Literatura

‘¿Qué nos pasó?’ El diario de confinamiento del dramaturgo Wajdi Mouawad

Con una lúcida mirada, el dramaturgo canadiense Wajdi Mouawad ha plasmado, mediante una serie de grabaciones radiofónicas emitidas en formato 'podcast', un buen puñado de reflexiones sobre la pandemia, el confinamiento y nuestra manera de entender y de estar en el mundo.

«Es muy posible que dentro de diez años (…) nos acordemos de todo esto como de aquellos tiempos en que vivimos algo poderoso, intenso, inmenso, que nos permitió quedarnos entre nosotros, en casa, y reinventar el tiempo». La frase la firma o, mejor dicho, la graba Wajdi Mouawad, uno de los dramaturgos más renombrados de los últimos años, autor de obras como Incendios o Ánima, en las que los mitos de la Antigüedad clásica se confunden con la contemporaneidad más absoluta, y la cotidianidad del lenguaje costumbrista con la más terrible de las tragedias familiares. En doce grabaciones, Mouawad ha documentado en formato podcast sus experiencias durante el confinamiento provocado por la crisis del coronavirus. Cuatro de estos documentos pueden ser escuchados en Spotify en lengua castellana, gracias a la traducción y al doblaje de Diario Vivo. En esta breve hora y media de audio, Mouawad consigue extraer una gran fuerza poética de palabras sencillas y cercanas. Y como en la obra de otros grandes autores, se desprende una forma de comprender el mundo, de relacionarse con el «yo» y con el «otro», con el tiempo y con el espacio. 

En este camino de autoconocimiento, Mouawad no solo estudia el impacto del confinamiento vivido hace unos meses sobre nuestras vidas, sino el otro confinamiento, el continuo, el de aprender a vivir con uno mismo. Alejado de la rutina, que abandonamos ahí fuera, este aprendizaje puede ser todo un reto, hasta el punto de conducirnos a un estado en que nos encerramos dentro de nosotros mismos, deseosos de salir a ese mundo hostil que antes nos parecía tan corriente y ordinario. Este es el comienzo de lo que Mouawad llama nuestra mutación: desvincularse de la realidad hasta acostumbrarse a la única realidad del hogar, de lo interior y de lo íntimo; una transformación tan tentadora como peligrosa. 

Al contrario que para Rafael Argullol, para el que la idea de un castigo divino no es más que un síntoma del desasosiego producido por la incertidumbre –en esta peste como en tantas otras del pasado–, para Mouawad no debemos buscar culpables entre el pangolín y el murciélago, sino en nosotros mismos, en el intrincado laberinto humano para el que la pérdida de un ser querido se reduce a un número en una estadística. La hermana del autor visitaba diariamente al padre de ambos en una residencia de ancianos de Montreal. Ahora, este se pregunta: «¿Dónde está ella ahora? ¿Dónde esta?». ¿Y dónde están todos esos que nos rodeaban? 

De la soledad del confinamiento surgen las más extrañas compañías. Como en Litoral, en que nuestro protagonista camina siempre acompañado de un caballero andante al que solo él puede ver; como en Incendios, donde los personajes hablan a través del tiempo y del espacio, a veces incluso con otras versiones de sí mismos; hemos practicado el espiritismo de los muertos y el espiritismo de los vivos: rememoramos el pasado, imaginamos el futuro, quedamos con nuestros amigos, visitamos a nuestras parejas y nos reunimos con nuestros seres queridos. Todo ello sin salir de nuestra mente, en la intimidad de nuestras cabezas. 

Esto en lo referente a las personas. ¿Y qué pasa con los objetos? Ay, aún peor. Son incluso más exigentes, pero nos reclaman más silenciosamente. Nos hemos condenado a reencontrarnos con ellos. Cuenta Mouawad: «Me decido a poner en orden mi bolso (…) que, a pesar de todo, parece estar mucho más sereno que yo. “Así que tú también… ¡cállate la boca!” le advertí, para que las cosas quedasen claras» .

Hemos descubierto que la casa no puede ser un lugar donde simplemente se come o se duerme: ha de ser un lugar para estar. Y puesto que convivimos con nuestra casa como con nosotros mismos, muchos se lanzaron al orden de los armarios y a la limpieza de la cocina y el baño como forma de puesta a punto de la propia psique. Otros, en cambio, decidieron concentrarse en las pequeñas cosas del hogar: mirar las palmas de las propias manos, mirar el recorrido de un rayo de Sol. «No centrar la mirada, no fijar las cosas. Dejarlas, al contrario, libres». 

Al final, después de la incertidumbre, el miedo por los seres queridos y la soledad, hemos terminado por mutar, nos hemos acostumbrado a la cuarentena, incluso a estar en casa como en nuestra mente o en nuestra mente como en casa. «Las cosas nos acompañan, pero no son nosotros» dice Mouawad. En la representación de su obra Incendios, bajo la dirección de Mario Gas en el teatro de La Abadía en 2016, una mujer anciana curtida en guerras y maltratos, interpretada de manera formidable por Nuria Espert, rompe sus diez años de silencio para decirle a sus hijos: «Ahora estamos bien. Lo importante es que ahora estamos bien». Y ciertamente, puede que eso sea lo único que importe. 

*Capítulo 04×01, ‘El espejo del rostro’, del podcast Qué nos pasó. Diario de confinamiento de Wadji Mouawad:

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