Decidí ir a ver Chest Press al teatro Quique San Francisco el sábado por la tarde. Lo primero que hay que hacerse es preguntarse ¿Quién ha decidido que las 17:30h es una buena hora para ir al teatro? No sé, obligaciones del festival.
La obra apuesta por representar la fina línea entre el limite corporal y el milagro. La frontera diminuta que se abre entre lo cotidiano y lo extraordinario. El agotamiento y el éxtasis de lo divino. Recurriendo a un viejo miedo como es el Noli me tangere, La Nomai apuesta por recuperar el distanciamiento de lo que presumiblemente entendemos tan cercano como un cuerpo.
Girando entorno a dos manos que no se tocan, a un suspiro que nunca es el último, a una creación que tiene que acelerarse, la compañía quiere traer de nuevo la inquietud que todo hombre tiene respecto a un Dios que no contesta. No sé si demasiado cristiana o demasiado capitalista, la mirada nunca puede estarse quieta. ¿Puede una voz dejar de oírse? ¿Puede una canción ser un respiro?
Una cinta eléctrica, una cuerda y no sé cuántas flexiones sirven como ejemplo de los limites del cuerpo humano. Se apunta al deporte como lugar de peregrinación, como un espacio con la suficiente capacidad para crear identidades. Se compara una fatiga a un salto de fe. ¿Qué era la fe? ¿Alguien lo recuerda?
El problema de cuando no se cree en nada es que cuando recurres a Dios lo haces teniendo ya la respuesta. ¡Odiamos el verbo! Se habla poco, se habla muy poco. El cuerpo es texto, el cuerpo es vehículo, el cuerpo es el sudor que toda la humanidad ha expulsado en su búsqueda insatisfecha de respuestas. Lo milagroso de Dios es que nunca responde; esto es difícil de comprender.
La física llega a la misma tesis que la Biblia y, como se dice en la obra, Jesús ya lo sabe todo porque es el hijo de Dios: dos cuerpos nunca se tocan. Nunca. ¿Qué es esto? —Aterrador—, se dice también sobre el escenario. Recurren al reencuentro de Jesucristo y María Magdalena, también al poema de Stachura, para recordarnos que, tarde o temprano, estamos solos ante el reto. Quien corre en una cinta de correr es solo un cuerpo, quien se enfrenta al «sacrificio» es solo un cuerpo.
Conviene recordar también que en estas líneas toda la obra cambia por una decisión que, aun siendo preparada, deja la entrada del azar a escena. ¿Cómo se coordina el azar? ¿Cómo se prepara la incertidumbre? Los actores no dejan de mover el cuerpo, de mostrarlo, de llevarlo hasta el último límite y de tensionarlo mientras tocan el piano, hacen flexiones o lloran.
Un niño nos recuerda que todo cuerpo llora cuando se da cuenta del vacío sobre el que se mueve.

Chest Press quizá nos traiga demasiado ruido entre tanto producto prefabricado. Quizá pecan de largas pausas y de la utilización de un Coldplay que, personalmente, no termino de ver por ningún lado. Pero hace otra cosa entre todo ello; nos expulsa de lo cotidiano de ir al teatro. Nos obliga a mirar, como más o menos un porcentaje alto de la población hace, cómo el cuerpo no puede expandirse más. ¿No era una cárcel? Sí, tal vez, se ha perdido el aroma cristiano de todo lo religioso.
La visita a la obra me despierta muchas preguntas, demasiadas, sobre todo la duda de lo religioso. ¿Puede en Occidente hablarse de un Dios que nadie conoce? ¿Por qué? Aunque no sepamos cómo, alguien siempre mira.
Demasiadas líneas de fuga pueden hacer que el espectador se pierda, pero no caigamos en ello. No todo camino se tiene que coger. Como cuando se anda en la montaña, la obra nos presenta multitud de senderos que no tienen por qué venir señalados y que no tienen por qué ser andados. No merece la pena preguntarse si el ¡Wuuuuuaah! Del niño es metafísico o biológico o si un poeta se suicida por el miedo a la soledad que todos hemos visto asomar en algún momento.
Lo interesante de la obra es que la cuerda de la que se tira no trae nada a escena, solo el esfuerzo de los actores. ¿Cuántas veces no es así la realidad a la que todos nos enfrentamos? El mensaje por momentos es tan explícito que deja en evidencia a quienes pretenden buscar algo más allá del sudor.
Desnudos, lágrimas y sudores nos vienen a mostrar que, como siempre, nada importante de lo que nos sucede lo hemos elegido. Un actor coge vendado una botella de agua tintada y tiene que sufrir la pasividad de un público que podría llevarle hasta la extenuación si quisiera. Lo curioso aquí es que siempre acaba saliendo alguien. ¿Cuánta gente se sacrificaría si no hubiese un escenario? ¿El sacrificio llama a la participación? Tengo mis dudas.
Anhelo obras donde lo espectacular no tenga cabida, donde todos recordemos lo tedioso de llegar a casa y no haber conseguido nada. Chest Press no sigue esa senda, todo lo contrario: nos dice que vivir es espectacular; terroríficamente espectacular. La vida es, para el autor, un sufrimiento en el que está encantado de participar.
Tendemos a idolatrar a los suicidas, a los que se van, pero lo hacemos porque nos permiten justificar lo intolerable de una vida que, tanto en escena como fuera de ella, nos exprime al máximo. Comienza en éxtasis para acabar en el éxtasis. Comienza en la tensión para acabar con un público que no sabe si aplaudir o esperar.
P. D.: Si el espacio cuenta con aire acondicionado para el público, siempre es recomendable utilizarlo.

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