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Brenda Navarro: «Las dos madres protagonistas de ‘Casas vacías’ son dos madres absolutas porque hacen daño por igual»

El pasado 15 de abril, a tenor del coloquio 'Todas las madres' organizado por Giselle Etcheverry en el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque y del éxito de la novela 'Casas vacías' (Sexto piso, 2020), entrevistamos a la escritora mexicana Brenda Navarro. Hablamos con ella sobre escritura, desesperanza y maternidad.

En un principio, me hubiera gustado haber hecho coincidir la publicación de esta entrevista con el Día de la Madre, que se celebró hace un par de días: el pasado 2 de abril. Sin embargo, y pensándolo bastante, creo que a Brenda Navarro (Ciudad de México, 1982) tampoco le hubiese entusiasmado. No en balde, su primera novela, Casas vacías (Sexto Piso, 2020), a pesar de tratar el tema de la maternidad no lo celebra, no lo aplaude, tampoco lo exagera. Más bien lo matiza, como se matizan las cosas importantes: poniéndolo sobre la mesa y haciendo que se mueva, que respire, que llore y que dé pruebas de su vivacidad. Porque, tal y como recoge la contraportada de la novela, «la maternidad, que casi siempre asociamos con la felicidad, también puede ser una pesadilla: la de una mujer cuyo hijo desaparece en el parque donde estaba jugando, y la de aquella otra mujer que se lo lleva para criarlo como propio»; y es lo que nos ha pasado también a nosotros con el libro, que en un principio secuestramos para criarlo como propio y que ahora, precisamente, sólo queremos compartir con los demás.

PREGUNTA: Dicen que para tener una vida plena hace falta: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Ahora mismo, y bajo estos parámetros, ¿cómo de plena es tu vida?

RESPUESTA: Pues, fíjate, me falta el árbol [risas]. Me falta el árbol y creo que es algo que se necesita mucho más que a los hijos y que a los libros, diría. Pero ahora mismo yo creo que estoy plena, la verdad; y lo creo desde la pandemia, que ha sido un acontecimiento que nos ha cambiado en muchos sentidos la vida. No es que me haya vuelto mejor persona, pero sí que he valorado mucho más mi tiempo y he tratado de aprovecharlo mejor. Claro, lo que hizo la pandemia -y la cuarentena- fue encerrarme en casa con mis hijas, y el hecho de estar encerrada todo el tiempo, entrar en una situación de ERTE y tener más tiempo para ellas ha hecho que realmente haya estado siendo mamá. Me di cuenta de que me hacía falta ser madre, de que ese tiempo me hizo priorizar en muchos sentidos. Entonces, ahora mismo sí que me siento plena, al menos como madre, porque siento que he recuperado un tiempo muy valioso con mis hijas que antes no tenía por culpa de la rutina; como ciudadana, sin embargo, siento que deberíamos estar en la Puerta del Sol quemándolo todo…

P: En Después de lo trans (La Caja Books, 2021), Elizabeth Duval comienza diciendo que ella cree que escribe «porque nunca podré ser madre biológica». Bajo tu punto de vista, ¿cómo de complementarios son el hecho de escribir y el hecho de ser mamá?

R: Yo creo que son dos procesos distintos, totalmente distintos. Creo que ser madre, y más aún en un mundo como el que vivimos, es algo muy complicado y muy doloroso. Hay que tener en cuenta que siempre habrá maternidades más dolorosas que otras, como puede suceder en América Latina o en algunos casos concretos de aquí, o incluso en las distintas maternidades que experimenta una persona, tal y como me ocurrió a mí; pero, finalmente, la maternidad es una decisión, ¿no? Y quizás sea una decisión muchas veces condicionada, pero es una decisión al fin y al cabo: algo que te marca y de lo que nunca vas a poder escapar, aunque te mueras. Es algo que dejo reflejado en la novela también. El proceso es el siguiente: naces, y aunque te mueras tú o se muera tu hijo, vas a seguir siendo la madre de alguien. Sin embargo, como escritora yo sí que siento que tengo ese poder de decisión para finalizar la tarea, para decir: «no quiero ser escritora nunca más»; y así la gente, con el tiempo, dejaría de considerarme escritora. Siento que yo podría desaparecer del mapa literario actual -como algún día, sin duda, haré- y que nadie me extrañaría, nadie me necesitaría; pero jamás podría salir huyendo de la maternidad, aunque lo intentara.

Escribir es una de las actividades con las que más gozo en el planeta, y por eso lo hago; pero también creo que un día puedo decir que ya no quiero hacerlo más, ponerme a plantar árboles o a criar animales, y seguiría siendo exactamente la misma persona. Yo no creo, por tanto, que la escritura sea una necesidad vital. Sin embargo, la maternidad sí que lo es; al menos para mí.

P: Dices en Casas vacías, precisamente, que la única solución para no sentir dolor ante las tragedias de un hijo sería «no parir, porque después de que nacen, la maternidad es para siempre». ¿Cómo se afronta la perpetuidad?

R: Es muy complicado [risas]. Mira, yo recuerdo que esta lección la aprendí en una película de la que nunca soy capaz de acordarme del nombre, pero que está protagonizada por Drew Barrymore, que interpreta el papel de una mamá muy joven. Hay una escena, concretamente, en que ella está conversando con su hijo, que es ya un universitario, y en la que se ve cómo que éste le sigue pidiendo y reclamando cosas a su madre. En un momento dado, ella coge y grita: «¡Por Dios! ¡¿Es que esto nunca se acaba!?». Cuando la vi yo era muy niña, pero ese momento se me quedó grabado: «guau», pensé, «que un universitario, todo un hombre, le siga reclamando cosas a la madre cuando él podría buscarse perfectamente la vida es horrible», y me sigue pareciendo horrible a día de hoy, porque creo que es muy injusto con las madres en general, y es muy injusto porque a nosotras nos dicen siempre que somos las que tenemos que estar pendientes de ustedes, pero el resto de seres vivos, el resto de animales -tigres, elefantes, lo que sea- tienen un periodo maternal con sus crías y luego las dejan ir. Yo creo que ese debería ser el curso natural de la humanidad: dejar ir para empezar a socializar la convivencia, justamente. Es como: sí, yo te alumbré, y seguramente te vaya a querer toda la vida, pero vamos a poner un «hasta aquí» y a tener, llegados el momento, una existencia a aparte. De nuevo, es la sociedad la que no nos lo permite.

P: Hace años, recuerdo estar viendo yo también una serie de televisión -cuyo nombre tampoco soy capaz de recordar ahora mismo- y escuchar la siguiente frase en boca de uno de los protagonistas de la trama, que trataba de consolar a otra a la que acababa de morírsele su madre: «cuando dejas de ser hijo es cuando empiezas a ser padre de verdad». ¿Uno siempre es hijo antes que padre? ¿Ser padre -o madre-, completamente, sólo sucede cuando no queda otra oportunidad?

R: Pues estoy de acuerdo con esa frase, pero también creo -o al menos así sucedía en el contexto en el que yo nací- que un hombre sí que puede dejar de ser padre con mayor facilidad que la que tienen las mujeres. En México, por ejemplo, tenemos el grandísimo problema de las madres adolescentes que -con quince o dieciséis años- quisieron experimentar con su sexualidad y quedaron embarazadas por culpa de la falta de educación sexual o el acceso restringido a los anticonceptivos. En esos casos, lo que suelen decir los padres, muy a la mexicana, es: «ahora te chingas», ¿no? Una especie de «ahora te jodes…», y son ellas quienes sufren el castigo. Y no es un castigo estar embarazadas, no; es un castigo por querer sentir placer, y eso es algo que sólo le hacen padecer a las mujeres. Ese otro adolescente que embaraza a la chica puede seguir con su vida, puede negarse a ver al niño, puede negar esa vida y salir huyendo; y nadie se lo va a reclamar.

En España, por su parte, lo que ocurre es algo distinto, pero creo que, en el fondo, es igual, ¿no? Esa típica escena cotidiana en que los padres se van a trabajar y dejan a sus hijos al cuidado de la madre es algo que también reafirma mi idea de que padre sí se puede dejar de ser con una mayor facilidad. Hace unos años, de hecho, yo misma solía hacer la broma de que: «vaya, me he equivocado, yo en realidad quería ser padre y no madre» [risas], y eso hubiera sido como quedarme con la parte divertida, la parte en la que puedo dejar de preocuparme de mis hijos un rato y vivir otra vida, ¿no?. Claro, yo hacía la broma de querer ser padre porque luego, si me separaba, los hijos se quedarían con la madre y yo ya podría descansar. Así que, sí, estoy de acuerdo con que un padre se vuelve un padre de verdad cuando ya ha dejado de ser hijo, pero que, a la vez, puede dejar de serlo cuando quiera, al menos por un rato.

‘Casas vacías’ (Sexto Piso, 2020), de Brenda Navarro.

P: Me gustaría vincular dos fragmentos de la novela para preguntarte ya no sólo por la maternidad, sino por el papel de la paternidad, del hombre, en todo este proceso. En primer lugar, quiero sacar a colación el párrafo en que explicas el título de la obra: «eso era lo que había que hacer: ser las casas vacías para albergar la vida o la muerte, pero al fin y al cabo, vacías», y luego, este otro: «yo diría que claro que podía vivir sin él, como pude vivir sin mi padre, sin mi hermano, sin mi madre. Con lo que no podía vivir era sin ser madre». ¿Cómo casan la maternidad con la paternidad? O, más bien, ¿cómo crees que debería de ser esa paternidad?

R: Mira, yo creo que, definitivamente, tiene que ser económica; al menos para que sea capaz de darle cierta autonomía a la infancia. Sin embargo, el problema principal que aparece en todo esto, en mi opinión, es que estamos enfocando mal el asunto, tanto el de las maternidades como el de las paternidades. Cuando hablamos de esto, lo que hacemos es hablar de los derechos de las mujeres y de los hombres que han decidido procrear, ¿no? Pues yo soy de las que piensa que deberíamos cambiar el foco y centrarnos en la infancia, ver qué necesidades tienen los niños y las niñas en general, porque es ahí cuando empezaremos a olvidarnos de nosotros mismos y empezaremos a escuchar a quienes necesitan realmente esos derechos: el derecho a crecer sanos, fuertes, amados, tal y como recoge la Convención sobre los Derechos del Niño de la ONU. Si le hiciéramos caso a ellos yo creo que nos quitaríamos de en medio tal cantidad de problemas y de discusiones públicas absurdas… Y lo más importante: tanto la paternidad como la maternidad podrían ser, de nuevo, elegidas.

Yo ando estos días revolviéndome la cabeza con ideas así porque voy a volver a México dentro de poco, y porque acabo de leer un artículo sobre lo que pasa cuando sucede algún feminicidio. Claro, siempre nos quedamos con la cifra, que es tremenda: «diez mujeres al día», pero nunca ponemos el foco en qué pasa con esos niños que pierden a su madre -y mientras el asesino sigue impune, seguramente-, qué pasa con los niños que se quedan huérfanos; y este reportaje, que era maravilloso, doloroso y que tanto me costó leer, cuenta cómo las tías y las abuelas de estas criaturas son las que los terminan cuidando y sacándolos adelante. Y no es un trabajo fácil, desde luego; pero a veces ocurren escenas que hacen que valga la pena. Por ejemplo, en el reportaje hablaba una de estas mujeres a la que le había tocado cuidar a una chiquilla como de tres o cuatro años, y decía que un día llegó la niña y le dijo: «oye, mami: se me enredó el cabello», y cómo en ese momento sintió el peso de la maternidad, la certeza de que ya era ella quien había ocupado el lugar de la madre en esa relación; y de cómo decidió no desmentirlo y aceptar su papel, su rol. Este es el mejor ejemplo de lo que te comentaba: hay que dejar de pensar en si uno quiere procrear o no y hay que empezar a cuestionarse la maternidad como un proceso de cuidados. Hay tantos niños en el mundo ya… lo que hay que preguntarse, entonces, es quién quiere maternarlos, quién quiere paternarlos… o incluso si no sería mejor quitar directamente la figura de los padres y de las madres y preocuparnos íntegramente por el sujeto que recibe esos cuidados en cuestión.

A todo esto, la maternidad y la paternidad tienen un elemento que a mí me causa un gran conflicto como persona, que es la autoridad. Porque yo, como madre, aunque abogue -entre otras muchas cosas- por el placer sexual o el feminismo, tengo que ser muy estricta para educar a mis hijas, que encima son también mujeres. A mí, por tanto, como madre se me exige ser estricta, y ese halo de autoridad es algo que yo misma me impongo porque, por querer, yo no querría ser así; pero tengo que serlo. A mí me gustaría criar y cuidar de mis hijas de otra manera, pero la sociedad me obliga a tener que ser autoritaria, a tener que inculcarles las reglas socialmente establecidas; y es algo que, si yo no fuera su madre, no tendría por qué hacer: cuando le quitas el peso de autoridad al asunto de las maternidades lo que te permite es criar a tus hijos de una manera mucho más suave, y yo, particularmente, apostaría mucho más por este modelo que por el de pelearnos todo el rato por ser mamás o papás. Repito: hay demasiados niños en el mundo que necesitan cuidados, quizás sean ellos la prioridad.

P: Me has hecho recordar una frase que nos dijo una profesora de Derecho Civil durante la carrera: «la adopción no consiste en darle a una familia un niño. Al contrario: la adopción consiste en darle a ese niño una familia». ¿Tú también vas un poco por ahí, verdad?

R: Y yo considero, además, que todos los seres humanos queremos cuidar. O sea, el boom de las mascotas no es gratuito: las mujeres -y algunos hombres también- que se encuentran en esa edad en que ya deberían de estar cuidando y se dan de bruces contra la imposibilidad económica que eso implica -y que muchas veces es, precisamente, la que nos impide tener más descendencia- buscamos como el reemplazo, ¿no? Que no lo es como tal, pero sí que nos empuja a cuidar perros, gatos o cualquier otra cosa. Lo que es evidente es que siempre estamos buscando cuidar.

Algo que caracteriza al Homo sapiens es que necesitamos contacto social, y eso es innegable; y a esas personas con las que tenemos contacto queremos también cuidarlas. Por ejemplo, tú cuidas a tus amigos, ¿verdad? Aunque luego no estés todo el rato diciéndoles que les quieres. Nos estamos cuidando siempre, sentimos la necesidad de hacerlo. Lo que sucede es que socialmente se nos impone que sólo ciertas personas deben cuidarnos, e invalidan así otros cuidados importantes, como la amistad. Ahí está la cuestión que salía un poco antes: ¿queremos ser padres o queremos ser amigos? O nosotras, las feministas, ¿queremos ser hermanas? Pues no, seamos otra cosa. No importa que no seamos hermanas, que es, además, algo eminentemente patriarcal; seamos, en vez de eso, amigas que comparten opresiones o inquietudes, que es algo mucho mejor y mucho más horizontal.

P: Y en una relación maternofilial, entonces, ¿propondrías que las madres fueran siempre amigas de sus hijas?

R: No. No soy muy fan de esa idea tampoco, la verdad; y por eso me molesta tanto la ambivalencia de la que ya te hablaba anteriormente, la que tiene que ver con la autoridad. En mi opinión, y sobre todo en la adolescencia, sí que tienes que ayudar a tus hijos a generar ciertos límites. De verdad, en la adolescencia yo no sé qué termina de ocurrir que en el cerebro hay algo que se les apaga -y yo te lo digo por mi experiencia reciente- y se vuelven otras personas totalmente distintas; y puede que esa inconsciencia tuviese una función de supervivencia en su momento, pero ahora mismo, tal y como están las cosas, es la que les lleva a manejar o a tomar o a que se pongan en peligro de algún modo. Ahí es cuando tienes que ser tú la persona que los detenga, como madre; y ser padres-amigos lo único que hace es confundirlos. En el fondo, también creo que ellos están buscando siempre a la autoridad, a alguien a quien odiar -sobre todo en la adolescencia- y con quien estar pelados todo el tiempo. Por eso luego hay grandes cambios en la Historia, porque la juventud se enfada y logra mejorar las cosas; y, para ello, nosotros debemos ser los malos. Ojalá fuera distinto, pero es lo que toca.

P: Ahora que tú estás viviendo tus diferentes maternidades, ¿has tenido la suerte de hablar con tu madre al respecto y comentarlas? Me refiero: tú, como hija, ¿cómo fuiste? ¿No te estarás quejando de algo que tú también hiciste en su momento?

R: Sí, sí que he podido hacerlo, aunque mi caso es complicado. Verás, mi madre, como yo, también fue madre muy joven, y yo recuerdo que cuando decidí ser madre sobre los veintiuno o los veintidós años fue porque había tenido una relación tan cercana con ella que decía: «yo quiero lo mismo». ¿Qué pasó? Lo evidente: que no fue así -ni va a serlo-, y desde entonces la relación que mantengo con ella cambió; y lo hizo para mal. Claro, tuve que hacerme una persona responsable de repente, y me di cuenta de que la relación que mantenía con mis hijas no podía estar edificada sobre algo semejante. Lo más curioso, sin embargo, es que mi madre, a día de hoy, sigue repitiéndome que ojalá mis hijas sean más rebeldes que yo, que ojalá hagan peores cosas que las que yo hice; y es algo que yo misma también espero [risas]. O sea, cuando yo veo que un adolescente se enfrenta de forma inteligente -por llamarlo del algún modo- a sus padres, y los cuestionan, digo: «muy bien», y me dan ganas de enseñarles problemas más fuertes para que los derriben mucho más fuerte, y enseñarles, así, que las cosas nunca son como parecen, que el mundo es muy cruel y que son necesarias ciertas herramientas para defenderse. Y eso es, yo creo, lo que quiere decir mi madre cuando me suelta que ojalá mis hijas me hagan peores cosas que las que yo hice. Y sí, ojalá que así sea, porque eso significará que son mucho más autónomas e independientes de lo que yo fui.

Brenda Navarro.

P: En ‘Feria’ (Círculo de Tiza, 2020), Ana Iris Simón dice algo que a mí me parece clave: de pequeños «solemos pensar a nuestros padres solo en relación con nosotros (…) e igual hacerse adulto es darse cuenta de que no son solo en relación con nosotros. De que no son solo padres, nuestros padres». ¿La categoría de ‘padre’ o ‘madre’ es absoluta, es capaz de definirnos como personas, o es más bien adjetival, complementaria de otra clase de atributos que también -y mejor- nos conforman?

R: Me resulta, desde luego, un asunto complicado. Vuelvo a pensar, por ejemplo, en esas madres sobre las que te hablaba hace un ratito, en esas mujeres que se han visto forzadas a cuidar porque sus hermanas y sus hijas han muerto o desaparecido, y, claro, alguien tiene que encargarse de cuidar a sus hijos, ¿no? En esas personas que, sin haber engendrado, sí que pueden llegar a sentirse valoradas si los niños llegan a llamarlas «mamá». También pienso en esos padres que crían a hijos no biológicos y que les dan todos los cuidados que necesitan y que, además, se sienten bien cuando les reconocen como la figura paterna que necesitaban. En este sentido, por supuesto, considero que está muy bien reconocer la maternidad o la paternidad por el significado amoroso que desprende. Pero como te decía antes yo apuesto más por que un día la sociedad deje de tener padres y madres como elementos autoritarios, y que éstos dejen de asumir su rol establecido. Además, valorar a las personas exclusivamente por su capacidad de ser «padre» o «madre» es algo que me preocupa y que me aterra al mismo tiempo, porque en cualquier momento podría irse del otro lado. El caso de los vientres de alquiler, por ejemplo, o de los hijos a la carta, donde la infancia podría terminar convirtiéndose -simple y llanamente- en una mercancía más.

Ese es el verdadero problema filosófico, en realidad: ¿dejamos de tener padres y madres -y convertimos, entonces, a los niños en mercancía- o qué hacemos? De nuevo, aquí encuentro otra gran ambivalencia: o nos vamos al extremo más tradicional o todo puede terminar volviéndose una mercancía; y es eso lo que me preocupa.

P: Las protagonistas de tu novela, sin embargo, aparecen definidas casi en exclusiva en torno a su maternidad…

R: Pues sí, y, además, creo que es algo que le sucede a las dos por igual. Mira que traté de ser muy cuidadosa en la construcción de los personajes: quise hacerlas muy complejas, en el sentido de que no las quisiéramos siempre y de que no las odiásemos siempre, ¿no? Y traté de jugar con eso en todo momento. En México, por ejemplo, muchos lectores masculinos me han dicho que las dos protagonistas son personas «no amables», haciendo alusión a que no pueden ser amadas, a que no se puede amar a personas así. A mí, sin embargo, me parece muy duro, sobre todo al verme explicándoles que, en el fondo, así somos todas las mujeres de verdad [risa], que podemos querer, amar, odiar, hacer daño o hacer el bien en cuestión de segundos… Y así es como yo creo que somos también las madres, en general.

Mira, te voy a desvelar una idea de la nueva novela, que no trata de maternidad, pero en la que una madre -que no es tampoco una madre tradicional- le dice a su hija: «oye, que no se trata todo de ti. Que no me despierto todo el tiempo pensando en hacerte daño», y la hija le responde: «sí se trata de mí, porque soy yo a quien estás haciendo daño». Y creo que ésta es una idea que podría definir perfectamente cualquier relación maternofilial, este «ni siquiera estoy pensando en ti y, aún así, todo lo que hago te está repercutiendo»; y eso es algo muy poderoso, un sentimiento excepcional. Entendiendo la maternidad así, entonces, creo que sí, que las dos madres de Casas vacías son dos madres absolutas: porque hacen daño por igual.

P: Hablábamos ahora del lector mexicano, pero en alguna otra ocasión te he oído comentar que, de las dos protagonistas de tu obra, según el país en que se lea, siempre suele gustar más una que otra. Que en España, si no me equivoco, suele gustar más el perfil de la segunda, el más humilde, y que en Italia -por ejemplo- suelen preferir a la primera protagonista, la de perfil más ostentoso. Cuando escribiste la novela, ¿eras consciente de que ni siquiera la maternidad era un asunto universal, de que cada caso concreto encierra sus propias particularidades?

R: Exacto, por mucho que pueda parecerlo la maternidad no es un asunto universal. En este sentido, a mí me llama mucho la atención cómo se recibe la novela en los distintos países en que aterriza. Son conversaciones muy distintas las que tengo aquí, en España, a las que tengo en América Latina, por ejemplo. Sin ir más lejos, una de las cosas que más me sorprendió cuando hice un círculo de lectura con lectoras argentinas fue que no me mencionaran nunca a la primera madre. Ellas conversaban siempre acerca de la segunda, me preguntaban por ella y me hablaban de un modo en que yo misma me sentía orgullosa de su lectura, porque admitían que ellas mismas sólo se sentían identificadas con mujeres que, aun teniéndolo todo en contra, siempre van a por lo que quieren; y, claro, a mí me pareció muy fuerte, porque yo nunca escribí nada con esas intenciones y, aún así, no dejaba de ser su realidad. Nunca se me hubiera ocurrido, por tanto, que un grupo de mujeres jóvenes dijese que sí, que la segunda protagonista hizo cosas terribles, pero que a veces eso es lo que tenemos que hacer nosotras para poder sentir un rato de alegría o de tranquilidad, especialmente en esos países donde se nos ha negado siempre todo.

En Italia, como bien dices, ocurría lo contrario: las lectoras italianas nunca me hablaban de la segunda voz. Era como: sí, ella es la criminal y no nos interesa, hablemos sólo de los sentimientos de maternidad de la primera. Por supuesto, lo que esto demuestra es que la maternidad -y la novela- cada cual la vive a su manera; y casi siempre es de un modo distinto.

P: Muchas personas definen tu obra como cruda. ¿Qué opinas de la crudeza en cualquier creación literaria: realmente existe una intención o es tan sencillo como tratar de reflejar la realidad cotidiana?

R: Te voy a ser muy honesta: hasta que esto no explotó como ha explotado yo no me daba cuenta de cuánta violencia tenía yo normalizada respecto a México, de cuántas cosas -aun sin parecerme bien- tenía interiorizadas y justificaba con un crudo «así es la vida». Además, una cosa que nos ocurre a las escritoras que escribimos sobre maternidad -y esto lo he hablado con Katixa Agirre y con muchas otras- es que otras muchas mujeres -otras muchas madres- se nos acercan para contarnos cosas, y cuando nos cuentan su realidad te sientes un poco como uf, es que lo mío era ficción, esto me sobrepasa; y es ahí cuando te das cuenta de que la vida es muy dura con las madres.

Desde luego, nunca fue mi intención plasmar una cosa muy cruda en la novela; porque, además, mi intención primordial nunca fue la de la hablar de la maternidad como tal, sino que lo importante del libro, al menos para mí, era hablar del dolor, del dolor de dos mujeres que se veían imposibilitadas a tener lo que querían. Esa era mi tesis, basada, además, en las madres de algunas personas desaparecidas en México, que era lo que a mí me motivaba. Como yo no podía hablar por ellas -porque no las conocía por aquel entonces-, pensaba: ¿qué otras cosas me obsesionan? Y me obsesionaba el dolor, y la manera en que una mujer puede aprender a sobrellevarlo y convivir con él; y por ahí empezó todo.

Yo jamás imaginé que estuviera escribiendo algo tan dramático. En su momento, de hecho, le mandé el primer borrador a Yuri Herrera y recuerdo cómo me respondió de preocupado, preguntándome qué me pasaba, por qué era tan cruel con todo el mundo. Yo le decía que, en el fondo, no sabía si era crueldad, que al final todas esas cosas se veían en la calle, todas esas cosas se vivían; y que, a pesar de ser ficción, no estaba contando nada que no pasara en la realidad, en el día a día.

P: Tienes una frase en la novela que bien podría resumir este aspecto, el de la maternidad que se te echa encima y que, en vez de ayudarte, te fulmina: «Todo deseo, al llegar a la cima, sólo puede ir en declive». ¿Estás tú de acuerdo con esta premisa?

R: Sí, y ser capaces de llegar a ese estado de conciencia está muy bien, bajo mi punto de vista. Ya no tanto, pero hace años los adultos nos vendían humo diciendo que al mundo se viene a ser feliz, y yo, sin tener muy claro a qué venimos al mundo, sólo estoy segura de que a ser felices no venimos. La felicidad, además, se presenta como una especie de utopía, ¿no? Una especie de premio enmarcado dentro del capitalismo y del éxito que jamás logramos. Nunca vamos a ser del todo felices o exitosos, o no vamos a llegar a la cúspide que tanto nos habían prometido, y cuanto antes lo descubramos más fácil será para nosotros habitar el mundo.

Claro, ya luego eres tú quien debe decir si lo habitas para bien o lo habitas para mal. Yo apuesto, además, por que cuanto antes te decepciones más rápido te vas a poner a generar, antes vas a intentar mejorar las cosas. Alguna vez, en algún texto, escribí que la diferencia principal entre los hombres y las mujeres era la esperanza y la desesperanza. Recuerdo que citaba a Sartre y que parafraseaba su idea de que la esperanza era lo que verdaderamente movía al hombre para terminar diciendo que sí, que al hombre sí, pero que a la mujer lo que le mueve es la desesperanza: porque sabemos que no vamos a llegar a determinados sitios, porque sabemos que no vamos a alcanzar determinadas cosas, y que por eso, precisamente, generamos nosotras nuestro propio camino, nuestras propias formas de supervivencia. La cosa yo creo que va por ahí: nos han dicho que debemos tener esperanza, pero la esperanza es muy engañosa; ella quiere que te sometas a lo que hay, que no lo cuestiones porque un día todo cambiará y habrá merecido la pena. Y déjenme ser yo quien se los diga: las cosas no van a cambiar [risas].

La autora mexicana Brenda Navarro.

P: Hace unos meses, Andrea Abreu también nos decía algo parecido. A la pregunta de «¿Qué le recriminarías tú [a los adulto]?» nos contestaba que ella, particularmente, les recriminaría el hecho de que parezca que sólo «mereces vivir, existir, comer y gozar de la existencia si previamente hasta trabajado para ello. No vale con estar no vale con haber tenido el regalo de existir sino que, además, tú te lo tienes que ganar y tienes que aprender que en esta vida las cosas no son gratis».

R: Yo siento que en América Latina -donde no tenemos ningún tipo de estado del bienestar-, por ejemplo, tenemos herramientas de supervivencia distintas, desde siempre, porque para nosotros el Estado siempre ha sido una institución opresora. En todos los sentidos: matan a la gente, no dan derechos, no dan seguridad… No sucede, ni mucho menos, lo que sucede aquí, en España, donde podemos -o creemos poder- exigirles ciertas cosas a nuestros gobernantes. Hay tantas formas de sobrevivir en el mundo que no tienen nada que ver ni con la productividad ni con el progreso ni con el desarrollo -y que en América Latina tenemos interiorizadas desde hace tiempo porque, precisamente, siempre estamos al borde de la crisis- que no merece la pena centrarnos en problemas pequeños. Aquí, sin ir más lejos, aún seguimos defendiendo aquello que nos prometieron como «estado del bienestar» -y está bien-, pero yo hablo desde otro prisma, desde una decepción generalizada que, seguramente, obedezca a la realidad de América Latina. Sea como sea, hay que empezar a buscar otras opciones, otras alternativas y oportunidades.

P: Por último, y hablando de maternidad, no podía irme sin citar ‘Las pequeñas virtudes’, de Natalia Ginzburg, cuando ésta habla de la educación de los hijos y de cuán importante es en ella la presencia de la vocación. «Si nosotros mismos tenemos una vocación, si no la hemos traicionado, si hemos continuado a través de los años amándola, sirviéndola con pasión, podemos mantener alejados de nuestro corazón, en el amor que sentimos por nuestros hijos, el sentido de la propiedad. Si, por el contrario, no tenemos vocación, o si la hemos abandonado o traicionado, por cinismo o por miedo a vivir, o por un mal entendido amor paterno, o por cualquier pequeña virtud que se ha instalado en nosotros, entonces nos agarramos a nuestros hijos como un náufrago al tronco de un árbol, pretendemos vivazmente de ellos que nos restituyan todo lo que hemos dado, que sean absolutamente y sin fallo tal como nosotros queremos que sean, que obtengan de la vida todo lo que a nosotros nos ha faltado», dice Ginzburg. ¿Es la vocación un buen pilar sobre el que sustentar, después de haber sido madre, la educación familiar? Para ti, ¿qué otras cosas también serían relevantes?

R: Una de las cosas que a mí me parecen más importantes a la hora de educar a los hijos es el hecho de inculcarles ciertas nociones de responsabilidad. Es algo que, además, yo trato de transmitirle a todas las personas a las que quiero. Ser responsable: de ti mismo, del entorno que nos rodea, de las personas que tienes alrededor; y pensar siempre en qué va a terminar repercutiendo cada una de tus acciones. No me gusta caer en ese maniqueísmo que pretende hacernos pensar que por tener un iPhone ya se está muriendo mucha gente, porque sí, todo lo que existe en este mundo hace que se muera la gente; pero no por ello se puede culpabilizar a los seres humanos por vivir, y menos dentro de una mecánica tan estricta. Lo que sí que creo es que cuando tú le inculcas a alguien la responsabilidad (de sí mismo, de sus sueños o de sus deseos) le estás haciendo un favor; y si tuviera que quedarme con una responsabilidad concreta yo creo que me quedaría con el hecho de ser responsable con tus deseos, para bien o para mal: o los dominas un poco para que germinen y se terminen convirtiendo en lo que deseabas o los vives de una manera tan plena que no te arrepientas luego por haberte dejado llevar, por haberte dejado ir… Yo a mis hijas les pediría eso, sí: que sean responsables con sus propios deseos, que luego la vida es muy complicada -y muy larga- como para andar arrepintiéndose. Y quizás, llegados a este punto, debamos repensar también nuestras preocupaciones y darnos cuenta de que es más importante llamar a tu abuelo mientras esté que estar angustiado por la supervivencia -o no- del Sistema Nacional de Pensiones. Esos pequeños deseos que parecen que no son importantes -frente a los otros- son, precisamente, los que nos pueden acercar a las «pequeñas virtudes» de las que nos hablaba Natalia Ginzburg, ¿no?

P: Conclusión: hay que acabar con la esperanza, pero también hay que apostar por los deseos…

R: Lo que hay que hacer, realmente, es quitarle lo católico a la esperanza. Y con esto no quiero decir que debamos ir hacia la utopía, que bastante mal nos fue en el siglo XX persiguiéndola, pero sí que creo que hay que quitarle todos esos conceptos manidos porque engaña y culpabiliza. O sea, cuando algo no sale como lo esperábamos -y podemos hablar de literatura o de política-, cuando alguien que te vende una esperanza o una utopía no la cumple -como ocurrió con Podemos-, en lo que revierte todo es en enojo, y el enojo es una herramienta fabulosa para la gente que tiene el poder.

Mi tesis de acabar con la esperanza obedece a esto, la verdad. Como no sabemos gestionar todavía nuestro enojo, y hay quienes sí saben gestionarlo muy bien -y revertirlo-, es mejor evitar las situaciones que pueden provocarlo. Entonces, cuando ya no tengamos esperanza veremos la vida tal y como la veía mi abuela, por ejemplo, que siempre decía: «si hay frijoles para cuatro, le echamos más agua y hay para cinco». De este modo, evidentemente, no te puedo prometer que la comida vaya a estar exquisita; pero siempre va a haber comida. Y hay que vivir así: sin promesas de que algo vaya o no vaya a suceder, pero buscando siempre el bienestar colectivo, el bienestar familiar.

Gracias a la novela he tenido la oportunidad de conocer y de hablar con varias madres cuyos hijos son, a día de hoy, personas desaparecidas, ¿no? Pues al escucharlas a ellas sin esperanza me doy cuenta de que hay algo más. Ellas se han quedado sin hijos, el Estado las ha violentado, nadie las ayuda, su vida ha cambiado radicalmente y, sin embargo, siguen buscando a sus hijos, siguen encontrando huesos para otras madres y se cuidan entre ellas. Y pueden seguir viviendo, y pueden seguir riéndose y haciendo bromas y siguen teniendo ese deseo de vivir. Yo no sé si soy capaz de explicarlo lo suficientemente bien, pero ellas son el ejemplo perfecto; el ejemplo perfecto de que hay un deseo de vivir, una causa fisiológica que, a pesar de las calamidades, te obliga a seguir vivo. Y a eso es a lo que tenemos que hacerle caso: a ese deseo de vivir. Si ellas pudieron, ¿nosotras cómo no vamos a poder?

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