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¿Cuándo volverá el Rastro a madrugar?

Momentos duros se ciernen sobre el Rastro, un lugar con alma y carácter que, como tantos otros por culpa de la pandemia, se ha visto obligado a cerrar. Desde entonces, todo el mundo se pregunta: «¿Cuándo volverá el rastro a madrugar?».

A las cinco de la mañana un domingo, hay quien se levanta por pasión. Otros lo hacen por vivir; otros por mantener una tradición familiar que va en la sangre, en el ADN. Con el calor del verano madrileño que convierte a cada transeúnte en un abrasado san Lorenzo o en las mañanas de invierno en la ciudad en las que el frío acompaña hasta casa metido en los huesos, los humildes comerciantes del Rastro se han mantenido fieles cada domingo a su centenaria profesión. Así fue, al menos, hasta que llegó ese virus —por cuyo nombre tiembla el verbo— que tantas vidas ha cambiado. Desde entonces, el Rastro de Madrid duerme en sus trasteros y muchos de sus comerciantes se ven obligados a recurrir a comedores sociales desde los que anhelan el momento de volver a madrugar por pasión, por legado y, sobre todo, por vivir.

Este mercado —el mercado de pulgas más grande de Europa— debe su nombre al rastro de sangre que las reses dejaban por la Ribera de Curtidores al ser llevadas al matadero municipal. Otros, sin embargo, creen que se debe a que el propio término significa matadero. Y es cuando menos curioso que de un matadero haya nacido con los siglos un mercado tan rebosante de vida. En su más inmadura niñez, aparecieron las rastreras, que, al grito de «¡Vaya lengua y vaya mondongo que tengo!», se ganaban la vida vendiendo las peores partes de la vaca ya sacrificada. Tras ellas vinieron candeleras, cordeleras, zapateros y curtidores, los cuales dan nombre a la sonada Ribera ya mencionada. Cuando el niño Rastro fue creciendo y con él se fue refinando el desparpajo madrileño para la subsistencia, los comerciantes se fueron desligando de las labores derivadas del matadero y comenzó la venta de artículos de segunda mano hasta hoy mantenida. Las famosas pulgas. Y así se fue tejiendo la infancia prepuberal del aclamado mercado, entre pajareros, vendedores de crecepelos, mozos de cuerda y barquilleras exiliadas de la plaza Mayor.

Pero todo niño crece y nuestro mercado infante dejó de serlo. Como muchos niños, su adolescencia fue convulsa y, al llegar la Guerra Civil, hubo de reinventarse y en él comenzaron a venderse alimentos de estraperlo que a más de una familia solucionaban el mes en tiempos de racionamiento. Ya entrados en la dictadura, el Rastro siguió abierto y haciendo de las suyas. Era el lugar donde los jóvenes ardorosos de deseo compraron las primeras píldoras y preservativos prohibidos por el régimen. Y de aquella juventud rebelde, llegó la sosegada y enriquecida madurez de la que hasta nuestros días presume. A sus apasionados comerciantes, se unieron artistas callejeros como mimos, titiriteros, prestidigitadores, músicos, pintores y poetas que aportaron al ya emblemático mercado madrileño esa aura artística que lo convierte en un emblema para aquél que dice -o que desea- ser buen madrileño.

Este lugar donde se presume de tacón pero se pisa con el contrafuerte nunca ha dejado indiferente a nadie. Grandes personajes de la historia y la cultura como Pascual Madoz, Baroja, Gómez de la Serna -«el Rastro no es un lugar simbólico ni es un simple rincón local, no; el Rastro es en mi síntesis ese sitio ameno y dramático, irrisible y grave que hay en los suburbios de toda ciudad»-, Gloria Fuertes -«incunables tengo gusanos de seda, / hay cunas de niño y gafas de sol. / Esta bicicleta aunque está oxidada es de buena marca. / Muchas tijeritas, cintas bastidor»-, Sabina -«iba cada domingo / a tu puesto del Rastro a comprarte / carricoches de miga de pan, soldaditos de lata. / Con agüita del mar andaluz quise yo enamorarte / pero tú no querías más amor / que el del Río de La Plata», Ara Malikian o Andrés Trapiello contra lo que algunos piensan, el Rastro, tan cochambroso, es un lugar de poesía, de sutilezas. No es propiamente lo que entendemos por un lugar poético (…), pero si en algún lugar del mundo la poesía tiene una gran autoridad es ahí»- han encontrado en el Rastro un lugar grave, misceláneo e inspirador. Y es que el Rastro es ese lugar amable donde al salir del metro se escuchan bandas de jazz tocando en la calle. Ese lugar de reunión macabro donde al volver la cara se puede ver a los Hare Krishna atravesando el gentío entre cantos y bailes. Es ese mercado un inmenso mantón tejido hilo a hilo con los recuerdos de todo aquél que pasó por él: el niño cambiando cromos en la plaza de Campillo, el libro desahuciado de librerías a sólo un euro, el visón de la abuela a precio de ganga, las fotos antiguas, los discos de grupos de La Movida, los uniformes militares que visten actores de teatro y toda la maravillosa amenidad que puede albergar un etcétera. En el Rastro se pone en pausa al frenesí de la capital para aprender que los domingos no son tristes y que en Madrid saben mejor. Allí, la gentileza y humanidad que albergan las manos del anciano tendero rejuvenece el alma de su comprador.

Hoy se escuchan por España sollozos de capital. Llantos ahogados con acento gato que brotan del deseo de vuelta de uno de los pilares de su identidad. Como dice Trapiello, el Rastro «es también el lugar por excelencia de los finales que son principios, quiero decir, que es el lugar de las resurrecciones. El lugar del acontecimiento, de la revelación, por una parte, y por otra, el del reencuentro». Y ahora llora Madrid, entonces, preguntándose cuándo será el momento en que el bullicio del Rastro la vuelva a hacer madrugar. Esperamos, de todo corazón, que sea pronto.

*Imagen de cabecera original tomada por el fotógrafo César Lucas en el Rastro de Madrid (1976).

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