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Libros y librerías, una historia de eterna supervivencia

La pandemia de coronavirus obligó a las clásicas librerías de barrio a adaptarse a las nuevas exigencias del mercado online, un reto del que no sólo salieron airosas, sino más reforzadas gracias a su inagotable capacidad de resiliencia y, además, a la renovada y creciente fidelidad de los lectores.

Rafael Monje es un tipo algo escurridizo. Enemigo de las cámaras, se refugia habitualmente entre cordilleras de libros y el silencio, tan sólo roto por el sonido a medio gas y, por momentos, melifluo de la música radiofónica. Se dedica a la compraventa de libros desde 1997, un océano profundo al que le empujó a sumergirse «la arrogancia y la inconsciencia de la juventud». Con veintiséis años dejó su trabajo como contable en una empresa automovilística, atraído por su afición a un mundo que descubrió en su juventud a través de otros libreros de viejo, como el granadino Ignacio Martín Villena. Es una historia que invita a pensar en clave romántica, pero Monje, presto, se encarga de trivializar el asunto: «De romántico hay poco, pero sí de salto al abismo», admite entre risas. Hoy ofrece ejemplares antiguos y de ocasión desde hace casi dos décadas en la librería Mimo de Jaén. Al cruzar la puerta, uno casi se siente abrumado por la cantidad de volúmenes de la más diversa índole que, a diestra y siniestra, abarrotan las estanterías. La primera ojeada permite vislumbrar algunos tomos de la mítica ‘Biblioteca Básica’ de Salvat. «Me han gustado siempre los mimos porque son capaces de expresar sin decir nada, sólo con el gesto», confiesa Monje mientras embala los últimos pedidos de la semana, una imagen casi anacrónica, pero que sigue resistiendo cual «pueblo en armas contra la soledad», como dijo Javier Egea sobre la poesía, las embestidas de la era tecnológica, esa inagotable tormenta de ruido que ensucia de urgencia el discurrir de los días.

A casi 300 kilómetros, el cielo se derrama sobre Toledo en plena borrasca invernal. Julio Romero, librero de Taiga, en el centro comercial Luz del Tajo, atiende al río inagotable de clientes que apuran los días previos a las navidades para comprar los últimos regalos a familiares y amigos. La estampa se repite un año sí, otro también, desde hace décadas, a excepción de la peor etapa de la era Covid. Romero saca un hueco para dejar a su compañera al pie del cañón y beberse un café. «Estos días ya estamos bastante liados, y seguirá igual la cosa durante todas las fiestas», señala. Estudió Filología Clásica y dos años de Derecho. Su madre fue también librera, pero él está en el oficio casi de rebote. «No fue vocacional, empecé a trabajar de esto y me gustó». Desde entonces han pasado cerca de veinte años. «Cada cliente es un mundo y cada librería es un universo particular», afirma. Su voz es la de la experiencia, conviene escucharla con atención. Cambian las costumbres, cambia la manera de pensar, cambia la manera de vender, cambia la manera de escribir, pero, en mitad de esa amalgama de evolución constante, hay algo que siempre resiste los envites del tiempo: el amor por la lectura y, por ende, la pasión por las librerías de barrio.

España compra cada vez más libros

Un día lluvioso, el relajante sonido de las gotas golpeando la ventana en admirable desorden, el severo calor del brasero, una taza de café salida de la fragua vulcania y un libro. O quizás el rumor de las olas del ancho mar, la brisa de la playa cuando el sol renuncia a su rigor y comienza a ponerse, el suave tacto de la arena y, también, un libro. Reducir las horas a párrafos y salvar felizmente los días golpe a golpe, verso a verso, dijo el poeta. En ambas situaciones, ese, el libro, acaba siendo el factor determinante para vestir de calma y placer una escena que cada vez se repite con mayor frecuencia. Así lo confirman los números: los españoles compran cada vez más libros.

De acuerdo al estudio de Comercio Interior del Libro para 2021 elaborado por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), la facturación del sector librero creció un 5,6% entre 2020 y 2021, en concreto, de 2.439,93 millones de euros a 2.432,41 millones. Según Luis Miguel Tigeras, de la madrileña Librería Dykinson, una de las decanas en España, esta situación es fruto de dos factores: «En 2020, cuando tuvimos que cerrar por la pandemia, creció, sobre todo, la venta online, y ese ritmo de mercado a través de internet se mantuvo en 2021. A eso se une el hecho de que, con la reapertura de las librerías, el mercado presencial volvió a recuperarse, claro». Pero es que, además, el nivel de ventas de 2021 es también superior al de 2019, el año previo al estallido de la pandemia de coronavirus, cuando la facturación del mercado interior se quedó en 2.420,64 millones de euros, de acuerdo a las cifras de la FGEE. «Durante la pandemia, con la gente confinada en sus casas, aumentó el hábito de lectura, y esa costumbre se ha ido manteniendo», agrega Alfredo Jiménez, librero de La Osera de la Sierra, en Moralzarzal y especializada en público infantil. De acuerdo al Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España de 2021, elaborado por la propia FGEE con el apoyo del Ministerio de Cultura y Deporte, en 2020 el 64% de los españoles leyó libros por ocio y el 52,7%, fue lector frecuente. En 2021, esos porcentajes se consolidaron: 64,4% y 52,7%, respectivamente.

A falta de decir adiós a 2022 y contar con el informe anual de ventas durante este año rayano en la extinción, las cifras provisionales confirman la tendencia al alza y, por ende, siguen invitando al optimismo en el sector. En la última Feria del Libro de Madrid, se cerraron ventas por valor de 10,2 millones de euros, según datos de la propia organización, una cifra que supera en un 2% la registrada en el año inmediatamente anterior a la pandemia de coronavirus, 2019. Y eso a pesar de que en esta última edición hubo menos expositores.

Pero pese a las cifras positivas en el mercado interior, España destaca de forma negativa en el contexto continental. Según datos de la Oficina Europea de Estadística, Eurostat, los españoles gastaron en 2021 sólo un 0,6% de su dinero en comprar libros. Sólo Chipre, Portugal, Rumanía y Grecia se rascan menos el bolsillo en este sentido. Y lo peor es que se trata de una tendencia a la baja: en 1995, el gasto medio de los hogares españoles en compra de libros era del 1,8%, es decir, más de un punto que el 0,6% de 2021. No obstante, Monje contradice los números y, sin titubeo alguno, afirma: «Cuando yo monté la librería, en España leía el 30 por ciento de la población; ahora lo hace el 60. Aquí compran personas de toda clase y de todas las edades, entre 14 o 15 y 70 u 80 años».

Varios clientes esperan a ser atendidos en la Librería Taiga de Toledo.
Fotografía tomada y cedida por Manu Ibáñez.

Pasión renovada por las librerías de barrio

La pandemia de Covid-19 puso a prueba la capacidad de resistencia del negocio de proximidad y, por ende, de las librerías de barrio. Pero, acostumbradas a sobrevivir durante décadas a las evoluciones del mercado y del mundo, y también a lidiar con grandes superficies como Fnac, La Casa del Libro y, sobre todo, Amazon, asumieron el reto con entereza. Sin posibilidad de abrir los locales, los libreros que aún no lo habían hecho tuvieron que adaptarse a marchas forzadas a la venta por internet, bien a través de tiendas online propias, bien a través de plataformas colectivas como todostuslibros.com, y la jugada les salió bien. Así lo indican los números: los españoles compran cada vez más en las librerías de siempre. Según datos de la FGEE y del Ministerio de Cultura y Deporte recogidos por Statista, estos establecimientos facturaron 907,7 millones de euros en 2021, frente a los 838,9 millones de 2020, cifras que consolidan a las librerías como la fuente de mayor preferencia de los lectores para adquirir libros. En segundo lugar figuran las cadenas de librerías, con una facturación de 480,4 millones de euros, es decir, casi la mitad. Le siguen empresas e instituciones, hipermercados, canales para libro electrónico, quioscos, venta a crédito, suscripciones, clubs del libro, internet, bibliotecas y otros canales.

Al impulso de la venta online hubo que sumar otro aspecto fundamental: el factor humano. «La gente se dio cuenta de que tener una librería en su barrio es muy importante porque humanizan y dan valor cultural a la zona. Se volcaron con nosotros», señala Pablo Bonet, director del Gremio de Librerías de Madrid. Ello, además, ayudó a descentralizar el mercado en el contexto del mapa nacional. «No sé si será fruto de la pandemia y la gente es más precavida por miedo a contagiarse, pero antes los clientes preferían ir a Madrid para comprar un libro, y sin embargo ahora prefieren quedarse y acudir a las librerías de su ciudad», afirma Romero.

En continua adaptación a la modernidad cambiante

Primero fue el ebook; ahora, el audiolibro. Alternativas al libro físico que surgen como amenazas al papel ‘de toda la vida’. Pero, ya se sabe, perro ladrador, poco mordedor. «El ebook entró como un elefante en una cacharrería, muy fuerte, pero yo creo que ha llegado a su techo», apunta Monje. Para Romero, el ebook también ha agotado su recorrido porque «cuando un niño pide una tablet o un aparato electrónico, no la quiere para leer, sino para jugar y, si le apetece leer, acabará acudiendo al libro tarde o temprano». Quizás por ello, pese a que se viene anunciando desde hace décadas la extinción tanto del formato de libro clásico como, por consiguiente, de las librerías y el oficio de librero, el Apocalipsis nunca termina llegando. «Creo que quien dice eso es gente que no ama la lectura y que no lee mucho», asevera Jiménez. «Las librerías se han adaptado siempre a los problemas, siguen resistiendo, y en los últimos cinco años se abren más librerías de las que se cierran», señala, por su parte, Bonet, quien resalta un cambio de paradigma en el negocio que evidencia esa eterna capacidad de resiliencia: «Hay un cambio generacional, gente que abre nuevas librerías no sólo con el concepto de negocio para vender libros, sino también como espacios culturales». Según Tigeras, actualmente «hay una tendencia de ir a por el cliente». «Se hacen muchas más presentaciones y eventos en las propias librerías. También ha aumentado la promoción en redes sociales», añade.

Best-sellers y títulos independientes: en busca del equilibrio

En cualquier caso, la esperanza para los libreros reside en los fenómenos fan: Blue Jeans, Juan Gómez-Jurado, La Vecina Rubia… autores como sinónimos de éxitos editoriales, en definitiva, de los que los libreros esperan sus nuevas obras como agua de mayo. «Esto ya ocurría antes de la pandemia, pero ahora se ha intensificado, sobre todo por el efecto llamada. Si una chica de quince o dieciséis años lee un libro que le gusta, se lo cuenta a sus amigas y estas también quieren comprarlo», asegura Romero. Un estudio presentado el pasado verano en el XXV Congreso de las Librerías advertía de que el 86% de las obras editadas vende menos de 50 ejemplares al año y que, por el contrario, sólo el 0,1% de las novedades vende más de 3.000, unas cifras que, de acuerdo a dicho informe, evidencian que el mercado literario en España sufre un exceso de nuevos títulos. Ello explica que las editoriales y librerías se aferren a los superventas como si fuesen un clavo ardiendo. Al fin y al cabo, un negocio es un negocio y lo fundamental es que cuadren las cuentas. «Contar con títulos superventas permite que el negocio sea rentable y que te puedas permitir vender otras cosas», según Romero.

Sobre la mesa siempre estará el debate acerca de la mejor o peor calidad literaria de los best-sellers y, también, acerca de la idoneidad del viraje que ha dado la industria editorial hacia la búsqueda y captura de influencers literarios con miles de seguidores cuyas obras sean susceptibles de acaparar las estanterías de novedades. No obstante, si se piensa con detenimiento, qué más da todo ello, siempre y cuando sea por el bien del hábito lector. Romero opina que la (mal) llamada ‘baja’ literatura siempre será un impulso para acceder a otros libros y a otras lecturas de mayor enjundia: «Hay niñas, por ejemplo, que empiezan leyendo novelas románticas sin valor, entre comillas, y, más adelante, gracias a que ya tienen ese hábito lector, dan el paso hacia Virginia Woolf o a Jane Austen. Al final, se trata de leer, de que exista la voluntad de leer». No es el único que piensa así. En 2016, la periodista Mar Muñiz, preocupada por la escasa inquietud cultural de sus hijos, tituló un artículo escrito para El Mundo: «Niño, lee lo que sea, pero lee». Y, si es comprando en la librería del barrio, mejor que mejor.

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