Literatura

Este año se derrumba y nosotros nos enamoramos (de la literatura)

Además del año de la pandemia, el 2020 ha sido el año de la literatura, el año en que más tiempo tuvimos para leer y el año de locura: por las novelas, por los premios, por la poesía. Al final, y afortunadamente, no todo han resultado ser malas noticias.

Ahora que el año de Galdós y Delibes —con permiso de la Covid-19— toca su fin, «hacemos el balance de lo bueno y malo», como bien cantaría Mecano en su canción Un año más. Y es que, aunque muchos hubiésemos querido saltar directamente al 2021 (previo tráiler, eso sí), es un gran balance el que ha de hacerse si se quiere analizar, debidamente, el papel de la literatura en este 2020.

El 2020 estaba pensado para ser un año de conmemoración; por un lado, del centenario del nacimiento de Miguel Delibes; por el otro, del centenario del fallecimiento de Benito Pérez Galdós. Es curioso que dos autores aparentemente distintos compartan, amén de la fecha de nacimiento y deceso -respectivamente-, uno de los rasgos más importantes en un escritor: su compromiso social. Galdós fue el autor del retrato de una España que se alimentaba de huevos crudos (Fortunata y Jacinta), el canario del Nobel arrebatado que, justo por retratar esa España, acabó muriendo pobre y ciego, manteniendo que «nuestra imaginación es la que ve y no los ojos». Por su parte, Delibes fue el hombre de la mirada amable, no por ello menos objetiva; aquel que lejos de acuchillar en sus novelas a las clases rurales, como sí hizo algún que otro coetáneo, las comprendía y se compadecía de su situación, llegando a afirmar que «la caridad solamente debe llenar las grietas de la justicia pero no los abismos de la injusticia» (Cinco horas con Mario).

Pero si de autores vigentes en este 2020 va la cosa, no podríamos olvidarnos de Emilia Pardo Bazán, doña Emilia. Desgraciadamente, su presencia en los medios se ha debido a pugnas políticas y dimes y diretes de su vida personal. Ante esto, invitaba Noelia Adánez, con toda la razón, a «sacar las manos de los pechos de Emilia»; y es que doña Emilia es, antes que nada, la inductora del naturalismo en la literatura castellana. La mujer que tenía el paisaje gallego en la punta de la lengua y cuyas reflexiones, altamente inspiradoras, siguen siendo aplicables en la actualidad, ¿o acaso no es hoy más importante que nunca recordar que «todas las mujeres conciben ideas, pero no todas conciben hijos», y que «el ser humano no es un árbol frutal que sólo se cultive para la cosecha»?

Al margen del recuerdo de genios pasados, este también ha sido el año de la justicia poética. Y es que ese género olvidado y mal pagado de la poesía —«sale caro, señores, ser poeta» (Poeta de guardia, Gloria Fuertes)— ha sido el gran protagonista del año, como así lo demuestran los diversos premios literarios otorgados a maestras y a maestros de la lírica. Tanto a nivel nacional, con el premio Cervantes de Francisco Brines, como a nivel internacional, con el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana de Raúl Zurita o el Nobel de Louise Glück, ha quedado patente que la poesía está más viva que nunca. Esta buena salud queda refrendada, precisamente, por nuevas generaciones de poetas jóvenes con voces poéticas maduras que presagian un gran futuro a su alrededor. Ya lo decía Rubén Darío: juventud, divino tesoro.

Decía Charles Caleb Colton, por su parte, que «el éxito nos muestra un lado del mundo» mientras que «la adversidad nos trae el revés de la pintura». Y es que de nada serviría este artículo si no mostrase también el revés de la pintura. El revés económico de los libreros que, frente a la crisis generada por la pandemia, soportan con esfuerzo de atlantes el peso de sus negocios para mantener la literatura a flote. El revés de un año de despedidas forzadas, donde también la literatura ha tenido que despedirse de autores como Juan Marsé, John le Carré o Carlos Ruiz Zafón. Este último, sin ir más lejos, decía que «cada libro, cada tomo que ves tiene el alma de quien lo escribió y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él». Hoy, todos ellos vivirán, como diría Francisco Ayala, un poco más en sus libros.

Proponía la RAE estos días que la palabra del año fuese «confinamiento». Si bien ha sido uno de los términos más utilizados, es triste condenar un año entero al significante deprimente de esas cinco sílabas. Así que, pensando en el confinamiento, ¿cuántos no nos hemos escapado de nuestros muros de hormigón para sumergirnos en otras realidades gracias a la literatura? ¿No sería «literatura» un mejor término? Venguémonos del 2020 y recordémoslo como el año en que más tiempo tuvimos para leer. Después de todo, pensar en libros es una mejor forma de afrontar el calendario. Y, por supuesto, de avanzar, de madurar, de crecer. Porque puede que el mundo se derrumbe año tras año, pero nosotros, como ocurría en Casablanca, nos enamoramos mientras tanto. ¿De quién? De la literatura, claro.

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