argos de Moncloa y después un paseo hasta el intercambiador donde Abel me entregaba el Remaster de 2026 de Arde en vinilo dedicado por cuatro de los miembros de la banda, yo entre feliz y llorando, y que trocó en intercambio, pues yo le llevé algunos de mis libros inencontrables. En aquella media hora sentí en Abel la impronta de un artista hecho, y de ahí nace esta entrevista, aunque yo no sea crítico musical pero tenga familiares como mi primo productor Álex Muñoz Guijarro o amigos talentosísimos como Lorenzo García Hermida, Mar Ocaña o Julio Fuertes, eso por no hablar del lugar que ocupa, cada día que pasa, con más peso, la música en mi vida. Valgan entonces estas notas como fruto de un entusiasmo, el mismo que vivo al navegar por cada uno de los discos que sacó adelante esta banda hoy de culto nacida en Madrid y que duró nueve (9) años, de 1996 a 2005, y que ahora está reeditando parte de su legado.

ÁG: Migala es más que una banda de música, ¿no es cierto? Aunque sobre todo lo sea, hay en ella —en vosotros— tantos factores de carácter netamente artístico o conceptual, que uno sabe, al escucharos, que hay investigación, experimentación, horas e intentos. Al margen, la formación se me antoja también como un colectivo, desde el paso señero por la banda del mismísimo Nacho Vegas, a Rodrigo Hernández, Rubén Moreno, Jordi Sancho, Diego Yturriaga, Coque Yturriaga, Jose Zapata y tú, Abel, o al menos así fue en los inicios: 1996. Eso por no hablar del resto de componentes.
MIGALA:
Abel: Diría que es a la vez más que un grupo y menos que un grupo. Fue (¿es?) un experimento colectivo. O, mejor lo digo de otra manera: un experimento con ver qué pasa si una idea, un juego, una propuesta individual, llega hasta un grupo diverso de gente que quieren estar juntos. Eso funciona en lo musical, en cuanto a la parte visual (vídeos, fotos, arte de los discos), en cuanto a las letras (a menudo escritas a cuatro manos). Y sobre todo funciona en el campo de lo sensible, en cuanto a llevar la amistad a un terreno de juego distinto del socialmente normalizado. Podemos como amigos ir juntos al monte, al bar y al cine pero también podemos inventar algo y conectar en un subidón de energía emocional.
La lista de gente que contribuyó es bastante más grande que la de los seis miembros principales (Rodrigo, Rubén, Diego, Coque, Jordi y yo): además de Jose Zapata y Nacho Vegas, que ya has mencionado, por supuesto, Nacho R. Piedra y también Kieran Stephen o Marina Barba estuvieron años enrolados. Otros músicos contribuyeron más puntualmente (Silvia Raposo, Xel Pereda, David Belmonte, Carlos Torero, por decir algunos). Y otros amigos que contribuyeron mucho de diversas formas como Alfredo Álvarez, Jorge Rueda, Enrico Pellico, Miguel Vázquez, Joaquín Secal, Raquel Manchado…
Rubén: Totalmente de acuerdo con Abel, para mí había (y hay) sobre todo una aventura de amistad fuera de lo habitual, una que te une de una forma sorprendentemente placentera escuchando, creando o sintiéndote simplemente parte de algo original y, por tanto, singular. No hacía falta que tocases ni bien ni mal, ni que hubieses leído a Tolstoi o escuchado a Pet Shop Boys, lo importante es que estabas allí disfrutando dentro de una expedición hacia no se sabía dónde.
Diego: Migala en este preciso momento es contestar a esta entrevista; hace un rato, responder una duda en el grupo de Signal que tenemos; y en un par de días, ensayar para el concierto de noviembre, así estamos…
ÁG: Yo que vengo del post-rock (si es que nos da por hablar de géneros) desde la adolescencia, esto es, de Explosions In The Sky, Mogwai, Goodspeed You! Black Emperor y esa gente, descubrir vuestra música fue una suerte de reconciliación con la cualidad que, yo creo, mejor define a este espacio de la realidad musical: la atmósfera. Esta idea es una clave en Migala. ¿Hasta qué punto fue una obsesión darle cabida, o que fuera directamente su fruto? Logra lo prometido: acompañar.
MIGALA:
Abel: Desde el minuto uno. La idea era hacer canciones pop con “ambiente enrarecido”. Y además estaban lo que llamábamos “cuñas” (en el sentido radiofónico), piezas más breves y pequeñas, más experimentales y abstractas, donde la atmósfera era lo principal. Con la distancia pienso que nuestros mayores errores vinieron precisamente de olvidamos de la importancia de la atmósfera.
Rubén: Sí, la atmósfera nos unió mucho desde el principio, en los ensayos podíamos estar horas divagando sobre tres acordes y un 3/4 machacón, disfrutando a veces del puro ruido. Nos gusta bastante la hipnosis.
Diego: La atmósfera y las circunstancias. Apropiarse de la cultura Pop para poder explicar lo que no sabías explicar de ti mismo o de los sueños que tenías.
ÁG: ¿Tiene la vida mucho de cine, y por eso vuestra música es como una fértil OST de la mismísima existencia? El empleo de los collages, desde un cuento de Cortázar a versiones librescas de canciones archiconocidas a conversaciones entre niños pequeños y brillantes como los diamantes o pequeños Léolos, es una marca de autoría que, cualquiera que os conozca más o menos en profundidad, haría por preguntaros por ella. Y más hoy, en esta “sociedad audiovisual”. ¿Hasta qué punto la literatura, las artes plásticas, el propio cine, están presentes en los miembros de Migala fuera de la banda, para luego estar dentro casi como un accidente en neto? ¿Aporta esta búsqueda al proyecto de la banda un cariz intelectual o de canon?
MIGALA:
Abel: En unos casos (como es el mío), más. En otros, menos. En general a todos nos apasiona la música y el cine. Muchos leemos bastante. Y algunos tenemos interés por las artes (y hasta nos dedicamos en cierto momento a asuntos relacionadas con ello). Seguramente, además de la misma música, el cine es una influencia común relevante, como indica el uso de materiales y posibilidades estéticas propias de ese mundo. Lo más interesante en este sentido vuelve a estar en cómo compartíamos eso. Cómo lo individual se volvía colectivo y una especie de contraseña privada del grupo. Una cosa muy de grupo adolescente.
Rubén: Está claro, nos gustaba hacer atmósferas y eso al cine le viene muy bien. La conexión era lógica y fluida.
Diego: Había películas vistas muchas veces, obsesión por el cine, ganas de ser artista o escritor o saber qué decía esta gente a la que admirábamos.
ÁG: Además del uso del inglés para muchas de vuestras letras, de lo que me gustaría que me hablarais, como cuando Nabokov escoge esa lengua en detrimento del ruso, y así otros, aunque en música sea algo más “natural”, hay otra cosa que destacaría en cenital: la actitud. Recuerdo que nombramos a John Maus —el querido, el admirado— y es que veo algo punk muy en las tripas del alma de las gargantas de Migala. Muero por veros en directo, pero es contrastante esa aparente placidez de gran parte de vuestra producción con una actitud como la del rock, pero “en punk”.
MIGALA:
Abel: Personalmente me parece que hay que distinguir siempre entre lo punk (una actitud, una ética, una determinada forma de pensar tu relación con la música, con la industria y con el mundo) y el punk (una forma más o menos identificable, una etiqueta). Lo más punk de Nirvana es un quejido country de un tipo con una camiseta de Daniel Johnston cantando una ancestral canción rural de origen no se sabe si negro o blanco. Nina Simone, Kraftwerk, Suicide, Arthur Russell, el Dylan de 1964-65, The Residents, Patti Smith, My Bloody Valentine, Talk Talk, Scott Walker, no sé.
El inglés no lo conecto con lo punk. Sino con una necesidad de generar una persona en el sentido teatral. Ser otro. Escapar de uno mismo y de lo que los demás esperan. Eso, en aquel momento, también tenía que ver con dar la espalda a cierto pop mainstream español. Unos lo resolvimos con el inglés, otros con otras lenguas, otros con un castellano distinto, casi impenetrable, otros poniendo la voz tan baja en la mezcla que no podía entenderse…
Rubén: Yo no escribí ninguna letra, pero entiendo que el inglés era más sencillo, permitía colocarte en un lugar externo y jugar con el lenguaje con muchos menos prejuicios y condicionantes culturales propios.
Diego: Había mucha referencia anglosajona y alguno habíamos estado por USA en el instituto. Fue así, pero podría haber sido de otra manera.
ÁG: Sois caso raro. Un poco como les pasó a Family o, más recientemente, a una banda “de disco y medio”, aunque perfecto, a la que me gusta mucho reivindicar: Primogénito López. Esta condición, en cierto modo secreta, ¿es un lastre o una conquista? Yo también soy artista y “quiero llegar”, pero en vuestro caso me da la sensación de que todo ha sido un sueño perfecto de una década. Contadme por qué estáis recuperando esos discos 25 años después y qué perspectivas tenéis en presente.
MIGALA:
Rubén: Supongo que para recuperar aquellas sensaciones, también para poner en valor lo que hicimos, recuperar todos los recuerdos que olvidamos y, por supuesto, para vernos más a menudo.

ÁG: Aunque estemos a mitad de la conversación, y seáis toda una tropa, ¿qué referentes os han movido más durante la creación de estas pequeñas obras maestras como Así duele un verano, disco por el que yo “empecé”? Sé que es una pregunta tonta por clásica, pero seguro que a los lectores de esta revista les hace ubicaros con mayor tino y, ya de paso, pues revitalizáis vuestro archivo, porque habrá cambiado.
MIGALA:
Abel: La verdad es que decenas de cosas, algunas compartidas, otras más particulares de cada uno. Algunas del ámbito de todo el mundo (por ejemplo, discos, películas, acontecimientos, programas de televisión, momentos sociales), otras más de nuestro ámbito privado. Pero diría que todo ello funcionaba sin separaciones, sin diferencias entre lo que normalmente podrían considerarse referentes o influencias en la crítica cultural y otras cosas. Estar juntos era ir a un sitio, jugar un partido de baloncesto, escuchar un disco o ver una película que uno había descubierto y conseguido, tomar cervezas o tocar. Las referencias podían ser una letra o un libro o una escena de una película, pero también podía ser una persona que conocíamos, un amigo o una situación social.
Quizá lo que pasó ese verano de 1998 es que lo pasamos (por primera vez) “haciendo un disco juntos”. Y mucho de lo que hacíamos esos días era algo que se impregnaba de ese hacer el disco o que, al revés, se vertía en el disco de alguna manera.
Por ejemplo, Nacho Vegas no toca por ser Nacho Vegas sino porque simpatizamos y tiene un theremín. El armonio de la iglesia del pueblo de Soria donde mi hermano Rodrigo y yo pasamos unos días con la familia como cada verano se convierte en el sonido de un barco dentro del disco.
Es que eso de “hacer un disco con tus amigos” para es mí es literalmente como una tira de Calvin & Hobbes, donde lo que vive Calvin está siempre pasado por el filtro de su propio mundo imaginario (el rollo de Don Quijote, también). O como una relación amorosa que acaba de empezar, que lo marca y lo tiñe absolutamente todo, desde comerse un sandwich a vivir pegado al teléfono.
Rubén: Las influencias creo que eran y son muy variopintas dentro del grupo y además fueron evolucionando con los años. Recuerdo algunos años en que muchos de los grupos con los que coincidíamos en festivales nos influían en gran medida, quizás más en la actitud que musicalmente, pero recuerdo con especial cariño aquellos conciertos de Dominique A y Piano Magic y discos como el TNT de Tortoise o Le phare de Yann Tiersen.
Abel: Sí, es verdad que compartir escenario producía un efecto de contagio muy brutal. Ese primer concierto antes de Smog, la gira con Will Oldham, recuerdo también los de Tortoise, Mogwai y Bjork en el FIB del 98 o el concierto de Nick Cave que varios vimos juntos en La Riviera al día siguiente de tocar en Oporto en abril de 2001…
Diego: En cuanto a las letras, en Así duele un verano están los cuatro letristas de Migala: Alfredo Álvarez que hace una letra sobre una pesadilla de mi hermano Coque, Abel, Jesús Llorente y yo. Una de las letras que escribí yo la hice contando anécdotas de la grabación y mezclado cosas intentando que sonase a Bob Dylan o Leonard Cohen y la otra fue lo que me salió al quedarme paralizado ante tres amigas de la facultad sin saber muy bien qué decir.
Abel: En realidad hay un par de letristas más: Jose y Gastón, en Diciembre 3 a. m.
ÁG: Y luego, “los temas de los temas”. Ya hemos hablado de experimentación y actitud, dos cualidades que suelen ir ligadas a la vanguardia, pero en vuestras composiciones se respira muchas veces cierta melancolía, cuando no un “aquí estoy: toma mi mano”, que digamos que es como “la moral de fondo”. ¿Cuál es el imaginario de Migala, por ejemplo para vuestras letras? ¿Y el proceso de composición, era horizontal, aportabais en conjunto, líneas y sonido, disensos?
MIGALA:
Abel: Creo que la mayoría de las letras esencialmente hablan de individuos jóvenes que no saben muy bien cómo funcionar en la vida adulta y que buscan el amor romántico por encima de todo. Ahí entran las cargas o complejidades psicológicas y demás (culpa, obsesión, desdoblamiento, pesadillas) y la elegía del tiempo perdido y la infancia. Sólo en el último disco hay atisbos de otros temas.
Migala tenía ciertamente un punto hauntológico pero también pesadas estéticas románticas muy siglo XX (especialmente por influencia de la cultura popular anglosajona).
Predominan las letras que escribía uno pero también hay unos cuantos ejemplos de letras escritas a cuatro manos. Incluso a seis, como la primera canción de Migala, «Isabella Afterhours», hecha en 30 minutos en una especie de juego de madrugada (“cuando la luna está hecha de arena y la arena está hecha de luna”) a lo cadáver exquisito.
Diego: Hubo alguna letra en que Abel termina lo que yo había comenzado y otras que hicimos juntos email tras email, conversación tras conversación, copa tras copa.
ÁG: Hasta el momento (porque se vienen cositas), la revitalización de Arde (2000) ha sido un acontecimiento entre los sectores más melómanos de la industria cultural, como si os estuvieran esperando, y de la que se han hecho eco medios como eldiario.es y, por supuesto, publicaciones puramente musicales. Creo que, para esa remasterización —recientemente publicada, huelga decir—, hubo tratamiento desde “las bases”, con las canciones “como eran”, así como tomas de decisiones más técnicas como la sustitución de tes y eses y otras anécdotas bien locas. ¿Satisfechos?
MIGALA:
Abel: Desde la de Así duele un verano, hemos asumido esto de las reediciones como algo que va más allá de lo que se suele hacer en la industria, donde simplemente se coge el último máster y se le da a alguien para que lo limpie un poco y lo suba de volumen.
En el caso de Arde, nos liamos con un proceso de arqueología de software, consiguiendo un Windows XP con un Cubase SX y recuperando lo más posible de los proyectos originales antiguos para volcar de nuevo las pistas de forma que el mastering no partiera de una mezcla o un mastering que ya tenía algunos defectos puramente técnicos.
Ha sido como imprimir mejor un negativo que en su día no se había positivado del todo bien debido a las limitaciones de entonces.
En ese proceso, además, nos hemos encontrado con pistas que no recordábamos haber grabado, e incluso con versiones alternativas de los temas. En cada canción siempre teníamos pistas que no se llegaron a usar y que, si las vuelves a poner, hacen aparecer algo totalmente diferente.
Después de publicar Arde, hemos querido ir aún más allá en este camino, aplicando la misma lógica a las cosas de la primera época, el primer disco, Diciembre 3 a. m. y también las dos maquetas de 1996 y algunas cosas más. El resultado será la caja especial 30 Aniversario con la que estamos muy ilusionados.
La verdad es que vemos este momento del grupo como una especie de segunda vida. Un poco un Migala 2.0 que no va a estar quedando cada fin de semana a ensayar, que no sale de gira ni preparar un disco nuevo cada año o dos, pero que está haciendo cosas juntos. A dónde lleve es algo sobre lo que no hacemos planes.
Rubén: La reedición de Arde ha sido un trabajazo, sobre todo de Abel y Coque, que ha sacado un sonido que conocíamos pero que no estaba plasmado en la edición original. Comparando canciones se te abrían las orejas en la nueva reedición.
Diego: Me impresiona lo que puede cambiar la experiencia de escucha cuando cambias unos pocos decibelios y esas movidas técnicas que, afortunadamente, Abel y Coque conocen tan bien.
ÁG: ¿De verdad que vais a dar un concierto 30 años exactos después del primero, este noviembre, en la Sala Villanos? ¿Es esto cierto, o un rumor de vecinos de barrio, sólo que consolidado? Yo ya he convencido a dos amigos de acudir, y apenas tengo los datos. ¿Por qué (sí: ¿por qué no?)? ¿Os habéis dado un silencio à la Rimbaud y Migala volverá a hacer discos, o es cuidar con esmero un trabajo muy cuidado ya en sus orígenes, que ahora veis en contexto reivindicar? ¿Qué expectativas os reserváis?
MIGALA:
Abel: __________.
Rubén: Lo cierto, y es importante para nosotros, es que Migala se está revitalizando. Que se vuelva a crear algo nuevo o no poco importa por ahora, de hecho, algo ya se está haciendo en estas reediciones, por lo que volver a grabar puede que sea su evolución natural.
Diego: Siempre hay que reservarse expectativas. Pero reeditar ya es hacer discos. Además, saldrán las maquetas inéditas con Diciembre 3 a. m., que a mí es lo que más me ha flipado. Es impresionante la cantidad de posibilidades que caben en cuatro pistas de casete.

ÁG: Cerrando filas: gracias, como pasa en algunos libros en las últimas páginas. Y unas “gracias” contundentes, más de alma que de partirse de la risa. Os esperamos (sí: aquí ya no hablo sólo por mí, sino por la Editorial Sr. Scott, que eligió su nombre a razón vuestra o a todos los que después de esta entrevistilla, que he intentado que no sea de listillo, haga que se acerquen a este trabajo hecho con tanto amor y pasión).

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