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Muchos años después

Como cada junio, Jorge Trujillo vuelve a leer 'Cien años de soledad', de Gabriel García Márquez. Y, como cada junio, se destapa un nuevo descubrimiento, una nueva oportunidad.

Muchos años después, frente a la pantalla de un dispositivo electrónico, este redactor de Revista Popper había de recordar aquel día remoto en que leyó Cien Años de Soledad por primera vez. La literatura era entonces un inventario de veinte novelas y poesía que se precipitaban por su lecho de saberes sin pulir, casi en blanco y toscos como hombres prehistóricos. El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que leer aún mucha literatura.

Todos los años, por el mes de junio, el redactor de Popper releía de nuevo la novela de Gabo y con un grande regocijo (re)descubría nuevos fragmentos. Primero fue el galeón. Un José Arcadio Buendía impetuoso e inquebrantable, que buscaba la proximidad del mar, encontró un buque español en un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros en medio de la selva. Fue de lectura en lectura imaginando cómo había llegado ahí, y acabó por suponer que una lluvia más triste e infinita que la que asoló Macondo, muchos años antes de su fundación, acabó por hacer encallar la nave, y convertirla en eterna al mismo tiempo, antes de cesar por muchos siglos hasta volver de nuevo durante cuatro años, once meses y dos días y que haría recordar a Úrsula la peste del insomnio. Una enfermedad que causaba la pérdida de memoria y obligó a poner a Macondo en cuarentena, como nos ocurriría a todos unos pocos años después, y que, junto al tedio, trajo a muchos no el olvido remediable del corazón, sino otro olvido más cruel e irrevocable que todos conocimos muy bien, porque era el olvido de la muerte.

En junio volvió el redactor de Popper a leer la novela. Esta vez la muerte y el insomnio se aliaron contra el olvido e hicieron que los muertos permaneciesen a nuestro lado para mantener el contacto con el pasado. Por eso Prudencio Aguilar no cesó en su búsqueda hasta encontrar el camino a Macondo y poder conversar con José Arcadio Buendía hasta el amanecer para terminar este llorando con el llantito sin gracia de los viejos, llorando por Prudencio Aguilar, por Melquíades, por los padres de Rebeca, por su papá y su mamá, por todos los que podía recordar y que entonces estaban solos en la muerte. Por eso Melquíades resucitó, para poner fin a esa soledad otorgada por la fiebre en los médanos de Singapur, y con una sustancia de color apacible hizo luz en la memoria para celebrar la reconquista de los recuerdos.

Para esa época, la pasión también había hecho su aparición en Macondo. La casa se llenó de amor, pero de uno amargo y trágico. Mientras Aureliano desesperaba en los brazos de una Pilar Ternera que tiempo ha se había cansado de esperar al hombre que se quedó, a los hombres que se fueron y a los incontables hombres que erraron el camino de su casa, Rebeca agradecía a Dios por haber nacido y podido disfrutar del placer inconcebible de aquel dolor insoportable, y Amaranta decidía renegar de la felicidad sin tropiezos que la vida le ofrecía.

Y, junto al amor, la guerra. A estas alturas cualquier lector de Popper había de recordar que el coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Que tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche (salvo uno), antes que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Y, sobre todo, que peleó por orgullo, que es malo, naturalmente, pero, en todo caso, es mejor eso que no saber por qué se pelea; o que pelear por algo que no significa nada para nadie. También que peleó por el poder, pero solo para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la simplicidad, que siempre es más fácil empezar una guerra que terminarla y que morirse es mucho más difícil de lo que uno cree. Y todo para que no pintaran la casa de azul.

Un junio después, en una nueva relectura, el redactor de Popper había de recordar además la magnificencia de Remedios, la bella, su piel de lirio y sus ojos verdes, reina absoluta del carnaval y de la indiferencia más pura, porque nada hay más simple que morirse por alguien, como si fuera un cólico miserere, y hasta el último instante que estuvo en la tierra ignoró que su irreparable destino de hembra perturbadora era un desastre cotidiano que iba dejando a su paso una ráfaga de tormento que provocaba una ansiedad como nunca nadie había sufrido antes en temas de amor. Y hasta el mismo momento en que dijo adiós con la mano y se perdió para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria fue capaz de hacer sucumbir a cualquier hombre al más terrible deseo de llorar.

El junio siguiente, no bien hubo subido al cielo Remedios, la Bella, en cuerpo y alma, en el pueblo se instaló la compañía bananera y Macondo se convirtió en un pueblo feliz. Nunca hubo una matanza de más de tres mil personas en la estación. Nunca doscientos vagones de carga llevaron los cuerpos en medio de la oscuridad para echar los cadáveres. Por eso, cuando la lluvia cesó un viernes a las dos de la tarde y Úrsula hizo un grande esfuerzo para morirse al escampar, en Macondo ya solo quedó el regreso de Amaranta Úrsula como última esperanza entre tanta decadencia y el descubrimiento con Aureliano Babilonia de los silbos anaranjados y los globos invisibles que nos esperan a todos al otro lado de la muerte y que un domingo, a las seis de la tarde, hicieron nacer al más formidable de los Buendía, grande, macizo y voluntarioso como los José Arcadios, con los ojos abiertos y clarividentes de los Aurelianos. Predispuesto para empezar otra vez la estirpe por el principio y purificarla de sus vicios perniciosos y su vocación solitaria porque era el único en un siglo que había sido engendrado con amor.

Pero ¡ay! Cuando el redactor de Popper saltó el siguiente junio al final de la novela, antes de llegar a él ya había comprendido que al último de la estirpe se lo estarían comiendo las hormigas, que Macondo sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres, que todo lo escrito en ella era irrepetible desde siempre y para siempre y que cada vez que leyera la misma novela no sería la misma, aunque fuera igual, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

*Imagen de cabecera compuesta a partir de la obra El 3 de mayo en Madrid, de Francisco de Goya, y las ilustraciones de Luisa Rivera para la versión conmemorativa de Cien años de soledad (Literatura Random House, 2017).

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Acerca de Jorge Trujillo

Jorge Trujillo (Santa Cruz de Tenerife, 1994) es graduado en Derecho, máster en sectores regulados y abogado colegiado, ocupación que ejerce durante sus ratos libres en un bufete madrileño, aunque profesionalmente se dedica a soñar con ser, algún día, rentista decimonónico. Mientras espera ese dinero que nunca llega, agota sus energías combatiendo a la Administración en el frío ámbito del Derecho Público. Para no caer en la desesperación, escribe textos que nunca termina y abandona blogs que él mismo ha empezado. Fiel a su espíritu rentista y a la dorada mediocridad, su mayor éxito es que en su currículum no hay ningún logro a destacar, salvo, quizá, el de seguir creyendo -en alguna que otra ocasión- en la justicia.

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