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Los jóvenes también sabemos trabajar

En el Día Internacional de los Trabajadores hemos querido recordar que los jóvenes, aunque no tengamos la oportunidades que nos gustarían, también sabemos trabajar.

Sábado. 1 de mayo de 2021, Día Internacional de los Trabajadores. Lo tenemos señalado en el calendario porque somos jóvenes e, imagino, a todos nos gusta mucho festejar; lo del trabajo, sin embargo, ahí queda. Al fin y al cabo, llevamos años relacionándonos con el concepto de manera tangencial, como cuando quieres aferrarte a algo seguro, fijo, inextirpable, y lo único que tienes cerca es una pastilla de jabón que, de tan manoseada, se te escurre de las manos. Estamos, ahora mismo, tal y como estaba la protagonista de Algo temporal (Alpha Decay, 2021) en su ‘Entrevista de salida’: «nunca me he sentido cualificada para nada más que para no estar lo bastante cualificada». Ahora bien, ¿es esa toda la verdad? Tres carreras, dos másteres y cuarenta cursos después, ¿qué es lo que nos queda?

Ofertas de trabajo

Antes de que Hilary Leichter hablase del oscuro mundo de las agencias de colocación, las ofertas laborales y los trabajos temporales, Octave Mirbeau había dejado por escrito en el año 1900, en su Diario de una camarera (Bruguera, 1974), una definición que bien podría aplicarse a lo que hoy en día nos encontramos en LinkedIn, Milanuncios e InfoJobs: ofertas desmedidas, escasas, absurdas y mal retribuidas. En la novela de Mirbeau, de hecho, su protagonista admitía que siempre que acudía a una de estas oficinas especializadas ocurría lo mismo: «cada vez que he tratado de mostrarme interesada he salido burlada. El final siempre es el mismo para mí: Tengo que empeñar las dos o tres alhajas que tengo para abonar el alojamiento y comprar comida…, y después caigo en manos de algún usurero y explotador, cuya máscara suele ser inevitablemente la del digno ciudadano dedicado a la menos digna profesión de agente laboral. ¡Ah, las agencias de colocaciones! ¡Buen truco!… En primer lugar hay que pagar por la inscripción, y después, esperar que la suerte le depare a una la “dicha” de un buen empleo. Pero en esas horribles oficinas lo que abunda son las malas colocaciones. Si a una le urge ganar dinero, tendrá que elegir entre una vaca tuerta u otra ciega…».

Evidentemente, es algo que también encontramos -un siglo después- en la novela de Leichter, cuando su protagonista se ve forzada a trabajar en los más disparatados oficios: como asesina, como cerradora de puertas profesional, como organizadora de zapateros, como auxiliar de brujería o como repartidora de artefactos explosivos por zeppelín. Todo, bajo un estricto régimen de sustitución, por supuesto; y con el objetivo final grabado a fuego: «el trabajo de mis sueños es uno que dure». No importa cuál.

De entre todos los trabajos efímeros que aparecen en Algo temporal, sin embargo, el que a nosotros más nos llamó la atención fue el de sustituta del «Presidente de la Junta de la corporación más, pero que más importante: la Major Corp». Y no por lo original de suplantar a un jefazo por una suerte de becaria -que también-, sino porque vemos que, dentro de poco, ésta será la tónica general: como las empresas sólo emiten contratos laborales si éstos pueden realizarse mediante convenio con las universidades, dentro de poco todas las empresas del planeta estarán capitaneadas por chavales de veintitrés o veinticuatro años -en los casos de mayor edad-; jóvenes como nosotros que, a pesar de la exigencia y del nivel de estrés asociado a los trabajos más cualificados, no cobrarán.

No en balde, y tal y como propone Leichter a tenor de la eventualidad laboral, parece que «los dioses crearon a la Primera Eventual para poder tomarse un descanso. “Que se haga algo de tiempo libre -dijeron-, y cúbrenos tú, ¿quieres? Aquí tienes todas nuestras contraseñas y credenciales”. La Primera eventual cayó de la cáscara de un meteorito y no brillaba con ninguna ambición particular. Los dioses tuvieron que clavarla al suelo para que no saliera flotando, tan disperso era este nuevo tipo de alma, tan propenso a la deriva. Los dioses no habían inventado todavía la gravedad. Esto fue cuando los sapos sin ocupación salían disparados hasta las nubes, cuando el empleo era el único peso honrado que se le podía aplicar a una vida. A la Primera Eventual le instaron a replicar la imagen de los dioses, pese a que no la habían creado para que se pareciera expresamente a ninguno de ellos», y por eso «vivía en el espacio intermedio entre la persona que era y la persona que debía reemplazar».

Envíe su C. V. para concretar una entrevista

Si al final, y tal como decía Mirbeau, te decides a escoger entre la vaca ciega y la vaca tuerta, y tienes «la “dicha”» de encontrar un puesto en el que estés lo suficientemente cualificado -bien sea por infracualificar tu propia trayectoria o porque en la oferta no pedían más años de experiencia que tu edad-, el siguiente paso es remitirles tu currículum, que es un documento perverso en sí mismo, como todos los certificados. Jacques Lacan, por ejemplo, decía lo siguiente acerca de su libro de familia: «Un certificado me dice que nací. Repudio este certificado: no soy un poeta, sino un poema. Y un poema que se escribe». De igual modo, Alfredo Bryce Echenique, en Tantas veces Pedro (Anagrama, 1997), criticaba al pasaporte de la siguiente manera: «Detestaba el maldito documento. Le parecía, cada vez más, que todo lo escrito en esas páginas verdes de nacionalidad peruana había dejado por completo de corresponder a la realidad (…). Mil años hacía que le habían expedido ese pasaporte, mil años desde que aquella oficina de donde él declaraba sí, señor, profesión escritor, y ahí en el aeropuerto esa mañana continuaba tan inédito, y tan sin algo inédito siquiera, como la tarde en que decidió escribir una novela». Y es que, como Lacan, los trabajadores somos un poema, no poetas: transitamos por el mundo de colocación en colocación, dejando un rastro de tareas completadas y de personas satisfechas, pero a los que siempre van a valorar de una manera cuantitativa -no cualitativa-, y donde las oportunidades se reducen en función de la añada.

¿Somos, acaso, nuestro DNI, nuestro pasaporte, nuestro currículum hinchado? Los talent hunters y recruiters dirán que no, que por encima de todo somos personas; pero, claro, con quien sueles hablar tú de primeras es con el algoritmo de un ordenador. No es hasta el siguiente paso, el de la entrevista, cuando podrás mostrar tu lado más humano, más profesional, más espontáneo; y ahí sólo hay un consejo que valga, y que es algo que ya había escrito Robert Walser en El ayudante (Siruela, 2010): cualquier clase de audiencia con un empleador exige «una participación apasionada, y la tranquilidad anímica se asemeja por momentos a la más fría indiferencia». Y con esta premisa todo puede pasar…

Ya le llamaremos…

Es decir: no. Seguramente no te llamen, porque, al igual que le ocurría al personaje principal de la historia de Walser, los responsables de recursos humanos de la vaca ciega -o de la vaca tuerta- se darán cuenta del tinglado y averiguarán que tu «consuelo y obsesión era la “provisionalidad” del empleo»; que, en el fondo, no te convencía y que sólo aplicaste a la oferta porque tenías muchos agujeros que tapar y cada vez menos parches. Pero, claro, la culpa es de los jóvenes -de los jóvenes de ahora, quiero decir-, que no saben trabajar, que no saben renunciar a sus sueños, que no se conforman con una vaca enferma y que encima se quejan, como Ana Iris Simón en Feria (Círculo de Tiza, 2020), de que su vida no tenga nada que ver con «la vida que tenían mis padres a mi edad (…). Porque cuando la Ana Mari tenía mi edad tenía un trabajo fijo, el mismo que tiene a día de hoy, más de veinte años después, y eso que le daba la mitad de importancia que yo al trabajo o se la daba de otra forma».

Quizás sea esta la única advertencia: que le damos demasiada importancia al trabajo y no tanta al trabajador -o al que sueña con llegar a serlo-. Que luego, seguramente, nos ocurrirá lo que comentaba Ana Iris sobre «la flamante moto que se nos había vendido con lo de la incorporación de la mujer al mercado laboral como vía emancipatoria», que «igual no teníamos que haber reclamado trabajo también nosotras a cambio de un salario, sino que ellos trabajaran menos», los adultos, y que nos dejaran -a los jóvenes- una mísera opción. Porque, tal y como decía Bob Black en su libro La abolición del trabajo (Pepitas de calabaza, 2013), «nadie debería trabajar jamás», pues «el trabajo es la fuente de casi toda la miseria existente en el mundo»; sin embargo, «eso no significa que tengamos que dejar de hacer cosas (…), una aventura colectiva basada en el júbilo generalizado y la exuberancia libre y recíproca. El juego no es pasividad», y de juegos, precisamente, los jóvenes sí que sabemos.

En fin, que no tenemos muy claro cómo seguir pidiendo una oportunidad: una oportunidad colectiva que también podría estar basada en el júbilo -o en cualquier otra sensación que no termine resultando vergonzosa-, y que nos haga señalar el 1 de mayo en rojo, en grande, en el calendario de pared que seguimos atendiendo en la casa de nuestros padres. Hasta entonces, seguiremos soñando; pero no se engañen, porque no somos ilusos: somos, en realidad, como la protagonista de la novela de Hilary Leichter; y, por ahora, el trabajo con el que soñamos es también «uno que dure».


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