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La Feria del Libro de Madrid: una fiesta poliédrica

Considerada por todo el mundo como la Feria del «reencuentro», tratamos de identificar a todos los actores implicados en que año tras año la FLM cumpla con sus propósitos y asuma nuevos retos.

En las películas de catástrofes, los letreros desvencijados suelen ser un buen indicador de que una zona está desierta y despoblada, sin luz y sin calefacción, y sometida a la anarquía. Basta con que los protagonistas de la cinta se acerquen a una valla publicitaria o a las inmediaciones de una filmoteca en ruinas para descubrir que entre la pila de escombros se esconde un alfabeto ennegrecido y olvidado. «¿A qué palabra pertenecería esta ‘J’?», «¿dónde iría esta ‘S’?», «¿os acordáis de aquella marca que empezaba por ‘C’?». Las tragedias son inexorables, pero, afortunadamente, algunos detalles nos previenen.

Con todo lo que ha sucedido entre este año y el pasado, lo cierto es que sorprende y emociona ver las siglas de la Feria del Libro de Madrid -FLM- coronando los carteles del Retiro. Bien ordenadas, como siempre: sin darnos la oportunidad de olvidar sus significados y de aventurarnos a decir, por ejemplo, que en vez de a una «Feria» es a una «Fiesta» a lo que se refiere la ‘F’. Y menos mal, porque una feria es inclusiva y una fiesta es excluyente.

De todos modos, ¿se imaginan ustedes una Fiesta del Libro madrileña? Sólo hay una manera de responder a esta pregunta fehacientemente…

Los invitados

Para la editora de Impedimenta y escritora Pilar Adón (Madrid, 1971), la Feria del Libro actual es ya la Fiesta del Libro que nos merecemos. Al fin y al cabo, todos los implicados en ella «somos lectores», desde el autor al distribuidor, desde el librero hasta los periodistas encargados de cubrir el evento; y eso es, precisamente, lo que la Feria trata de poner en valor, abarcando «a todos los actores implicados en el proceso». También es lo que considera el autor y gestor cultural Antonio López Ortega (Punta Cardón, 1957), quien tuvo la oportunidad de promover y organizar algunas de las ferias librescas más importantes de Venezuela en los años noventa, en ciudades como Caracas, Valencia, Mérida o Porlamar, y quien tampoco duda en admitir que la Feria del Libro -sea cual sea- sigue siendo «la fiesta de los lectores, pues son los que más se benefician».

Por su parte, el también autor, periodista cultural y prestador de servicios editoriales Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) considera que «tanto autores como lectores suelen ser los últimos monos en esa cosa llamada ‘cadena de valor del libro’», pero que la Feria es bienvenida porque «anima el cotarro, da visibilidad y permite a los autores convertirse de nuevo en lectores casi virginales y a los lectores soñar con llegar a ser autores leídos. Anima a muchos a acercarse a ese objeto exótico llamado libro y, ¡ojo!, en algunos casos incluso a comprarlo».

Recogiendo el hilo, López Ortega concluye que en la Feria -en cualquier Feria- «los cabos se encuentran, las mediaciones desaparecen, un autor y su respectivo lector pueden verse las caras y es el mejor lugar posible para conocer libros y comprarlos, pues le han puesto en las manos [al lector] un universo que es muy difícil resumir».

El anfitrión

Como sucede en casi todas las fiestas, el anfitrión, que en este caso es el autor que nos invita a sus firmas, suele ser quien menos las disfruta y las celebra; pues, aunque parezca que se encuentra en medio de su hábitat natural, han cambiado drásticamente sus ritos y sus reglas.

«Para un escritor, las actividades que implican salir de casa, ya sea para firmar en la Feria o para hacer una presentación en una librería, cualquier actividad que sea distinta a la actividad misma de escribir o de leer en un ámbito privado, personal y solitario, la verdad es que se complican. En ellas, salimos de nuestra privacidad más absoluta y tenemos que enfrentarnos al mundo: pasar de no hablar con nadie a hablar con mucha gente, de no dejarnos ver a ser vistos, y en un principio puede haber ciertas reticencias. Sin embargo, y a pesar de que sean dos actividades completamente contrapuestas, cada una en su ámbito se termina disfrutando mucho, y por eso seguimos haciéndolo», reflexiona Adón mientras se prepara para las firmas que la esperan durante este último fin de semana de Feria.

Por supuesto, Eduardo Laporte y sus maravillosas referencias literarias la comprenden. «Creo que era Vila-Matas el que decía, o un alter ego suyo, en el comienzo de Doctor Pasavento, que él había nacido para escribir y no para dar conferencias, charlas, entrevistas ni recitales varios. Y tal era su angustia que amenazaba con no acudir al compromiso que le esperaba. Recuerdo con parecida angustia vilamatiana las primeras presentaciones de mis libros, que por otra parte tenían lugar en entornos amables con amigos y conocidos. Es curioso, pero la actividad literaria ha desarrollado mi vis pública, por así decir, más que otra cosa. A pesar de haber estudiado Comunicación Audiovisual, cuando más he salido de mi zona de confort de solitario-tímido ha sido con la literatura y la labor aparejada a tener que presentar tus obras, ir a la radio, a mesas redondas, a las propias presentaciones… Pasada la angustia, uno le coge gusto». Aunque un escritor siempre seguirá siendo un ente solitario, y «mientras más masivo sea el acto, menos placentero será», tal y como apunta Antonio López Ortega.

Ambiente de la Feria del Libro de Madrid el día 13.09.2021. Foto tomada y cedida por la propia FLM.

Los organizadores

Entre las casetas 256 y 257, a Elena Valerio (Madrid, 1994) le ha tocado experimentar su primera vez como librera en el Retiro, en ese espacio mágico y cargado de historia y recorrido que es Visor, tanto en su vertiente librera como en su vertiente editorial. «Todos teníamos ganas de volver», nos cuenta, «y este año, en mi caso, verlo desde el otro lado, tras la caseta, y estrenarme como expositora en la Feria lo hace aún más especial. Al ser mi primera vez en caseta no tengo ni de lejos el recorrido que tienen mis compañeros, que llevan años preparando cada Feria con mucho trabajo y esfuerzo. Ellos se encargan, entre otras muchas cosas, de realizar los pedidos y de intentar hacer una buena selección de títulos que interesen a los lectores; porque, aunque detrás de un libro haya mucho trabajo por parte del sector librero y editorial, ellos son los que nos compran y nos leen, y eso es lo más importante».

Unos cuantos metros más allá, en el expositor número 35, que comparten las editoriales Periférica e Impedimenta, Pilar Adón también nos cuenta los entresijos organizativos de una cita como esta. «Cuando estamos preparando la caseta, también estamos frecuentemente pensando en nosotros mismos como lectores, que es, como te decía antes, lo que somos ante todo. Entonces, lo más normal es que preparemos la caseta imaginando cómo nos gustaría encontrarla desde fuera. Llevamos todo el fondo, muchísimo material -marcapáginas, catálogos, postales, que son detalles que como lectores también agradecemos-, y tanto novedades como obras que ya no son tan fáciles de encontrar en librerías, que es algo que nos encanta mostrar y poder ofrecer»; no en balde, «mucha gente se hace listas y acude directamente a las casetas con los libros que quiere comprar en mente, esperando encontrarlos, y nosotros estamos ahí para satisfacer esa pulsión».

Del mismo modo, López Ortega corrobora lo dicho anteriormente. «Mi experiencia como organizador me dice que siempre se piensa más en el lector, que es el consentido de la partida. Si se trae a un determinado autor, si se hacen pabellones infantiles para estimular la lectura, si se organizan firmas… todo tiene que ver con la necesidad de complacer al lector. Ahora bien, en una Feria no todo es negocio o ventas; los organizadores también están obligados a ejercer un papel rector en cuanto a la calidad literaria: homenajear a un autor por sus méritos, recordar a escritores olvidados, hacerles espacio a los nuevos valores, estimular la diversidad temática… eso también es importante. En mis últimos tiempos, le poníamos mucho empeño a la programación infantil, en parte porque las letras entran más fácilmente por los ojos de un niño que por los de un adulto. Es un hecho que, en el campo literario, cada vez se lee menos, así que las Ferias también tienen la obligación de estimular o fomentar la lectura».

Tal y como dice Elena Valerio, que recupera la palabra rodeada de libros de poesía con las tapas negras y convencida de que «cada caseta tiene su propia personalidad», «hay muchos autores que saben conectar con el público más joven y abordan temas que preocupan e interesan en la actualidad, como la salud mental, el colectivo LGTBI, el feminismo… Y acontecimientos como la Feria refuerzan ese vínculo».

El encuentro

Desde luego, si bien todos teníamos ganas de volver a vernos en el Retiro y de pasear entre casetas, no ha dejado de ser «una sorpresa encontrarse todos los días a gente haciendo cola para entrar y ver tanta afluencia», que es lo que nos cuenta la magnífica librera de Visor que este año se estrena en las trincheras librescas de la Feria. «Quizá el reencuentro entre autores y lectores viéndose tras la mascarilla se antoja un poco extraño, pero, aún así, pienso que ha sido cercano».

Para Pilar Adón, esos momentos de encuentro también son «muy, muy, muy impresionantes y muy emocionantes. Estamos hablando de autores a los que idolatramos, con los que pasamos horas, días, semanas, meses: admirando su obra, admirando la manera que tienen de escribir, cómo conciben los textos, a sus personajes… Sin embargo, sentir tan próximamente a un escritor al que no conocemos de nada -más allá de su obra- y, de repente, tener la posibilidad de coincidir con él de forma física en una Feria es algo que conmueve. Como editora también es un momento importante. Al final, tu papel ya no es sólo el de propiciar una mediación entre autor y lectores por medio de la edición de un manuscrito, de su impresión o de su puesta en circulación, sino que también estás actuando como facilitadora de ese encuentro físico. Y a pesar de ser encuentros muy breves, suelen ser bastante intensos. La energía se transmite, fluye y se contagia».

*Imagen de cabecera cedida por Myriam Rodríguez, de nuestros amigos del Colectivo Mentes Inquietas, que firmaron en la Feria del Libro de Madrid el pasado viernes 17 de septiembre (sí, la que sonríe emocionada es ella).

Las cosas del firmar

Según la autora de Eterno Amor (Páginas de Espuma, 2021), «un libro dedicado es un libro personalizado que, al igual que cuando un lector hace suyas las obras ajenas con anotaciones o subrayados, el autor individualiza y hace único gracias a su dedicatoria, y ese es un momento muy emocionante». Pero, ¿cómo se prepara uno para emocionar?

Sostiene Eduardo Laporte, responsable de la plataforma de servicios editoriales Coverture, que, tal y como dice el Bushido, «al combate se llega ganado. O perdido. Es decir, que lo que hayas hecho antes, tu preparación, tu trabajo, son determinantes para el resultado final. Lo mismo, creo, pasa con la Feria. Se llega con la suerte echada». Para él, de hecho, a la hora de firmar «lo más importante es tener un buen rotulador. Después de diez años como autor publicado y que participa en ciertos circuitos (con un público residual, a veces invisible, pero público al fin y al cabo), he descubierto la importancia de una buena herramienta caligráfica, digamos. Rotuladores negros de grosor 0’8 que logran que quede bien hasta la dedicatoria más anodina. Con ese trazo elegante y centroeuropeo, uno se inspira más para componer una dedicatoria que tenga algo de verdadero, de emotivo incluso».

Siendo fiel a su idea del libro dedicado como libro personalizado, Pilar Adón también intenta que cada una de sus firmas sea única y especial. «Cuando conozco al lector o a la lectora es mucho más sencillo hacer una dedicatoria así, pero cuando no conozco a los lectores me gusta hablar un poquito con ellos y, según lo que me cuenten, poder ponerles algo original. Suelo escribir mucho en las dedicatorias, eso sí [risas]. Me gusta hacerlas extensas y muy, muy personales».

«El problema viene cuando aparece ese ‘lector puro’ (tan preciado y apreciado, por cierto) y uno no conoce nada de él y tampoco se puede aventurar a filigranas sentimentales», añade Laporte. «Es curioso, pero me temo que ser ‘escritor’ no te convierte de pronto en autor de dedicatorias ingeniosas y rutilantes, ese small talk del paratexto que se supone que un letra-herido debería dominar. Recuerdo, en este sentido, con especial admiración, una dedicatoria que me estampó Manuel Rivas que incluía ¡un dibujo! Luego otros autores como Ángel González o Ramiro Pinilla se limitaban a la fórmula estándar de cortesía. Cărtărescu también me dedicó un lánguido “with my best wishes”, propia de tarjeta de cumpleaños de El Corte Inglés, aunque entendí ese recurso facilón cuando tenía una fila de decenas de personas esperando».

«Firmar es una labor extenuante para un autor», admite Antonio López Ortega con bastante sentido del humor. «No lo digo en mi caso, porque siempre firmo poco, pero sí en el caso de los autores famosos». Al fin y al cabo, «un escritor puede atender amablemente a sus lectores cuando son pocos, pero al tratarse de colas interminables ya se convierte en un autómata. Es inevitable».

Afortunadamente, Elena, la más joven del grupo de encuestados, vuelve a acercarnos al origen de la Fiesta. Porque, «más allá de la firma, el encuentro entre lector y autor es la experiencia que uno se lleva: conocerlos en persona, quizá haber intercambiado algunas palabras y poder rememorar y recordar esas experiencias». Como afirma López Ortega, «con la conversación de cada uno de ellos se puede llenar una vida o dos…», y, como dice Laporte -inspirándose en García Márquez-, «uno viaja, visita, lee e incluso vive para contarlo», y de ahí nace la celebración.

En el fondo, para eso está la Feria: para volver cargados de anécdotas y de novelas. Y para seguir estando a salvo de las catástrofes, cómo no.


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