Opinión

Sácame a bailar

Sin poder bailar pegados en las discotecas este verano, ¿a quién diablos le va a gustar eso de la nueva normalidad?

La semana pasada, coincidiendo con el final de las fases y de las estrategias encaminadas a llevar a cabo el ansiado desconfinamiento, se cumplieron los cien primeros días de estado de alarma en nuestro país, y nadie tuvo la decencia de invitarme a bailar para celebrarlo. Sí, digo los cien primeros días porque la alarma es, en realidad, un estado mental, y poco importa lo que diga un presidente o todo un consejo de ministros si en el fondo vamos a seguir con las mismas. Y créanme: todo va a seguir igual; porque eso de volver a la normalidad sin que en las discotecas se permita el magreo, sin que en los bares uno pueda ponerse a mover el esqueleto de repente y sin que en las pistas de baile uno pueda estar acompañado -o buscando compañía- no es, para nada, volver a la normalidad.

Paradójicamente, parece que a finales del siglo XIX las cosas estuvieran mucho más controladas que ahora, en según qué términos. Recordemos, antes de nada, que el XIX fue el siglo del cólera, una de las enfermedades que más epidemias ha provocado en la historia de la humanidad; pero, también, fue el siglo del dandismo y del esteticismo, y esa gente -¡Oh, esa gente!- tenía remedios para todo. No era, sin embargo, el peso de los acontecimientos lo que marcaba el rumbo de los hechos sino el peso cultural de las costumbres victorianas y de las tertulias de salón. Así, las mujeres, si querían bailar con alguien en una fiesta, tenían que llevar consigo un carnet especial, un «carnet de baile», donde apuntar las canciones que sonarían en el evento, con quién compartirían cada una y cuánto duraría el espectáculo. Entonces, efectivamente, había casi los mismos protocolos preventivos que hoy, pero no había coronavirus; había algo peor: el yugo de las tradiciones.

En ‘El abanico de Lady Windermere’, de Oscar Wilde, por ejemplo, el personaje de la duquesa de Berwick se alegraba enormemente «de que lady Windermere haya resucitado los ‘carnets’». En su opinión, éstos eran «la única salvaguardia de una madre», pues gracias a ellos una podía conocer de antemano con quién bailaría su pequeña durante la noche, y podría impedírselo si los muchachos no resultaban de su agrado, bien fuera por su físico, bien fuera por su edad o por su condición. En cualquier caso, las madres se quedaban tranquilas porque sus hijitas estarían a salvo; hoy, los padres duermen sin problema porque saben que su prole no se puede revolver en las barras de los bares. ¿Dormirían mejor, incluso, si se rescatara aquella antigua tradición decimonónica? ¿Estaría más a salvo la sociedad si, una vez imposibilitados los bailes entre desconocidos, se instaurara un nuevo «carnet» con el que controlar con quién se junta cada uno? Recordemos: nombre de la canción a compartir, nombre del pretendiente, anécdotas, cotilleos, el tiempo para estar pegados permitido y lo más importante de todo: el estado de salud de la pareja en el momento exacto en que la música empieza a sonar. En los tiempos del «yo perreo sola» que canta Bud Bunny, podría llegar a ser un éxito; siempre que sea uno mismo quien tome sus propias decisiones y no se las impongan los demás.

Si no, la otra opción es la siguiente: el escritor catalán Miqui Otero, en su novela ‘Rayos’ (Blackie Books, 2016), lo llamaba «El Videoclip Real», y consistía en «mirar donde los otros no miran», en descubrir «que no hay sorpresas bajo los focos y que es mucho más interesante escuchar la música mirando las caras de la gente del público» que ponerse a bailar. Al fin y al cabo, ¿qué otro lugar existe en el universo que sea más igualitario y democrático que una pista de baile? Allí, todo el mundo se relaja y muestra su verdadera identidad: «Esos vecinos tan serios, esos que nos cruzábamos en el ascensor y no decían ni hola. Ese padre, siempre mascullando lamentos, que ahora sorbía cava y gritaba como un niño. Esa madre, que chillaba cada día a sus hijos, ahora bailando que ojalá lloviese café en el campo. Ese portero de la finca, siempre solo en su cesta, que ahora le metía mano a su novia». Porque las discotecas, lejos de lo que la gente se imagina, están ahí para hacernos la vida un poco más llevadera, nada más.

Sea como sea, nosotros hemos venido a este mundo a bailar, como Bad Bunny, como Sergio Dalma cuando cantaba aquello de que «bailar de lejos nos es bailar, es como estar bailando solo». Nosotros hemos venido a seguir el ritmo y a pasarlo bien; y hasta que no podamos revolvernos de nuevo en las discotecas no volveremos a sentirlo. Lo primero es lo primero, claro está; pero siempre pensé, a lo largo de esta pandemia, que cuando todo terminase alguien me llamaría, me esperaría debajo de casa y me sacaría a bailar. Qué pena que nadie lo haya hecho; porque eso significa que los sinsabores que trae consigo la «nueva normalidad» son infinitos. ¿Ven ahora cómo el estado de alarma era, en realidad, un estado mental?

Alfonso Mareschal (Santa Cruz de Tenerife, 1995) es graduado en Derecho y Periodismo; un poco por vocación, un poco por vocativo. A pesar de tener estudios jurídicos, prefiere defender sus causas por medio de la palabra y de la literatura. Sus primeros pasos dentro de un medio de comunicación los dio en Esquire, aunque también ha trabajado en la Cadena COPE y El Mundo, entre otros. Además, es autor de la bitácora digital ‘Bloc en blanco’, colaborador en FronteraD y coautor del libro de entrevistas ‘#SoyPeriodista’ (CEU Ediciones, 2019).

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