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Una carrera

«Lo único más vulgar que correr porque se tiene prisa es correr sin motivo», opina Jorge Trujillo antes de enumerar las razones por las que él considera que merece la pena sufrir, entre ellas un buen sandwich mixto o un vasitodaguacongas.

Debido a mi crónica incontinencia verbal, hace algo así de un mes acabé comprometido a participar en uno de los eventos más absurdos que ha podido idear la especie humana: una carrera nocturna en fin de semana. Miles de personas dispuestas a pagar para recorrer, apelotonadas y sudorosas, un circuito cerrado durante una distancia determinada a cambio de un aplauso y, si acaso, una camiseta con futuro de pijama de verano. Y encima con el deber moral de guardar abstinencia el sábado entero para estar en condiciones de correr a la noche y evitar así que los mirones, más listos ellos (y con toda seguridad ligeramente ebrios, en su gran mayoría), disfruten de ver fracasar a quien se tomó por la tarde un refrigerio de más.

La envidia que me causaron los espectadores sentados en las terrazas mientras bebían sus cervezas frías, seguro que casi congeladas, fue tal que, a mitad de la carrera y ante la incrédula mirada de los corredores a mi alrededor, me vi en la obligación de pedir un teléfono prestado y llamar a mi bar de confianza para reservar una mesa y una Dorada fría una vez cruzase la meta. Ocurrió de verdad. Prometido.

Afortunadamente, como incontinencia no es sinónimo de imbecilidad, dentro de mi mala pata al menos tuve el decoro de apuntarme al circuito de tan solo cinco kilómetros (a quien se vaya a reír de mí le pido un poco de respeto, refrené el primer impulso de inscribirme en la que tan solo era una milla de distancia, que no llega a los dos mil metros).

Pese a lo breve del recorrido, lo cierto es que durante estos últimos cuatro años de pandemia he tenido un tanto abandonada mi faceta deportiva, así que me he visto obligado a ser runner durante unas tres semanas para evitar realizar el ridículo más absoluto. Y lo peor no es solo que salir a correr haya supuesto un duro golpe a mi espíritu de rentista, pues lo único más vulgar que correr porque se tiene prisa es correr sin motivo, sino que tras esas semanas ni siquiera tenía garantizado haber sorteado el ridículo. Entiéndanme, los sábados son infinitamente largos y el calor sin cerveza difícilmente soportable.

El caso es que durante estas infaustas carreras hacia ningún lugar decidí acompañarme de algunas de las entrevistas/conversaciones del podcast de Javier Aznar, Hotel Jorge Juan, con la esperanza de inmiscuir mi cabeza en conversaciones ajenas y olvidarme a ratos de cómo estaba desperdiciando mi vida.

En una de ellas, la que tuvo con Alejandra Ansón (socia de una consultora gastronómica, de verdad), comenzaron a hablar en un momento, cómo no siendo socia de una consultora gastronómica, del mayor invento culinario de la historia de la especie humana: el sándwich mixto. Nada más nombrarlo yo no podía parar de pensar en el del Café Comercial y de repetir en mi cabeza «que hablen del sándwich del Café Comercial, que hablen del sándwich del Café Comercial». Y hablaron. ¡Éxito!

No es solo que me parezca el mejor de Madrid, sino que justo unos días antes de escuchar el podcast me había adelantado veinte minutos a una reunión que tenía allí para poder disfrutar de ese sándwich con toda la tranquilidad del mundo. Llegué, me senté, pedí el sándwich, un café solo y un vasito de agua con gas. «¡NO tenemos vaso de agua con gas, caballero [ojo ahí ¡eh!]!, si acaso le podemos traer una botella», me dijo el camarero; oferta que decliné con toda la amabilidad que mi corazón decepcionado me permitió.

Vale, quizá la negativa no fue entre exclamaciones, negrita y subrayado, pero en mi cabeza sonó así. No me habían negado un vaso de agua con gas, no, me habían hecho caer en la cuenta de algo que llevaba tiempo sospechando, quizá rumiando distraídamente, pero de lo que hasta ese momento no fui consciente de forma plena. Saqué el móvil, abrí el WhatsApp y le escribí a mi primo (un saludo, Daniel):

[9:07 a. m., X/5/2022] JorgeTr: Acabo de caer en la cuenta

[9:07 a. m., X/5/2022] JorgeTr: De cuál es el motivo por el que sé nunca podré vivir en Madrid de forma definitiva

[9:09 a. m., X/5/2022] Dani: a ver

[9:10 a. m., X/5/2022] JorgeTr: El vasito de agua con gas con el café

Ya está, la hemos jodido, una vez percatado de ello nunca podré quitarme esa idea de la cabeza. Cada mañana que vaya al bar a desayunar y me nieguen el vasitodaguacongas recordaré por qué Madrid no es ni nunca será mi hogar. Bueno, quizá exagero. En Madrid se está de puta madre cuando no hace un frío del carajo ni un calor abrasador (apunten, diez días de mayo y dos semanas de septiembre). Tal vez, incluso, si no logro convertirme en rentista, pase el resto de mi vida en La Capital, pero siempre con la pena de no tener mi vasitodaguacongas (cañitasifón si el camarero es entendido).

Lo más extraño es que yo llevaba ya un tiempo resignado. Conocía a la perfección que en Madrid nunca me van a decir que sí a un vasito de agua con gas y por eso había dejado de pedirlo. Pero esa mañana, quizá pensando en el desayuno perfecto, me atreví a hacerlo. Y la realidad me dio una hostia de las que te marcan.

Ahora que rememoro la escena pienso que le hubiese quedado fantástico un poco de T. S. Eliot de fondo: «“Do I dare?” and, “Do I dare?”/ […] / Do I dare / Disturb the universe? / In a minute there is time / For decisions and revisions which a minute will reverse» («¿me atrevo? Y ¿me atrevo? / […] / ¿me atrevo / a perturbar al universo? / En un minuto hay tiempo / para decisiones y revisiones que en un minuto cambiarán»).

Y me atreví y así me quedé, decepcionado, nostálgico, lleno de saudade por el vasitodagua y a la espera de qué hacer a partir de ahora. Porque al final todo se reduce a esperar ¿pero esperar a qué? ¿a volverme a Tenerife? ¿a que civilicen Madrid? Supongo que «There will be time, there will be time / […] / there will be time to murder and create, / […] / time for you and time for me, / and time yet for a hundred indecisions / and for a hundred visions and revisions / before the taking of [coffee and vasitodaguacongas]». («Habrá tiempo, habrá tiempo / […] / habrá tiempo para asesinar y para crear / […] / tiempo para ti y tiempo para mí, / y tiempo aún para una centena de indecisiones / y para una centena de visiones y revisiones / antes de tomar un [café y un vasitodaguacongas]»).

Mientras tanto imagino que me tocará esperar, como esperan el suceso los personajes de Aguamala (Nicola Pugliese; Ed. Acantilado, 2022) mientras llueve y llueve y no para de llover en la Nápoles de mitad del siglo XX (si es que por Nápoles pasa el tiempo). Esperar como esperan Vladimir y Estragón, como lo hace el Coronel a que le llegue su pensión o como espera Pessoa, tan alegre él, en su Libro del Desasosiego (Ed. Acantilado, 2019), que nos dice que hay que hacerlo como «[s]i nuestra vida fuera un eterno estar-a-la-ventana, si así nos quedáramos, como un humo siempre detenido, teniendo siempre el mismo momento de crepúsculo coloreando la curva de los montes…».

Pero lo cierto es que uno no puede estar todo el día en la ventana. El tiempo pasa y a nosotros nos toca pasar con él. Ya se sabe, la modernidad líquida, la globalización… en definitiva, los tiempos modernos nos obligan a obedecer a la Reina Roja cuando le dice a Alicia que tiene que correr lo más rápido para quedarse donde está; y correr, por lo menos, el doble de rápido si quiere llegar a otro sitio.

Al final resulta que eso de haberme hecho runner no es tan absurdo como pensaba. Que el futuro es de los que salen a correr y no de los que se quedan meditando en el bar. Qué absurdo todo, después de todo, correr cinco kilómetros por un vaso de agua con gas (en este caso con forma de caña de Dorada). Eso sí, por lo menos la carrera fue en Tenerife y la cerveza de después estaba congelada. Ojalá la vida siempre fuera así de absurda: apuntarme a una carrera que no me interesa para reservar una mesa para tomarme una caña, como si la vida fuera un eterno estar-a-la-terraza, aunque solo dure un fin de semana.

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