Opinión

@José Luis Borges… ¿Quién?

Después de homenaje fallido (aunque exitoso, también) en Twitter, explicamos a Borges a raíz de los usurpadores de su identidad, que son legión.

El autor argentino Jorge Luis Borges murió un 14 de junio del año 1986, y un 14 de junio del año 2020, como es natural, quisimos homenajearlo. José Luis Borges, por su parte, no sabemos si existe, o al menos no sabemos si existe como escritor; pero esta historia va de confusiones y malentendidos, y creíamos que confrontar a ambos personajes a lo largo de la misma nos serviría para encontrar el camino correcto y subsanar el error -si es que lo hubiera-.

En primer lugar, decir que Jorge Luis Borges ya se había confundido consigo mismo en uno de sus cuentos, ‘El otro’, y había llegado a la conclusión de que «el encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el recuerdo. El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente». Aunque, ¿cuánto rigor hay en la ficción? ¿Y cuánto hay, por ende, en la ficción borgeana? Vayamos mejor a los hechos.

Como decíamos, Jorge Luis Borges murió el 14 de junio del año 1986; exactamente, ochenta y seis años, nueve meses y diecinueve días después de nacer el 24 de agosto de 1899. Cuenta todo el mundo, en especial su madre, Leonor Acevedo, que su afición por la escritura y la lectura surgió en la infancia, y que antes de los ocho años ya había confeccionado su primer relato, ‘La visera fatal’. Sin embargo, lo que no todos cuentan es que el éxito de su primera publicación, una traducción de ‘El príncipe feliz’ de Oscar Wilde para un diario de Buenos Aires cuando tenía sólo once años, fue fruto de un malentendido. Como intérprete, el joven autor había firmado el texto como Jorge Borges (h), y todo el mundo se creyó que su auténtico traductor había sido su padre, Jorge Guillermo Borges, llevándose, así, todo el mérito que merecía su hijo y sumiendo en el anonimato -durante un par de años, al menos- al incipiente narrador.

No fue la única vez, ésta, en que Borges tuvo que enfrentarse a los usurpadores de su identidad. En el libro ‘Los falsificadores de Borges’ (Alfaguara, 2011), del también argentino Jaime Correas, se plantea la cuestión de que, precisamente, el maestro de las letras hispanas coleccionaba imitadores; gente que escribía como él, que le copiaba y le ofrecía al mundo sonetos inéditos o prólogos que adulasen a obras de sospechosa calidad con su firma estampada en la impresión. Uno de esos sonetos era el que tenía Héctor Abad Gómez -personaje real, padre de Héctor Abad Faciolince y protagonista de la obra de Correas- en su bolsillo el día de su ejecución, y «estaba firmado al pie con las iniciales J. L. B.», tal y como el mismo autor nos cuenta. Claro, J. L. B. podría ser tanto Jorge Luis Borges como José Luis; y tal y como existe un soneto vinculado a Borges sin que estemos tan seguros de su asociación, también podrían haber más; pero no hemos venido a hablar de esto exactamente. ¿O sí?

Aparte de la traducción de ‘El príncipe feliz’, Oscar Wilde y Borges tienen en común la facilidad con que los lectores les confían la autoría de textos ajenos a su producción. Es lo que tiene el ingenio: que, al igual que los cuerpos de mayor magnitud ejercen una mayor fuerza sobre los que tienen una masa menor, éste también ejerce una especie de atracción gravitacional a su alrededor y engulle aquello que le queda cerca; convierte en oro todo lo que toca. Da igual que haya sido un prólogo, un soneto o una traducción; en este caso, pesa más apellidarse Borges -o Wilde- que haber compuesto de la nada un poema cualquiera o alguna narración.

El 14 de junio, recordamos, tratamos de homenajear a Borges en el aniversario de su muerte; y decidimos hacerlo, cómo no, en esta línea. Sus frases ya están lo suficientemente trilladas como para ir repitiendo por ahí cada año aquello de «que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído», o lo de cometer «el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido feliz»; pensamos, por tanto, homenajearlo con las ideas que jamás había pronunciado. De hecho, compartimos un fragmento de un texto atribuido a su persona que, en realidad, sólo tiene de Borges un par de indicios que lo confieren a él como su posible traductor. El original, en inglés, es un poema del que tampoco sabemos la verdad: ¿Una reescritura de Shakespeare, un poema de Verónica Shoffstall? Ni idea; y tampoco nos importa demasiado. Como Correas, nosotros pretendíamos hablar de Borges sin hablar de Borges, sino aprovechándonos de aquellas ocasiones en que le usurparon su verdadera identidad.

En Twitter, sin embargo, la turba es más conservadora: o se lo creen todo a pie juntillas o no te dan ni tregua. En nuestro caso, más de ciento treinta “me gusta” y cuatro comentarios insidiosos contra un texto que estaba ahí -precisamente- por su falsedad. Y aquí estamos nosotros, atendiendo al consejo que daba el periodista y escritor Juan Soto Ivars en su ensayo ‘Arden las redes. La postcensura y el nuevo mundo virtual’ (Debate, 2017): «Pedir perdón es sinónimo de aceptar la culpabilidad. Esto convierte la disculpa en un error terrible en el contexto de un linchamiento digital»; es decir, hinchando el pecho -más aún- y admitiendo que ese texto no era de Borges -aunque eso tampoco se pueda demostrar- y que esa era, en el fondo, nuestra auténtica intencionalidad.

Al principio de ‘Los falsificadores de Borges’, de Correas, el autor recupera una intervención del maestro argentino en la que decía que «la poesía debería ser anónima», como anónima es la gente en internet y anónimos somos nosotros. «Por ejemplo, si pudiera elegir, desearía que alguno de mis poemas, algunas de mis historias, sean reescritos y mejorados por otro para que perduren y que mi nombre sea olvidado, como lo será con el tiempo. Tal es el destino de todos los escritores», sentenció en 1980, en una entrevista. Un año más tarde, en otra conversación, lo completaría diciendo: «No estoy seguro de que yo exista, en realidad. Soy todos los autores que he leído, toda la gente que he conocido, todas las mujeres que he amado». Hablar de Borges es hablar de una especie de aleph que, a pesar de su tamaño limitado, es capaz de reunir a todo el «espacio cósmico» en su interior; es hablar de identidad y anonimato, de laberintos, espejos, confusiones y malentendidos; es hablar de J. L. B., de Jorge Borges (h) y de Jorge Luis, pero a la gente le da igual. Sólo están ahí para meter el dedo en la llaga; al fin y al cabo, ninguna de las interacciones con el tuit vilipendiado repercutió en el número de visitas de la revista: ni los “me gusta” ni los ofendidos; aunque éstos hubieran deseado que nosotros hubiésemos escrito en vez de Jorge Luis Borges, José Luis, y tener, así, otro motivo para criticar. Una pista para la próxima: este titular también ha sido aposta.

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