Se coreó en el 15M y hoy da nombre al último ensayo de la periodista Azahara Palomeque (El Sur, 1986). Entre medias, ha supuesto una constante preocupación para milenials -y zetas-, y lo que empezó como hipótesis ya se ha convertido en una irrefutable afirmación -¿o es, más bien, una negación categórica?-. En cualquiera de los casos, Vivir peor que nuestros padres (Anagrama, 2023) funciona como un resorte que hace saltar el enfado y la desafección por tantas -¡y tantas!- decisiones erróneas, pero también las ganas de encontrar sentido y solución. Tal y como concluye Palomeque, «este dolor, que ya parece capitalizar tantas briznas de cuerpo, al que se debe trazar una genealogía, interrogarlo, desmenuzarlo, dibujarle rutas y coordenadas para que sus rasgos no se pierdan en la nube borrosa que exonera de responsabilidad y somete a la angustia, es indispensable en la búsqueda conjunta de alternativas». Del mismo modo, esperamos contribuir a ello con esta conversación.
PREGUNTA: En uno de sus poemas, Pablo Baleriola (Cartagena, 1995) apunta lo siguiente: «al final te cansa hablar / de ese cansancio que pareces compartir / con todo el mundo», y es cierto, ¿verdad? En tus obras -pienso en Vivir peor que nuestros padres, claro, pero también en Currículum-, sin embargo, las muestras de tedio y de fatiga no aparecen omitidas, sino bien señaladas y dispuestas a ser debatidas. En una sociedad tan exhausta como la nuestra, ¿qué papel juega la escritura -ensayística, literaria, periodística, etc.- a la hora de denunciar los excesos, la explotación, el hastío? ¿Crees que los perpetúa, como insinúa Baleriola, o que ayuda a combatirlos?
RESPUESTA: Sí que puede haber cierto componente de normalización de la situación, pero la escritura en sus distintos géneros es una herramienta para denunciar fenómenos como la opresión laboral, ese cansancio infinito –que, en Currículum, además, corresponde a expectativas no satisfechas y la inutilidad social del trabajo–, o diferentes tipos de violencia. Además, la escritura, si se traduce en lectura, ayuda a conformar una suerte de identidad colectiva necesaria para pensarnos dentro de un ensamblaje social y no sólo como individuos aislados. Esto lo explica muy bien Benedict Anderson cuando habla de la configuración del nacionalismo a través de los periódicos, no sólo mediante las noticias, sino también gracias a las opiniones, o los folletines (literatura) que antiguamente llenaban sus páginas. Sin esa fuerza lectora y, por ende, de la imaginación, pensarnos como nación sería imposible. Quiero creer que esa energía común puede aprovecharse para luchar por vidas mejores.
P: A este respecto, ¿con qué medios contamos para armar un relato consistente? No en vano, una de tus mayores preocupaciones es «la carencia de código lingüístico», «la falta de un idioma sensato que nos posibilite narrar quiénes somos en tan deplorables circunstancias», la «suspensión narrativa que paraliza y subraya la falta de proyecto a largo plazo». Y es que si, además del futuro, hemos perdido las palabras, ¿cómo vamos a recuperarlas?
R: El tema de «perder las palabras» se repite mucho en mi obra, que ha sido enteramente escrita en Estados Unidos, atravesada por el inglés, exceptuando Vivir peor que nuestros padres (este libro lo escribí en Badajoz). Al margen de ser una obsesión personal que refleja mi pugna constante con el bilingüismo, creo que nos encontramos ante circunstancias excepcionales que requieren otros lenguajes. Lo vemos con la crisis climática; alguien como António Guterres no para de acuñar nuevas fórmulas: «la era de la ebullición global», en vez de calentamiento, o el famoso «hemos abierto las puertas del infierno». ¿Cómo contamos lo que está sucediendo y cómo nos narramos a nosotros mismos? No es baladí la pregunta. Hay que escarbar, leer mucho, recuperar referencias anteriores al neoliberalismo, como Primavera silenciosa (1962) de Rachel Carson o las críticas de Bobby Kennedy al PIB -que no mide nada de lo que importa–, o la literatura del exilio de la Guerra Civil, relevante para articular un pensamiento contrahegemónico. Las palabras están ahí, sólo que dispersas y medio escondidas, pero se pueden recuperar y, sobre esa base, elaborar otros discursos.
P: Ya nos advertías a principios de septiembre, en una tribuna titulada ‘Cuentos infantiles’, publicada en El País, que «a eso se suma otro fenómeno grave que, si el devenir medioambiental continúa su curso, no tardará en generalizarse. Me refiero a la borradura sistemática de un imaginario colectivo vinculado a la naturaleza y su raíz más pueril, la tortuga y la liebre, la cigarra y la hormiga (…). Privándolos de biodiversidad, a nuestros hijos se les arrebatarán los vocablos con los que definirse», haciendo mención a que los cuentos y fábulas infantiles con protagonistas animales, como las de Esopo -o incluso las películas de Disney-, ya no son factibles en un mundo donde, en vez de la supervivencia, prima la extinción. ¿Sobre qué vamos a escribir en los próximos años, entonces?
R: Sobre los saberes y paisajes que se están perdiendo –para evitar la pérdida total–; sobre los cuerpos que están siendo explotados y merecen derechos; sobre las utopías que queremos imaginar y desde las que construir sociedades mejores; sobre las mentiras que nos cuentan y debemos desmantelar, como ya hiciera Victor Klemperer en La lengua del Tercer Reich. No somos la primera sociedad que atraviesa momentos durísimos en la historia; sí la primera que se enfrenta a la posibilidad de su propia extinción por un sistema económico en el que participamos todos en mayor o menor medida, aunque el miedo a una hecatombe global exista desde que se inventó la bomba atómica. Quiero creer que nos quedan muchas cosas por contar para modificar patrones socio-culturales que están contribuyendo al desastre; el problema es que tenemos poco tiempo para pasar a la acción. Necesitamos cambios drásticos, y los necesitamos ahora. Y eso cambios son muy difíciles de implementar, entre otras razones, porque atentan contra unas élites que son demasiado poderosas.
P: Cuando hacías el doctorado, tus profesores desincentivaban tu labor poética («¿poe…qué? ponte a escribir papers!», te decían), pero, tal y como escribías en Twitter hace no tanto, tú te alegrabas de no haberles hecho ningún caso, pues «la poesía [también] es vida, cuestionamiento del discurso hegemónico, belleza y desobediencia». Hasta qué punto el lenguaje poético se constituye como alternativa a los límites (auto)impuestos de la narración? ¿Qué beneficios podría aportar un cerebro poético frente a un cerebro narrativo -parafraseando la obra de Fritz Breihaupt- en los conflictos que vivimos -climáticos, económicos, laborales, sanitarios, políticos, energéticos, etc.-?
R: Cuando mis profesores me decían eso, en el fondo me estaban advirtiendo de los riesgos laborales de salirse de un patrón establecido: si escribes poesía –muy poco lucrativa– estarás desperdiciando talento y cerrándote la puerta a un posible empleo en la academia. A mí aquello me pareció de un utilitarismo atroz, incoherente (pues, si nadie hubiese escrito literatura, no habría profesores para enseñarla en las aulas), incluso hasta violento, aunque fuese dicho con la mejor intención, la de mi propia supervivencia en el mercado. En primer lugar, porque hay gente que no sabemos vivir sin poesía; me acuerdo de una conversación que tuve con Francesc Torres, artista, y él afirmaba que simplemente no puedes dejar de ser lo que eres, y ahí, en ese fango, toca hacerlo lo mejor posible. Por otra parte, María Zambrano habló de la razón poética como forma de cuestionar los fallos de la Ilustración y pensar desde otro lugar, más abarcador y amable, que admita emociones, daños y llantos, que nos deje ser seres sensibles. Esa poesía -a menudo considerada banal- nos abriría el camino hacia el cuestionamiento de los discursos hegemónicos -políticos, mediáticos-, englobaría un cuerpo frecuentemente disociado de la cultura, con las consiguientes implicaciones antirracistas y feministas, y añadiría un plus de espiritualidad en una sociedad que ha perdido el sentido no ya de la transcendencia, sino de toda colectividad más allá del ego, y lo remedia con pastillas y drogas varias. Poesía para sanar, hilvanar un nosotros, y pisotear un raciocinio que se ha vuelto loco.

P: En el poema ‘Creencia’, de Currículum, anotas: «es la creencia, no el hecho. / es que el hecho vuelve mágico el canto cerebral / hasta que su objeto / es tocado; tu propia disposición, / espantajo en humo. / porque uno cree y se repite que no reza sino tuerce / la nuca y el gesto hacia mejor / percepción y las mascotas aúllan por la sangre nueva. / creer es era hoy que el hombre / no crece». Desde luego, nos pasamos todo el día hablando de hechos futuribles, de cambios, de promesas, de propuestas para mejorar las condiciones en que nos ha sumido nuestra época, pero ¿de verdad creemos en ellas? ¿Por qué se encuentran tan alejadas, si no, la realidad de la Academia?
R: La creencia está ahí desgranada como valor supremo de que tú solo, por tus propios medios -estudio, trabajo- lograrías alcanzar cimas sociales que, habitualmente, equiparan el bienestar al dinero. Cree en ti, no te rindas, toda esa basura neoliberal. Sabemos que no es así y el poema pretender arrasar con una fe capitalista que ha sustituido cualquier otra religión. Nos pensamos como sociedad secularizada, pero es mentira; nuestra vida está llena de pequeños altares al corazón ególatra sin vecinos ni red más allá de la familia nuclear: «la felicidad también se entrena», se puede leer en mi gimnasio; «just do it», en una marca de zapatillas, etc. En Estados Unidos se dice mucho: «fake it until you make it», fíngelo hasta que lo consigas; es decir, la creencia por encima de la realidad material, lo cual es muy problemático, porque además presupone una falsa existencia sin límites. Ahí radica, por ejemplo, el gran problema de la crisis climática: creer que se puede crecer infinitamente en un planeta finito.
P: He de confesar que el comienzo de Currículum me parece perfecto: esa página inicial, entre el prólogo y los primeros versos, donde aparece reflejado y tachado por completo tu historial profesional, educativo y de reconocimientos. Me recuerda, sin ir más lejos, a la obra ‘CV en blanco’, de la artista Olalla Gómez Valdericeda, un «conjunto de vídeos (…) [que] surge de una necesidad inaplazable: subsistir económicamente cuando te dedicas al mundo del arte, pero éste no te da para vivir». En su propia definición: «mi estrategia durante este último año ha sido profesionalizarme como pintora de brocha gorda y embellecer las casas de otros para poder pagar el alquiler a final de mes (…). En cada una de las casas que voy a pintar escribo una línea de mi currículum en color blanco para a continuación pintar encima y hacerla desaparecer. En las profesiones relacionadas con la creación, las líneas que se van sumando al currículum parecen no contar, es como si siempre estuviese en blanco. La obra visibiliza este problema invisibilizando con un monocromo los hitos de mi carrera (…). El artista se dibuja como el eterno Sísifo, destinado a acariciar breves periodos de libertad, sólo hasta que se le acabe la beca vigente». Dinos, ¿por qué ocurre esto -y no sólo en el ámbito artístico, eh-? ¿Por qué, después de tanto esfuerzo, los méritos valen tan poco que hasta resulta más inteligente, a veces, no exhibirlos por completo?
R: En parte porque hemos sido educados en esa «creencia» meritocrática y casi religiosa que antepone el individualismo a cualquier consideración colectiva y sirve de coartada a la reducción cada vez más sangrante de nuestros derechos: a una vivienda, a sueldos decentes, etc. Colectiva fue la crisis de 2008/9 y, en lugar de reforzar los mecanismos de protección social, se nos pidió una austeridad mal entendida, unos sacrificios extremos y, en lugares como Estados Unidos, se invirtieron cantidades obscenas de dinero en pseudo-disciplinas como la psicología positiva, con la intención de convencer a la gente de que se puede ser feliz cuando todo se derrumba a tu alrededor. De ahí provienen, también, las loas al emprendedurismo. Yo eso lo critiqué sobremanera cuando, a los españoles que nos íbamos en busca de trabajo a otro país, el gobierno de Rajoy nos llamaba «aventureros», como si fuésemos reencarnaciones de los antiguos colonizadores o «conquistadores». Éramos migrantes, aunque lo negaran incluso muchos de los protagonistas de aquella emigración, pues nos han enseñado a no considerarnos débiles. Estos relatos conllevan un alto grado de sufrimiento y una pérdida del sentido de la realidad, por eso creo que hay que combatirlos.
P: Sumada a la coincidencia anterior, Olalla y tú compartís a Remedios Zafra como referente; que es, por si fuera poco, quien arma el preámbulo de Currículum, donde afirma: «Si una fuera sumisa todo el tiempo evitaría el pensamiento, pero una escritora, una poeta no puede rendirse a la complacencia de “al menos tengo trabajo”, “puedo pagar con dólares americanos”, “qué amables los vecinos y qué deliciosos sus pasteles de carne” (…). Terminar el trabajo y respirar, ese ser la labor que realizas, extranjera, sin que jamás se puedan conciliar el trabajo que da el sueldo -la oficina- con el que daría sentido -la escritura-, y quedarse así con una aspiración a medias». Dada tu experiencia, ¿qué le dirías, hoy por hoy, a quien sueña con escribir, con publicar? ¿Cómo se puede llegar a compaginar con las exigencias materiales? ¿A qué hay que renunciar?
R: Diría lo mismo que me dijo a mí Francesc Torres: hazlo si realmente sientes que no puedes hacer otra cosa, si el impulso es más grande que tú. En mi caso, lo ha sido siempre. Escribo desde que era muy pequeña; en mi infancia, ganaba casi todos los premios literarios a los que me presentaba; después me di cuenta de que, una vez adulta, en ese sistema de premios y alabanzas intervienen cuestiones de interés político y económico, pero no me di por vencida. Mi obra poética, por ejemplo, ha tenido muy poca repercusión porque partía de cero contactos y vivía a 6.000 kilómetros de España: ¿cómo hacerlo? Insistiendo. Mi primer libro, American Poems, lo terminé en 2011, y no pude publicarlo hasta 2015, tras haber pasado años enviando e-mails que nunca recibían respuesta. A veces la gente me dice: ¡vas a libro por año!, ¡qué productiva eres! Nada de eso, es que llevo más de una década escribiendo tozudamente casi a diario y esa tarea de hormiguita chocaba con las puertas cerradas de las editoriales. Ahora, gracias a mi labor en prensa, a las redes sociales y a mi retorno físicamente a España, sí que cuento con distintas vías para publicar, pero ha sido un camino muy tortuoso. Podría afirmar, como consejo, un «no te rindas» que sonaría a marketing muy chungo… Más bien sería: «mira, ríndete si ves que escribir te genera más dolor que alegrías, y sigue hacia adelante si de verdad sientes que es tu última vocación, lo que le da sentido a quien eres y, si lo abandonas, te acompañará una sensación constante de mutilación». Algo así.
P: Apelando a esas analogías naturales de las que antes hablábamos, Irene Solà, en Canto yo y la montaña baila (Anagrama, 2019), esgrime: «A una no le dicen que se pueden elegir cosas que no sean pequeñas. No le dicen que las piedras pequeñas se pierden. Se escapan por el agujero de un bolsillo. Ni que si se pierden ya no se puede elegir otra, que piedra perdida, perdida está». En el otro lado de la balanza, sin embargo, nos encontramos con que las cosas demasiado grandes, en ocasiones, puede que tampoco se logren alcanzar. Puestos a elegir, ¿qué clase de objetivos crees que conviene tener en el horizonte: pequeños y efímeros, pero realizables o extravagantes, excepcionales, aspiracionales, pero difícilmente cosechables?
R: Creo que hay que tener en cuenta los límites, y no sólo los biofísicos del planeta. Ahora estoy leyendo El mito de Sísifo, de Camus, y él explica algo parecido de la experiencia creativa: operar dentro de los límites, sabiendo a qué puedes o no optar. Dentro de eso, los objetivos pueden ser grandes o pequeños, y distintos para cada persona. En general, no me gusta pontificar. Hay gente cuya finalidad última es ser una buena madre o un buen padre, y a mí me parece loable dedicar tu cuerpo y energía a criar a otro ser y hacer que la vida continúe. Otra gente quiere meterse en política y favorecer cambios estructurales que hagan nuestro ratito en el mundo más halagüeño, estupendo, porque necesitamos valientes de ese tipo. Que cada cual dirima sus pasiones y senderos, y elija lo que crea correcto me parece genial; eso sí, se agradecería una dosis de civismo y ética, más allá del ombligo propio.

P: En las páginas finales de Vivir peor que nuestros padres no se habla de piedras -como Solà-, pero sí de tierra, agua y, en definitiva, barro: «El lodo es, sin duda, sistémico, de ahí la complejidad de erradicarlo, pero al librarnos de la obligación de ser fuertes, de fingir que las cosas van bien y asumir un “si quieres, puedes” que solo redunda en un individualismo a todas luces banal, inútil, se abren nuevas posibilidades»; algo que, un poco antes, también plasmas al sugerir: «He ahí uno de los grandes dilemas de la contemporaneidad: cómo sanar los vínculos y acuñar otro tipo de comunicación que no conduzca sin remedio a la incomprensión, a la desavenencia airada». Definitivamente, cualquier solución ha de ser intergeneracional y colectiva, ¿verdad? En este sentido, ¿por qué parece que los seres humanos nos reconozcamos en la vulnerabilidad y nos distanciemos en el éxito, en el prestigio?
R: Sí, las soluciones deberían ser intergeneracionales y colectivas, claro. Al margen de pisotear un poco el ideario capitalista, abrazar la vulnerabilidad nos acercaría a algo tan sencillo pero tan amenazado como nuestra propia humanidad. Ya hay estudios que analizan cómo la gente odia su rostro en el espejo porque no se parece al de los filtros de Instagram, o cómo algunos prefieren una pareja virtual a una real en un mundo de «dobles», que es de lo que trata el último libro de Naomi Klein. Qué tal decir, mira, somos un puñado de órganos susceptibles de doler o morir en cualquier momento, enfermamos y a veces estamos tristes, no pasa nada. Eso sí, buscar las causas de ese sufrimiento fuera e intentar mitigarlo, es decir, politizar el dolor en la línea de lo que cuento en Vivir peor que nuestros padres, sirve para no capitular y no hundirnos de desasosiego en el sofá.
P: Freud mediante, también me fascina la distinción que planteas en el ensayo entre las nociones de «duelo» y «melancolía», al matizar: «[El primero] responde al dolor sentido ante la pérdida de un ser querido o un ideal por causas que pueden identificarse; la segunda, por el contrario, soterra el motivo de la pérdida y, al ser este ignoto, el dolor se multiplica en una identificación constante con esa carencia, con el objeto perdido». En tu caso te refieres a una pérdida ocurrida en el pasado, claro, pero ¿podríamos extrapolar estos aspectos al futuro? ¿No estamos experimentando, acaso, una melancolía anticipada -o un duelo prematuro- por un porvenir que ya intuimos mortinato?
R: Completamente. Me parece muy interesante el concepto que planteas de «melancolía anticipada», esencial para considerar todo lo que podemos perder: las cosechas, los humedales, los veranos vivibles, la sanidad pública… Sin embargo, de nuevo, hay que socializarla y politizarla.
P: Sea como sea, y habiendo interiorizado que, por supuesto, vivimos peor que nuestros padres, ¿no estaremos, paradójicamente, experimentando uno de nuestros episodios más tranquilos? Como esos chistes malos que pontifican que, bueno, han aumentado una barbaridad las temperaturas, sí, pero, a pesar de ello, es muy probable que hayamos pasado el verano más fresco de todo lo que resta de siglo. ¿De qué modo batallar contra este presentismo? Y ya no sólo porque vivamos peor que nuestros padres, sino para prevenir que lo hagamos infinitamente mejor que nuestros hijos.
R: Aquí hay varios problemas. En primer lugar, que esos «episodios tranquilos» no son tales si salimos de nuestras burbujas del llamado ‘Primer Mundo’; a saber, lo que hemos estado haciendo es externalizar las consecuencias de las múltiples crisis, entre ellas la climática, para que se noten menos en casa. La crisis alimentaria va en aumento y se ha multiplicado la población global que pasa hambre, pero aquí los supermercados están llenos. En algunos países falta combustible, o llevan años sufriendo una sequía devastadora, como en el Cuerno de África. Bangladesh corre serio riesgo de desaparecer bajo las aguas muy pronto, y un largo etcétera. Aún así, vemos que la gravedad de la emergencia ecosocial cada vez es más difícil de disimular incluso en lo que llaman Occidente. En otras palabras, tendríamos que batallar no sólo el presentismo, sino también el eurocentrismo, decolonizarnos un pelín. Por otra parte, todo alrededor nos fuerza a mirar sin ninguna aspiración de futuro: la política es terriblemente cortoplacista, no logramos establecer trayectorias laborales porque quién sabe si vamos a tener trabajo mañana, yo ya doy por descontado que mi generación no cobrará ninguna pensión… igual no habrá ni tierra para cultivar, dada la pérdida de estabilidad climática y las políticas que aceleran el desastre, como la desertificación por regadío masivo o la erosión de los suelos inundados de sustancias químicas… Por eso afirmo que se nos ha roto la línea del tiempo. ¿Cómo la recomponemos? Pues conocimiento no nos falta; quizá habría que empezar por ampliar la abarcadura de la democracia, y aplicar seriamente distintas medidas de justicia fiscal. Yo no soy madre, pero desde luego me encantaría que los hijos de los demás, incluyendo a mi sobrina, vivieran muchísimo mejor que nosotros, y que los adultos de ahora también habitemos cierta dignidad en «el Siglo de la Gran Prueba», según la expresión de Jorge Riechmann.
*Imagen de cabecera tomada en una tarde de octubre anormalmente calurosa, y cedida por la autora.

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