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‘Rusalka’ en el Real: un alarde de resistencia frente a los tiempos difíciles

Mientras las grandes "opera houses" del mundo siguen cerradas, el Teatro Real ha presentado 'Rusalka' noventa y seis años después de su primer estreno en Madrid. Una producción exigente que representa el más vivo retrato de nuestro yo interno; una producción que al mirarla, nos permite mirarnos.

«¡Qué hermosa está esta noche la princesa Salomé!» gritó el joven sirio de la obra de Oscar Wilde nada más subir el telón. «No debes mirarla» fue la incesante respuesta que recibió hasta que, enloquecido, decidió quitarse la vida. Nadie debía mirar a Salomé como nadie debe mirar aquello que está maldito. Pero, como ocurre con todo lo prohibido, su atracción era inevitable. A lo largo de la tragedia, la pálida luz de la luna baña la silueta de la princesa; una luna que -presagio de lo ineludible- se mantiene ingrávida en el cielo oscuro y acentúa la escena dramática. Los decadentistas como Wilde tontearon con el malditismo y la superstición al igual que, más tarde, García Lorca repetiría en su Romance sonámbulo: «bajo la luna gitana, las cosas la están mirando pero ella no puede mirarlas». Un eco sórdido de Salomé. Una fija creencia de la luna como locura y muerte.

Si lo pensamos bien, a nosotros pocas veces se nos admite contemplar algo -o a alguien- sin parar, indiscretamente, absortos y con la mirada firme. Hay algo de indecente en ello. Sin embargo, en otras ocasiones, observar a otros resulta esencial, la base de todo. Hablamos, por supuesto, del teatro. Por eso, la noche del 12 de noviembre, el público del Teatro Real de Madrid se lo pudo permitir y miró, miró mucho. En el estreno de la ópera Rusalka del checo Antonín Dvořák, tras más de noventa y seis años de ausencia, la soprano Asmik Grigorian fue quien sostuvo los ojos insaciables del público sobre ella durante más de dos horas y media de música, solo interrumpidas por dos pausas que extendieron la velada hasta los albores de la medianoche. Todos los presentes coincidieron: su interpretación fue convincente; su voz, extensa; su magnetismo, evidente. En lo que fue su debut en el coliseo madrileño, nosotros la miramos y ella se dejó mirar.

Rusalka se inspira en La sirenita de Andersen y desprende claros tintes de mitología eslava. Originalmente, Rusalka es una náyade que vive en el mundo de las aguas junto a sus hermanas y su padre pero que anhela salir afuera para estar con su príncipe humano. A cambio, debe perder la voz. La canción de la luna del primer acto –quizá, la parte más conocida de la obra- es una canción de cuna que el compositor adaptó a su ópera y que Asmik interpreta desde la cama para pedirle a la luna que le haga saber a su príncipe el amor que siente hacia él. De nuevo, la luna se antoja elemento recurrente. A partir de ahora, Rusalka encarnará el frío reflejo lunar con las connotaciones que ello implica. Sin embargo, esta vez, la luna no aparece por ningún lado. La apuesta escénica del director Christof Loy se deshace de ella y la cambia por una lámpara de araña que procura una luz gélida y azulada a todo el espacio. El efecto sigue siendo intencionadamente el mismo, aunque mucho más artificial.

De la misma manera, esta Rusalka ya no acontece en el reino de las aguas, sino en tierra firme. Los personajes forman parte de una compañía de teatro -el teatro dentro del teatro- y el escenario se convierte en un foyer donde, entre otras muchas cosas, se representa y combate la dualidad del ser humano: lo apolíneo y lo dionisíaco; lo sublime y lo terrenal; la pureza y el deseo. Un dilema que a más de uno ha hecho dudar y a más de dos, perder la razón. La historia de Rusalka reflexiona sobre la necesidad de liberarse del yugo familiar, sobre el deseo de experimentar aquello que desconocemos o sobre lo que somos capaces de dejar atrás por un sentimiento. Pero aquí venimos a incidir en la pérdida del amor verdadero por -digámoslo así- lo efímero de una noche. Algo que en la obra está muy presente y en esta producción, aún más.

Rusalka (Asmik Grigorian) permanece impasible en medio de la escena. (© Teatro Real)

Lo que se suponía una relación indisoluble entre ella y el príncipe se torna en frustración cuando la princesa extranjera –interpretada por la gran cantante Karita Mattila– entra en escena. Entonces, el mundo humano ya no es ideal sino fútil, maleable y disoluto y se traduce en espectáculo orgiástico frente a una Rusalka que destrozada yace en el suelo a la vista de todos y a cuya vista ocurre (de) todo. El segundo acto de Christof Loy se desarrolla en alboroto y desorden, mientras la princesa extranjera exclama: «cuando os encontréis en los brazos de esa belleza sonámbula y muda, ¿quién hará arder vuestras pasiones? ¡Oh, qué desperdicio de pasión!». Como era de esperar, el príncipe rechaza a Rusalka y la traición se precipita hacia un final amargo.

La moraleja es bastante obvia. En esta producción, se aniquila cualquier resquicio de cuento de hadas. El amor es cruel y la naturaleza, todavía más. El director de escena inteligentemente coloca, en el primer acto, una roca en medio del escenario que luego desplaza hacia la ventana en la parte final. Simboliza la naturaleza, presente hasta en los mismos cimientos del teatro para hacer prevalecer la idea de que esta es absoluta y, para nosotros, es inútil negar quienes somos. Por eso, el príncipe -un simple humano- es destruido por su propia pasión y ella -criatura mágica e incomprendida- se ve obligada a regresar a donde realmente pertenece.

El resultado de la función es impecable y el de la puesta en escena también; y si la ópera es la vida y mirarla es mirarnos, tuvimos la suerte inmensa de ver nuestro reflejo -una vez más- en la única ópera abierta del mundo.


Rusalka es una ópera en tres actos del compositor checo Antonín Dvořák que fue estrenada en Praga en 1901. Al Teatro Real llegó en 1924 y desde entonces, no se había vuelto a representar. La obra está llena de influencias de la cultura checa. Por eso, se la suele relacionar -musicalmente hablando- con el nacionalismo propio de su país, aunque con tintes impresionistas y una fuerte presencia wagneriana. El argumento principal está basado en la historia de una ninfa acuática que se enamora de un príncipe humano. Para poder estar con él, la bruja Ježibaba le permite convertirse en humana a cambio de perder la voz. Además, si el príncipe le traiciona, tanto ella como él quedarán malditos. Es entonces cuando una princesa extranjera se entromete en la relación y el príncipe sucumbe a sus encantos. El desenlace culmina con la muerte del príncipe y el regreso de Rusalka a las aguas. Se representará en el Teatro Real de Madrid hasta el 27 de noviembre de 2020.

Foto de portada: © Teatro Real

Acerca de Victoria Ocaña

Victoria Ocaña. Tras graduarse en Estudios Ingleses (UCM), completó su formación con un máster en Cultura Contemporánea por la Fundación Ortega-Marañón. La carrera le enseñó a valorar, por encima de todo, nuestra lengua. Ahora escribe sobre literatura, historia y despoblación, pero lo que de verdad le apasiona es la música: desde Albéniz a El Columpio Asesino. Podría vivir sin la palabra pero nunca sin la música.

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