Es evidente que la erradicación de la pornografía no va a suceder jamás. El porno lleva con nosotros desde nuestro pasado paleolítico, y con toda probabilidad seguirá a nuestro lado hasta que nuestra especie tenga éxito extinguiéndose del planeta. Así que ese «no al porno» no es una opción realista. Creo que lo más genuino que podemos hacer es elegir entre la buena y la mala pornografía. Obviamente, esto nos plantea una serie de preguntas, la primera radica en cómo diferenciar entre ambas. Solo con la intención de argumentarlo al estilo del buen juez Clayton Horn, permíteme definir el «porno bueno» como algo notoriamente beneficioso para la sociedad, y el «porno malo» como su opuesto, lo que perjudica de forma notable a nuestra sociedad. Por supuesto, todo esto nos plantea una cuestión mucho mayor, es decir, ¿significa que existe el «buen porno»? Si no es así, ¿podríamos concebir que podría llegar a existir en algún momento del futuro, y en ese caso, cómo podría ser?
Para responder a esta pregunta, lo mejor que podemos hacer es referirnos de nuevo a las pocas voces femeninas disidentes que se lo han planteado alguna vez, así que volvamos a la época en la que el debate feminista sobre la pornografía se encontraba en su momento más álgido y quizás más inteligente. Tomando como inspiración el influyente ensayo de Simone de Beauvoir ¿Hay que quemar a Sade?, en la maravillosa y divagante reflexión sobre el porno de Angela Carter, La mujer sadiana, es donde finalmente se sugiere que podría existir algún tipo de pornografía sin descubrir, de tintes gloriosos y liberadores, no comprometida por desigualdades sexuales y sin una sexualidad obstinada en rememorar el pasado. Incluso la censora del porno más intransigente y vociferante, Andrea Dworkin, ha reconocido que se podría concebir una pornografía benigna, aunque lo considera poco probable. Dado que no queremos «mala pornografía» y no podemos aceptar un «no a la pornografía», es en el sencillo deseo de intentar hacer realidad una «buena pornografía» donde reside el único rayo de luz que podemos encontrar en este escabroso debate.
Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿cómo puede exactamente la pornografía influenciar de forma beneficiosa a la sociedad? Y si no podemos imaginarnos dicha situación, ¿cómo la reconoceríamos si llegase a aparecer alguna vez? Incluso si aceptásemos, al igual que Andrea Dworkin, Angela Carter, Kathy Acker y Simone de Beauvoir, que nuestra hipotética «buena pornografía» fuese posible, la verdad es que la premisa no nos ayuda demasiado a menos que tengamos una idea clara de cómo podría resultar buena y beneficiosa, cómo podría una pornografía adecuada funcionar dentro de nuestra cultura.
Ya hemos observado que hasta cierto punto, en lugares como Dinamarca, Holanda o España el porno parece actuar como una válvula de escape, ventilando las presiones sexuales sin causar daño antes de que estas puedan explotar en forma de delito o abuso sexual. También hemos señalado que no parece funcionar en las culturas más restrictivas que señalan que la culpable de la vergüenza y la autoinculpación es la propia pornografía. ¿Y si fuese posible conseguir llevar nuestra pornografía hasta un grado tan alto de maestría artística que cortase ese vínculo directo entre erotismo y extrema vergüenza social?, ¿podría permitirse la pornografía funcionar tal y como lo hace actualmente, pero con un «clímax» más culto, reduciendo nuestro pésimo recuento actual de hombres y mujeres con cicatrices o violados, nuestros niños violados, asesinados y arrojados a un canal? ¿No valdría la pena, por lo menos, intentarlo?
Si de alguna forma se pudiera expresar la pornografía de forma artística, podría sacar nuestra imaginación sexual de su estado de estupor, conduciéndola hasta el reconfortante calor de la aceptación social y política. El valor del arte reside en que nos permite ver en el trabajo de otros una idea que nos habíamos formado tenuemente, aunque carezcamos de la habilidad para realizarla o poder transmitirla nosotros mismos, por lo que nos hace sentir menos solos. Sin embargo, actualmente concebimos la pornografía como todo lo contrario. No es arte, no puede ser abiertamente discutida o admirada, solo sirve para convencernos de nuestro aislamiento, para aumentar nuestra sensación de que estamos solos con nuestros deseos más secretos e íntimos, a salvo de la compañía de otros sudorosos onanistas pervertidos e inadaptados sociales.
Si pudiéramos redefinir el erotismo, restaurarlo hasta volverlo a situar en la venerada posición en el plano artístico en el que solía estar incluido, se podría desactivar una serie de tensiones personales y sociales relacionadas con el sexo que en su mayor parte nos acompañan desde el origen de la civilización occidental. Llevándola a cabo de la forma adecuada, la pornografía nos podría ofrecer un espacio seguro donde debatir libremente ideas que de otra forma nunca saldrían a la luz y que tan solo se quedarían trasnochadas y se volverían rancias al quedarse agazapadas en nuestra oscuridad individual. Nuestra imaginación sexual es y siempre ha sido central en nuestras vidas, tanto como individuos o como especie, y nuestra cultura podría enriquecerse mucho más, o al menos relajarse, si pudiésemos reconocerlo. En caso contrario, podría no volver a existir ninguna pornografía divina de algún futuro William Blake incinerada después de su fallecimiento, ninguna de un futuro Aubrey Beardsley en su lecho de muerte, tosiendo aterrado por culpa de la destrucción de sus mejores obras. Ni ningún decadentista ornamentado o un barbudo beat obligado o bien a esconderse detrás de un seudónimo o a engrosar la prolífica obra de un tal «anónimo».
Ennoblecida así, la pornografía podría ocupar una vez más su lugar como reverenciado y casi sagrado tótem de la sociedad, podría completar el círculo con origen en la neumática nena de cabeza de alfiler de Willendorf. Parece que, si consideramos nuestros propios sueños eróticos, solo tenemos dos opciones: o bien podemos aceptarlos, emplazando a la Venus del cenagal en el lugar correcto y natural dentro de la cultura, o bien podemos rechazarlos e intentar estigmatizarlos, escondiendo la excitación detrás de la vergüenza, la culpa y el dolor, condicionándola de forma que retenga nuestra sexualidad con un puntiagudo anillo para el pene alemán del siglo xix.
Al final todo quedará en manos de personalidades individuales, artistas, escritores, cineastas o poetas. Pero únicamente si tienen el coraje de plantar sus banderas en este terreno despreciado y peligroso, a pesar de su carácter poco atractivo, para con el paso del tiempo conseguir transformar ese triste yermo en un jardín perfumado de valor perdurable. Se podría encumbrar al erotismo desde su situación actual como puta de todo el mundo encadenada en su celda, sin nombrarla pero disponible en todo momento, y hacerla regresar a su posición anterior como diosa.
*Avance de Cuadernos de humo sagrado (o tres ensayos bestiales) (Editorial Barrett, 2023), escrito por Alan Moore y traducido por Félix Frog.
Cuadernos de humo sagrado (Editorial Barrett, 2023)
Cuadernos de humo sagrado es una recopilación de tres ensayos bestiales escritos por Alan Moore, el mejor guionista de cómics de la historia, autor, entre otros, de obras como Watchmen, V de Vendetta o From Hell. Entre ellos, Incluye el ensayo ‘La Venus del cenagal contra los anillos de pene nazis’, que se adentra en el mundo de la pornografía.


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