Cine y series

Dios ha muerto…

¿El cine ha muerto? ¿Se ha extinguido para siempre el lenguaje cinematográfico? En pleno aniversario de la 'Psicosis' (1960) de Hitchcock nos preguntamos por esa otra psicosis que lleva años arrastrando el sector audiovisual.

Hace 60 años, el maestro del suspense Alfred Hitchcock estrenaba en Nueva York su descomunal Psicosis (1960), referente indiscutible para los amantes del cine -en general- y del thriller psicológico -en particular-, y origen, entre otros muchos ejemplos, de una psicosis colectiva que lleva atormentándonos desde entonces. Porque, al igual que ocurre con el mito de la edad de oro, hay una gran cantidad de espectadores y cinéfilos que opinan que, en términos audiovisuales, cualquier tiempo pasado fue mejor. Opinan, incluso, que el cine ha muerto, que su propio lenguaje artístico ha desaparecido y que ya no hay nada nuevo en las carteleras capaz de enamorar.

Si de muertes se trata, ninguna más escandalosa que la que decretó el desacomplejado filósofo Friedrich Nietzsche en el siglo XIX, el siglo del cinematógrafo: «Dios ha muerto». En realidad, parece que lo que quería transmitir era el fin de la fe cristiana como única fuente creíble de los principios morales absolutos; pero no del todo. Es decir, para él no solamente murió Dios, sino que fuimos nosotros mismos quienes lo matamos para así lograr entender el mundo desde otros parámetros un poco más contemporáneos. Sin embargo, nos encontramos en un siglo XXI donde esa fe persiste. Y es una cuestión de fe -no cristiana, sino artística-, también, lo que vamos a esbozar en las siguientes líneas.

Siguiendo esta dirección metafórica-mortuoria, al ámbito cinematográfico prácticamente le tocó nacer y perecer simultáneamente, pues la muerte del cine se ha decretado tantas veces ya que, al igual que la muerte de Dios, creer o no en la supervivencia del séptimo arte es una cuestión de convicciones; ya lo planteaba Orson Welles: «Creo en la muerte del cine. Miren la energía desesperada con que tratan de animarlo: ayer, por medio del color; hoy, con las tres dimensiones. No le doy más de cuarenta años». Lo planteó, claro está, hace ya más de cuatro décadas.

Resulta poco novedoso, por tanto, debatir sobre la muerte del cine en términos formales. Al fin y al cabo, ¿quién no ha podido observar una continua evolución desde sus inicios hasta hoy? Una distancia abismal separa la proyección de aquellas primerísimas imágenes de un tren avanzando hacia la pantalla -o las de aquel pistolero disparando en primer plano- del entramado cinematográfico que, por ejemplo, David Fincher nos ofreció en ‘El club de la lucha’ en 1999. O por ir a los orígenes: ¿Cuán lejano le resulta aquel magnífico ‘Viaje a la luna’ de Georges Méliès a un espectador actual?, ¿es que, acaso, nuestros antepasados estaban menos capacitados para proyectar su imaginación? Lo que ocurre es que, sencillamente, nos hemos acostumbrado y familiarizado con el lenguaje cinematográfico moderno, tanto que hasta los niños, que viven en ese momento de la vida en que la curiosidad es más fuerte que el instinto de supervivencia, son capaces de entender lo que sucede a través de la pantalla sin necesidad de explicaciones; son capaces de leer esas imágenes mejor que los primerísimos espectadores de la historia, que salieron atemorizados de la sala de proyección. Tristemente, en esta época digital a nadie le impresiona ya nada, somos nihilistas; sin embargo, pensar en las reacciones originiarias del espectador cinematográfico incipiente significaba, también, pensar en otra clase de reacciones básicas y primerizas como el temor, la extrañeza y el desconcierto ante un mundo tan desconocido como emocionante.

Es evidente, de esta forma, que el lenguaje cinematográfico es el resultado de una gran evolución, tanto estilística como formal. Cabe preguntarse, entonces: ¿Está exprimido totalmente o aún puede explotarse más? En una cultura como la nuestra, inmersa en el contexto digital y en los avances tecnológicos, resulta ridículo afirmar que el cine, en general, se encuentre estancado. No en vano, ha sido cuestión de un par de generaciones el hecho de que hayamos pasado de sorprendernos por ver imágenes en movimiento a tener ofertas cinematográficas como es el 3D o el 4D. ¿Cuál será el próximo paso: ver personas actuar en directo? Ah, qué bueno: y lo llamaremos ‘teatro’.

En vista de que no existe nada más millennial y posmoderno que atribuirse méritos ajenos, no parecería del todo descabellado que nos reafirmásemos nosotros mismos como los verdaderos inventores de la dramaturgia e, incluso, decretar -como se ha hecho en innumerables ocasiones- la muerte del cine, pues, ¿qué cosas nuevas podría ofrecer?. Pero, ¿no sería, acaso, poco modesto por nuestra parte anunciarnos como el culmen de la civilización? El cine no ha muerto, al cine lo ha matado nuestra pretenciosidad.

En cualquier caso, en este contexto pretencioso-mortuorio, parece interesante la idea de desaprender, de redescubrirse. Quizás de este modo, como cuando Nietzsche mató a Dios, cambiemos nuestras pretensiones más conservadoras y abramos la mente hacia las posibilidades que ofrece la reconversión: no es la muerte del cine, de hecho, sino su redescubrimiento. Debemos volver a una cierta inocencia -o a un cierto analfabetismo cinematográfico- en las formas para narrar así, de nuevo, los grandes problemas de la humanidad, cuya esencia no se aleja demasiado de las antiguas tragedias griegas. Si estamos hartos de la deriva cinéfila lo que debemos hacer entonces es descubrir a aquellos autores que sean capaces de vivir sin rendirle tributos al mercado; y al mismo tiempo redescubrir el cine. O mejor dicho: otro cine, aquel donde los autores nacen siendo clásicos; porque: ¿Qué sentido tiene aquello que no va a perdurar?

Distanciándonos un poco de la posible evolución -o no- de las formas cinematográficas cabe preguntarse: ¿Existe realmente un progreso o evolución en las obras de arte, en general? Rotundamente, no. ¿Qué sentido tendrían los clásicos si existiese progresión en ellos, si evolucionasen para dejar atrás toda su grandeza sólo por el hecho de quererse actualizar? El problema, entonces, no es en cuanto a las formas, cuya esencia perdura, sino en cuanto al contenido; y no sólo en el cine, sino en todas las demás corrientes. Revivir cualquier indicio de fatalidad pasa, me temo, por volver a centrarnos en la búsqueda de lo trascendente, en la búsqueda de las pasiones más íntimas y duraderas. Si una obra como ‘Te querré siempre’ (1954), de Rossellini, por ejemplo, es capaz de emocionarnos en la actualidad es porque estamos ante la evidencia de lo clásico.

Fotograma de ‘Te querré siempre’ (1954), de Roberto Rossellini.

Al final, decretar la muerte del cine sería como decretar la muerte del arte y de su influencia cotidiana. Tal y como dijo en su momento el vanguardista Jean-Luc Godard, «el arte nos atrae (…) cuando revela en nosotros secretos», o como escribía Orwell en su conocida obra ‘1984’: «los mejores libros son los que te cuentan lo que ya sabías», poniéndole nombre y apellidos a tu agitado mundo interior; el cine, además, es capaz de ponerle imágenes. Ese es el sentido de las obras que perduran: el hecho de que una obra clásica jamás termina de decir todo lo que tiene que decir, como sugería Italo Calvino al hablar sobre la literatura; siempre despierta algo en nuestro interior, independientemente de cuando haya sido concebida.

Pareciéndome, de este modo, una insolencia decretar la muerte del cine, sí que creo en la importancia de adoptar una actitud crítica que nos permita evolucionar; y, sin duda, donde mejor se expresa esta disconformidad es en el arte. Lo que tenemos que hacer, como hicieron los primeros soñadores, es alejarnos de lo establecido y centrarnos en la creación de un proyecto eterno para, al menos así, haber logrado sembrar algo en el corazón de los demás. ¿Por qué vería, si no, un espectador una película, si no es para soñar? Está claro que, entre tanto desengaño vital, mientras el cine siga emocionando, el cine seguirá existiendo. Y, si no, al menos tenemos ‘Psicosis’ para verla en bucle hasta el siguiente aniversario de su estreno en Nueva York.

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