Opinión

Pensamiento viral: respuestas filosóficas a la pandemia, de Agamben a Žižek

Todos nos hemos formulado una opinión de la pandemia del COVID-19, pero algunos lo han hecho con un poco más de implicación, seso y contundencia. Reseñamos, aquí, cinco de las propuestas más interesantes, de Agamben a Žižek.

Son tiempos revueltos los de ahora; tiempos en los que a muchos de nosotros nos vendría bien un poco de orientación, una opinión compleja y cualificada, incluso si nos vale solamente para descubrir que no estamos de acuerdo.

Et voilà, aquí encontraréis un recorrido y una pequeña valoración/reseña de cinco de las últimas contribuciones que algunos de los intelectuales más destacados en la actualidad han decidido regalarle al mundo, todos ellos respondiendo a los desafíos que plantea la pandemia del Covid.

Agamben

Giorgio Agamben fue de los primeros que comentaron la pandemia desde un punto de vista filosófico; su texto, publicado el 22 de febrero en el portal italiano Il Manifesto, abordaba las restricciones introducidas en respuesta al Covid desde la óptica de su teoría del estado de excepción, la piedra fundamental de su filosofía. En este sentido, Agamben advierte que la pandemia —en aquel momento aún no reconocible como tal— fácilmente pudiera servir de pretexto para justificar la erosión, paulatina pero permanente, de muchas de nuestras libertades civiles. El gran problema de su texto es uno tan sencillo como pernicioso: la información factual en base a la cual construye su argumento deriva de un informe publicado cuatro días antes por el Consiglio Nazionale delle Ricerche (el CSIC de Italia) con la obvia finalidad de mitigar —«no hay una epidemia de SARS-CoV2 en Italia»— los temores más angustiantes. Sobre el fundamento de esos datos provisionales e imprecisos, por llamarlos de alguna manera, Agamben estimaba que los riesgos asociados a la nueva enfermedad eran parecidos a los de «una gripe normal y corriente». La amenaza, por consiguiente, era fantasmal, o al menos grotescamente hinchada; las medidas de contención desmesuradas, hasta draconianas; y la situación en general no hacía sino facilitar la implementación cada vez más cruenta del estado de excepción como único y duradero modelo de gobierno. Sabemos todos, sin embargo, que luego sí que hubo epidemia en Italia.

Desde luego, es valiente pronunciarse el primero. En retrospectiva, uno siempre lo ve todo mejor, y en su contexto, y tan estupendo. Lanzarte al vacío cuando la batalla se está librando en lugar de volver después, con el cepillito y todo el equipo arqueológico, tal vez no siempre sea lo más sesudo, pero también tiene su mérito. Y digo esto porque resultó que Agamben no acertó con su primera estimación; de hecho, tal fue la oposición que generó su texto (y tan tremendos los desarrollos en Italia posteriores a él) que se vio obligado a suplementarlo con unas ‘aclaraciones’ escritas de mala gana. Lástima que las mismas, en pronunciado contraste con sus reflexiones iniciales, aparte de aclarar poco, parezcan metidas con calzador. La pandemia -escribe- sirve ante todo para mostrarnos que el bien más valorado por la sociedad italiana actual es la supervivencia, la ‘nuda vida’ (concepto clave, por lo demás, en el sistema del italiano). Es cierto que esa abstracción de vida —biológica, muda y estúpida— en sí vale bien poco; es curioso asimismo, no obstante, que Agamben no vea -no quiera ver- que en determinados momentos es sólo a través de la protección de la misma cómo somos capaces de salvar también todo lo demás. En fin, la contribución de Agamben seguramente no es la más concordable; aun así, su gran valor consiste en recordarnos un punto absolutamente central: que la oposición a medidas palmariamente desproporcionadas e invasivas en ningún momento la podemos dejar en manos de gente como Trump, Bolsonaro o los vecinos de Núñez de Balboa. Mucho mejor será que lo hagamos todos y cada uno, y no siguiendo los impulsos provenientes de las regiones más bajas, sino tras una evaluación sincera y crítica, como hizo él.

Giorgio Agamben (Roma, 1942).

Han

Byung-Chul Han es uno de los fichajes más recientes para el equipo de los pensadores cosmopolitas de ahora, del panorama más cosmopolita y actual; como tal, no ha tardado en pronunciarse sobre la pandemia. En su artículo para El País, publicado el pasado 21 de marzo, el surcoreano movilizaba de nuevo la milenaria dicotomía Oriente–Occidente que algunos ingenuos como yo ya creíamos invalidada y superada. Todo lo contrario: Han —claramente desde la posición del ‘infiltrado’, del insider epistemológico capaz de revelarnos verdades, indescubribles para nosotros, sobre el Lejano Oriente— adscribe la fortuna relativa de muchos países asiáticos a una serie de valores culturales ancestrales, supuestamente radicados en el corazón de sus sociedades. Han, eso cabe decirlo, acierta en lo factual (aunque poco más que eso): en particular, Corea del Sur -su país de origen- desplegó lo que a buen seguro fue la contención más eficaz y menos invasiva de todos los países del planeta; un éxito basado en un riguroso régimen de pruebas, un eficiente sistema de contact tracing y una gran entrega por parte de la población, todo ello, además, sin haber tenido que recurrir a una cuarentena en sentido clásico y estricto.

Cuánto me habría gustado un examen fenomenológico, sensible y profundo en su texto de las circunstancias que hicieron posible el buen resultado de este caso específico. En lugar de eso: verdades de Perogrullo sobre la mayor disposición de los ‘asiáticos’ a ‘obedecer la autoridad’, la prevalencia en Oriente del ‘colectivismo’ frente al ‘individualismo’ imperante en Occidente, el menor recelo en ‘esos países’ a las tecnologías digitales de última hora, etc. ¿Imposible, decís, que haya escrito semejantes superficialidades? Baste con un solo ejemplo que, no obstante, lo dice todo: «Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo)». Un ejercicio de reducción más eficaz que este —capaz de condensar el desarrollo filosófico y cultural en toda una región enorme de este planeta a lo largo de miles de años en un único paréntesis— no se ha visto todavía. (Por cierto que referirse a los hongkoneses como gente de «mentalidad autoritaria» sólo puede ser expresión de no haber abierto un periódico en el último año). Está bien (y es necesario) cultivar una imagen determinada cuando uno entra en el escenario internacional; también está bien tener algo de sustancia para engordar y robustecer esa imagen; pero no es suficiente a estas alturas. No quiero decir, con esto, que Han no la tenga -en general-, pero, eso sí, muy poquito de ella es la que aparece en su texto reflexivo sobre las consecuencias del Covid.

Byung-Chul Han (Seúl, 1959).

Harari

Yuval Noah Harari, lo reconozco, en realidad no es filósofo, aunque lo lea Pablo Casado. Al menos, no del todo. Su contribución para el Financial Times está dotada de una buena cuantía de ‘sequedad del historiador’, que resulta muy oportuna para este análisis más reposado de los desarrollos actuales. A pesar de algún que otro lugar común (¿«toda crisis siempre es una oportunidad también»?, please…), la voz equilibrada de Harari —que por lo demás predijo con bastante exactitud que la cosa iba a ir muy mal en Estados Unidos— razona con tesón por qué tendríamos que entender la pandemia y sus repercusiones más directas como un «test of citizenship» (lo dejo así en inglés porque realmente no se me ocurre ninguna traducción acertada).

Ahora, con el mundo revuelto y el futuro más que incierto, es el momento de demostrar que sabemos ser ciudadanos ‘mayores de edad’, reflexivos y responsables, y tanto más a la luz de unas medidas no siempre bien consensuadas, aprobadas con una velocidad que antes sólo se ha visto en los rincones más sombríos de la historia: «Tal es la naturaleza de las emergencias. Aceleran los procesos históricos». Así, muchos de nosotros ahora formamos parte, en la perspectiva del israelí, de un experimento social impensable en ‘tiempos normales’. Harari comparte hasta cierto punto los temores de Agamben o de Han sobre esa condición experimental de lo contemporáneo; en última instancia se decanta, sin embargo, por un poderoso alegato en favor de la cooperación internacional: «Si elegimos la solidaridad global, no sólo venceremos al coronavirus, sino también a todas las epidemias y otras crisis que pudieran acechar a la humanidad a lo largo del siglo xxi». Una nota cautelosamente optimista, una gota de consuelo —al menos para mí— en ese mar de lágrimas que son las noticias de estos últimos meses.

Yuval Noah Harari (Kiryat Atta, 1976).

Malabou

En curiosa proximidad a otros textos franceses marcadamente introspectivos, como el ya archiconocido Journal du Confinement de Leïla Slimani, Catherine Malabou redactó lo que es, sin duda, el texto más personal (aquí en español) de todos los aquí reseñados. En él, en lugar de especular en torno a las múltiples ramificaciones que pudiera -o no- tener la pandemia sobre cualquier ámbito de nuestra vida contemporánea, la filósofa francesa desarrolla una meditación centrada en la inmanencia de la experiencia confinada. Ya por esa variación temática, tan refrescante como sugerente, merece la pena dedicarle unos instantes. Malabou, así, empieza tendiendo un puente a un pasaje extraído de todo un clásico de la filosofía, las Confesiones de Rousseau. No en balde, uno de los padres de la filosofía francesa, en 1743, tuvo que hacer frente al siguiente dilema, tan parecido a los dilemas actuales: un viaje de París a Venecia que involuntariamente tuvo que ver interrumpido en Génova cuando la noticia de una epidemia de peste en Messina obligó a los pasajeros del Felucca a sufrir una cuarentena de tres semanas. Le dieron dos opciones: quedarse a bordo del barco o trasladarse al Lazzaretto, un hospital para infecciones contagiosas que en aquel momento todavía estaba en construcción. Lo curioso fue que todos menos Rousseau optaron por el confinamiento marino, con lo que el francés pasó sus veintiún días en total soledad. ¿Os suena?

A partir de las memorias de Rousseau, complementadas por unas delicadas referencias a la obra tardía de Foucault -con su enfoque en el souci de soi (este último, también acorralado en una situación de creciente aislamiento social provocada por el estigma de la enfermedad)-, Malabou llega a la conclusión de que el gesto de distanciamiento ha de ser redoblado: «la cuarentena sólo es tolerable si te pones en cuarentena de ella; si te pones en cuarentena dentro de la cuarentena y de ella al mismo tiempo, por así decirlo». En otras palabras: los momentos de aislamiento se viven mejor cuando uno, en vez de tomarlos con la seriedad de lo inmediato, introduce un escudo de reflexividad para resguardarse de los efectos psíquicos más temibles y debilitantes, a pesar de que podamos llegar a sentirnos indefensamente solos. Tal distancia -doble- no sólo proporciona calma interior, resiliencia y un sinfín de ventajas más, sino que sirve también para mantener abierta —por paradójico que pueda sonar— la posibilidad del contacto con el Otro, con los demás: «Una epoché, una suspensión, un paréntesis de socialidad», concluye Malabou, «es, a veces, el único acceso a la alteridad».

Catherine Malabou (Argelia, 1959).

Žižek

Slavoj Žižek, por su parte, es el último pensador de este listado; es sin duda el primero, no obstante, en dedicarle al tema del Covid no unos tristes artículos, sino un libro entero (por cortito que sea). Un libro que es una pequeña decepción y una gran suerte al mismo tiempo.

Una decepción, porque, de buenas a primeras, puede parecer una mezcla desabrida de unas žižekiadas que ya empiezan a cansar —por ejemplo, el entusiástico elogio del libro La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han (coincidimos con él, es de lo mejorcito del coreano-berlinés) que le debió de causar tal impresión que a renglón seguido lo ‘homenajea’ citando un resumen de Wikipedia— y unos comentarios rayanos en lo absurdo. Inmejorable, desde luego, su advertencia, totalmente seria, de que, ¡ojo!, la Técnica del Corazón Explosivo (ya sabéis, el final de Kill Bill) no funciona en la realidad.

Una suerte, porque, más allá de esas extrañas cabriolas, se trata de un ensayo que actualiza un buen número de posturas clásicamente žižekianas, adaptándolas a las particularidades de esta pandemia sin precedentes. Si bien las coordenadas fundamentales son las de siempre  —‘Esta vez sí que caerá el capitalismo’, ‘Ahora es el momento para ser radicales’, and so onPandemic! logra lo que no siempre se da en el caso del esloveno: desarrollar un discurso coherente (con sus digresiones, eso sí) y -a grandes rasgos- consistente sobre el tema en cuestión. Con más versatilidad de la que han demostrado muchos de sus coetáneos, Žižek -quien juega con la ventaja de la mayor extensión que ofrece el formato del libro- aborda el asunto principal por diferentes vías de acceso: desde los estragos causados por la desinformación hasta la cuestión de cómo conceptualizar esta crisis en términos ecológicos.

En contra de su tendencia habitual del ‘remix’ de autocitas, en su libro más reciente nos aguarda la placentera sorpresa añadida de unos pasajes genuinamente frescos, atractivos y nunca vistos. Así, Žižek desenmascara -por ejemplo- la exhortación final del famoso panfleto situacionista sobre ‘la miseria en el medio estudiantil’, «vivre sans temps mort et jouir sans entraves», como ingenuidad falaz, con un veredicto que es tan duro como glorioso: no sólo es un horror imaginarse esa vida ‘sin tiempo muerto’, repleta de una incesante pseudo-actividad, sino que la demanda en apariencia rompedora y radical de ‘disfrutar sin ataduras’ es, en realidad, nada más que el imperativo del superyó en estado puro. Y es más: lo que los situacionistas concibieron antaño como propuesta utópica, en verdad lo estamos viviendo tal cual en este momento, y estamos viendo que de utopía poco tiene. Adiós, dulce tiempo muerto; te echaremos de menos ahora que parece que estamos teletrabajando las veinticuatro horas del día. Bienvenido, disfrute inmediato; que estás siempre a un solo click (y, sin embargo, nunca aquí).

Finalmente, Žižek cierra su librito con una nota muy personal: una glosa de dos cartas que recibió de un amigo brasileño y de otro alemán, respectivamente. Se centra, como Malabou, en una serie de técnicas para amortiguar el impacto psicológico que la cuarentena ha tenido (y sigue teniendo) sobre muchos de nosotros. Estar en casa es más placentero, claro está, cuando no te obligan a ello. Una de sus sugerencias es especialmente alentadora: abraza tu síntoma, identifícate con él, dales rienda suelta a todos esos rituales de los que sabes que son ilusorios e irracionales, pero que aun así te calman y te proporcionan estabilidad. Ya atajarás todo ello más adelante; esto sí que es una buena recomendación.

Slavoj Žižek (Liubliana, 1949).

Es difícil, por tanto, decidir cuál de todas estas opiniones cuasi-délficas es la más acertada, quién de estos autores ‘tendrá razón’ después de todo. ¿El Covid marcará el comienzo de una nueva era de solidaridad y cooperación internacional? ¿Ya pronto estaremos tan vigilados por nuestros gobiernos que 1984 nos parecerá un paseo en la playa? Quién sabe. Yo, por mi parte, me quedo con la idea de que el secreto está en la diferencia. Quiero decir, cuanto más contrastemos lo que vemos, leemos y creemos, mejor. Claro, por esa misma razón aquí se reseñan cinco visiones distintas. Aunque, si tuviera que seleccionar una sola, me quedaría con la de Malabou. ¿Consejos razonados de cómo aguantar bien este periodo tan difícil en lugar de especulaciones grandilocuentes? Me parece que es justo lo que pide el cuerpo -y el momento actual-.

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