La humeante libertad del fatuo
A nadie, ni siquiera a Bill Kilgore (‘Apocalypse now’) –y, mucho menos, a una panda de escritores (des)airados–, le puede llegar a gustar el olor del napalm por la mañana. Por ende, tampoco el del tabaco, con el que comparte pretensiones belicistas, suicidas y exterminadoras; y, si no, que se lo pregunten a esta antigua fumadora.






