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Rodrigo García Marina: «La literatura guarda una estrecha relación con la monstruosidad»

Manuel P. Alcázar conversa con Rodrigo García Marina acerca de su obra 'Los prodigiosos gatos monteses' (Letraversal, 2023), las posibilidades -políticas- del arte, el vicio y el oficio de escribir, entre otras muchas cosas.

Como con casi todo, llegué a Rodrigo García Marina (Madrid, 1996) a través de ese profundo laberinto que es Twitter. La cuarentena me sirvió para reencontrarme con un mundo del que nunca he estado muy enganchado; gracias a ese tiempo suspendido pude acercarme a sus palabras. Recuerdo que empezamos a hablar por mensaje directo e, instintivamente, supuse que era un poeta al que tenía que seguir. Pese a haber estado un tiempo sin contacto alguno, en cuanto vi que publicaba Los prodigiosos gatos monteses (Letraversal, 2023) sabía que era un libro con el que tenía que hacerme tarde o temprano. 

Rodrigo consigue hablar un idioma no tan común como parece. Habla sobre la vitalidad de lo «grotesco», sobre las voces que no se escuchan. Últimamente me obsesiona el destierro al que han sido sometidos los «olvidados» que llenan las calles sin rostro, sin nombres y sin deseos. Los «nadie», que diría Galeano, pueden verse reflejados a lo largo de las líneas del joven poeta. 

Entre drogas, carencias y anhelos nos trae una realidad inasumible para gran parte de la población. No se habla para el publico, se habla desde la oscuridad del Loukanikos. A menudo, creemos que todo quiere permanecer en la sombra, pero la realidad es que se ha sometido al ostracismo a quienes recuperar el protagonismo en los versos del libro rojo de Rodrigo. 

Cuando acudí a verle a la Feria del Libro aún se acordaba de mí. ¿No dice eso ya mucho de alguien? Poca gente reconoce rostros, y creo firmemente que Rodrigo es de esos que sí lo hacen; por eso vi necesario plantearle algunas preguntas que, como siempre, se mostraron insuficientes para una conversación que podría continuar sin un final concreto. 

PREGUNTA: ¿Te comprometes a contestar a las preguntas bajo ninguno de los efectos de toda la química que aparece citada en el libro? 

RESPUESTA: Estoy bajo los efectos del cansancio. Llevo 32 horas seguidas trabajando con una hora y media de sueño. Creo que soy más bien un proletario de la sanidad «pública» madrileña.

P: Bromas aparte, ¿te da miedo que visibilizar esa vida «bohemia» -a la que la juventud madrileña, sobre todo, se ha visto arrastrada- pueda generar un efecto llamada? 

R: No creo mucho en los efectos llamada. No soy fascista, vaya.

P: ¿Habría algún problema en ello? 

R: ¿Con las drogas? Muchos, claro. Yo crecí en un entorno en el que las drogas produjeron multitud de daños. No entraré en detalles morbosos, pero supongo que es sencillo intuir: muertes por sobredosis, psiquiátricos, VIH, centros de desintoxicación, etc. La mayoría eran pobres. Por norma general, para ser yonki se debe tener una adicción y también una incapacidad económica para camuflar la adicción. La burguesía tiene este ímpetu (y poder) estético de esconder la fealdad, el olor del sin techo, el queerness, la discapacidad, el lumpen, la mugre, la negritud, las chabolas, la vejez, el mal gusto.

¿Con los bohemios? También. El otro día criticaban en redes que en mi libro aparecieran daddies, chemsex y violaciones. Dijeron algo que me dio risa, algo así como que a un niño victoriano le daría un telele leyendo esas obscenidades. En realidad, en la novela del siglo XIX y de principios del XX (en esa «literatura de verdad») existe una completa entrega por parte de los autores a la obscenidad. Tan solo hay que haber leído un poquito. En Harriet encierran a una mujer con una discapacidad intelectual para robarle su fortuna y cuando está a punto de morir hacinada, le arrancan las joyas. El principio de Misericordia todos los mendicantes están repartidos por los alrededores de la Iglesia de San Sebastián para pedir limosna mientras rivalizan entre ellos. En Crimen y castigo dedican noventa páginas a explicarte como un tipo al que al final de la novela perdonarás decapita a una vieja por placer. En Frankstein ajustician equívocamente a una amiga de los protagonistas y a ellos se las trae al pairo que acabe condenada a muerte porque siguen urdiendo la venganza contra el monstruo. En Jane Eyre, Rochester se traviste de gitana para sonsacarle a su amante sus deseos más oscuros mientras le lee el futuro y ella accede porque le excita que su amante la maltrate. La literatura guarda una estrecha relación con la monstruosidad, con la capacidad de mostrarnos lo inaudito, o aquello que preferiríamos no ver. Sucede que mucha gente lee en aristócrata, o sea, lee más bien poco mientras se la pasa dándote la turra día sí, día también; repitiendo como loros no sé qué estupideces de un paper sobre Lacan que escribió su director de TFG que será su director de TFM que será su director de tesis (es así como se consigue una beca académica). Estudian Dobles Grados absurdos, leen los mismos artículos y manuales para dárselas de entendidos y participan en todas las asambleas de compromiso con el planeta de Gràcia, pero no dejan de ser una pandilla de pijolis moralistas. Por eso, no saben lo que cuentan las novelas del siglo XIX, porque no necesitan leer para entender. Más bien, simular que lo hacen para tener algo que contar en sus conversaciones de salón. Les horroriza, claro que les horroriza saber que todos los sábados en las grandes ciudades del mundo señores gays burgueses de cuarenta años abusan de jovencitos racializados que intercambian sexo por darle una calada a una pipa de tina. Mi obligación como escritor es contarlo y que a ellos les espante. Va un poco así.

P: En el prólogo del libro se le anuncia como una especie de manifiesto que reivindica la vida a la que se ha visto condicionada una juventud en una ciudad que, se mire por donde se mire, cada vez se muestra más intolerable. ¿Cómo te sientes en esa posición? 

R: Es un epílogo. Me siento agradecido por las palabras de Alberto Conejero. Es un escritor (no únicamente dramaturgo) a quien admiro; lúcido, inteligente, bondadoso.

P: Una cosa que me fascina del libro, y del autor, es cómo consigue plasmar la contradicción entre el mundo científico (correcto y bueno) y el mundo humanístico (descarado y oscuro). A través de esa contradicción muestras la parte de vida que algunos autores como Agamben han señalado durante la pandemia que nos están robando. ¿Cómo se aprende más sobre la vida, desde la medicina o desde la poesía? 

R: Para mí, tal contradicción no existe. Además, el hospital es bastante más descarado y oscuro que cualquier seminario sobre Derrida. No sé si sobre la vida se puede aprender, simplemente la vivo viviéndola, luego escribo, poco más.

P: Eres parte de esa pequeña suerte de gente que ha conseguido hacer frente a la especialización laboral. Se dice desde hace mucho tiempo que cada uno acaba viendo el mundo conforme trabaja ¿Esa capacidad de ser un «entre medias» te mantiene a salvo de algo? ¿Qué se siente al ser extranjero de cualquier oficio? 

R: Bueno, no soy extranjero de mis oficios, solo que tengo varios. He sido editor de mesa y ahora también soy médico residente. No creo, por una cuestión de responsabilidad, que la Nefrología me permita ser un nefrólogo «a medias». Yo quiero ser un buen médico. Veo a mis adjuntos y pienso que un día, con mucho esfuerzo, lograré parecerme a ellos. Tampoco estoy de acuerdo con el análisis que se hace desde la epistemología política de que la especialización es una suerte de desconocimiento y desposesión de la fuerza de trabajo. El problema está en el lugar que ocupa el colaboracionismo. En las posibilidades materiales que tienen las distintas especialidades científico-técnicas, manuales y humanísticas de nutrirse las unas a las otras para disponer de un conocimiento público, al servicio de la sociedad y no de sus sectores industriales y sus empresarios. Para ello hace falta de una categoría olvidada en los discursos de izquierdas contemporáneos: la solidaridad. La solidaridad epistémica permite que, si, por ejemplo, conozco la fisiología de los riñones, pueda ayudarte a remontar un fallo renal agudo; algo que no has de conocer, pero yo estoy aquí porque tú estarás ahí, en otro lado, ayudándome con el desplazamiento, la declaración de la renta, o la comida.

P: La primera vez que nos vimos fue para que me firmases Desear la casa (Cántico, 2020). ¿Qué has madurado, evolucionado o mirado en Los prodigiosos gatos monteses (letrasversal, 2023) que no estuviese de alguna manera presente allí?

R: Lo percibo al revés. Desear la casa es una obra a mi juicio con gran madurez poética donde se consolida un lenguaje aceptado dentro de una tradición. Los prodigiosos gatos monteses es una aventura, una indagación en la dramaturgia y la crónica, y en la capacidad de los géneros para entremezclarse.

Portada de ‘Los prodigiosos gatos monteses’ (Letraversal, 2023).

P: Frente a la robotización, IAs y teletrabajo, nos hablas de orgías, orgasmos y contacto. Como señalas en uno de los poemas: Una pantalla es un cristal bien pulido. ¿Qué hay en el contacto, en el encuentro, que tanto puede molestar en nuestra época? 

R: Carmen Martín Gaite pensaba que la literatura surgía para suplir una sed de escucha mal repartida por el mundo. Yo añadiría que tenemos una sed de tacto mal repartida. Desde que terminó el confinamiento comencé a formarme en danza contemporánea. La performance, el teatro-danza son disciplinas artísticas que simulan la posibilidad de ser tocados, deseados, alcanzados por las manos o la sensibilidad del otro. Muchas veces voy a dormirme y pienso en todas las cosas o las personas que participan en mi deseo y que mis manos no alcanzan. Todas las aguas de las que no beberé, los hombres a los que no acariciaré, las plantas que no cuidaré. La escena me reconcilia con eso, tanto si soy performer, como si soy espectador. Allí puedo sentirme correspondido por el bailarín al que amo en secreto (aparece en el libro). Puedo materializarme en vidas que no me pertenecen. Ser quien no soy.

P: Hace poco he terminado de leer La internacional letrista (pepitas de calabaza, 2022). Allí se defiende el papel del arte en el discurso político ¿Crees que tiene vigencia? ¿Es el arte una posibilidad real para la acción política? ¿Cómo?

R: Hace poco en un encuentro para poetas dije que la política y el arte no son la misma cosa, solo que están relacionadas entre sí y que participan la una de la otra. Me cayó una gorda, la verdad. Sigo defendiendo lo mismo. Muchas veces es puro proselitismo (obvio, no siempre) para que algunas personas vendan sus obras bajo una etiqueta comercial que proporciona un público objetivo: El arte comprometido. El arte comprometido ¿frente a qué? ¿Qué hace lo demás? ¿No comprometerse con nada? El arte es un compromiso por definición, con el público, con una idea, con una voluntad. Y mira, a mí que me lo expliquen. Que me expliquen qué cambia en la organización social una semana de performances queer en un museo público que tiene a la mitad de sus trabajadores subcontratados. La política es lo otro, quienes tienen el poder de irrumpir en la organización económica del museo de los afectos y acabar con las subcontratas. Existen multitud de artistas que creen encarnar o haber producido un discurso y lo convierten en su cantera del éxito. Sinceramente, estoy hasta los cojones de la instrumentalización de las luchas sociales. Es fundamental que la política tenga un lugar distintivo para que sea efectiva. También es importante que los altavoces políticos no se pongan en la boca de influencers (al menos no exclusivamente), sino en las personas que se dedican a la política. A veces haces un cine mainstream de la hostia, o un espectáculo transgresor que te cagas, pero tus opiniones acerca de la organización social son una basura. No pasa nada. Para eso han de estar quienes ponen sus esfuerzos en ello.

P: De la iglesia es el opio del pueblo, podemos llegar al alcohol es el opio del pueblo. Terrazas a rebosar, un incesante murmullo constante donde se puede distinguir «otra ronda» por todas partes. ¿Todo es menos doloroso así? ¿Cómo te sirvió el alcohol a llevar la cuarentena? 

R: De nada me sirvió porque nunca bebo cuando estoy solo y ahora mismo, de hecho, estoy tratando de no beber entre semana. Tengo buenos amigos atrapados en barras de bar, en el speed, dejándose los sueldos, absolutamente tristes. Durante la cuarentena me aficioné al yoga y de ahí que comenzara a bailar contemporáneo que es una de las cosas más bonitas que me han sucedido en los últimos años. El Rodrigo que escribe intenta plasmar vidas que deben ser contadas, personas que no han tenido la posibilidad de ser atendidas; no hablo exactamente sobre mí, ni siquiera de mis amigos. El Rodrigo que vive, quien responde a esta entrevista soy yo. Yo trabajo de ocho a tres y media de lunes a viernes. Hago cuatro-seis guardias al mes. Por las tardes voy a entrenar y después al teatro o a ver a algún amigo, o me quedo en casa leyendo. Salgo de fiesta algunos fines de semana. Hago la comida, limpio, le cocino a mi pareja, cuido de mis plantas. No me meto nada para empezar el lunes, ni voy de empate un miércoles al curro, ni bebo a solas para escribir porque considere que así es cómo se escriben las novelas de verdad. El alcohol no ahorra ningún dolor y no es útil para lidiar con las cargas. Lo que sí que puede hacer es destrozar vidas. En mi libro aparecen muchas vidas destrozadas por distintas cuestiones, pero que son capaces de entregarse al amor, la amistad, la celebración o el pábulo. Eso es lo único que trato de decir. Que las personas rotas tienen un lugar en la lírica y que también ellas alcanzan la belleza o la posibilidad de escribir una vida. Por lo demás siento decepcionarte, chaval, pero no soy Antonio Escohotado.

P: Cada vez más desde nuestras coordenadas, pero menos desde la parrilla televisiva, pensamos en aquellos que se fueron durante la cuarentena (mi abuela incluida). Hay en tus versos cierta ironía sobre la distancia, la rutina y la gestión general de la pandemia. ¿Se podría haber hecho de otra manera? Normalmente, quienes ponemos en duda lo que ha ocurrido somos acusados de negacionistas… ¿No hay una negación de la vida anterior a todo lo que dicen?

R: Es una pregunta que me acompaña y me atormenta, al igual que a ti… pero por el momento no tengo las certezas como para poder responderla. Discúlpame.

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